Retrato

El retrato de familia que mi hijo hizo con papeles de colores tiene, atravesándole el centro, una hilera de cuerpos recortados, de brazos y piernas tiesos. Ahí estamos los tres (entonces éramos tres): él está en el medio, con mi pareja de entonces y conmigo a cada lado. Estamos parados, como indica la enorme franja de papel verde bajo nuestros pies, sobre un césped inmenso y bien podado, con una escuela al fondo. Hay algo que pudiera ser un aro de baloncesto, aunque parece una media tejida. Unos cuantos manchones de salvia oscura hacen las veces de arbustos, pero se parecen más bien a estrellas que estallan. En la esquina derecha, un pájaro sale volando de la página. ¿O será un puerco que parece pájaro? Mi pareja de entonces y yo somos muy rosadas, con un sombreado naranja claro alrededor de la barriga. En este retrato, mi niño es moreno, moreno como la tierra fértil y mojada, con una mata de pelo espeso y ensortijado. Todos tenemos esos ojos locos de plástico que se mueven.

La cosa es esta: han pasado diez años, o más, desde aquel retrato de familia. Desde la cocina veo el jardín, donde mi muchacho estira los brazos hacia arriba, como si quisiera devolver aquel puerco/pájaro a la página. Mi hijo es un álamo temblón, de extremidades fluidas y trémulas, la voz centelleante, el pecho de mármol Calacatta, las pupilas verde anguila.

Y yo me quedo preguntándome: ¿qué veía en sí mismo, en aquellos años de preescolar, que yo nunca supe ver? ¿Qué mundo antiguo/futuro reflejaba? ¿Y qué ve ahora? ¿Qué se me escapa del campo de visión, qué me hace seguir desajustando su imaginación y mi esperanza?

Los dos conocemos esta cocina, esta vista, el jardín y el aro de baloncesto que nunca se usa, el melocotonero y su abundancia, el granado y los cadáveres arrugados de la cosecha del año pasado, que se quedaron pudriéndose en las ramas. Conozco la curva de su cuello cuando se inclina, ese gesto de asentir como quien sabe, la manera en que se me tensan los dedos de los pies para sostenerme en alto y alcanzar el beso que él me planta en la cabeza. Sé que puede medir el peligro, comprenderlo y aun así meterse de cabeza en él; que el muchacho capaz de razonar su camino a través de un momento puede lanzarse sin pensarlo al siguiente. Sé todo eso y aun así me acerco, me estiro hacia arriba, la nariz tropezándome con su pecho de mármol, justo debajo de las clavículas.

Hay tantos retratos de familia en nuestro pasado, y ahora está este, capturado en el instante, cada uno añadiendo sus capas y contradicciones. Su vida y su historia, conocidas y todavía desconocidas para nosotros, escuchadas, contadas, discutidas como si alguien que no fuera él pudiera decir: un poquito más a la izquierda, más naranja en el cielo al atardecer. Como si alguien que no fuera él pudiera saber si lo que sale volando de la página es un pájaro o un puerco, o adónde va.



* Poema publicado originalmente en inglés bajo el título de “Portrait”. https://www.patreon.com/AchyObejas/posts/portrait-171352555. Traducción de Achy Obejas para ‘Hypermedia Magazine’..






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Pedro Freyre: “Yo quiero ser un instrumento de la paz”

Por Jorge De Armas

“Cuando uno pierde una patria, pierde verdadero poder sobre su futuro”