La mañana del 14 de marzo de 2026 me tenía reservada una noticia que por la policrisis y las altas cotas de represión e infelicidad en Cuba no me tomó por sorpresa. En Morón, Ciego de Ávila, un grupo de personas respondía con fuego al monólogo totalitario y vertical del poder político y militar o “Poder del Anillo”.
Cuba cual Mordor, el reino doblemente oscuro donde campea Sauron.
Yo, que no soy precisamente un especialista en el Universo Tolkien, me atrevo con una metáfora más. El presidente, sujeto de ojeras muy marcadas enfundado en una guayabera, con su inusitado vaivén detrás de los micrófonos, es el Sméagol o el Gollum en este tramo trágico de la historia del paisito desvencijado y caribeño.
Cuando en una conferencia de prensa sobre los diálogos en “secreto” sostenidos con USA el presidente espetó una acotación donde literalmente se insertó junto a Raúl Castro, entre los que por la parte cubana lideran las conversaciones, ahí, más que aclarar, estaba acariciando el anillo. “Mi Tesoro”, parecía decirse a sí mismo.
Sí, han ido a por todas. En un proceso de antropomorfismo inverso el Poder apostó por metaforizarse en huracán de manera progresiva y múltiple. Alterarlo todo, gestar un calentamiento glocal. Hacer del Gobierno un huracán María y crear su propio Puerto Rico, isla arrasada, dentro de las fronteras terrestres de Cuba, pero sin la condición de estado libre asociado.
Una vez más, el discurso oficial confirma de su puño y letra, y con retraso, lo que sus funcionarios de menor rango negaban incluso en la televisión. Medio pueblo sabía de la presencia militar cubana en Venezuela, pueblo y medio comentaba de las conversaciones entre operadores de alto rango norteamericanos y cubanos. Todo un pueblo agotado, pero a la expectativa.
Negar, luego confirmar y ridiculizar en una transmisión televisiva a periodistas y funcionarios no es exactamente pegarse un tiro en el pie. A lo largo de 67 años han sacrificado piezas; lo de ahora es otra vuelta de tuerca en la adaptación al nuevo ecosistema que se les viene. O mejor: Saturno y la dentellada otra vez.
Con múltiples reclamos, que a la larga son solo uno, en un trozo de país fundido en negro por la ausencia de futuro y fluido eléctrico, al igual que en el resto de la isla, ante la imposibilidad del diálogo, de negociaciones, de vías oficiales o alternativas de participación ciudadana en el devenir del país y en el de ellos mismos, la elección de quienes salieron a las calles el 13 de marzo fue insertar el fuego en la conversación imposible con el Poder del Anillo.
Quemar. Meterle calor a muy alta temperatura a un símbolo del poder. Un edificio: la sede del Partido Comunista de Cuba en Morón.
El calor y el color de una protesta o desobediencia civil en la noche cual reacción a la performanceextractivista de un “necropoder”. Una junta militar en la sombra que, en el plano real y simbólico, detenta el derecho de otorgar la vida o la muerte a la masa subyugada.
Cuando no se garantiza ni la salud y ni la alimentación, cuando toda alternativa de sobrevivencia queda en manos de una población reconcentrada en la pobreza, se ha puesto en marcha una silenciosa maquinaria de muerte.
Entonces, puesto que en el argot de las redes y la calle se manejan los términos (régimen o dictadura) “comunista” o “socialista” para adjetivar al clan que detenta El Anillo, me pregunto otra vez, porque a mí ni lo primero ni lo segundo me cuadran en el momento de situar política o ideológicamente su performance: ¿qué es el socialismo?
¿Qué es y no es el socialismo? se instaura como investigación y título de Aníbal Quijano en 1972.
En otro ensayo titulado “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina” afirmó que “el socialismo no puede ser otra cosa que la trayectoria de una radical devolución del control sobre el trabajo / recursos / productos, sobre el sexo / recursos / productos, sobre la autoridad / instituciones / violencia, y sobre la intersubjetividad / conocimiento / comunicación, a la vida cotidiana de las gentes”.
Quijano lo nombró “socialización del poder”.
Yo, desde un viejo apartamento con su piso notablemente inclinado en un pueblo al que llaman Willirrico —es muy grande la comunidad de migrantes puertorriqueños aquí en Willimantic, Connecticut—, miro hacia el pasado de Mordor mientras hago memoria de la comunidad de migrantes cubanos en Hialeah. En Cuba, la socialización de ese poder fue más asunto de la retórica en la Plaza que un asunto emplazado y llevado a la práctica entre todos y por el bien de todos.
Tras un corte en canal en al menos dos países de América Latina, dígase Cuba y Venezuela —la Cuba posterior a 1959, específicamente su devenir político e ideológico posterior a 1971; y la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI, la posterior al golpe de estado de 2002—, advertiríamos que la “socialización del poder” no fue otra cosa que un acto de ilusionismo.
“Toda democratización posible de la sociedad en América Latina debe ocurrir en la mayoría de estos países, al mismo tiempo y en el mismo movimiento histórico, como una descolonización y como una redistribución del poder”, escribió Quijano.
Pero al interior del tejido social y político, y en el plano de las relaciones comerciales mediadas por la geopolítica, en un punto del supuesto desarrollo de la “redistribución radical del poder”, tras un proceso radical como la Revolución de 1959, en Cuba comenzó a operar una verdadera regresión y una vuelta a una suerte de colonialismo.
No le estoy pasando la factura a Quijano, sino que, a partir de él, y de la peor manera posible, en un plano inclinado sigo tratando de darle nivel a una pregunta.
Hay algo más que necedad en el propósito de concebir, con eficiencia, con la destreza de un virus, la autocondición de colonia con sus daños directos y colaterales.
La revolución cubana, como la venezolana, movimientos cívico-militares, supieron poner en marcha un sistema represivo eficaz. Una total concentración del poder en un modelo partidista poseedor del control militar y el de las principales fuentes y medios de producción, así como de las materias primas y recursos, y aquí hago hincapié en el caso cubano.
La deriva condujo al deterioro de todo, o casi todo, por una lógica en la que se violan tanto los procesos productivos como los de mantenimiento, y se redirigen, o se redirigían, los ingresos de las exportaciones e inversiones extranjeras hacia dos instancias fundamentales: la subvención de cuanto garantice el cada vez menguante apoyo de las masas, y de lo que llamo “industria del terror”, entendida como órganos militares y del orden interior que le propician al Partido Comunista, ente superior del gobierno, el apoyo de esas masas mediando coacción y terror.
De manera progresiva, y desde el mandato del general presidente Raúl Castro al “degenerado” presidente Miguel Díaz-Canel (solo hay que mirar las fotos para leer entre píxeles la intensidad de un deterioro equivalente al de Gollum en El Señor de los Anillos), fueron desmontando programas de asistencia socialhasta puertorriqueñizar Cuba.
Entonces, viendo cómo levantan a siniestra y diestra torres y minitorres destinadas al turismo, sin ponerle recursos sustanciales a la generación eléctrica y la producción de alimentos, ¿cuán descabellado sería clasificar a la cubana cual “economía de plantación 3.0”?
Vamos a dejar aquí, en la ecuación de los costes, el embargo o bloqueo, para el que lo necesite a la hora de las cuentas y el cuento. Punto y seguido. “La dominación es el requisito de la explotación”, escribió Quijano, creo yo, porque ya ni me acuerdo. Visto así, se instaura cual falsedad “la redistribución radical del poder” y la democratización de las instituciones.
La ingeniería social en Cuba, si es que se le puede a estas alturas llamar así al proceso de maceración continuado de su tejido social, aplica a su vez la higienización. Aparta / excluye a quienes no encuentran cabida en el espectro político, cultural y de género aceptado por el propio Poder del Anillo.
Cuando las conversaciones concluyan, ¿quiénes, además de Gollum, “pasarán a ocupar otras funciones”?
Toda redistribución radical del poder ejecutada bajo el mando de un sujeto de ambiciones mesiánicas, narcisista por lo demás, termina en un poder autoritario y en la consecuente colonización, o pérfida variante de autocolonización.
Le llaman lazos de amistad, fraternidad, a las alianzas o asociaciones estratégicas, enroque geopolítico ante un enemigo externo y común.
Sí, una utopía que derivará al desencanto y la traición de las masas.










