El clima también es una forma de viaje

El invierno tiene maneras extrañas de viajar. A veces no cruza océanos y en su lugar atraviesa memorias.

Recuerdo primero Jovellanos y luego La Habana —siempre la Isla Metafórica—, bajo un calor que parecía inmóvil, en noches donde el aire no se movía y mi cuerpo aprendió a dormir en una tregua con el sudor. 

Recuerdo también el deseo de frío, no por incomodidad, sino por promesa. El aire frío era un anhelo con sabor a lejos. Otra forma de respirar. 

Cuando por fin llegué a otras latitudes, entendí que el frío no es únicamente una temperatura. Es un paisaje que se cuela en el cuerpo y ordena el tiempo.

Por estos días, el sur de Florida y la metafórica Cuba han vivido un descenso térmico sorprendente. No es un episodio histórico, pero sí lo bastante marcado para romper la rutina climática de regiones acostumbradas a la constancia del calor. 

Dicen que en Miami los termómetros bajaron hasta cifras que obligan a buscar chaquetas olvidadas en armarios que suelen guardar camisetas. En La Habana, el aire cambió de textura. Se volvió más cortante. El tipo de frío que hace que la ciudad suene distinta.

La explicación no está en un capricho del clima, más bien es una coreografía atmosférica que se repite cada cierto tiempo. Las masas de aire frío que se forman en latitudes altas pueden desplazarse hacia el sur cuando la circulación atmosférica lo permite. 

Sabemos que el protagonista de este viaje es el chorro polar, una corriente de aire que circula a gran altura y separa el aire frío del norte del más cálido del sur. Cuando ese chorro se ondula, cuando pierde su línea recta y se curva, abre pasillos por donde el frío puede descender.

Eso es lo que ha ocurrido. 

Una ondulación profunda del chorro ha permitido que aire de origen continental, frío y seco, se deslice hacia el sureste de Estados Unidos y alcance el Caribe. 

No es una invasión súbita. Diría que es una lenta lengua de aire que se abre paso, empuja el aire cálido hacia el sur y cambia el mapa térmico durante unos días.

En Florida, este tipo de episodios se conocen como cold fronts. Frentes fríos que avanzan desde el continente y que, en invierno, pueden llegar muy al sur. Cuando alcanzan Miami, suelen traer cielos más despejados, menos humedad y temperaturas que para un europeo siguen siendo suaves, pero que para un clima tropical resultan notables. 

En Cuba, el efecto se siente con más claridad en el occidente de la Isla, donde estos frentes pueden provocar descensos de varios grados y un ambiente que muchos describen como tiempo de abrigo.

La ciencia del clima explica estos eventos con bastante precisión. El aire frío es más denso y tiende a desplazarse por debajo del aire cálido. Cuando una masa fría avanza, empuja al aire caliente hacia arriba. Ese ascenso puede generar nubes y lluvias en el borde del frente. Detrás, queda un aire más estable, más seco y más frío.

En el Caribe, esa sequedad se nota enseguida. El cielo se vuelve más limpio. La noche refresca de verdad.

Hay otro actor en este escenario: el contraste térmico entre el continente y el océano. 

En invierno, América del Norte se enfría más rápido que el Atlántico y el Golfo de México. Esa diferencia refuerza los gradientes de presión que guían el movimiento de las masas de aire. El frío encuentra su camino hacia el sur siguiendo esas divergencias. No pensemos en un viaje caótico. Es un ajuste del sistema.

Ahora toca hablar sobre un tema a veces controvertido. En los últimos años, cada episodio frío en latitudes bajas viene acompañado de una pregunta mayor: ¿tiene esto que ver con el cambio climático? 

La respuesta exige matices. El calentamiento global eleva la temperatura media del planeta, pero también puede alterar los patrones de circulación atmosférica. 

Ya existen estudios donde se sugiere que un Ártico que se calienta más rápido que otras regiones puede debilitar el chorro polar y hacerlo más ondulado. Un chorro más ondulado permite incursiones de aire frío más al sur y, a la vez, entradas de aire cálido más al norte. El frío no desaparece, se redistribuye de forma más irregular.

Eso explica por qué podemos vivir episodios de frío notable en regiones cálidas en un mundo que, en promedio, se calienta. Conviene pensar que, en realidad, el clima no es una línea recta. Por el contrario, lo describiría como una suma de movimientos, equilibrios y desajustes.

Cuando vivía en La Habana, el frío era casi una leyenda. Llegaba en enero o febrero. A veces, en diciembre. Y duraba poco. 

Bastaba una chaqueta ligera para sentirse en otra latitud. Recuerdo, también, salir del Cine Chaplin y caminar por Calle 12 hasta el Malecón con ese aire distinto y una falsa sensación de orden en el cuerpo.

Aquel frío pasajero tenía algo de promesa. Me acercaba a Europa sin moverme de la Isla. Era un recordatorio de que el mundo es más grande que una temperatura constante.

Ahora, viendo a Miami y a Cuba compartir ese aire frío, pienso en cómo el clima también construye memoria. Para muchos en el Caribe, estos días se vuelven historias que se cuentan: el invierno en que hubo que sacar un suéter, la noche en que el aire parecía de otro país…

No es un evento extremo. Es un cambio de registro.

La meteorología trabaja con mapas y modelos, con satélites y datos. Pero el clima se vive en la piel. Se palpa en el té que se enfría, en el sueño que llega antes, en el paseo que se alarga porque el sol no quema. Estos descensos de temperatura son breves, pero dejan una huella sensorial.

En términos estrictos, lo que ocurre ahora en el sur de Florida y en Cuba es una visita del norte. Un intercambio de aire. Un reajuste de presiones. Nada más y nada menos que eso. 

No anuncia un cambio permanente. No rompe las reglas del trópico. Las recuerda.

Y, sin embargo, hay algo en ese aire frío que siempre parece venir de lejos. Quizá por eso, cuando lo respiraba en La Habana, sentía que Europa estaba un poco más cerca. El clima también es una forma de viaje. 

A veces no hace falta moverse. Basta con que el aire cambie de dirección.