Estado terminal: de la estulticia a la insubordinación

¿Para qué sirve el arte? ¿Reviste hoy algún interés o sentido? ¿Puede el arte (en serio) perseguir cualquier tipo de transformación social? 

Estado Terminal, la exposición de Jarol García y Miguel Reyes, curada por Ana Beatriz Almeida y que fuera exhibida recientemente en el Centro Hispanoamericano de Cultura en La Habana, pareciera responder a estos interrogantes. ¿Cómo plantear en la Cuba de hoy, presa de una crisis metastásica sin precedentes en su historia, un proyecto curatorial o un discurso artístico ajeno al triste signo de sus circunstancias más oscuras, literalmente oscuras?

Jarol y Miguel hicieron conciencia de ello; entendieron que la desidia no es moralmente legítima, como tampoco lo son las barricadas y la bravuconería. Ellos saben que si bien la obra de arte, en su más radical autonomía, es siempre capaz de propiciar un momento de “aislamiento”, esto no quiere decir que se trate de abandono, desconocimiento e ignorancia respecto de la realidad que se viste ante los ojos. 

Es precisamente esa conciencia de la realidad la que activa el mecanismo discursivo de las obras para forzar un desplazamiento que va desde el fetiche estético edulcorado hacia la consumación de un comentario crítico y desestabilizador: de la apariencia a la esencia, de la mentira a la verdad.  

Dije en su momento, y lo reitero ahora, que esta muestra deberá ser considerada sin discusión una de las mejores exposiciones de los últimos meses dentro del circuito artístico cubano. Y digo esto porque es de las pocas exhibiciones de arte contemporáneo que he visitado en Cuba en la que el concepto de curaduría y el de arbitraje del rol curatorial adquieren todo su sentido. 

Ana Beatriz (joven y lúcida curadora) ha sabido dispensar, con absoluta pericia, un esquema narrativo que hace comulgar dos gramáticas visuales (tan distintas) en un mismo lugar de enunciación. Labor de entendimiento que supone aguzar la sensibilidad, pero también el análisis. Solo desde ahí es posible la peripecia de hacer coincidir ambas poéticas, al tiempo que se deja en claro el orden de sus distancias. 

Dos años de trabajo entre la curadora y ambos artistas, y una producción de obras ejecutadas específicamente para este contexto, traducen el buen hacer que se sostiene sobre una buena práctica. Reconozco que, por una cuestión de gusto, me impactaron mucho más las obras de Jarol que las de Miguel, si bien ambos gozan de un talento poco menos que envidiable. Sucede que las obras del primero, advierto un valor icónico y una virulencia simbólico-conceptual fuera de serie; mientras que en las de Miguel señalo más una observación calculada con inteligente vocación antropológica, que cifra su diferencia en la alegoría.

Sin embargo, el diálogo entre ambas poéticas y la coautoría, en el caso de dos de las piezas más emblemáticas de este dispositivo, certifican el poderío de un ejercicio de pensamiento y de denuncia social que reclaman de todo mi respeto. Ambos son excelentes artistas y están haciendo, como pueden, algo que no hacen todos: denunciar. 

Estado terminal, cuyo título es ya una declaración expedita de intenciones, se me antoja una muestra relevante e intelectualmente consciente por varias razones que citaré. Primero, no se trata de un gesto complaciente, pero tampoco se organiza bajo la sospechosa sintaxis del panfleto. Segundo, el valor y la pertinencia de la alegoría acercan las obras a las dinámicas de su contexto cultural y político en crisis, con la misma habilidad que las aleja de este y las convierte en evidencia de un enunciado curatorial que desplaza el rol de obediencia de este ejercicio, para así conferir un sentido de coautoría: es decir, esta no fue una exposición de dos, sino de tres. Tercero, no menos importante, es también el hecho de que este ensayo visual se constituye como un acto de desobediencia y de infracción. Un acto del que se hablará (deberá hablarse) cuando no se dejen morir las palabras en la garganta, cuando decir no sea un delito, cuando disentir no sea una actividad criminal, sino un gesto deliberado de afirmación y de libertad. 

En su texto para el plegable de la muestra, la curadora argumenta: “Más que clausurar un sentido definitivo, Estado Terminal orienta la mirada hacia una interrogante: ¿qué forma de lucidez o de resistencia emergen cuando el presente parece aproximarse a su límite más incierto?” 

Debo decir que hacía algún tiempo (entre tanta escritura de manual y de frases hechas) no leía una oración tan hermosa y, en este caso, tan cierta. Su declaración no solo es hermosa, sino que alcanza a satisfacer líneas de conexión entre la obra de ambos artistas y su relación “conflictiva” con el contexto de enunciación, toda vez que al visitar la muestra se pueden inferir de alguna manera cuáles son esas formas de “lucidez” y de “resistencia” que ambos ejercitan frente al drama social que abraza y estrangula.

Existen muchas posibilidades de comprender (o de leer e “interpretar”) la obra de un artista, pero también existe la posibilidad de que el crítico escoja su estrategia de desmantelamiento de los conceptos y los recursos argumentales que les venga bien a los efectos de esa lectura. Siendo de este modo, considero que Jarol y Miguel son observadores inquietos, avisados, expectantes. Son jóvenes que se resisten a aceptar lo dado como norma, lo establecido como legítimo, lo arbitrario como lógico. Parten del hecho irrefutable de que el arte debe de servir para algo. Es precisamente este punto de partida, organizado sobre la metodología de la búsqueda, la selección y el análisis de la realidad circundante, lo que los lleva a prefigurar un lenguaje interpelante con cierta dosis de acidez y de ironía. 

En el caso de Jarol García, por ejemplo, la obra acontece más como una suerte de espejo, de proyección de él mismo: él habita cada una de sus obras. Todas ellas, me temo, resultan una suerte de extensión de su propia experiencia como sujeto. Hay algo de intimidad, de corporalidad, de complicidad entre el artista y el artefacto; se desborda una cuota de visceralidad. Igual me equivoco, para eso también está el ejercicio de pensamiento y de lectura. Igual, no. Jarol asume la obra como un locus hermenéutico, pero también como un hecho corporal. Lo fáctico tiene tanto poder como lo simbólico.

En lo que respecta a Miguel Reyes, advierto una narración pictórica que se “construye” desde una postura quizás más intelectual. Miguel es poseedor de una tremenda sensibilidad y su obra es una suerte de incitación a comprender el “estado terminal” del presente de esta Isla a la deriva de Dios. Y lo hace a través de una pintura que tiene una cierta dosis de plegaria anclada en el poder de la alegoría. Miguel es narrador, ensaya una mirada quizás de corte más antropológico que se diluye luego en la profundidad de la pintura. En cualquier caso, la voluntad consciente de ambos nos obliga lo mismo a una encrucijada que a una alternativa. 

Jarol y Miguel no se reportan ajenos a la verdad de su momento, son muy conscientes de que el arte no debe clausurar sentidos; debe amplificarlos. El arte debe orientar las miradas, debe herir y resarcir, debe emancipar y señalar, debe buscar la forma de disentir del empacho en el que todas las palabras se atropellan y quedan atrapadas en la garganta. 

El arte debe, cuando el presente se torna más incierto que nunca, cuando la vida se disputa en medio de tanta mediocridad y de tanta miseria (esa misma que hace fenecer el vértigo de la utopía frente a la virulencia de los escepticismos), aguzar sus armas deliberantes y su voz crítica. Debe, creo, ejercitar eficaces maniobras de sentido que desplacen la mirada de la estulticia al compromiso político, de la complacencia a la insubordinación. 

A veces pensamos que vivir en una isla no tiene nada de trascendental. Y lo tiene todo, mucho más que todo. Vivir en una isla significa estar en un permanente estado de alerta, en permanente estado de conversación con uno mismo y con su maldita circunstancia. La vida se convierte, de facto, en una suerte de monólogo destinado a responder aquellas preguntas que se desentienden de la razón y de todo principio de realidad aparente. 

Vivir en una isla como Cuba es no vivir. Se trata, en cualquier caso, de subsistir. He aquí, presiento, la causa de mi actual destreza para traducir el impulso de muerte en otro gesto creativo y exorcizante. Su realidad menos discutida, o al menos una de ellas, es que el mar es su única certeza, es su única posibilidad. El mar marca sus límites y asegura el sentimiento de cierre, de cancelación, de balsa. 

Vivir en una isla, si se quiere, es estar atrapado más allá de la metáfora. Vivir en una isla implica certificar el fraude de toda ideología de libertad: los barrotes no están visibles, pero están. Vivir en una isla es soñar no vivir en ella. 

Vivir en una isla como Cuba es vivir en estado terminal. 


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‘En la Voz de Ellas’

Por Jorge De Armas

Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.