Pedro Freyre: “Yo quiero ser un instrumento de la paz”, una entrevista de Jorge de Armas, para Hypermedia Magazine.
Me cita en una de las torres del Brickell City Center de Miami. A los pies del edificio bulle la fiebre consumista de las grandes marcas, pero en los pisos superiores se encuentra una de las firmas de abogados más prestigiosas de Estados Unidos.
Es la segunda vez que nos vemos. Un par de meses antes nos habíamos reunido en un amplio salón de conferencias para conocernos, para “construir confianza”. Ahora ha llegado el momento. Pedro Freyre, un cubano risueño y optimista, aparece con una chaqueta azul marino, con botones de un dorado discreto, y me estrecha la mano. “A mí me tuteas”, me pide.
Él mismo me conduce a un salón con amplios ventanales desde los que Miami se ve imponente. Estamos literalmente rodeados de rascacielos y, quizás por la altura, quizás porque Pedro es un tipo que transmite calma y sosiego, no hay nada opresivo en tanto concreto y hormigón a nuestro alrededor.
¿Quién es Pedro Freyre y de dónde nace esa pasión por Cuba?
Nací en La Habana en 1949, lo cual parece ya otro mundo, y llegué a Estados Unidos en octubre de 1960. Me crié y estudié en Estados Unidos, hice mi carrera aquí. Estuve brevemente en España y después pasé dos años en Michigan, así que conocí un poco del resto de Estados Unidos. Pero mi vida ha estado muy enfocada en la realidad cubanoamericana y en toda esa obsesión con Cuba.
La pasión nace del hecho de que mi padre, que era abogado, siempre estuvo muy metido, desde que llegó a Estados Unidos, en el tema de llevar a Cuba hacia una democracia. Mi padre fue quien negoció el intercambio de los prisioneros de Playa Girón por medicinas. Mi hermano participó en la invasión y cayó prisionero en Playa Girón, y a mi cuñado lo mataron allí.
Ese es el cemento de esa pasión. Yo heredé un poco el papel de mi padre porque, de los seis hermanos —tres varones y tres mujeres—, fui el único que cursó estudios universitarios y, además, me hice abogado siguiendo sus pasos.
Mi padre era uno de mis héroes, así que no es muy complicado entender que siguiera con esa pasión. Yo te diría que la he estado ejercitando desde 1989, cuando empecé de verdad a meterme en los temas cubanos. Desde entonces he estado involucrado, tanto profesional como personalmente, abogando por diferentes causas.
Pedro Freyre habla con humildad, pero basta repasar su trayectoria. En el ámbito académico, es profesor adjunto en la Facultad de Derecho de la Universidad de Miami y profesor invitado (lecturer) en la Facultad de Derecho de Columbia. Entre sus afiliaciones institucionales, es miembro de la junta directiva del U.S. Cuba Business Council de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, presidente saliente del Comité de Cuba de la Cámara de Comercio de Miami, presidente del Cuban Judicial Forum, miembro de la junta de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de FIU y asesor del Engage Cuba Policy Council. Su práctica profesional relacionada con Cuba ha sido reconocida por Chambers Latin America/Global, The Legal 500 y la lista Lawdragon 100.
Es especialista en negociaciones complejas en zonas de conflicto y aboga por su resolución mediante el diálogo y la diplomacia. En un espacio tan polarizado como la nación cubana, quiero saber de dónde nace esa vocación por el diálogo.
Yo creo que la he construido por varias vertientes. Una es mi padre, que era un gran diplomático. Nunca apoyó al comunismo ni a la Revolución; apoyó precisamente lo contrario. Y, sin embargo, pudo sentarse a negociar directamente con Fidel Castro, cara a cara.
Para mí, aquello fue un ejemplo maravilloso de lo que significa concentrarse en el problema. Y el problema es cómo lograr una Cuba democrática, pujante, una Cuba que triunfe, una Cuba que esté sosegada. Mi padre me enseñó que hay que enfocarse en el problema y no en las personas.
Y creo que viene también de mi fe. Yo soy católico, me instruí con los jesuitas y creo que de ahí viene una tradición según la cual las cosas hay que hacerlas no para destruir, sino para construir.
¿Por qué siempre señalas 1989 como un año definitorio en tu relación con Cuba?
Yo creo que 1989 es el año crítico, porque fue entonces cuando empezaron los enormes cambios en el bloque del Este y el proceso de desintegración de la Unión Soviética. Había una gran expectativa en Miami de que Cuba iba a cambiar.
Estuve en el comité de la Cámara de Comercio del Gran Miami e hicimos cuatro versiones diferentes de planes para Cuba. Estuvimos muy involucrados en esa temática, así que creo que ahí despegó todo.
Después me tocó, desafortunadamente, todo el asunto del niño Elián. Yo era el chair de un grupo que se llamaba Facts About Cuban Exiles, una organización antidifamación, y me correspondió desempeñar un pequeño papel en los intentos de negociar una solución al problema.
La noche antes de que se llevaran al niño, yo estaba reunido con todos los líderes comunitarios en la casa parroquial, al lado de donde estaba Elián. Ya habíamos elaborado una propuesta para el gobierno de Clinton con el propósito de resolver el asunto y la habíamos enviado por fax. Pero, para entonces, la operación ya se había puesto en marcha y nos tomó por sorpresa.
Aquello me dejó muy desconcertado y extremadamente molesto. Y me enseñó una lección muy importante sobre lo que pasa cuando uno pierde una patria: pierdes verdadero poder sobre tu futuro.
Elián González, el niño balsero rescatado frente a las costas de Florida en noviembre de 1999, fue el centro de una disputa por su custodia entre su padre, en Cuba, y sus familiares de Miami. El conflicto tuvo uno de sus momentos decisivos el 22 de abril de 2000, cuando agentes federales lo sacaron por la fuerza de la casa de Little Havana. Los abogados que representaban formalmente a la familia de Miami eran Spencer Eig y Roger Bernstein, mientras que José García-Pedrosa actuaba como portavoz.
Freyre no fue abogado de la familia, sino que se incorporó en los últimos días de la crisis, como presidente (chair) de FACE, a un esfuerzo paralelo de negociación con la administración Clinton. FACE, siglas de Facts About Cuban Exiles, es la organización que Freyre menciona en la entrevista como “antidifamación”. Fundada en Miami en 1982 por profesionales cubanoamericanos para contrarrestar los estereotipos negativos sobre el exilio, su misión cobraría nueva urgencia al año siguiente, con el estreno de Scarface.
Quiero saber un poco más de ese trabajo y también de la decepción y la sensación de derrota que significó para el exilio cubano el regreso del niño Elián a la Isla.
Todo esto empezó antes de que yo estuviera en esa organización. Fue durante la crisis del Mariel, cuando la imagen de los cubanos se fue al piso, cuando teníamos todo aquel caos en Miami y salió la película Scarface, que dio una imagen pavorosa de los cubanos. Entonces se organizó un grupo de líderes comunitarios para salirle al paso a ese tipo de difamación.
Esto fue mucho antes de las redes sociales. No había internet; lo que había era televisión y periódicos. Así que el trabajo consistía en escribir cartas diciendo: “Oye, lo que estás diciendo no es correcto”, y cosas por el estilo.
En el tema de Elián, yo siempre veo las cosas un poco desde la mitología y la historia, desde lo que no es palpable, lo que no es objetivamente probable, sino lo que uno siente, lo que sentimos como cubanos.
Y creo que ahí lo que predominó fue esa mitología de un niño cuya madre trató de salvarlo y murió en el intento, un niño al que acogió el resto de su familia y al que entonces vino a llevarse el malo de la película, mientras nosotros éramos sus defensores.
Creo que esa mitología, esa narrativa, fue la que dominó aquel momento. Y aquello fue un cubo de agua fría. Muy, muy fría…
Pedro Freyre, durante la entrevista. © Jorge de Armas.
Yo creo que una de nuestras grandes cualidades es el orgullo y la capacidad de lograr cosas. Hemos conseguido cosas importantes porque no aceptamos nuestras limitaciones. Creíamos que éramos potentes, y resultó que no éramos ni remotamente tan potentes como queríamos creer.
Percibo dolor en su respuesta. Se levanta, bebe agua, me ofrece café, “o lo que quieras”, y regresa a la mesa.
Doy un salto de más de diez años y le pregunto por el “Obamato”. Pedro se ríe y me dice que me va a robar la palabra. Yo se la regalo.
Mira, la propuesta de Obama surge de la autoridad que tiene el presidente, como titular del Poder Ejecutivo, para modificar, por decirlo así, la política exterior y la reglamentación sobre el control de activos cubanos, que administra el Departamento del Tesoro. Bajo la legislación que permite esa regulación, el Poder Ejecutivo tiene facultades muy amplias.
Entonces, el presidente Obama pudo modificar, ordenar la modificación de una serie de regulaciones, no de la ley. O sea, vamos a entendernos: la Helms-Burton, que es uno de los tres fundamentos legales más importantes del embargo a Cuba, no la puedes modificar por decreto presidencial. Pero la reglamentación y la interpretación del embargo cubano sí se pueden modificar.
Y eso fue lo que hizo Obama: amplió las posibilidades de viajar a Cuba, introdujo cambios en determinados aspectos financieros, como la comunicación entre los bancos, facilitó medidas humanitarias más activas y permitió, por ejemplo, pruebas biológicas y médicas. O sea, toda una cadena de iniciativas.
Y también inició, desde el punto de vista diplomático y de las relaciones exteriores, dentro del framework de las facultades del Poder Ejecutivo para conducir esas relaciones, una serie de contactos con Cuba sobre asuntos tan fundamentales como el control de drogas, el weather, o sea, si viene un huracán o no viene. Temas de exportación e importación, de regulación de medicamentos…
Lo interrumpo para señalarle que estaba muy preparado para el momento Obama. Desde Cuba Practice, el estudio y análisis de las peculiaridades del totalitarismo cubano le habían permitido desarrollar un conocimiento informado de la realidad de la Isla desde el Derecho.
Sí, sí, eso fue antes de Obama, en 2006, o sea que llevamos veinte años en esto. La ley y las regulaciones siempre han permitido ciertos viajes a Cuba, cierta comunicación con Cuba, determinadas exportaciones de medicinas y alimentos.
Y en aquel momento, siendo perennemente optimistas, vimos que en algún momento tenía que cambiar la situación en Cuba y con Cuba. Empezamos poco a poco, poquito a poco, y creo que, muy afortunadamente, estábamos muy bien posicionados en 2014, cuando el presidente Obama anunció sus iniciativas en diciembre. Desde entonces no hemos mirado atrás; hemos seguido creciendo y creciendo en ese espacio.
La Cuba Practice de Akerman es el grupo de la firma especializado en las relaciones comerciales y jurídicas entre Estados Unidos y Cuba: defensa frente a reclamaciones bajo el Título III de la Ley Helms-Burton, cumplimiento de las regulaciones de la OFAC, transacciones y licencias con entidades cubanas, protección de marcas, estrategias de entrada al mercado y procesos de due diligence. Ha representado a aerolíneas, líneas de cruceros, cadenas hoteleras, entidades financieras, empresas farmacéuticas y desarrolladoras inmobiliarias interesadas en Cuba.
La firma estuvo presente en momentos históricos como la reapertura de la embajada estadounidense en La Habana y la visita de Obama a Cuba en 2016. Su equipo, hoy encabezado por Augusto Maxwell, con Freyre como una de sus voces centrales, ha sido reconocido por Chambers Latin America y Financial Times por su experiencia regulatoria y sus relaciones con instancias gubernamentales.
¿Cómo se materializaron algunas de las iniciativas de Cuba Practice en aquel momento?
Creo que fueron diferentes sectores, muchos relacionados entre sí. Yo diría que, fundamentalmente, comercio y viajes. En el comercio, la exportación de bienes y productos farmacéuticos, las exploraciones biotecnológicas; en las comunicaciones, la apertura de nuevos canales, la paquetería y, algo muy importante, los viajes autorizados.
Hay doce categorías de viajes autorizados y se amplió mucho el concepto de people to people, de persona a persona. Y dentro de ese acápite de viajes autorizados tuvimos mucha actividad con las líneas aéreas, las líneas de cruceros y ese tipo de empresas.
Pedro es optimista y su discurso parece evitar siempre los espacios grises. Lo increpo: le recuerdo que también hubo muchos conflictos, reclamaciones de entidades y corporaciones por el uso de sus propiedades confiscadas en Cuba. Sé que Pedro ha estado muy involucrado en esos procesos y me interesa conocer las dificultades que entrañan, desde el Derecho, las negociaciones entre sancionador y sancionado, entre la mano tendida de Obama, el exilio cubano y el régimen.
Efectivamente, es difícil encontrar ese espacio. Te digo, si hay espacios más difíciles, yo no me los puedo imaginar, porque Cuba está prácticamente a la vista, tan cerca y tan lejos. Estamos mirando hacia Cuba, hacia el sur, y si tienes un poquito de imaginación ves La Habana. Y, sin embargo, está tan lejos.
Entonces tienes que navegar, legal, ética, moral y políticamente, entre dos entornos. El norteamericano, que es el que yo manejo porque soy abogado norteamericano, donde hay reglas muy duras, muy restrictivas, sobre lo que puedes hacer con Cuba. Y el cubano, donde existe, por decirlo así, un panorama muy árido para darles cuerpo y oxígeno a las iniciativas privadas o a los contactos con Estados Unidos.
Y ahí es donde creo que aparece, de nuevo, el espíritu de mi padre, de la diplomacia, de poder sentarte con una persona con la que no estás de acuerdo políticamente.
Tienes que tener presente que debes cumplir tus obligaciones legales norteamericanas y defender los derechos de Estados Unidos, que es mi país, mi nacionalidad ahora, y al mismo tiempo tratar de ayudar al pueblo cubano, de la tierra donde nací. Y hacerlo de una manera ética y legal, que además pueda ser efectiva en Cuba, algo que ahora resulta muy difícil.
Hay un dicho que dice que nothing succeeds like success. Y te digo una cosa: mi mujer me acusa de ser el eterno optimista y, a pesar de los años que han pasado, todavía sigo siéndolo.
Yo te digo a ti que el cariño por Cuba, el cariño por el pueblo cubano que existe en Miami, es poderosísimo.
Hay un trauma nacional, y esto lo he hablado con interlocutores del régimen cubano. Nosotros sufrimos un trauma nacional monumental y todavía lo estamos sufriendo: una guerra civil. Y nosotros perdimos esa guerra civil, desafortunadamente.
Pero creo que la manera de afrontar ese trauma es buscar la reserva de cariño y buena fe que existe hacia Cuba. Porque está ahí, justo debajo de la superficie. Debajo del dolor, de la pérdida, del resentimiento, de los malos sentimientos, hay un cariño por Cuba que se siente, que es palpable.
Tú penetras esa primera capa de dolor que tenemos y lo que encuentras debajo es cariño.
Por eso soy un firme creyente de que debemos seguir quitando, limando las asperezas, limando el dolor, hasta que lleguemos al cariño.
Hemos vivido en los últimos años un incremento de las sanciones a Cuba. Muchas de ellas son cosméticas e inútiles. Sin embargo, es un hecho que se dialoga, se pacta y se continúa trabajando por una apertura y un posible cambio hacia la democracia. ¿Cómo se ha podido trabajar desde el Derecho en estas circunstancias?
Te voy a decir una cosa que quizás te sorprenda: los cambios no han sido tan dramáticos. Los más importantes han sido trancar los cruceros, restringir ciertos acápites de contratos directos o inversiones. El tema bancario ha sido muy importante, pero creo que Estados Unidos siempre ha reconocido como un fundamento de su política histórica que, aun cuando se trata de un país sancionado, tienes que mantener la ayuda humanitaria, los viajes familiares, los contactos religiosos y, hasta cierto punto, los académicos.
Así que todo ese marco ha seguido ahí, no ha cambiado.
Pedro Freyre, durante la entrevista. © Jorge de Armas.
La exportación de alimentos sigue ahí y seguirá ahí. Me cuesta trabajo pensar que eso vaya a cambiar. Así que lo único que pasó es que una vía que era un expressway, una I-95, se convirtió en una calle de dos carriles en el downtown de Miami. Eso es lo único que ha pasado.
Todos los países de Europa del Este tenían historias profundas y muy ricas de sociedad civil. Todos ellos fueron ocupados por la Unión Soviética, que finalmente tuvo que retirarse. Ese no es el caso de Cuba.
Tú tienes una estructura cubana elaborada por un movimiento surgido dentro de Cuba, bueno, malo o regular, que lleva más de sesenta años institucionalizada, pero que copió el modelo soviético. Y eso es muy importante.
Todo, al final, será un proceso constitucional.
Cuba ha tenido cuatro constituciones fundamentales: la de 1902, con la Enmienda Platt, que obviamente no cuadró, no funcionó bien; la de 1940, que fue la más democrática de todas y la que tuvo mayor consenso nacional; la de 1976, que trató de institucionalizar los procesos revolucionarios; y la de 2019, que intentó modernizar todos esos procesos.
Necesitamos una nueva. Yo no sé si será la de 2030, la de 2040 o la de 2050. No lo sé. Pero los procesos de transición legal no ocurren de la noche a la mañana.
Lo que ocurre siempre es que llega un momento en que hay, vamos a llamarlo así, un gobierno de transición, un gobierno provisional, como le quieras llamar, que gobierna por decreto.
Puedes optar por una transición muy gradual y decir: “Todo se queda en su sitio, pero vamos a ir cambiando las cosas poco a poco”. O puedes aplicar una shock therapy, una terapia de choque. Es decir, que de la noche a la mañana cambias la vida de todo el mundo: ahora todos manejan por la derecha en vez de por la izquierda. Eso provoca un shock enorme en el sistema, pero al cabo de un año ya está funcionando de otra manera.
Para que un cambio sea verdaderamente funcional y efectivo, tiene que haber un consenso nacional, un verdadero consenso nacional. No uno dictado de arriba hacia abajo o del exterior hacia el interior, sino un consenso que permita decir: “Vamos a cambiar este sistema que no nos ha funcionado bien y vamos a probar este otro”.
Es un proceso difícil y demora años.
El tiempo pasa y Pedro Freyre es un tipo ocupado. No ha mirado el reloj, pero sus respuestas son cada vez más cortas, más expeditas, así que me doy prisa.
Saladrigas, con el Cuba Study Group, habla de la necesidad de una especie de Plan Marshall para reconstruir el país. La lógica es que hace falta plata, mucha plata, porque de nada sirve meterle petróleo a una red que ya está desbaratada. Eso no arregla el apagón, lo agrava.
Parece obvio que, en ese primer momento de apertura, hace falta ofrecer garantías jurídicas a los inversores, a los empresarios, a cualquiera que quiera entrar en esa economía. El riesgo de la inversión ya lo doy por descontado, pero se necesita un marco jurídico, aunque sea provisional, que combine ambas cosas. Sabiendo que el grueso de esa inversión, por ese cariño del que me has hablado, va a venir de nosotros mismos, del exilio, ¿cómo se concilia esa relación en un espacio que todavía es totalitario? ¿Quiénes tendrían que establecer esas garantías? ¿Y podrían trasladarse —divert, como dicen en inglés— a entidades extranjeras, ya sean de Estados Unidos, España, México o cualquier otro país?
Yo no veo un garante externo. O sea, en el ambiente político norteamericano que estamos viviendo en este momento, no veo que exista el apoyo político necesario para que Estados Unidos adopte ahora a Cuba como hijo pródigo y se ponga a garantizar cosas. No lo veo práctico.
La garantía tiene que ser algo muy orgánico: acciones, no palabras.
Y creo que uno de los fundamentos es el tema de las reclamaciones. Aquí se está hablando de muchas cosas, se están barajando muchas ideas. Pero imagínate que tienes un gobierno cubano que empieza a hacer algo tan sencillo como decir: “Fulano de tal, tú eras dueño del almacén de Tabacalera en la carretera del Cotorro. Ven para acá, te entrego el título de propiedad. No un usufructo, no un arrendamiento, no un contrato. No, el título de propiedad. Invierte en esa propiedad y haz que vuelva a ser un activo productivo. Y, además, te voy a dar un crédito fiscal del diez por ciento de tus impuestos durante los próximos cinco años, que podrás revender en un mercado secundario”.
Esas son acciones, no palabras.
También existe la expectativa de que me devuelvan mi propiedad. Eso puede ser perfectamente factible, y debe haber justicia y equidad. Pero hay que ver cómo se hace. No basta con decir que me paguen. ¿Con qué dinero? Cuba no tiene dinero. No tiene dinero ni para encender las luces, literalmente.
Entonces hay que ser muy creativos con las expectativas y con la manera de hacer posibles esas devoluciones.
Por ejemplo, una idea: creas un fondo de recuperación al que se destinan diez dólares por cada persona que visita Cuba, por cada persona que entra en el país. Ahí sí puede existir una garantía internacional: un fondo administrado por Estados Unidos o por quien sea.
Y a partir de ahí puedes establecer un sistema colateral al sistema de justicia para atender las reclamaciones, sean cubanas, americanas, cubanoamericanas, lo que tú quieras. Las reclamaciones se adjudican y las compensaciones se pagan con los recursos de ese fondo.
O sea, hay que crear valor. Lo que tú no puedes hacer es entrar en un país destruido y pretender sacarle aceite a un ladrillo.
Le comento que entre algunas figuras muy poderosas del exilio existe un consenso sobre la conveniencia de no reclamar nada.
También lo hay. Y te digo, mira, yo creo que no se trata de reclamar, sino de buscar la oportunidad de ayudar.
O sea, volvemos al ejemplo: si yo fui el dueño de ese almacén, si tengo cariño por Cuba y tengo con qué, puedo tranquilamente ir al gobierno cubano y decirle: “Mira, vamos a hacer una cosa. Este almacén tú lo nacionalizaste, me lo confiscaste y no me lo pagaste. Pero yo soy muy buena gente. Devuélvemelo, destruido como está, pero dámelo. Dámelo, porque necesito tener el título de propiedad”.
Y entonces voy, lo reconstruyo, lo pongo a funcionar, le doy valor a Cuba y pongo a cubanos a trabajar.
Eso sí.
Voy cerrando. Quiero apretarlo un poco por el lado emotivo y siento que la entrevista tiene que terminar.
Pedro Freyre, durante la entrevista. © Jorge de Armas.
¿Cuál sería el papel del exilio en esa transformación de Cuba? ¿Cómo ves al exilio participando en la vida futura del país, en ese espacio de transición y en la democracia?
Yo quisiera creer, optimista que soy, que hemos aprendido lecciones de democracia, de sociedad civil y, ciertamente, que hemos aprendido a ser emprendedores. Creo que el testimonio más fuerte que tenemos es esta ciudad preciosa que hemos construido, esta belleza de ciudad que tenemos aquí, de la que los cubanos nos damos lija.
Yo no sé si fuimos los únicos, pero ciertamente fuimos el motor impulsor de esta belleza que tenemos aquí. Así que, si hay una cosa que los cubanos, los cubanoamericanos, sabemos hacer, es construir una ciudad. Eso sí lo sabemos hacer.
Y eso lo he dicho en Cuba a los cuatro vientos: “Dennos la oportunidad de venir aquí y tú no vas a creer lo que vas a tener en Cuba en cinco años. No en diez ni en veinte. En cinco años vas a tener una transformación maravillosa”.
Yo creo que los cubanos hemos aprendido algo que para mí es fundamental. Cuanto más he crecido y más años llevo ejerciendo mi profesión, más creo en el imperio de la ley. Y ahí es donde creo que nosotros podemos contribuir.
El imperio de la ley significa que no hay un hombre, no hay un partido, no hay un interés financiero que esté por encima de ella. La ley es la ley y es igual para todo el mundo.
Cuando tú ves ese símbolo de la justicia, que es ciega y sostiene una balanza y una espada, estás viendo la representación de algo que debe estar fuera del círculo de la actividad política y comercial de los seres humanos. La justicia tiene que estar por encima de todo, y el respeto a la ley también.
Y yo quisiera creer, y espero que sea así, que los cubanoamericanos que hemos vivido en este maravilloso país durante todos estos años hemos aprendido esas lecciones de civismo y podemos implantarlas.
Si somos capaces de hacerlo o no, la historia lo dirá.
Y tú, Pedro Freyre, ¿qué quieres ser en la Cuba futura?
Yo quiero ser un instrumento de la paz.
Pedro Freyre, durante la entrevista. © Jorge de Armas.

‘En la Voz de Ellas’
Por Jorge De Armas
Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.













