Una novelita Nobel



Desde hace años, o desde que yo recuerdo, hay dos modelos de recepción del Premio Nobel de Literatura. 

En el primero, uno dice: ¿Quién coño es ese o esa? ¿De dónde salió? ¿Qué es lo que ha escrito?

Se puede dar el caso de que incluso los frikis que se han leído todos los libros del autor o de la autora, aquellos que le tienen más estima, sean los primeros en decir: ¿Premio Nobel? A ver, tampoco es para tanto… (Coping mechanism: de un día para otro te quitan un signo de distinción, unos suecos sectarios te separan de la secta de lectores entendidos.)

En el otro modelo, uno escucha el nombre propio recién adosado al premio y asiente con la cabeza y dice: Ok. Sí. Tiene sentido. Bien dado. Es lo que ha pasado la semana pasada con Anne Carson, el Nobel de Literatura de este año. No hay debate. Cuando menos, seguimos alejándonos de Bob Dylan, aquella salvajada de hace diez años, poniendo letras helénicas de por medio.

El único despistado ha sido el presidente de Estados Unidos, que así se quejaba en su red social: ¡No sé nada de esta escritora, y tampoco lo sabe nadie más! De hecho, que yo sepa, nadie ha oído hablar de ella más allá del hecho de que, evidentemente, odia la literatura. No sé qué ha escrito esta mujer. Yo he resuelto ocho guerras.

Lo que sí estaba bastante claro, atendiendo al patrón binario del fallo en los últimos años (esa guerra irresuelta: las cuotas), es que este año tocaba premiar a una mujer.

La otra candidata fuerte con cromosomas XX era Can Xue. Si la hubieran premiado a ella la reacción de Donald Trump hubiera sido la misma, pero muchos compartiríamos su desubicación (ojo, me anoto esta frase para más abajo). Un booktuber ha dicho que Can Xue es “la Felisberta Hernández de China”, lo cual me parece formidable: como agenciamiento y como especiación alopátrica. 

Hablando de escritores chinos: ¿no es el español la segunda o la tercera lengua del mundo? ¿No estamos infrarrepresentados con relación al inglés? ¿Cuándo fue la última vez que el Nobel de Literatura cayó en la hispanoesfera?

En 2010: Mario Vargas Llosa. Antes de Mario: Octavio. Paz. En 1990. La dendrocronología hace pensar en que 2030 será el año… ¿de España?, ¿de Argentina? ¿de México?

El de Literatura es el Nobel que mejor se presta para todo lo que no es literatura: las cifras, las tablas, los gráficos… Número de premiados por: idioma, continente y país, raza, sexo, edad, filiación política… Más la “representación” en poesía o prosa, cuento o novela, ficción o no ficción, teatro o trova ensayística… El paper, y no la sorpresa o la aventura o la bomba atómica sobre el papel.

Pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría estudiar todas esas variables, esas distribuciones, esas curvas, en el área que en verdad se dedica a los papers: los premios Nobel de Física, de Química, de Medicina… Ahí todo es literatura, avanzada sintáctica o directamente ilegible.

Ahora bien, la predicción que sí podemos avanzar, visto el macromachismo precedente, es que el próximo Nobel de la lengua española será femenino o no será. Ya este año estuvo sonando Cristina Rivera Garza. Nada que objetar por mi parte. Tiene sentido, tiene todo mi apoyo (que no lo necesita y nadie me ha pedido), tiene más fuerza omnívora Cristina que la vegetariana Hang Kang, por ejemplo, la Nobel anterior a Krasznahorkai, incluso tras traducir sus libros al húngaro o al coreano, que es la lengua de Hang Kang.

Pero sería una buena noticia acompañada de una mala noticia, porque esto significa que el premio no le tocará a César Aira, un habitual de las shorts lists del Nobel en los últimos años y, probablemente, el mejor escritor latinoamericano vivo. A César Aira se le está poniendo cara de perdedor a lo Borges (el Premio Cervantes es una lista de perdedores del Nobel, lo cual puede interpretarse de varias maneras, y una de ellas es que el Cervantes, haciendo honor a su nombre, tal vez haya acopiado en medio siglo mucha más literatura que el Nobel de Literatura en veinticinco globalistas lustros).

Acabo de escribir lo anterior y compruebo que Aira TAMPOCO ha ganado el Cervantes. No importa. No corrijo. Ahí se queda. La explicación está más abajo. O no. Da igual.

En un célebre ensayo de 2004, Alan Pauls postulaba la existencia de un “factor Borges”. Es posible que se pueda hablar también de un “factor Aira”. Aquí la palabra “factor”, desde luego, tiene el sentido de multiplicador coeficiente, nada que ver con el efímero “factor Nobel” a lo hashtag, para reseñar o comprar o vender de libros, para repostear el posteo de turno o de Trump. 

A lo que iba: a mí este Nobel a Carson justo me pilló pensando en En El Pensamiento, la última novela que he leído de Aira, que no es su última novela publicada. Creo (en el caso Aira, nunca estamos seguros) que su última novela publicada es La sala, que lleva por subtítulo Una novela francesa.



Mucho antes había publicado Una novela china, tal vez una de sus mejores novelitas (es Aira quien prefiere llamarlas así, con un diminutivo que no es cariñoso sino conceptual: la miniatura, el artefacto). Y se me ocurre que, en esa línea de serialización que es tan afín a su obra, Aira podría ficcionar cierto paralelaje paródico con los ganadores del premio Nobel.

Quizás no la Carson, no los poetas: entiendo que Aira concibe la poesía como laboratorio autoconcluyente y lo toma para su causa, o para su proyecto narrativo, en caso de que tenga alguno: “La poesía en general” —escribió en una nota sobre Néstor Perlongher, Arturo Carrera y Osvaldo Lamborghini— “es el arte de hacer proliferar a los poetas […]. Los poetas en general son artistas de la proliferación”. 

Los narradores, pues. Su proliferación nobelizable.

Títulos posibles:

Una novela húngara.
Una novela coreana.
Una novela noruega.
Una novela polaca.
Una novela rusa (esta ya la escribió Emmanuel Carrère).
Una novela japonesa.
Una novela portuguesa.
Una novela turca.

¿Por qué no?

En este mood programático no sería necesario escribir Una novelita cubana pero, llegado el caso, tal vez esa pieza tendría que emerger de una triangulación entre Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas y Miguel Collazo. Lo dejo por aquí botando.

Vuelvo a En El Pensamiento. Las mayúsculas del título se explican topográficamente: El Pensamiento es el nombre de un pueblo imaginario de la pampa argentina, donde se sitúa la historia. El título es, también, por supuesto, una declaración de intenciones, una estrategia de sentido. Y el sentido le dice al lectoescritor desde el mismo inicio: comparte tu ubicación (estratégica).

Este tipo de claves se hallan de modo más o menos explícito en todas o casi todas las novelas o novelitas de César Aira: son como llaves que te permiten entrar y salir de su obra como conjunto o continuo. Por ejemplo (pongo este ejemplo porque es un libro sobre el que escribí una vez, hace tiempo, para la revista Voces de Yoani Sánchez (en fin, nadie nos leyó y nadie recordará), en El error, la declaración que encapsula dicho título se hace nítida inmediatamente después, en la primera frase. Donde leemos: “Había una sola puerta, con un cartel encima que decía: ERROR. Por ahí salí”.

Se sale por esa puerta y se entra en la novela. Y en todas las novelas colindantes. En paralelo. Y de forma transversal.

El protagonista de El error es un bandolero folletinesco llamado Pepe Dueñas. Leemos: “En las andanzas de Pepe Dueñas prevalecía la improvisación, y un cierto descuido, un ‘qué me importa’ que le permitía seguir adelante en todas las circunstancias”.

El bandolero se embarca en la aventura de robar un museo, pero no lo consigue a la primera ni a la segunda. Aira explica así la frustración de su personaje: “No entendía por qué esta misión se le resistía tanto, cuando había hecho cosas más difíciles. Lo entendió un poco más al caer en la cuenta de que era la primera vez que estaba tratando de planificar una aventura. Todas las anteriores habían sido improvisadas, producto del azar y armadas con las piezas que aportaba el momento y el lugar. Ahora estaba tratando de hacer el relato antes de que sucediera (eso era la planificación); en sus aventuras, el relato siempre había venido después, y por sorpresa”.

¿Así o más claro?

El bandolero es Aira.

Hacia la mitad de En El Pensamiento hay un pasaje que recuerda al borgiano “llego aquí al inefable centro de mi relato”. Leemos: “En este punto tendría que dar entrada en mi narración a un personaje del que hasta aquí no hice más que una mención indirecta. […] No me opondría si alguien dijera que tantas idas y vueltas del relato no tienen más función que demorar la entrada en tema, previendo las dificultades que tendré para desarrollarlo. Pero ¿no es siempre así? Se escribe para ganar tiempo, para demorar el momento en que se haga necesario escribir, es decir, para prolongar el estadio de la escritura porque sí, libre y gratuita. Lo necesario puede esperar, y en este caso lleno la espera con la incorporación del personaje excedente. No es otro que la maestra de la escuelita…”.

Dicho esto, es de esperar que la maestra de la escuelita tenga un rol importante el resto de la historia, ¿no? Pues no. Su figura solo ocupa tres o cuatro cuartillas y no aporta el más mínimo espesor: apenas una ida-y-vuelta más al relato. En ningún momento vemos el desarrollo anunciado. 

Aira no planificó nada. Introdujo a la maestra de la escuelita, a la manera de pie forzado, no se le ocurrió qué hacer con ella y pasó a otra cosa en el salto de página siguiente. 

Otro escritor hubiera eliminado ese capítulo, ese pasaje, ese personaje que no iba a ninguna parte. Él no. Qué me importa. Ya está escrito. Nada va a ninguna parte. Solo hay que seguir adelante. Terminar esa novelita y empezar a escribir la siguiente. La proliferación.

Si entendemos la escritura como el arte de moverse entre el abismo y la forma, sabiendo sin saber, o sin saber sabiendo, Aira es un maestro zen. Un maestro que se oculta (¿se oculta?) detrás de una máscara hecha con improvisación, materiales precarios, dudas, ensayos…

El Pensamiento es un sitio de cruce, estación de paso. La vida del pueblo gira en torno a la estación de tren y su cotidianidad de pronto se ve alterada por el enigma: resulta que ha desaparecido una locomotora. Nadie entiende cómo pudo pasar.

Espóiler: esa locomotora, que se especula ha sido robada desarmada en piezas, reaparece al final de la novela. El narrador la encuentra escondida en un monte, pariendo.

Tal cual: entre malezas enlodadas con grasa negra y bocinazos de dolor, la locomotora está alumbrando a una locomotora bebé. Ella sola se ha ocultado, para que nadie la vea parir.

El narrador sí la ve (por eso es el narrador), describe todo el proceso y se da cuenta de la enorme singularidad que allí se cifra y de la enorme soledad que supone ser una locomotora de un pueblo pampeano de la primera mitad del siglo XX: “Se había aislado, con el pudor ancestral de la actividad reproductiva, sin buscar ayuda, que no habría encontrado. Los hombres del ferrocarril no sabrían ni por dónde empezar; en aquella época los hombres jamás entraban a la sala de partos; y una mujer lo ignoraría todo de la mecánica de las grandes máquinas”.

Premio Nobel para un hombre, pienso. Premio Nobel para una mujer. Y así sucesivamente. Año impar, año par.

En El Pensamiento César Aira sigue como una máquina, engrasando y rodando ese procedimiento (la verosimilización, lo ha llamado él; una suerte de ironía bastarda o bestial, agrego yo) que ya tiene bien rodado y engrasado y que consiste en pensar, en repensar, una y otra vez, la disparatada escena de dibujo animado bajo un prisma razonable y realista, y viceversa: toda escena razonable y realista bajo el prisma excéntrico del Comedy Cellar sudamericano y el cartoon de periferias.

El arte de saltar del abismo a la forma y de la forma al abismo.







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‘En la Voz de Ellas’

Por Jorge De Armas

Una conversación con Iris María Mariño y Daily Fortún sobre periodismo, activismo y la vida de las mujeres en la Cuba actual.