Un niñito de siete años entiende muy poco de cine. Para ese niño el cine es lo que le entrega una cara reconocible, un cuerpo y una voz. Mi primera conexión entre el cine y una cara formidable ocurrió con Bruce Lee.
La fascinación inicial tiene más sombras que luces, pero no dejo de evocar la voz de mi papá enumerando la filmografía. Recuerdo algunos títulos igual que entonces: Contacto en China, Operación Dragón, Juegos de muerte…
Sería el año 2000; quizá la última década dorada del cine de artes marciales. Nadie sabía quién coño era Jean Paul Belmondo, pero mencionabas a Jean Claude Van Damme y aparecían cuatro especialistas. De esos conocedores tomé las señas adecuadas para luego desplazarme seis cuadras con diez pesos en la mano y algunos títulos específicos en la cabeza.
Los 2000 eran también un tiempo hermoso para quienes lucraban con esos oasis del entretenimiento que fueron los bancos de películas. Yo entraba por un pasillo cuasi favela, saludaba al Nene, que sería una especie de punto de seguridad, y al fondo quedaba la habitación con los estantes repletos de videocasetes. Casi siempre estaba un hombre barbudo y sin brazos acompañando a Juanito, que era el jefe, con su libreta lista para anotar lo que me llevara por 48 horas.
Los ojos de un niño casi no emiten juicios de calidad. La película se ve o no se ve y punto; y aquellas de Bruce Lee, se veían. El cabrón era bien parecido. Siempre luciendo ese exoesqueleto de músculos mientras iba partiendo caras. Esa expresión de quien no teme a nada. De repente me molestaba no ser asiático. No tener el pelo negro. Y me frustraba doblemente el provocar peleas que luego perdía.
La inspiración conllevó a la experimentación. Unas pocas lecciones de karate me proporcionaron ampollas gigantescas en los pies, porque el karate se practicaba descalzo. Bruce Lee andaba en zapatillas y en La Lisa no había ningún maestro que enseñara Kung Fu directamente. Entonces me quitaron del Karate, se aliviaron mis ampollas, y ese primer acto de emulación quedó como un episodio tremendamente fugaz.
La parte sensorial, la de los objetos, es más feliz y no llega mucho después. Es mi cumpleaños y mi tío Bernie me regala un paquete con una veintena de fotos de Bruce Lee. Las hay en sepia y en blanco y negro. Papel fotográfico de calidad. Se le ve entrenando, compitiendo, bajando de un avión, con los hijos en brazos.
Por años las miro como se mira un tesoro; creyendo, en efecto, que las fotos eran originales e inéditas, porque así se sentían en mis manos. El mismo tío me regala, en otro cumple, unos nunchaku negros con dragones dorados. A día de hoy no recuerdo mejores regalos. Hasta mi madre me dio con los nunchaku.
Por mucho tiempo fue transmitido en Cuba el programa Dojo en TV, con comentarios del sobrio Roberto Vargas Lee, que no era pariente de Bruce. Fue en uno de sus programas que supe lo que era la muerte, la de verdad, cuando transmitieron imágenes del funeral de Bruce Lee. No creo haber llorado, pero tampoco haberme sacado esa imagen triste de la cabeza por varios días. Era la primera vez que veía un muerto y ese muerto era mi héroe, tan jovencito, ahora inmóvil e inflamado dentro de una caja.
En mi adolescencia, Bruce había dejado de ser sinónimo de cine y me acompañaba algunos ratos en su alter ego Forest Law del videojuego de peleas Tekken 3. Un día me entero que un profesor de Wushu y Tai Chi formado en el Barrio Chino iba a sentar academia en el área deportiva de mi escuela.
Se llamaba Rolando. Mi momento había llegado. Wushu era lo mismo que Kung Fu, según me explicaron. Por cuarenta pesos mensuales entrenábamos todo aquello que aparecía en el cine de mi niñez. También calzábamos las entrañables zapatillas y vestíamos los pantalones holgados.
Un día el maestro dijo conocer una técnica secreta que podía dejar inválido a cualquier agresor con solo tocar cierto punto en la zona de la nuca y los trapecios. Cuando lo comenté en casa, honrado de tener un sensei tan letal, se estuvieron riendo por días. En otra ocasión dijo haber presenciado un acalorado sparring en que un profesor, al que llamaban Hollywood (conocido por tener cierta rivalidad con Vargas Lee), le propinó un golpe “con energía” a un monitor incrédulo que terminó con el brazo muy inflamado y un círculo con forma de yin yang en la muñeca. Ahí supe que el profesor veía más películas que yo.
Tras largos meses de buen rendimiento, Rolando nos ascendió de categoría y paramos en el Barrio Chino: las Grandes Ligas… Pero meses de colas, guaguas, calor y el desgaste de ir y virar quebraron el último reducto de Kung Fu que anidaba en mí.
Hace mucho que no sé de aquellas fotos que con tanto gusto me sentaría a ver; ahora que le voy sacando un año de ventaja a Bruce Lee. El Dragón lleva ya más tiempo muerto del que vivió, lo que me resulta una cosa terrible, porque acentúa demasiado la condición de estar muerto.
A mis casi 34 años, advierto una noble contradicción. Mi yo actual está en las antípodas del cine de artes marciales, pero atesora cada hora vertida frente a una modesta pantalla en que sobraron las patadas voladoras, los litros de sangre falsa y se llevaron a cabo las venganzas más trilladas del séptimo arte.

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