
El fin de semana pasado estuve en el Kaseya Center, en la bahía Biscayne, para ver el primer evento numerado de la UFC que se celebra este año en Miami.
Mi recorrido profesional: de copiar las peleas con delay mp4 en el Paquete Semanal, a trasladarme en vivo —por los streams adecuados, compartidos en canales corsarios de Telegram— en la pantalla zombi de esta columna, a la primera línea de asientos Paramount+, donde te permiten escoger entre la narración en inglés y la narración en español.
Detrás de esta narración está el adolescente con déficit de testosterona que fui y que todos los días, entre 1992 y 1994, jugaba al Street Fighter en una consola de SuperNintendo.
También está José Martí, diminuto, moviéndose entre el público como otro personaje de videojuego.
Después de las primeras peleas, casi siempre de relleno en la cartelera —early prelims, les llaman—, suben a la jaula Tatiana Suárez y Loopy Godínez. Peso paja femenino.
No existe el peso paja masculino.
—Hay política hombre y política mujer —susurra Martí.
—Aquí son categorías de peso —le digo.
—¿Locomotora con caldera que la haga andar, y sin freno que la detenga a tiempo? —declama él—. Es preciso, en cosas de pueblos, llevar el freno en una mano, y la caldera en la otra.
—No estamos en Tampa —le aclaro—. Has equivocado la costa de la Florida. Aquí no hay tabaqueros cubanos.
—Por ahí padecen los pueblos —continúa Martí, mirando a estas dos mujeres de torsos y muslos potentes rodando entrelazadas por el suelo—. Por el exceso de freno, y por el exceso de caldera.
La Suárez, luchadora freestyle nacida en Rancho Cucamonga, California (por lo que su nombre completo es Tatiana Yadira Suárez Padilla), ha sobrevivido al cáncer de tiroides y a la paliza que le pegó la campeona de su división, un súcubo chino llamado Zhang Weili. Yo quería que ganara.
Y ganó: estranguló a la Loopy Godínez con llave de cuello.
Pero yo también quería que ganara Loopy, y perdió.
—En la UFC padecen, y en la misma medida prosperan, los genes del virreinato de Nueva España —le explico a Martí—. La familia de Guadalupe tuvo que poner fronteras de por medio para escapar de los sicarios del Cartel del Golfo, que ahora es el Golfo de Tampa y de Trump. Su papá le dijo: Lupita, nos vamos a Disneylandia. Terminaron en Vancouver.
En la siguiente pelea: otro estrangulamiento.
Esteban Ribovics se rinde ante Mateusz Gamrot. Es el segundo argentino de la cartelera y el segundo que pierde: ya Francisco Prado había caído ante los golpes de Charles “Chuck Buffalo” Radtke, un ranchero de Wisconsin que decidió probar suerte en las artes marciales mixtas y hasta ahora le ha ido bien.
Mala noche para los de Buenos Aires en Miami.
Como Gamrot es polaco, de Silesia, la cámara busca en la fila de invitados a su compatriota y excampeona del peso paja, ya retirada, Joanna Jędrzejczyk. Ella sonríe y hace la V con los dedos.
La impronunciable Jędrzejczyk, hall of famer de las MMA, es una belleza. Su rostro trabaja las cuentas de un rosario de internado católico con la pintura descarada de un Ferrari de carreras. A sus 39 años, tiene ese bordado o dobladillo de inmadurez que le hubiera gustado a Gombrowicz, el polaco de Buenos Aires, si a Gombrowicz le hubieran atraído las mujeres tóxicas (o las mujeres en general).
—Este es mi único título a estos cariños, que han venido a tiempo a robustecer mis manos incansables en el servicio de la verdadera libertad —dice Martí—. Muérdanmelas, los mismos a quienes anhelase yo levantar más, y, ¡no miento!, amaré la mordida.
—¿Y si en vez de las manos te muerden en otro lugar? —le pregunto.
—Amaré la mordida, porque me viene de la furia de mi propia tierra, y porque por ella veré bravo y rebelde a un corazón cubano.
Las dos últimas peleas de Joanna antes de retirarse fueron ante el mismo súcubo chino llamado Zhang Weili. Perdió las dos.
En la segunda, noqueada en el segundo asalto con un spinning backfist. En la primera sí aguantó hasta el final, pero terminó con unos hematomas en el rostro que hoy figuran en todos los pedeefes de traumatología deportiva.
Al fondo de todos esos pedeefes casi siempre hay algún poeta, pienso. Y entonces recuerdo a Píndaro. Y ahora le voy a preguntar a Martí, que también es poeta, algo sobre sobre la Grecia clásica, pero él sigue en modo tabaqueros de Florida, así que no me queda otro remedio que citar Mark Leyner:
“Mi descubrimiento de Píndaro en la época en que era joven e impresionable me convirtió en fanático de los deportes. Píndaro fue, sin menoscabo de su lírica sublime, el primer cronista deportivo verosímil del mundo occidental. Más adelante, cuando mi vocación de literato/epigramista se manifestó en su plenitud, Píndaro se convirtió en mi modelo literario. Pronto me vi emulando sus transiciones abruptas y aparentemente arbitrarias de un tema a otro, y especialmente sus aperturas, oblicuas y discursivas (con frecuencia el tema central, el atleta cuya victoria es la ocasión del canto, no aparece hasta la mitad o hasta el final de la oda)”. Tooth Imprints on a Corn Dog, p. 218.
La cámara del evento sigue con sus transiciones y enfoca en el público a otras dos estrellas femeninas: Kayla Harrison, exjudoca olímpica y actual monarca del peso gallo, y Amanda Nunes, quien a los 16 años ya se alisaba el pelo con karate, boxeo y jiujitsu brasileño. Pero estas dos —que ya esperan fecha para pelear este año entre sí— no son mujeres como Joanna, o como Tatiana, o como las esposas de los tabaqueros que van al gimnasio en Miami o en Tampa: estas son, directamente, therians o perras con algún cromosoma extra.
—Hay guantes tan bien imitados que no se diferencian de la mano natural —dice Martí—. A todo el que venga a pedir poder, cubanos, hay que decirle a la luz, donde se vea la mano bien: ¿mano o guante?
En la jaula, ahora, chocan guantes Randy Brown y Kevin “Trailblazer” Holland.
Randy es hijo de (a la UFC le encantan las historias de superación) madre deportada y padre condenado a cadena perpetua, ambos jamaiquinos.
—¿Le tendremos miedo al negro, al negro generoso, al hermano negro, que en los cubanos que murieron por él ha perdonado para siempre a los cubanos que todavía lo maltratan? —se pregunta Martí—. Pues yo sé de manos de negro que están más dentro de la virtud que las de blanco alguno que conozco.
Holland, por otro lado, es un rasta que practica una especie de kong-fu callejero y bocón. Habla con sus oponentes en medio de la pelea; además de ganchos, jabs y volados, tira chistecitos y pullas. Es lo que se dice un working-class fighter: gana y pierde espectacularmente, no aspira a subir en los rankings sino a pelear 4-5 veces al año y cobrar sus cheques.
La UFC premia ese espectáculo y esa regularidad.
—Yo sé del amor negro a la libertad sensata, que solo en la intensidad mayor y natural y útil se diferencia del amor a la libertad del cubano blanco —dice Martí—. Yo sé que el negro ha erguido el cuerpo noble, y está poniéndose de columna firme de las libertades patrias. Otros le teman: yo lo amo.
—Ese amor es racista, ¿sabes? Hablemos de la pelea. Y trata de no sonar gay.
—En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre. Envilece a los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir a camarillas personales, fomentadas por un interés notorio o encubierto, para la defensa de las libertades. Sáquese a lucir, y a incendiar las almas, y a vibrar como el rayo, a la verdad, y síganla, libres, los hombres honrados.
—Sssss —le pongo un dedo sobre el bigote—. Cállate un ratico.
Gana el Trailblazer por decisión unánime. Y luego de otros tres capítulos de la noche (la pelea entre Patricio Pitbull y Aaron Pico, que parece un dueto de música urbana; la última pelea de Cub “Killer” Swanson, quien se retira con el récord de bonus por evento en el peso pluma; la pelea donde vuelve a caer derrotado Johnny Walker, el brasileño con nombre de whisky escocés que alguna vez fue una “joven promesa” de los semipesados) entramos en la parte alta del cartel.
Y entra Donald Trump al Kaseya Center.
Las cámaras lo siguen, el público aplaude… Y Martí se aparta de mi lado.
El presidente de Estados Unidos llega al centro de la arena acompañado de Dana White, el presidente de la UFC. Estrecha la mano de mucha gente. Sonrisa de oreja a oreja. Le da la mano a los comentaristas de la transmisión en inglés. Le da la mano al podcaster Joe Rogan.
Rogan y Dana son los proxies de Trump en el negocio de las MMA, igual que Hezbolá y Hamás son los proxies de Irán en el terrorismo del Oriente Medio.
Trump también le estrecha la mano a Martí, justo antes de sentarse, pero eso solo lo veo yo.
Comienza la pelea entre Curtis “Razor” Blaydes y Josh Hokit, el recién llegado invicto a la división del peso completo.
Hokit es un bully con pinta de motero white trash que ha dicho que Michelle Obama es un hombre, entre otras perlas. A Donald Trump debe encantarle. Yo creo que también Martí sería capaz de decir, con la mejor de las intenciones, que Michelle Obama es un hombre.
—Para Cuba que sufre, la primera palabra —escucho. No ha regresado a donde estoy yo (pero ¿dónde estoy yo, en cualquier caso?): ahora habla por la megafonía del Kaseya Center. Su discurso es inconfundible—. No nos reúne aquí, de puro esfuerzo y como a regañadientes, el respeto periódico a una idea de que no se puede adjurar sin deshonor; ni la respuesta siempre pronta, y a veces demasiado pronta, de los corazones patrios a un solicitante de fama, o a un alocado de poder, o a un héroe que no corona el ansia inoportuna de morir con el heroísmo superior de reprimirla, o a un menesteroso que bajo la capa de la patria anda sacando la mano limosnera.
La pelea entre Hokit y la Cuchilla Blaydes se vuelve un infierno de trancazos donde ambos peleadores siempre están a punto de caer, pero ninguno cae. Son durísimos. La sangre salpica y la batalla se extiende. Terminan despellejados y más descerebrados que antes de empezar.
Trump se pone de pie y aplaude sonriendo, satisfecho.
Para eso ha venido.
Los jueces le dan la victoria a Hokit y los médicos se lo llevan de inmediato al hospital, junto con Blaydes.
—Y las manos nos dolerán más de una vez en la faena sublime, pero los muertos están mandando, y aconsejando, y vigilando, y los vivos los oyen, y los obedecen, y se oye en el viento ruido de ayudantes que pasan llevando órdenes, y de pabellones que se despliegan —dice Martí en el altavoz—. Unámonos, cubanos, en esta otra fe: con todos, y para todos, la guerra inevitable.
Me asombra no encontrar, entre los asistentes VIP, a dos ídolos ya medio jubilados de las artes marciales cubanoamericanas y mixtas hasta el pleonasmo siempre: Yoel Romero, el Soldado de Dios; y Jorge “Gamebred” Masvidal, el único peleador de la historia de la UFC que ha pronunciado en conferencia de prensa, saboreándola, la palabra “comepinga”.
La cámara sí se detiene, sin embargo, en Marco Rubio.
¿En qué momento llegó este tipo?, me pregunto. ¿Acaso estuvo sentado ahí desde el inicio?
—En la verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina. Todo tiene la entraña fea y sangrienta… —clama Martí—. ¡Paso a los que no tienen miedo a la luz, caridad para los que tiemblan de sus rayos!
La pelea coestelar: el brasileño Paulo Costa contra el ruso Azamat Murzakanov. La primera gran sorpresa de la noche.
Costa tuvo una carrera fulgurante en el peso mediano hasta que fue humillado por Israel Adesanya en la pelea por el cinturón. Adesanya lo convirtió en meme, literalmente. Desde aquel papelón: derrota tras derrota.
Ahora Costa sube a los semipesados y todo el mundo espera que Murzakanov, un oso de las cavernas del Cáucaso, le arranque la cabeza en el primer round.
Contra todos los pronósticos, es Costa quien derriba a la bestia rusa en el primer round, con un combo de ganchos al hígado y patadas a la cabeza. Los comentaristas están atónitos. Nadie esperaba volver a ver ese pateo.
Al menos por esta noche, parece que ha retornado aquel Paulo Costa que derrotó a Yoel Romero sin despeinarse (en los tiempos en que, físicamente hablando, ganarle a Yoel Romero te hacía más daño a ti que a él).
En cuanto termina la pelea, el brasileño salta afuera de la jaula (está prohibido hacerlo, pero todos lo hacen cada vez que quieren) y va hacia donde están Dana White y Donald Trump.
El presidente naranja le estrecha la mano. Intercambian unas palabras. No puedo leer los labios, pero me imagino lo que dicen. Todos los peleadores que saltan fuera de la jaula al terminar su combate siempre tienen algo más o menos urgente que decir, y lo que dicen es siempre decepcionante.
Trump: “Eres igualito a tu compatriota Chayanne, el cantante, you know, el tío de Lele Pons… Do you know Lele?”
Costa: “No soy puertorriqueño, Mr. President. Tampoco venezolano”.
Trump: “Congratulations. Beautiful fight. The best fight I’ve ever seen”.
Costa: “Is Cuba Next, Mr. President?”
Trump: Sure. ¿No monos en Costa?
—A lo que queda de patria allí, mordido de todas partes por la gangrena que empieza a roer el corazón —continúa Martí—, hay que juntar la patria amiga donde hemos ido, acá en la soledad, acomodando el alma, con las manos firmes que pide el buen cariño.
—Que acá en la soledad no hay tabaqueros, cojones… —digo en voz baja. Si no es porque ha llegado la hora del combate estelar, hubiera cortado ya esta transmisión entrecortada por su discurso.
En el centro del octágono, Bruce Buffer, el presentador de la compañía, suelta su ráfaga vocal:
Ladies and gentlemen, this is the main event of the evening!
Live from the Kaseya Center in Miami, Florida! For those in attendance, and UFC fans watching around the world! This is the moment you’ve all been waiting for!
It’s time!
Five rounds, for the undisputed, light-heavyweight championship of the world!
Etcétera.
En una esquina: Jiří Procházka, el samurai de Moravia, el budista del contragolpe, célebre por su estilo de pelea impredecible y caótico. Mi favorito, obviamente: por checo, por impredecible y caótico, por la horizontalidad del contragolpe.
Jiří ha barrido a casi toda la división. Solo perdió contra el excampeón, Alex “Poatán” Pereira, un kickboxer sociópata que cree que es un indio de la Amazonia, aunque vive en Connecticut. Pero Poatán ha subido a los pesados, dejando vacante el título. Es la hora de Jiří.
It’s time, como acaba de decir Bruce Buffer.
En la esquina opuesta: Carlos Ulberg, neozelandés con raíces samoanas, maoríes y alemanas. Que se llame Carlos no es más que un detalle en este nodo étnico. “¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?”, escribió César Vallejo, otro indio sumergido en las cortezas de un Pacífico tan vasto como innavegable.
Antes de hacer carrera en las MMA, Ulberg fue modelo y stripper. Si no fuera por el diseño polinesio de sus tatuajes, pienso, sería indistinguible de cualquier mulato fuertecito de Miami Beach. Cubano, tal vez.
—¿Temer al español liberal y bueno, a mi padre valenciano, a mi fiador montañés, al gaditano que me velaba el sueño febril, al catalán que juraba y votaba porque no quería el criollo huir con sus vestidos, al malagueño que saca en sus espaldas del hospital al cubano impotente, al gallego que muere en la nieve extranjera, al volver de dejar el pan del mes en la casa del general en jefe de la guerra cubana? —se pregunta el altavoz martiano, y debo admitir que al final un poco me ha conmovido—. ¡Por la libertad del hombre se pelea en Cuba, y hay muchos españoles que aman la libertad! ¡A estos españoles los atacarán otros, yo los ampararé toda mi vida! A los que no saben que esos españoles son otros tantos cubanos, les decimos: ¡Mienten!
Empieza la pelea y a los pocos segundos está claro que Jiří Procházka será el nuevo campeón. Le bastan tres, cuatro patadas de precisión a la pierna derecha, para destrozarle la rodilla al neozelandés. La pelea acaba de comenzar y Carlos Ulberg está cojo, apenas puede tenerse en pie. Entonces sucede algo inaudito.
(¿No era que me tenían por impredecible?, habrá pensado el checo.)
En lugar de liquidarlo, Jiří retrocede. Le regala espacio y tiempo a Ulberg. Se pone a “jugar con la comida”, como dicen los youtubers que se dedican a las MMA y a los que yo robo lenguaje, porque nunca leerán esto.
Ni ellos, ni nadie. Afortunadamente. Porque, para colmo, aquí sigue, no cesa, esta voz:
—¡Cesen ya, puesto que por ellos es la patria más pura y hermosa, las lamentaciones que solo han de acompañar a los muertos inútiles! Los pueblos viven de la levadura heroica. El mucho heroísmo ha de sanear el mucho crimen. Donde se fue muy vil, se ha de ser muy grande. Por lo invisible de la vida corren magníficas leyes.
—He aprendido una de las mayores lecciones de mi vida —le dirá Jiří Procházka a Joe Rogan en la entrevista tras la pelea—. Ya yo había ganado. Pero sentí piedad por él.
En cuanto Ulberg pudo equilibrarse, armó los puños y encontró la mejilla de Jiří con un gancho de su poderosísima izquierda. Lo desconectó.
El nuevo campeón salió del octágono en una sola pata, pero con el cinturón de Jiří bien amarrado a su abdomen.
—¿Qué decías de Píndaro? —escucho, pero no sé qué o quién me habla ahora al oído.
La megafonía de Kaseya Center ha callado. La gente ya se está yendo.
Un corro de periodistas rodea al personal de seguridad que rodea a Dana y a Trump. Busco a Marco Rubio y no lo encuentro por ningún lado. Tampoco encuentro al hombrecillo al que he llamado José Martí.
Las figuras van desapareciendo de la pantalla del evento, y también de esta.
—Nada —respondo para nadie—. Mejor otro poeta griego, Καβάφης. Poesía europea moderna que estoy leyendo por estos días, por cuestiones de trabajo, donde he encontrado algunos versos terribles. Copio y aquí termino:
¿Y ahora qué va a ser de nosotros sin los bárbaros?
Esa gente era una solución.










