2026: ofrendas de quema ceremonial

1. 

Minúsculos incendios que despiden olores litúrgicos.


2.

¿El próximo Dalai Lama será conocido también como escritor, y necesitará todavía decirles a algunos poderosos: “La pequeñez mezquina de vuestros pensamientos no rebasa los límites de vuestra ambición, ni vuestra ansia perenne de predominio, ni vuestro vertiginoso deseo de control absoluto, ni vuestra falta de compasión —hay multitudes que van del padecimiento a la orfandad, de la fe y la desesperación a lo insoportable, de la tristeza más lacerante a la muerte”?


3.

¿El próximo Dalai Lama tendrá sinceridad suficiente como para explicar que lo único de lo que puede asirse es de sus palabras y de un pensamiento creativo que bendice su suerte, y que es tan corpulento como un Guerrero protector de los Pastores Trashumantes de las Mesetas, y que vitaría, en su natural deriva hacia lo rizomático, expresarse de modo ininteligible?


4.

Si sales a la calle y te vas a un parque con una hoja de libreta de escuela donde se lee una sola palabra, escrita con lápiz (una palabra enigma, un vocativo raro, misterioso), ¿se acercarán a ti y te apretarán por el brazo antes de que escuches la orden: “Acompáñenos”?


5.

¿Hay certidumbre en el hecho de que una cosa es que escribas y ya, o que escribas y publiques eso que escribiste, y otra cosa, muy distinta, que una palabra, una sola palabra de esas que escribiste, aparezca en un trocito de cartón y, en tu mano, el aire lo agite mientras estás allí, en ese parque imaginario que en todo caso sería un parque tipológico?


6.

¿La Esfera de Buga es una engañifa? Lo sea o no, ¿existiría siempre la certidumbre de que en la Isla no tenemos predicamento ni para una bolita de metal cruzando el cielo de La Habana, un ovni, un avistamiento serio?


7.

En La Habana, por la calzada más bien enorme y agusanada de Diez de Octubre, ¿cabría imaginar a un grupo que va, durante toda una madrugada, quemando palillos de incienso de diferentes aromas, en el empeño de derrotar la pestilencia y el marasmo, y perfumar, así, el aire mortecino de los días iniciales de 2026?


8.

En huequitos de paredes estropeadas, en intersticios de ladrillos, en columnas y columnatas, en montículos de arroz podrido (¿arroz?), en rejas y puertas que dan a las aceras porticadas, ¿el grupo, silencioso y ritualístico, pone de veras los palitos de incienso encendidos, esos humos mínimos y diversos que se diseminan? 


9.

Aquí la lectura es un bien en los límites de lo lujoso. Y sé que, aunque tiene que ver conmigo, lo que está sucediendo ahora no va a impedirme releer los Sonetos a Orfeo


10.

¿Cuánto puede deberle El pescador, de John Langan, a Los sauces, de Algernon Blackwood? ¿Lo mismo que Rayuela, de Julio Cortázar, a Nadja, de André Breton?


11.

¿En verdad no cabe duda de que soy un evadido del nacionalismo asfixiante, sin ataduras fronterizas? Mis genes nacen en el Mar Cantábrico. En el escudo del Principado de Asturias se lee: Hoc signo tuetur pius, hoc signo vincitur inimicus (con este signo se protege al piadoso y se vence al enemigo).


12.

Extrajeron a Nicolás Maduro y su mujer, se los llevaron en helicóptero, y la anciana que pasa bajo mi balcón sigue voceando su mercancía: “El paquetico de refresco a 40 peeeesoooos”. Cruza la calle y va bordeando el portal de la carnicería. Hasta antier se vendieron allí muslitos de pollo por Navidad y Fin de Año. Olvídate de Maduro, mi hermano. 


13.

Mi abuela, franquista de corazón, iba a comprar a la tienda El Encanto. Después que se quemó, el protagonista de Memorias del subdesarrollo pudo decir que La Habana empezó a parecer una ciudad de provincias. Lo pareció a fines de los años 60, después en los 70 y los 80, durante el Gran Deterioro, y más tarde en los 90, en tiempos del Gran Desbarajuste, y, por último, en los años de la Ruina Profunda.


14.

Al encontrarme con el grupo silencioso y ritualístico que avanza por la calzada más bien enorme de Diez de Octubre —antes Calzada de Jesús del Monte, donde todavía se yergue una iglesia elevada sobre una colina ya famosa en el siglo 19—, me doy cuenta de que la mitad de ellos (y ellas: hay 3 muchachas) carga mochilas con pomitos de agua y libros. Les pregunto: ¿Ustedes leen?, y me contestan al unísono: ¡Sííí! Es entonces cuando subimos la cuesta y advertimos que por allí hay un mirador. La Habana de noche, apagada, todavía impresiona, pero más impresionan los fuegos diversos, muy aislados, que hacen los habitantes de la ciudad cuando la basura los asedia de modo ya insoportable. 


15.

Abuela, ¿y qué te prometieron cuando tuviste que darles los apartamentos?, le pregunto. Había construido siete apartamentos en un largo pasillo, en Alturas de La Lisa, zona poco poblada, cerca de un cementerio. Tras la venta de una tiendita muy suya, hecha con su trabajo de años de costurera, invirtió en la construcción. Cuando oye mi pregunta, alza la vista. Me prometieron pagarme una renta vitalicia, contesta.


16.

Y bueno, ¿qué tal si releo El halcón maltés, de Dashiell Hammett, o Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de R. M. Rilke, o Farabeuf, de Salvador Elizondo, o El clamor de los bosques, de Richard Powers?


17.

La política nace en la polis, ¿verdad que sí? No en el campo, ni en los surcos, ni en los potreros. La política brota entre columnas jónicas, o cojónicas, cuando, en tiempos de paz, senadores comisionados por otros senadores se reunían en Atenas con los generales. Los políticos viven de prometer, de ilusionar, de embaucar. Cumplen un por ciento más o menos bajo, o muy bajo, de todos esas promesas. Y les echan las culpas de sus dilaciones y fracasos a otros políticos. Y así continúan con sus vidas, tan sonrientes y seguros. El palabreo de toda la vida. La cháchara que se acompaña de gestos grandilocuentes y (Dios nos ampare) de payasadas.


18.

Cuéntenme, a ver… ¿qué leen ahora?, les pregunto a las muchachas. Los varones me observan con ojos brillantes y cansados, pero felices. Han estado caminando muchos kilómetros. Uno de ellos saca una caneca de vidrio, con licor. ¿Un trago de whisky?, me ofrece. Aunque ya se siente la frialdad del principio de la madrugada, me niego amablemente. Entre las muchachas, hay una que me enseña un libro. “Ahora estamos con Pedro Páramo, de Juan Rulfo, él sí sabía cómo es este mundo nuestro, afirma con seriedad”. “El maestro Rulfo”, asiento conmovido, pero desde una extrañeza súbita. “Beba un trago con nosotros, profe”, escucho una voz muy dulce. El rostro del joven es simpático y triste, pálido y brilloso. “Total”, “hemos perdido la vida y ya ve usted, seguimos andando”.