‘El aire que me envuelve’ de Sergio de los Reyes



El aire que me envuelve (Miami, 2025) es la segunda novela del poeta Sergio de los Reyes, quien en Siempre es bueno verte (Madrid, 2023) narra un éxodo con sus pérdidas, encuentros y búsquedas; mientras en El aire que me envuelve la heroína huye de La Habana, “harta de la desidia, el éxodo y el enajenamiento colectivo”. Esta fuga es “una misión” y la enlaza al novio y al personaje imaginario de la primera novela, “Ella”, lo cual entronca ambas obras. 

Al menos desde la Odisea, de Homero, el viaje es uno de los grandes temas de la literatura. He aquí otro viaje ingenioso y sagaz, una travesía “real” por el interior de la Isla y, asimismo, una exploración personal, un traslado de la urbe al monte, del presente narrativo al pasado mítico, entre naturista y simbólico, muy visual y alusiva.

El aire que me envuelve es, a su vez, un juego literario en dos tiempos, una alegoría de los “mitos cubanos” recogidos por el monje español Ramón Pané, redescubiertos y traducidos en el siglo XIX y fabulados por Sergio de los Reyes en esta obra, quien también incursiona en la flora, la fauna y la geografía insular, en los cemíes y en las hupías de los muertos “que llegan en la brisa y en los aromas… del aire estrellado”. 

Estructurada en 32 capítulos breves y un Epílogo, escritos con prosa ágil y limpia, a veces poética, nostálgica o irónica, El aire que me envuelve ambienta con intensidad y lirismo la soledad que planea sobre la rutina de los protagonistas, auténticos en sus penurias, libres de máscaras, tristezas y melodramas. 

El autor tiene sentido de la historia, de las circunstancias políticas y de la cultura del país, usadas como telón de fondo en los diálogos con las personas que viven a ras del suelo, quienes lidian con lo trágico, la memoria y el absurdo.

La intuición me impulsa como un eco… el resplandor y el silencio muestran nuevas formas de sentir. 
Vislumbro el paisaje… El día vibra y la noche oscila. El mar se apresura sobre los riscos. Una canoa persiste entre las olas, desembarca bajo la lluvia y se oculta en los manglares.
El camión me dejó en las márgenes del río…
Una olvidada villa que descansa junto al mar. 
  

En esa “olvidada villa que descansa junto al mar”, al suroeste de la Isla, la protagonista interactúa con sus anfitriones y siente curiosidad por la “cosmogonía aborigen”, percibe “los pliegues del silencio” de los nativos, “el tono, la cadencia, la vibración del ritmo que devela una intimidad con los ancestros”. 

El interés por “hallar lo taíno a través de lo palpable o lo invisible” trae consigo un manojo de relatos paralelos a la historia central, y la inserción de poemas y frases de Cristóbal Colón, Eliseo Diego, José María Heredia, José Martí, José Lezama Lima, Ernesto Lecuona, Fernando Ortiz, Virgilio Piñera y otros.

El lirismo no suplanta el sabor de lo autóctono de esta novela donde la elaboración supera a la invención. Si Kafka soñó pesadillas suministradas por la realidad, Sergio de los Reyes no describe jerarquías ni sumisión, sabe que “el arte sucede” y que narrar es conocer, hilvanar y darles voz a los protagonistas sin tirarlos al pozo de especulaciones existenciales y filosóficas, dadas en pequeñas dosis en “El bohío”, “La Iglesia”, “La base naval de Guantánamo”, “Miami”, “El señor Lagré”, “El libro” y otros fragmentos.

No hay en este libro “sueños soñados por otros” ni pesadillas en el centro de otras pesadillas, sino realidades que parecen ensueños. El autor no busca lo fantástico, pero sus personajes y el entorno rozan con la magia y lo prodigioso, sobre todo los seres furtivos de la tradición taína: Itiba Cahubaba, Yayael, Yaya, Deminán Caracaracol, Bayamanaco, Cacibajagua, Atabey, Yúcahu, la diosa Huracán, el behique Guahayona y el cemí de la yuca, Yahubaba.

La postergación no envuelve esta historia coral, si bien la realidad atrapa y doblega a los personajes. Lo autóctono zarandea lo trivial sin perder el pulso, el color, el ritmo y la ternura de la joven protagonista con el hábitat que la seduce y modifica su propósito.

Como el Dios del Génesis, el autor crea y enlaza a la protagonista con Milagros, “una campesina de piel cobriza y mediana edad” que la acoge en su bohío, junto a su madre: “una anciana frágil de piel canela, ciega, sorda e inmóvil” y su marido, “un hombre mayor, muy negro, enjuto, de brazos fuertes”. Son seguidos por Ramón y Elizabeth, Evaristo, Alberto y algunos lugareños que llenan con sus historias y movimientos lo personal, lo mítico y la identidad, cual coro vocal e instrumental.

Si Siempre es bueno verte retrata a esos cubanos sin Cuba “que ocultan sus rostros en la prisa” y sobreviven en la espera, El aire que me envuelve presenta la otra cara de la moneda, los que siguen en la Isla, sin alas para volar ni balsas para travesías. 

Cada una es, por supuesto, un relato con variaciones y, en cierta medida, ambas son el mismo relato desde otra perspectiva y otros escenarios. Las dos poseen un estilo visual y límpido, matices autobiográficos, fragmentos de canciones y poemas y diálogos entre gente demasiado humilde para el asombro y lo sobrenatural, todos ajenos al horror de las cosas, pero unidos por quimeras y frustraciones comunes.

En El aire que me envuelve el espacio ciñe la historia creando un juego de luces y sombras con predominio de estampas narrativas de sabor criollo en un genuino aire cubano, un fresco con hechizos narrativos, encuentros y visiones líricas de sutil factura que hilvanan lo real con ensueños y mitologías. 

Las sucesivas etapas de la novela, “impregnadas de una lírica ingrávida y sugestiva”, es como correr en dirección contraria para borrar las huellas de amores pasados y colorear la travesía con trazos de historia, de poesía, música y naturaleza, que articulan presente y pasado, memoria, desarraigo y nostalgia.