En el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn debería funcionar un club de lectura, ¿no? El problema es que Nicolás Maduro apenas sabe inglés, y es dudoso que sepa leer literatura incluso en su lengua natal.
—Happy new year —repite.
—A nadie le hace gracia, nigga —le dice Diddy—. Tienes que parar.
—¿Hablas español?
—Esta columna es bilingüe, además de carcelaria. Y Luigi conduce el club de lectura. Únete a nosotros, así te entretienes.
—¿Luigi, el…?
—No, no el bro de Super Mario Bros. Es el Mangione.
—En las noches de luna llena yo leía El general en su laberinto, pero lo dejé en Venezuela. Ahora nunca sabré cómo termina.
—Aquí tenemos otros libros. Una mierda todos, pero qué se le va a hacer.
—No war. Yes books.
—El Mayo te puede ayudar con ese problema de comunicación —dice Diddy, señalando al viejo que dormita en un rincón con un ejemplar de CeroCeroCero, de Roberto Saviano, entre las garras—. ¡Sinaloa! Echa pá acá.
Ismael “El Mayo” Zambada se pone de pie, como un zombi.
Luigi Mangione se acerca a ellos recitando a T. S. Eliot:
There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
There will be time to murder and create,
And time for all the works and days of hands
That lift and drop a question on your plate…
—¿También vamos a aprender poesía en inglés? —pregunta Maduro.
—Nigga, ¿qué te acabo de decir? Lo que hay es lo que hay. No te vi protestando cuando te pusieron tu nuevo uniforme.
Y lo que hay, por el momento, es lo siguiente:
Motherless Brooklyn, de Jonathan Lethem.
—Quisiera empezar por algo más sencillo. Plis.
—De acuerdo —dice Luigi—. A ver qué te parece este.
Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite.
—¿Eso no es lectura para niños? —pregunta Maduro.
—A mí me gustan las historias para menores de edad —susurra el Mayo Zambada—. Ahí reside la verdadera pureza.
—Ten cuidado con el lobo —advierte Luigi.
—¿Estás hablando de mí, nigga?
—¿He dicho lobo? Vayan apuntando la próxima lectura.
Un libertario se encuentra con un oso, de Matthew Hongoltz-Hetling.
—Nico, para que vayas aprendiendo, te lees una página de ese y después una página de este otro.
A Libertarian Walks Into a Bear: The Utopian Plot to Liberate an American Town (And Some Bears), de Matthew Hongoltz-Hetling.
—¿No es el mismo libro?
—No, nunca. Ni el mismo plot, ni el mismo town, ni el mismo bear.
—Narratología pura y dura —susurra el Mayo.
El mundo de ayer, de Stefan Zweig.
—El comandante Chávez sí que se había leído varios libros de este Suei. Biografías: María Antonieta, Magallanes, Fouché…
—Eran otros tiempos, Nico.
—En vez de ayer… —sugiere Diddy—, ¿podemos ir a anteayer? Aunque sea por un día, no sé…
Metamorphoses, de Ovidio.
—That’s what i’m talkin about! Los clásicos, nigga… The real shit.
—A mí me gustaría metamorfosearme en el mismo pajarito en que se metamorfoseó el comandante Chávez.
—Ese misticismo es una proyección de tu subconsciente producto del estrés sistémico —le explica Mangione.
El discurso vacío, de Mario Levrero
—¿Por qué se quedan mirándome? —pregunta Maduro.
—Hoy te toca empezar a ti. Además, es un autor de tu lengua.
—Dale, nigga. Suelta tu discurso.
I remember, de Joe Brainard.
—Me acuerdo de mi club de lectura en Honolulu, que me ayudaba a olvidar los terribles dolores de espalda.
—Me acuerdo de las perras fiestas que yo montaba, todos vistiendo de blanco, todas lamiéndome los pies.
—Me acuerdo de los rituales de santería que hacía Cilia con los huesos del libertador Simón Bolívar.
—Me acuerdo de…
—No, Mayo, tú no, por favor.
El Gran Reemplazo, de Albert Pijuan.
—Lee, nigga.
—¿Qué leo?
—La contraportada, Nico. A ver si vale la pena.
—“Con un afiladísimo sentido del humor, El Gran Reemplazo reflexiona sobre la distancia entre lo que queremos ser y lo que somos, la identidad y los dobles, el peso de la familia y las extrañas idolatrías contemporáneas”.
Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, de Silvia Federici.
—Lo de Calibán me suena familiar —dice Maduro, pensativo.
—¿Entendieron lo de “acumulación originaria” —pregunta Luigi.
—Acumulación de cuerpos de mujeres, I guess —dice Diddy—. ¿Ahora vamos a leer a estas bitchesfeministas? Gracias por avisarme.
Men Explain Things to Me, de Rebecca Solnit.
—Este libro introdujo el concepto de mansplaining —dice Luigi.
—Cilia me explicó el otro día que ya existe el venezuelasplaining.
—Yo podría explicarte muchas, muuuchas cosas que tú no sabes y nunca sabrás, Rebequita —susurra el Mayo, mirando la foto de la autora.
Free: Coming of Age at the End of History, de Lea Ypi.
—¿Cuántas veces ha llegado el fin de la historia, si se puede saber?
—Una cosa sí te digo, nigga. No sé si esta rubia albanesa será libre o no, pero es un caramelito. Mis fiestas estaban llenas de esas Ypis jipis.
No hemos venido a divertirnos, de Nina Lykke.
—¿Otra rubia, Luigi?
—Noruega. El título del libro es elocuente. ¿Verdad, superbigote?
—Buena elección, supermario. Lástima que ya está entrada en años…
Bad hombre, de Pola Oloixarac.
—Aunque está muy buena, ni siquiera puedo pronunciar el nombre de esta compatriota tuya, así que…Next!
—Es argentina, Diddy, no venezolana.
—Para mí, todo eso es lo mismo. Un patio trasero lleno de bad bunnys.
La puta y el hurón, de Martha Luisa Hernández Cadenas.
—Quiero decir algo. ¿Puedo decir algo, niggas? ¿Puedo? Permiso, Mayo, déjame hablar… El libro de esta puta es lo mejor que he leído este año.
—Diddy…
—Ah, ¿ahora te preocupan los micrófonos?
—Estás confundiendo autora y narradora.
—Lo digo con admiración y con el máximo respeto. Ustedes ya saben que, como dije una vez a la revista GQ, para mí Dios es una mujer. Y por supuesto que me refiero al personaje. Sabemos que eres un asesino, Luigi, pero no te creía tan perverso.
El paseo internacional del perverso, de Héctor Libertella.
—¿Alguien quiere comentar algo?
—…
—…
—…
Marte, Stalin y enanos gigantes, de Ian Watson.
—Bien, coincidimos todos en que lo mejor de estos cuentos son los enanos gigantes… ¿Seguimos leyendo ciencia-ficción?
To your scattered bodies go, de Philip José Farmer.
—Según parece, esta novela va de cuerpos resucitados. El explorador Richard Francis Burton resucita en los márgenes de un río, que está en lo que parece ser un limbo o un planeta extraterrestre. Allí se encuentra con Alice Liddell, la Alicia de Alicia en el País de las Maravillas, y con el nazi Hermann Göring. El río fluye hacia…
—¿Es un río de petróleo?
It Lasts Forever and Then It’s Over, de Anne de Marcken.
—Aquí está también la edición en español. Pusieron como título Dura una eternidad y en un instante se acaba.
—¿Es de zombis? —pregunta Diddy.
—Psss…, Nico…, ¿estás llorando?
I Am Homeless if This Is Not My Home, de Lorrie Moore.
—Estoy notando cierto ensañamiento —observa Diddy—. Les propongo algo. ¿Puedo proponer algo? ¿Puedo? Sí, Mayo, mira pá acá. Vamos a cambiar un poco este negocio. Nos vamos al negocio de la música.
El rapto de Britney Spears, de Jean Rolin.
—Oigan esto —dice Luigi—. El autor de este libro, que es francés, pertenece a un grupo llamado Écrivains de Marine. Escritores de la Marina.
—¿Son paramilitares? —pregunta Maduro.
—¿Son mercenarios? —pregunta el Mayo Zambada.
—Son escritores que, por acuerdo firmado con el Ministerio de Defensa franchute, se comprometen a preservar la cultura y el patrimonio marino y, en general, a promover la expansión marítima de Francia. Pueden embarcar en buques de la Armada Nacional y llevar uniforme si quieren. Les dan un rango equivalente al de capitán de fragata.
Vendrán a detenerme a media noche. Memorias de un poeta uigur sobre el genocidio en China, de Tahir Hamut Izgil.
—Conocí al autor en Washington —recuerda Luigi—. Era el conductor de mi Uber. No sabía que también era un gran poeta.
—No tiene nombre de chino —dice Diddy—. Tiene nombre de terrorista.
—Es uigur. Los uigures viven en China, pero son musulmanes y hablan una lengua parecida al turco. Creo que se parecen más a los kazajos y a los uzbecos que a los chinos.
—¿Lo ves, nigga? Venezolanos, argentinos, españoles… La misma música.
The Conspiracy Against the Human Race, de Thomas Ligotti.
—“Casi nadie declara que una maldición ancestral nos contamina en el útero y envenena nuestra existencia” —lee Mangione—. “Los médicos no lloran en las salas de partos. No agachan la cabeza y dicen: el cronómetro se ha puesto en marcha. El recién nacido puede llorar, pero el tiempo secará sus ojos. El tiempo se ocupará de todos hasta que no quede ninguno de nosotros del que ocuparse. Entonces todo volverá a ser como era antes de que echáramos raíces en un lugar que no es el nuestro”.
Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue.
—“Al principio las cosas aparecen” —lee Maduro—. “La escritura es un gesto desafiante al que ya nos acostumbramos: donde no había nada, alguien pone algo. Por ejemplo, la pradera: un territorio interminable de pastos altos. No hay árboles: los mata el viento, la molicie del verano, las nieves turbulentas del invierno. En el centro del llano hay que poner a unos misioneros españoles y un templo. Luego unos colonos, un pueblo de cuatro calles. Alguien pensó que ese pueblo era algo y le puso un nombre: Janos. Tal vez porque tenía dos caras. Una miraba al imperio español desde uno de sus bordes, el lugar donde empezaba a borrarse. La otra miraba al desierto y sus órganos”.
—Bien —susurra el Mayo, asintiendo—. Sus órganos…
La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño.
—Mira, Nico, en este diccionario sale un poeta venezolano hijo de emigrantes alemanes. Se llamaba Franz Zwickau (Caracas, 1946-1971).
—Qué raro, nunca escuché hablar de él.
—Su obra más importante se titula El hijo de los criminales de guerra. Según dice este Bolaño, “es un texto vibrante y desmesurado en donde Zwickau da rienda suelta a su capacidad verbal, a su odio, a su humor, a su nula esperanza en la vida. En unos versos libres como pocas veces se habían visto en Venezuela, el autor pone en escena una infancia atroz, se compara con un niño negro de Alabama, baila, canta, se masturba, hace pesas, sueña con un Berlín fabuloso, recita a Goethe, a Jünger, arremete contra Montaigne y Pascal, a quienes conoce bien, adopta las voces de un montañero alpino, de una campesina, de un tanquista alemán muerto en las Ardenas, de un periodista norteamericano en Núremberg”. ¿Seguro que no lo has leído?
—Nunca fui venezolano.
Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke.
—Lo que más me gustó de este libro fue el final, porque sale John Ford.
—Lee el diálogo de Ford con Judith, Diddy, si quieres.
—“Es insoportable estar enemistado con alguien, dijo John Ford. De repente, el otro pierde su nombre y se convierte en una simple imagen; su rostro queda envuelto en sombras, se hace impreciso, deforme, y solo lo podemos mirar de abajo a arriba, como si fuéramos ratones. Cuando tenemos un enemigo nos repelemos a nosotros mismos. Y, sin embargo, siempre hemos tenido enemigos”. “¿Por qué habla siempre en plural?, le preguntó Judith”. “Los americanos hablamos así, aunque sea de nuestros asuntos privados, respondió John Ford. Quizá se deba a que, para nosotros, todo lo que hacemos forma parte de una acción pública. Solo se cuentan historias en primera persona cuando uno representa a todos. No utilizamos el yo con tanta solemnidad como ustedes”.
—¿Quieres leer algo tú, Mayo? —pregunta Mangione.
—Leer es un acto peligroso porque da forma y dimensión a las palabras, las encarna y las dispersa en todas direcciones. Lo pone todo patas arriba, hace caer de los bolsillos del mundo monedas y billetes y polvo —susurra Zambada.
—¿Eso es un no, Sinaloa? Habla claro. No participas nunca.
Entonces el Mayo pone los ojos en blanco y, como si estuviera poseído, vomita de memoria, con voz gutural, una parrafada perteneciente a otro libro.
CeroCeroCero, de Roberto Saviano.
—“Con un ojo observas los cimientos de los edificios, con un oído auscultas el latido de los flujos financieros. Al principio es un batiburrillo oscuro, no ves nada, sólo un hormigueo bajo la superficie, como de un gusano que empuja para romper la costra. Luego se forman las figuras, pero todavía es todo confuso, embrionario, superpuesto. Te impulsas hacia delante, te esfuerzas en convocar los talentos de tus sentidos, te asomas al abismo. La cronología de los poderes adquiere un sentido, la sangre que antes se dividía en mil riachuelos ahora confluye en un río, el dinero deja de fluctuar y se posa en tierra y puedes contarlo. Te asomas un poco más. Te balanceas con un pie en la orilla; ahora estás casi suspendido en el vacío. Y luego… oscuridad. Como al principio, pero esta vez no hay hormigueo, solo hay una mesa lisa y reluciente, un espejo de pez. Y entonces comprendes que has pasado al otro lado, y ahora es el abismo el que quiere mirar dentro de ti. Hurgar. Desgarrar. Hundirse. El abismo que mira dentro de ti no es el ritual tranquilizador de la indignación. No es el miedo a que nada tenga sentido. Sería demasiado fácil: has identificado un blanco, ahora te toca atacar, te toca enderezar la situación. El abismo se abre a un mundo que funciona, que es eficiente, que tiene reglas. Un mundo dotado de sentido. Y entonces ya no te fías de nadie. Los medios de comunicación, tu familia, tus amigos. Todos hablan de una realidad que para ti es falsa. Todo te resulta extraño y tu mundo se puebla de nuevos protagonistas”.
—Oooqueeeyyy… Vamos a dejarlo por hoy.
Los hermosos años del castigo, de Fleur Jaeggy.
—“A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell” —lee Maduro—. “El lugar por el que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía. A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzell, al cabo de casi treinta años de manicomio en Herisau” —Maduro se frota los párpados y se sorbe los mocos—. “Es una verdadera lástima que no hubiésemos conocido la existencia de Walser, habríamos recogido una flor para él”.
—¿Estás llorado otra vez, nigga? ¿Qué eres, una chica de catorce años en un internado suizo?
—Basta, Diddy.
—¿Eres una quinceañera latina de esas, feísima, con un vestido largo? ¿Quieres ser una flor? ¿Quieres que te regalen flores?
—Diddy, a ti los federales te metieron por el culo una flor tres veces más gruesa que tu polla. Cállate la puta boca.
—Por cierto, ¿quién es el Walser ese?
El paseo, de Robert Walser.
—“Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle” —lee Mangione.
—Pues, vaya declaración de mierda —dice Diddy—. ¿Este paseo no es internacional? Pregunto.
—Yo también tenía un sombrero —dice Maduro, y cierra por fin los ojos.












