En los años ochenta era un niño de Jovellanos —pueblo medio perdido de Cuba con nombre de humanista asturiano— con más sueños que expectativas.
Recuerdo que salía del colegio a las doce y media y el sol —al que allí llamábamos el Indio— rajaba las piedras. Caminaba a casa con la lengua seca, el estómago vacío y la camisa pegada al cuerpo. Aquel calor tenía peso. Tenía olor. Tenía ruido.
Y yo pensaba, con la lógica simple de los niños: ¿por qué no se convierte toda esta luz, todo este calor, en electricidad?
Han pasado décadas y la pregunta sigue siendo razonable. Hoy Cuba vive con cortes, redes frágiles o inexistentes, y centrales térmicas que dependen de un combustible que no llega o llega mal. El futuro energético de la Isla no pasa por el petróleo. Pasa, si pasa por algún sitio, por el sol.
La ciencia lo dice sin rodeos. Cuba está en una franja del planeta con una irradiación solar alta y estable. Entre cinco y seis kilovatios hora por metro cuadrado al día en muchas zonas. Es una cifra que en Europa se envidia. Es un número que convierte a la energía solar en una opción técnica real, no en un eslogan.
La tecnología existe. Los paneles fotovoltaicos actuales convierten entre un 20 y un 23 porciento de la luz en electricidad. Puede parecer poco, pero es suficiente para cambiar sistemas completos cuando se escala. Además, los precios han caído de forma sostenida durante veinte años. Hoy producir un megavatio-hora con luz solar resulta más barato que hacerlo con diésel o fuel en muchos países.
El problema en Cuba no es el sol. Tampoco es la física. Es la infraestructura.
Un sistema eléctrico basado en centrales térmicas funciona con una lógica distinta a uno distribuido con miles de puntos de generación. La energía solar pide redes flexibles, almacenamiento, gestión inteligente de la demanda. Pide baterías, pide mantenimiento, pide planificación. Demanda inversión y estabilidad regulatoria.
La ciencia puede decir cuánto se puede generar. La política y la economía deciden si eso se convierte en realidad.
Hay otro dato clave. La energía solar encaja bien con sistemas aislados y con microrredes. Hospitales, escuelas, centros de datos, plantas de agua. Cada uno de esos puntos puede ganar autonomía con instalaciones locales. Eso reduce pérdidas en transmisión y aumenta resiliencia frente a fallos generales.
En un país con una red frágil esa arquitectura tiene sentido técnico.
He de decir que el almacenamiento sigue siendo el cuello de botella. Las baterías de litio han mejorado mucho. Su densidad energética sube. Su precio baja. Aun así, siguen siendo caras para una transición rápida a gran escala.
Existen alternativas. Sistemas híbridos con eólica. Bombeo hidráulico donde la geografía lo permita. Gestión de la demanda. La ciencia energética ya trabaja con estas soluciones. Ninguna es magia. Todas funcionan cuando se combinan bien.
También está el factor humano. La transición energética crea empleo local. Instalación, mantenimiento, ingeniería, formación técnica. Cada panel puesto genera trabajo que no depende de barcos ni de contratos externos. Eso importa en un país donde la fuga de talento es un problema serio.
Desde el punto de vista climático, el argumento es obvio. Menos combustibles fósiles, menos emisiones, menos contaminación local. Menos problemas respiratorios. Menos dependencia de un mercado volátil. La salud pública también entra en la ecuación energética, aunque pocas veces se diga en voz alta.
Hay ejemplos en el Caribe y en Centroamérica. Países con menos sol que Cuba han desplegado parques solares en pocos años. Han reducido costes. Han estabilizado parte de su suministro. Han aprendido a integrar renovables en redes pequeñas. La tecnología viaja. El conocimiento también. Lo que falta es un marco que permita escalar.
La pregunta honesta es de tiempos y de prioridades. La energía solar no resuelve mañana los apagones. Tampoco los agrava. Es una inversión a medio plazo que empieza a rendir desde el primer panel instalado. Cada kilovatio solar que entra en la red es un kilovatio que no depende del diésel. Eso, suma.
También conviene decirlo con claridad: la solar no va sola. Necesita acompañarse de eficiencia energética. De edificios mejor ventilados, electrodomésticos que consuman menos y hábitos que reduzcan picos innecesarios. La energía más barata sigue siendo la que no se gasta.
Cuando pienso en aquel niño de Jovellanos, caminando bajo el Indio, entiendo que la intuición era simple y correcta. El sol estaba ahí todos los días. Estaba gratis. Estaba sobrando. Convertirlo en electricidad parecía una obviedad. La ciencia ha hecho su parte. Ha aprendido a domesticar los fotones y convertirlos en energía eléctrica. Ahora falta que esa física se convierta en país.
Ya sé que desde Europa las cosas se ven de otra manera y que quien está en la Isla se come el cable del día a día, pero aquí va esta reflexión por si sirve de algo. Quizá no para ahora, pero sí para un futuro.
Futuro: esa palabra que siempre es lejana en la Isla Metafórica. Es decir, Cuba.







