Cuba: entre la épica y el naufragio

Tenía un profesor en la universidad que nos enseñaba Física como si estuviera abriendo una ventana. No levantaba la voz. No lo necesitaba. Entraba al aula con una tiza en la mano y el mundo parecía ordenarse alrededor de una ecuación.

Yo salía de aquellas clases con una sensación extraña: la de haber tocado algo alto y, al mismo tiempo, la de vivir en un país que desconfiaba de toda altura individual. 

Nos enseñaban a pensar, sí, pero no demasiado por la libre. Nos daban alas y luego nos recordaban que volar, en solitario, era sospechoso. Así era la Isla Metafórica: una fábrica de talento con miedo al individuo. 

Por eso cada vez que escucho a alguien, fuera de Cuba, hablar de la educación y la sanidad cubanas como si fueran una estampa sin grietas, siento la obligación de matizar. 

Y cada vez que oigo a otro describir la Cuba de Batista —o la de Machado, en otro tramo de nuestra desgracia— como si hubiera sido un vergel moderno arrasado por la historia, siento la misma obligación. 

Sencillamente, Cuba no cabe en una postal. Ni en la de la épica revolucionaria ni en la de la nostalgia reaccionaria. 

La Isla anterior a 1959 cargaba desigualdades feroces, sobre todo entre la ciudad y el campo. Las dictaduras de Machado y Batista no fueron una invención de la propaganda: fueron dictaduras. 

Batista, de hecho, terminó gobernando como un tirano brutal tras el golpe de 1952. Machado había sido ya, antes, uno de los grandes déspotas de la República. 

De cualquier manera, los datos ayudan a salir del panfleto. Vamos a ellos. 

En 1958 —en vísperas de la Revolución que llevó a Fidel al poder—, Cuba estaba entre los países latinoamericanos mejor situados en varios indicadores sociales: tenía una esperanza de vida de 64 años, una mortalidad infantil de 33.4 por mil y una densidad médica de 9.2 médicos por cada 10.000 habitantes. 

En 2026 serían datos preocupantes. En 1958 eran relativamente dignos, incluso competitivos para muchos países de los llamados Primer Mundo. Es la verdad. 

Pero también es cierto que esa fotografía nacional escondía un país partido en dos: había una escasez bestial de atención sanitaria rural. El 60% de los médicos y el 80% de las camas hospitalarias se concentraban en La Habana, donde vivía apenas el 20% de la población. La mortalidad infantil y el analfabetismo rural cuadruplicaban los valores urbanos. Los pobres estaban concentrados en el campo, largamente excluidos de los servicios. 

No, aquello no era un paraíso terrenal. Era una República con brillo estadístico y miseria territorial. 

También en educación conviene afinar la memoria. 

Antes de 1959, Cuba no era un desierto escolar, pero tampoco una Arcadia ilustrada. El analfabetismo en 1953 rondaba el 23,6%. Es decir, aproximadamente una de cada cuatro personas. 

Los organismos internacionales resumen aquel panorama con palabras sobrias pero demoledoras: illiteracy, high drop-out rates, poor rural education, and an educational distribution favouring children of the urban middle and upper classes. Que viene a querer decir: analfabetismo, abandono escolar, mala escuela rural y una educación inclinada a favor de quienes ya venían mejor colocados. 

El ascensor social existía para pocos. Para demasiados, ni siquiera había un portal.

La Revolución corrigió una parte decisiva de eso. Universalizó. Expandió. Hizo gratuito lo que antes estaba socialmente restringido. La alfabetización masiva, la extensión de la atención médica y la llegada de servicios a zonas históricamente olvidadas no son mitos: ocurrieron. 

Aún hoy, los indicadores agregados conservan la huella de aquel impulso. La esperanza de vida de Cuba se cifra en alto –unos 78 años— y la densidad de médicos alcanzó 9.5 por cada 1000 habitantes en 2021, una cifra excepcional. Esto seguro que va cambiado hacia valores menores. Incluso se desconfía de los reportes oficiales.

Por su parte, la alfabetización adulta, según datos de UNESCO, roza la universalidad. Sería mezquino negar ese legado. Mi generación y la anterior se formaron sobre esa plataforma. 

Muchos salimos de escuelas duras, ideologizadas, pero académicamente exigentes. De allí emergió también buena parte del capital humano que hoy sostiene vidas lejos de la Isla Metafórica. 

Pero el precio fue alto. Y no solo económico. 

El proyecto del “hombre nuevo” quiso fabricar ciudadanos desprendidos de la ambición personal, disciplinados en lo colectivo, vigilados en lo político. El problema no es moral; es antropológico. Ese ser sin deseo propio no existe. O no existe sin mutilación. 

La Revolución socializó derechos, pero también centralizó la vida. Abolió partidos, sometió sindicatos al control estatal, recortó libertades cívicas y políticas. Hoy Cuba sigue siendo, según Freedom House, un Estado de partido único que prohíbe el pluralismo político, veta la prensa independiente y restringe severamente las libertades civiles.

Human Rights Watch documenta además castigos a la crítica pública, detenciones arbitrarias y represión de la disidencia. Todo dentro de la Revolución; nada fuera de ella. Aquella consigna fue más que una frase: fue un método de organización nacional.

Y así llegamos a la herida presente. 

Porque no basta con repetir que la sanidad y la educación fueron grandes conquistas, si hoy ambos sistemas se están agrietando delante de nuestros ojos. 

En febrero de 2026, UNESCO advirtió que la situación actual en Cuba estaba socavando el funcionamiento de los centros educativos y requería de apoyo internacional para garantizar la continuidad del aprendizaje. 

De hecho, Reuters retrata una sanidad exhausta: médicos que abandonan la profesión o el país, salarios equivalentes a 14 o 16 dólares al cambio informal, hospitales sin insumos básicos, más de 96.000 pacientes en espera de cirugía (11.000 de ellos, niños) y unas 32.000 embarazadas sin acceso garantizado al mínimo de ecografías recomendado. 

A la vez, la economía acumula cinco años de caída. Desde 2019 se ha contraído alrededor de un 10%, con escasez de alimentos, combustible y medicinas. Y los apagones diarios que erosionan cualquier épica. 

Eso también es Cuba. 

La Isla Metafórica no es únicamente un símbolo ideológico: es un país real, cansado, brillante y roto, donde conviven el orgullo de una otrora formación excelente y el trauma de una sociedad que castigó la diferencia. Donde hubo justicia social real y también control político real. Donde sería obsceno santificar a Fidel y los suyos, pero también blanquear el pantano social que existía antes de 1959. 

Entre ambos delirios se nos ha ido la verdad.

Y la verdad, para los cubanos, ya no puede ser una consigna sino una serie de preguntas: 

¿Cómo preservar la educación y la sanidad públicas sin volver a convertir al ciudadano en súbdito? 

¿Cómo reconstruir un país donde la igualdad no signifique obediencia y la libertad no sea privilegio de mercado? 

¿Cómo premiar el mérito sin restaurar el abandono de los más vulnerables? 

¿Cómo desmontar un sistema que sofocó la iniciativa individual, sin entregar la Isla Metafórica a los mismos apetitos que una vez la humillaron? 

¿Cómo hacer una república donde nadie tenga que escoger entre dignidad y supervivencia, entre justicia social y libertad, entre quedarse y vivir a medias o marcharse para poder ser entero?

Yo sigo viendo a aquel profesor de Física con la tiza en la mano. Tal vez Cuba empiece a salvarse el día en que podamos conservar su lección, sin seguir escribiendo sobre la pizarra del miedo.