Raúl Modesto, corregido y aumentado

No creo que nadie tenga el valor de leer las 5.748 páginas de Obras escogidas de Raúl Castro. Por su extensión supera a El hombre sin atributosJuego de tronos Las aventuras del rey Mono (títulos que curiosamente le quedarían muy bien a una biografía suya). Por el mero hecho de existir, supera también a los 23 tomos de discursos de Fidel Castro, que nadie sabe cuándo aparecerán. 

Pero ningún libro carece por completo de encanto y con estos pasajes escogidos de las Obras escogidaspuedo demostrarlo. Nadie tendrá el valor de leer, pero sí se puede –y es aconsejable hacerlo– picotear esos nueve tomos, buscar el tesoro escondido, la carta robada, ver en qué momentos brilló el general, si es que se puede brillar de alguna manera vestido de verde olivo y al lado de Fidel Castro.

Con 20 años recién cumplidos, Raúl Modesto empieza a hablar. No sabemos cuánto de esos nueve volúmenes escribió realmente –es de esperar que muy poco–, pero sí tuvo que haber escrito esa media cuartilla con que arranca el primero. 

Inverosímilmente, se trata de un artículo pacifista titulado “Cubanos a Corea”, contra la colaboración cubana en el Comando de Naciones Unidas en 1951. El texto tiene nueve párrafos, seis de los cuales comienzan con signos de exclamación y el último es una cita de Martí. Raúl chilla y cita, cita y chilla: esa es la primera ley de la retórica raulista.

“¡Cuba!, así te honran estos apóstatas gobernantes de tus hijos, entregándolos a manos extrañas para defender intereses injustos”, escribe el futuro ministro de las Fuerzas Armadas. “En lo que atañe a los soldados (robots) que sin ningún ideal van a exponer sus vidas y posiblemente a segar la de algún semejante, les aconsejamos que echen mano a la historia”. 

Un mes antes del Moncada, nos enteramos por una esquelita del 9 de junio de 1953 de que Raúl Modesto y otros dos compinches están presos por “propaganda comunista” y les piden a las autoridades salir porque la cárcel “afecta sus estudios”. 

El documento lo entrega Fidel. Pocos días después, Raúl está en Viena. ¿En Viena? En Viena, para asistir a un congreso de jóvenes sobre el cual, a su regreso, da una entrevista: “¡Se acababa de proclamar el derecho de la joven generación a la felicidad!”, notifica enternecido al periódico Hoy

Nuestro aventurero vuelve de Austria –el minucioso aparato de notas de las Obras escogidas no dice cómo pagó el viaje– listo para asaltar el Moncada. 

Enfervorecido, se emborracha el 23 de julio y escribe en su diario sobre la resaca épica que tenía los días previos a la operación. Sus compañeros de cuarto le traen jugos de manzana porque “tiene que curarse”. Estragado, el borrachín los vomita. 

Salen en tren para Santiago de Cuba y sigue la resaca y el estrago. “Come, Raulillo, que mañana no vas a tener tiempo”, le aconsejan los amigotes. Pero él sigue sorbiendo chupitos de cerveza. Está nervioso y su primer impulso es fiestar. Suena la rocola en el interior del bar donde espera la orden de su hermano y suenan los tambores en las calles de Santiago. 

Lo demás es historia. El siguiente documento es una entrevista en la que Raúl Modesto, que ya sabe cómo huele la sangre de sus amigos –los mismos que le atendían su borrachera–, dice decepcionado: “Mi filiación política era ortodoxa, pero la ortodoxia no existe”. 

También relata una curiosa anécdota en que la policía lo detiene y él les da toda clase de direcciones (de Alto Cedro voy para Marcané, llego a Cueto, voy para Mayarí) para que vean que nació en Oriente. 

Estas son las primeras 14 páginas de las Obras escogidas y es imposible seguir con este ritmo. La segunda ley de la retórica raulista es la lentitud: es minucioso y nasal hasta el aburrimiento, pero, cuando los demás se aburren, él actúa.

El Moncada fue una trastada, pero esa trastada es el resultado de una infancia solitaria y freudiana y así se lo confiesa Raúl a Lina Ruz: 

“Usted me vio nacer, colorado y gritón; luego dando los primeros pasos, cuando me dormía en cualquier lugar; más tarde juguetón y travieso, escondiéndome en escaparates y baúles y, finalmente, me vería sentado en las escaleras de un colegio, llorando con la cara entre mis manos porque era la primera vez que nos separábamos, apenas contaba con cinco años de edad”. 

En la carta hay una sola mención al gran jefe: “Si no han recibido carta de Fidel, no se preocupen, ustedes conocen su carácter”. Y una sola una petición a Lina: “Les pido que se ocupen de Mirtha y de Fidelito”. ¿Quiénes son Mirtha y Fidelito, se preguntará el comunista español o el ruso entusiasta que compre las Obras escogidas

La nota al pie número 20 dice: “Mirtha Francisca de la Caridad Díaz-Balart Gutiérrez (1928-2024). Primera esposa de Fidel Castro Ruz (1948-1955). Participó en la reproducción de La historia me absolverá”. Y la nota 21 dice: “Fidel Ángel Castro Díaz-Balart (1949-2018), hijo de Fidel Castro Ruz y Mirtha Díaz-Balart”. 

La manera en que las Obras escogidas resuelven las menciones de Raúl a su no-familia son dignas de encomio. Su hermana Juanita, ex agente de la CIA, es solo “Juana Castro Ruz (1933-2023)”. Naty Revuelta, amante de Fidel a quien Raúl saluda como “mi querida Natacha”, es solo una “luchadora clandestina” –tanta ironía en dos palabras. De sus amigos y parientes que se fueron se dice tan solo “abandonó el país”. 

Otras veces los editores explican obviedades, como que “chiva” es “delator” –Raúl se vuelve todo un bad boy verbal en la Sierra– lo cual demuestra que el lector ideal de los libros no es cubano. Sin embargo, se quedan cortos a menudo. Raúl acaba sus despachos militares como “comandante-jefe”, pero no hay nota que explique cuándo Fidel le pidió que dejara de firmar con su título predilecto.

A partir de 1959, Raúl se convierte en una suerte de primera dama o hace las funciones de tal. Aparece en eventos sociales cuando Fidel no puede o no quiere manifestarse. Entrega diplomas y justifica las ausencias del hermano en televisión. Una joyita del segundo tomo es su llamamiento a que le envíen donaciones para crear un Museo de la Revolución.

Quiere “armas de todo tipo; instrumentos de torturas; fotografías; libros de instrucción, periódicos y publicaciones clandestinas y las imprentas que se usaron en cada caso; grabaciones de las trasmisiones radiales durante la guerra contra la tiranía; instrumental quirúrgico utilizado en los hospitales en campaña; ropas; mochilas; objetos de uso personal de nuestros héroes; en fin, todo cuanto pueda contribuir a la organización del naciente Museo”. El aleph castrista. 

En los años sesenta y setenta –tomos del 2 al 5– Raúl asume sus atributos de General de Ejército y endurece su retórica. Se acabaron las cartas familiares (en gran medida porque se acabó la familia) y se dedica a presidir acontecimientos exóticos, como el recibimiento de una horda de soldados mongoles, el encuentro con el periódico yugoslavo Komunist o la fundación de una fábrica de computadoras electrónicas (sic) en Bulgaria. 

Esa es la época en la que Cabrera Infante dice de él y de su bigote: “Cada vez se me parece más a un dictador sudamericano”.

El curioso malintencionado se olvidará de los tomos anteriores e irá a buscar el sexto, que acaba con el fusilamiento de Ochoa. Ya en esa época no existe el joven Werther que viajó a Viena. Lo único que sobrevive del veinteañero es su alcoholismo. 

Su discurso ya es tan delirante como el de Fidel, aunque él le habla sobre todo al Ejército: “Extirpemos del sano y vigoroso tronco de nuestra Revolución las células malignas de la corrupción y la deshonestidad, que son extrañas y ajenas a la historia, al ejemplo y a la experiencia de nuestro proceso”. 

Esto lo dice el 14 de junio de 1989 y todo el mundo sabe que se refiere a Ochoa. Dos semanas después, ante el Tribunal de Honor, comparece con un análisis sobre el “camino sin regreso” del general:

“Hemos establecido claramente cómo fue convirtiendo sus habladurías y el hábito de alardear sobre cualquier tema, en un recurso del que Ochoa se fue dotando para decir e, incluso, intentar cohonestar ante nosotros, entre seriedad y broma, sus disparatadas ideas; haciendo pasar por bromas, ante el temor a la reacción del oyente, cosas que verdaderamente pensaba y decía en serio”. 

Tercera ley de la retórica raulista: el moralismo, el puritanismo, el extremismo. Raúl es el Venerable Jorge de la Revolución y no le gusta que nadie ría en uniforme.

Poco hay de interesante en los últimos tomos. El último discurso es el del 1º de enero de 2024, un discurso célebre, una pieza de humor:

“No hay contradicciones generacionales en la Revolución por una simple razón: porque no hay envidias ni ansias de poder entre sus hijos”. Era, o eso nos hizo creer, su despedida. 

En 2006 había asumido el poder total del país y había logrado que Fidel se fuera diluyendo. A nivel narrativo, Fidel es un fantasma en estos nueve libros. La Cuba que pervive –que sobrevive– es la de Raúl. Su proyecto económico es el raulato. Su espiritualidad histórica es el raulismo. Los que mandan son los hijos sentimentales de Raúl, los raulillos. 

Díaz-Canel, que no es el Boswell de Raúl Castro, pero sí su Margarita, resuelve esta venganza histórica del hermano menor sobre el mayor con uno de sus silogismos simplones: “Fidel es Fidel, pero Raúl es Raúl”.