Esto es lo que hay

Vengo del futuro, decía Reinaldo Arenas. Puedo contarles. Puedo decirles cómo va a terminar esto.

“La obra de Reinaldo Arenas ya está perdida” —se quejaba Roberto Bolaño en uno de los textos de El gaucho insufrible—. “La de Puig, la de Copi, la de Roberto Arlt. Ya nadie lee a Ibargüengoitia”.

Ya nadie lee a Bolaño, tampoco. Hay quejas insufribles y quedan cero gauchos.

La vida sigue.


*

Estoy leyendo a Daniel Calabrese, poeta argentino que acabo de descubrir (a todo llego tarde; antes solía inventarme que la tardanza era estratégica, pero era solo tardanza): 

La ilusión del tiempo se desvanece 
en este mar de verbos que llaman vida, 
libros, fechas que pasan, 
cosas para mirar.


*

También estoy mirando las cosas que han pasado en Francia. En el mar de verbos escucho la etiqueta “islamoizquierdismo” y me pregunto si no es un pleonasmo, si existe un izquierdismo que no sea islamista.

Para instruirme —es urgente, con la que está cayendo— necesito leer Historia de la ultraizquierda (Espartaquistas, comunistas libertarios, situacionistas, neoanarquistas, zadistas, black blocs y otros enemigos del capital), de Christophe Bourseiller (Errata Naturae, 2022). Pero no puedo: cuesta 23 euros.

No me importa la vivienda, no me importa la educación pública, pero ¿no tener dinero para comprar libros? ¿Que no me alcance el capital para aprender sobre los enemigos del capital? 

Dan ganas de salir a quemar edificios por toda Europa, incluyendo la posimperial desunión llamada Reino Unido.


*

Escribe Calabrese, veterano de las Malvinas: 

Meter el ojo en una tubería es un ejercicio de belleza. 
Las corrientes, ¿por qué vienen? 
La frustración, ¿por qué? 

Esta columna, hoy, intenta exorcizar una corriente de ansiedad depresiva. Esta columna rumia la frustración:

Antes leíamos como animales que pastan 
y eligen la hierba más tierna. 
Pero después de un tiempo ya no. 
Ahora engullimos el pasto seco, 
la hojarasca masticada hasta el cansancio.


*

Mientras arde Francia y se calienta España, espero que me den fecha para un análisis de sangre. Mi hermano está enfermo y los médicos quieren asegurarse de que soy donante compatible para un trasplante de médula. 

Esa compatibilidad ya yo la doy por sentada. 

La aguja. El cansancio. Las fechas que pasan.

La columna vertebral de quien esto escribe es un tubo tembloroso que conecta con otras tuberías, algunas muy magulladas.


*

La cubierta (como no tengo dinero, como soy un condenado de la tierra, solo puedo hacer covers de cubiertas) de Historia de la ultraizquierda muestra a tres ultraizquierdistas con el rostro cubierto por máscaras antigás. Son sombras oscuras que han surgido del humo. 

La cabeza de una de ellas me recuerda a la de un ave con el pico ganchudo clavado en una lata. 

¿Una lata de qué?

Calabrese se pregunta otra cosa:

Y el cóndor, me pregunto
cómo un comedor de carroña
puede llegar tan alto.
Una voz antigua me responde,
como si viniera de un canto del 
Inferno:
tal vez nunca imaginaste un diablo pensador.


*

“La izquierda francesa o chilena, sus escritores, sus cineastas y a veces sus gobiernos” —escribía recientemente Rafael Gumucio en un artículo para Letras Libres titulado Carta (desde Santiago) a un amigo francés—, “llevan décadas ensalzando la radicalidad como una muestra de sinceridad. Ustedes tuvieron a Sartre. En su prólogo a Los condenados de la tierra de Fanon celebró la violencia del colonizado como el acto en que el hombre se recrea a sí mismo, y fue a visitar a Andreas Baader a su celda de Stammheim. Durante años, el sur de Francia fue el santuario de ETA, y buena parte de la izquierda francesa vio en sus militantes refugiados políticos antes que asesinos. Ken Loach ganó la Palma de Oro con un IRA de leyenda en El viento que agita la cebada. Julio Medem buscó en La pelota vasca una equidistancia que a las víctimas de ETA les sonó a complicidad. El cine norteamericano hizo lo mismo con los Panteras Negras, y Nona Fernández lo hace hoy con el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en Marciano. A todos esos movimientos se les han perdonado su crueldad, sus fracasos, incluso su machismo”. 

Desde los tiempos en que yo era fan de Bolaño, desde los tiempos en que yo coeditaba en La Habana un e-zine del que nadie se acuerda llamado The Revolution Evening Post, siempre ha venido un chileno a explicarme a quién (no) leer, cómo (no) leerlo y por qué (o por qué no).

No he leído a Nona Fernández. Como tampoco he leído las novelas de Ariana Harwicz, pese a que es una escritora que ha pasado alguna vez por mis sueños húmedos, perdón, por mis sueños judíos (insisto en lo del sueño, porque en la vida real no soportaría tener a una escritora ni remotamente cerca de la franja de Gaza que cerca mi cuerpo).

Lo que sí leí es el artículo sobre la cancelación de Harwicz que escribió Carlos Manuel Álvarez para la revista Jacobin(“Usurpación de la víctima”), y la respuesta a ese artículo que escribió Pablo de Cuba en su revista, Bookish & Co (“La forma como coartada”).

Es como si no hubiera leído nada. 

Cero comprensión lectora: ese es el nivel que he alcanzado. Una suerte de nirvana en minúsculas.

Yo le llamo la Sombra.


*

Hace cinco años sufrí una especie de breakdown nervioso debido a una hipocondria salida de control. En palabras de Calabrese:

Me perseguían muchas sombras.
No sabía cuál era la mía.
Después me acostumbré.
Eran copias de mi propia muerte
en un modelo fractal hacia el infinito.
Solo había que dejarlas pasar.

Y las dejé pasar, poeta. Pero constato que, desde entonces, desde aquel obsesivo pánico mío a enfermedades imaginarias, personas queridas sufren enfermedades reales a mi alrededor.


*

“Vengo del pasado, es decir, del futuro, y puedo contarles cómo termina” —dice la carta escrita desde Santiago al amigo francés (que es un francés imaginario, como lo son todos los amigos fieles)—. “Un año después del estallido, casi el 80% de los chilenos votó por cambiar la Constitución. La Convención encargada de redactarla, dominada por los herederos de la Plaza Italia, produjo un texto que el 62% rechazó. Un segundo proyecto, escrito esta vez por la derecha, también fue rechazado. En diciembre pasado, José Antonio Kast, el candidato que la izquierda llevaba años describiendo como su peor pesadilla, ganó la presidencia con el 58,6 % de los votos frente a una candidata comunista. Los incendios de octubre terminaron votando por él. Ese es el futuro que les tiene preparado Marine Le Pen”.

A continuación, la sentencia de Rafael Gumucio:

“La revuelta es absurda, y lo más seguro es que consiga exactamente lo contrario de lo que las almas bellas y los octubristas dicen querer lograr. La revolución, en cambio, nunca ha tenido más sentido que hoy. Nunca la acumulación en pocas manos de todo el poder político, mediático y financiero ha sido tan visible e innegable”.

Es lo que tiene la revolución, pienso: hoy tiene más sentido que nunca, no importa cuándo leas esto. Ayer, mañana, dentro de una década, hace medio siglo o cualquier fracción de milenio: hoy es siempre hoy, sea el día que sea, y las cosas nunca han sido tan visibles e innegables como son hoy.

La revolución es como el fin del mundo.

“El mundo se va a acabar” —anunciaba Kate Berlant al inicio de Parmesan, excelente especial de comedia estrenado este mes en HBO—. “Sí, el mundo se va a acabar. Pero ¿acaso el mundo no se ha estado acabando siempre?”

“Murió en el destierro” —escribió Borges de su bisabuelo—; “le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”.


*

Volviendo a “Usurpación de la coartada” y “La forma como víctima”: confieso que tuve que leer varias veces seguidas no pocas frases de los artículos de Carlos Manuel y Pablo, a fin de desentrañarlas. 

Fue en vano.

Entendía el fondo, pero no daba pie.

Son las consecuencias de eso que ahora llaman delegación cognitiva.

Pero mi delegación empezó antes de la IA. Mi delegación viene de la médula. Cada vez que se debaten Cosas Importantes, mi CI cae en picado. Cada vez que se esgrimen argumentos medulares en una discusión histórico-política (Literatura, vamos; tampoco nos engañemos), yo me vuelvo una Kate Berlant: un clown lesbiano con un cuaderno de apuntes y despojado de Otras Inquisiciones.

Lo que intento decir es que de pronto entiendo lo medular desde una perspectiva puramente ósea.

Y todo empieza a dolerme.


*

Tiene razón Calabrese:

Las voces están solas,
no pueden volver para matarme.
Una mañana oscura las ignoré
oculto bajo la línea curva del tiempo
y apenas salieron todos los soles
me puse a correr.

Corriendo, huyendo, escapando, llegué hasta la huerta mediterránea donde ahora sobrevivo y donde posiblemente termine incurriendo en el vandalismo cualquier día de estos. Es lo que hay. Prenderé fuego a algún edificio público para reclamar lo que me deben.

¿Vivienda digna?

¿Educación gratuita Ultra Pro Max para mi hijo, a cuyo bisabuelo gallego migrante también le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir?

¿Mayor salario, para poder comprar libros que no voy a poder leer como antes?

No.

Benzodiacepinas sin receta: esos blísteres que venían de Cuba, fabricados creo que en Lima o Bogotá, pero traficados por cubanos e interceptados por los agentes de aduanas españoles.

Las voces de la mente no vinieron a quedarse.
Lo sé.
Están a punto de irse.
Las atropella esta escritura y las voces 
revientan como un ejército de ríos asustados
por una descarga de metralla.

Es la carga de los antidisturbios, que siempre viene después del cruce de una frontera.

Mental.


*

Otro muy citado excurso de Bolaño, también incluido en El gaucho insufrible, se titula “Literatura + Enfermedad = Enfermedad”. 

El chiste es que, si duplicamos la variable literaria al lado izquierdo de la ecuación, el resultado seguirá siendo el mismo.

Si algo deben saber tanto Pablo de Cuba como Carlos Manuel Álvarez (como antes lo supo Reinaldo Arenas, y como también lo saben o lo supieron el resto de escritores chilenos y argentinos mentados aquí), es que el mundo es de ellos: de los otros.

Ellos saben quiénes son.

A Roberto Arlt, por cierto —¿qué se puede esperar del autor de un libro titulado Los lanzallamas?—, le gustaban las máscaras antigás.


*

Yo estoy bien, no se preocupen (aunque sé de sobra que ningún octubrista que esté leyendo esto, si acaso hay alguno, se preocupa por mí). 

Yo estoy bien y sigo leyendo a Daniel Calabrese:

Yo estoy bien
pero los gusanos
ya empezaron a trabajar.






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