Del caos no saldrá la luz (1883)

I

A fines del año de 1871[1], pocos meses después de los terribles acontecimientos que cubrieron las calles de París de ruinas y de sangre, desembarcaban en uno de los muelles de Nueva York, dos pasajeros procedentes de Liverpool, que desde el primer momento llamaron la atención.

Este interés tenía su explicación, pues los dos personajes formaban por varias causas, contraste original. Era el más joven un francés de unos treinta años, pequeño, regordete y de rostro moreno y vivaracho; el otro, un alemán de unos cuarenta y cinco años, alto, recto como un poste, y rubio como Apolo; el cual para no desmentir la flema que se atribuye a los de su raza, apenas daba señales de vida en sus lentos y escasos movimientos. 

Este contraste hubiera pasado, sin embargo, desapercibido para muchos si a él no se agregara otro más notable: la perfecta armonía que reinaba entre ambos, a pesar de representar cada cual, respectivamente, a la Francia y a la Alemania, naciones que poco antes se habían destrozado sin piedad.

Yo, que me hallaba en el muelle con el objeto de ver a un amigo que llegaba en el mismo vapor, no escapé de la curiosidad general; y apenas este me informó de su salud y circunstancias del viaje, le pregunté quiénes eran los misteriosos viajeros, sin ocultarle la extrañeza que, en mí, como en todos, producía la intimidad de ambos.

Mi amigo, que entre sus muchas buenas cualidades nunca contó la reserva, halló placer en comunicarme lo que sabía sobre los personajes en cuestión; ofreciéndome, además, presentarme a ellos si así lo deseaba.

—Ese joven francés —dijo— es el coronel La Chimère, uno de los más entusiastas defensores que tuvo la Comuna en las calles de París. Vea usted la cicatriz que tiene en la mejilla derecha; es de una herida de sable que recibió en lucha desigual con tres dragones del ejército de Versalles. ¡Oh, es un valiente! Un segundo sablazo en la cabeza lo derribó sin sentido y a esto debe su salvación. Dejado por muerto, fue recogido por uno de sus capitanes, y su familia, muy acomodada en Francia, pudo sustraerlo a la venganza de los vencedores y enviarlo a Inglaterra.

—Es extraño —dije—, que un joven rico…

—¿Qué quiere usted? —interrumpió mi amigo—. La juventud francesa, aunque inteligente y generosa, no es siempre reflexiva, y ese joven es un ejemplo. Nació rico y, desde que fue estudiante, las agitaciones políticas formaron su diversión; después, ansió la gloria. La emancipación del pueblo oprimido fue su ideal; después, este ideal pasó a la exageración, a lo imposible, revestido de todos los atractivos que la imaginación de los franceses comunica a todas las cosas. Empezó por soñar y concluyó por identificarse con su sueño; otros se aprovecharon de esta naturaleza fogosa y le dieron impulso.

—Por esta razón —observé—, el alemán debía ser su enemigo y por lo contrario…

—Ese teutón —repuso mi amigo— es un comunista radical; él fue el capitán que salvó a La Chimère cuando cayó herido, y desde entonces se profesan una mutua y verdadera amistad.

—Comprendo ahora —repliqué—, pero, de todos modos, siendo el uno francés y alemán el otro…

—Usted olvida, amigo mío, que gran número de alemanes, que hubieran sido implacables enemigos de los franceses en el campo de batalla, combatieron unidos a ellos como comunistas en las calles de París. Este hecho demuestra que hoy las opiniones, más que el espíritu de nacionalidad, empieza a unir a los hombres.

—Así lo creo.

—¿Quiere usted que lo presente?

—¿Para qué? No soy comunista.

—No importa; fuera de sus sueños, generosos por otra parte, son dignos de estimación y…

—Tiene usted razón, amigo mío. Todas las aspiraciones, por el hecho de serlo, exigen tolerancia y consideración.



II

Diez años después de esta conversación, atravesaba yo la Pennsylvania en pleno invierno en un tren expreso que corría a todo vapor. Al llegar a la entrada de un pintoresco pueblo, fue necesario detenernos a causa de la nieve que obstruía la vía, y pronto circuló entre los pasajeros la desagradable noticia de que sería necesario esperar algunas horas.

Resignado a fastidiarme, salía del carro que ocupaba en dirección del único hotel que había en la población, cuando vi con alegría que de otro carro saltaba mi amigo, el que diez años antes me había contado la historia del francés y el alemán en el muelle de Nueva York, y a quien desde entonces no había visto.

Este, después de un afectuoso abrazo, me dijo:

—Mucho me alegro del inconveniente que ha detenido el tren, porque de otro modo no nos hubiéramos encontrado.

—En las estaciones siguientes —respondí— nos hubiéramos bajado y tal vez…

—No —me interrumpió—, yo de todos modos pensaba quedarme aquí.

—Entonces celebro el contratiempo; comeremos juntos y…

Los atractivos que la imaginación de los franceses comunica a todas las cosas.

—No puedo, estoy invitado por… A propósito, ¿recuerda usted al francés y al alemán que hace diez años…

—Sí, sí, ¿qué ha sido de ellos?

—Ellos son los que me invitan a pasar unos días aquí, en su casa, que está en este pueblo. Tienen en compañía una gran mina de carbón de piedra no lejos de estos lugares, y son ricos y felices.

—Pero, ¿cómo es que usted los visita?

—Usted sabe que yo estoy establecido en el comercio, en Filadelfia. Ellos me proveen de carbón para mis embarques; además, nos une una buena amistad.

—¡Ah! ¿Son ustedes amigos?

—Íntimos.

—No sabía que se había usted vuelto comunista.

—¿Yo?

—Dime con quién andas…

—Si ellos no lo son; se han arrepentido.

—¿Es posible?

—Y tan posible… Pero es una historia que solo tiene interés contada por ellos mismos… Pero, ¡qué idea! Podría usted oírla; venga a comer con nosotros.

—¡Hombre! ¿Cómo?

—Hay tiempo; el tren tardará en salir algunas horas.

—No es eso lo que me detiene, temo molestar y…

—No tema usted nada; son los hombres más francos que conozco… Ya verá usted… Además, yo se los presenté; y, sobre todo, la historia vale la pena de hacer un pequeño sacrificio.

—¿Qué historia?

—¡Toma! La del arrepentimiento; verá usted qué juicioso e instruido es ese Mr. La Chimère.

Nuevas instancias, y sobre todo la curiosidad de oír la historia que se me anunciaba, me decidieron al fin a acompañar a mi amigo. Dos horas después, en un lujoso dining room, que anunciaba la desahogada posición de sus dueños, estábamos sentados mi amigo y yo ante una bien servida mesa, en compañía del ex coronel Mr. La Chimère, su salvador el capitán alemán Mr. Unthunlich, y dos personas más que comían con nosotros.

La mayor de estas era un señor de unos sesenta años, notable abogado de Boston y accidentalmente en el estado de Pennsylvania, el cual me había sido presentado con el nombre de Mr. Truth. La otra era un francés de unos cuarenta años, delgado y macilento, cuya melena negra, que le caía sobre los hombros, hacía resaltar la palidez de su rostro. 

Este individuo, introducido en la reunión con el nombre de Mr. Rèverie, había llegado hacía pocos días de Francia, con el objeto de hacer propaganda socialista en los Estados Unidos, y asistía a la comida de los ex comunistas invitado por estos para tener una conferencia de sobremesa.

Mucho me alegré de la feliz casualidad que me proporcionaba oír a uno de los más entusiastas socialistas; pero no por eso me olvidé de la historia del arrepentimiento, objeto principal de mi visita. Estábamos en los postres y, aunque la amabilidad de los anfitriones había establecido entre todos la más cordial franqueza, aún no me había atrevido a pedirla.

Mi amigo, comprendiendo mi impaciencia, dijo:

—Queridos huéspedes, he dicho a mi amigo que ustedes no son ya comunistas y este desea tener pormenores de su conversión. Si ustedes quisieran…

—Yo siempre cedo la palabra a mi socio —repuso el alemán, que conservaba la misma gravedad con que lo conocí diez años antes.

—Yo lo suplico —dijo el joven de la melena.

—También yo querría oírla —observó el abogado de Boston.

—Yo lo deseo ardientemente —añadí para acabar de decidir al francés ex comunista.

—No es necesario tanto empeño, señores —repuso este—, y más cuando lo que diga podrá servir de introducción a la conversación que tendré el honor de sostener con Mr. Rèverie. Allá va mi cuento.

Había llegado hacía pocos días de Francia, con el objeto de hacer propaganda socialista en los Estados Unidos.

A la sazón, servían un magnífico café a la francesa y el ex coronel de la Chimère, tomando a pequeños sorbos el delicioso néctar, se explicó en estos términos:



III

Mis padres, después que hube curado en Londres las heridas que recibí en las calles de París, me prometieron que me ayudarían si sentaba la cabeza y yo, deseoso de algún descanso, les ofrecí complacerlos y partí para América en busca de fortuna, acompañado de mi amigo y salvador el capitán Unthunlich, aquí presente, y que hoy es mi socio. Este, que en un tiempo había administrado una mina de carbón, me aconsejó comprar una; y como tenía recursos, pronto hallamos en las vastas regiones carboníferas de este Estado, la que más nos convenía. 

Dueño ya de la mina, tuve una idea de las más peregrinas y que tardé muy poco en realizar. Estos terrenos me pertenecen, me dije, y puedo elegir a los trabajadores que más me agraden. ¿Por qué no han de ser todos comunistas? ¿Por qué no reunirnos todos bajo el sistema que tanto anhelamos, que tanta sangre nos ha costado, y cuyos resultados prácticos ignoramos? 

Al día siguiente, publiqué en los periódicos mi plan y una semana después tenía reunidos unos cuatrocientos empleados para las minas, todos comunistas o que aparentaban serlo, y unos cincuenta individuos más de distintas profesiones, también partidarios del sistema y dispuestos a ser útiles a la colonia. Poco después, salíamos todos de Filadelfia en dirección a nuestra mina, con una banda de música a la cabeza y cantando alegremente La Marsellesa.

Debo advertir a ustedes, señores, que nada fue al principio más fácil que formar un pueblo en pequeño en nuestra mina; pues es costumbre general que los mineros vivan con sus familias cerca de los lugares del trabajo, formando de este modo verdaderas poblaciones. Nuestra colonia se componía, como he dicho, de unos cuatrocientos empleados para los distintos trabajos de las minas y, además, de unos cincuenta, entre mercaderes e individuos de distintos oficios y profesiones; la mayor parte tenían familia y así se reunieron, contando con las mujeres, casadas o solteras, y los niños, más de mil personas de distintas nacionalidades.

Según el sistema, ninguno debía trabajar por cuenta propia sino para la comunidad, la cual recogería por medio de sus representantes los productos, atendiendo al sostenimiento de todos. La propiedad, pues, no existía entre nosotros. Es decir, de un solo golpe cambiamos el orden existente, con todo el bien obtenido resultado de la evolución lenta pero segura de muchos siglos, e introdujimos en su lugar un sistema sin preparación alguna y solo teóricamente proclamado.

El entusiasmo de todos los que creían, contra todas las reglas naturales, en la posibilidad de ver realizadas sus esperanzas de un solo golpe, no tenía límites. Yo no cabía en mí de gozo y decía a mi amigo, el capitán Unthunlich: “Dentro de poco, todos los Estados Unidos se convencerán de las ventajas del sistema y no habrá en esta gran nación más que comunistas”.

Había entre nosotros un comunista exagerado o, más bien, terrorista, que a sus doctrinas de destrucción unía la no menos horrenda del “amor libre” como único medio, en su opinión, de abolir la familia. “Si no existe la propiedad”, decía, “tampoco debe existir la familia, único origen de la ambición de los hombres y de su egoísmo”.

Algunos, por desgracia, hacían eco al terrorista y yo, algo alarmado, les decía: “paciencia, amigos míos, paciencia; allá llegaremos”.

La mesa era en común y todos comíamos alegremente; no solo los mineros y carpinteros, sastres, herreros e individuos de otros oficios que se nos habían agregado, sino también las familias.

A la segunda semana, empezamos a tocar una seria dificultad; no todos los trabajadores eran igualmente activos ni igualmente hábiles y, por lo tanto, el trabajo de unos era distinto al de los otros. Algunos empezaron a quejarse, pero se les hizo comprender que, si se establecía la más mínima diferencia, unos ganarían más que otros y, por consecuencia, unos serían más pobres y otros más ricos; de aquí, resultaría inevitablemente la propiedad.

“La abolición de la familia es el remedio”, repetía el terrorista. “Ella es el origen de todas las quejas; mientras el hombre tenga familia, tendrá ambición”.

De buena voluntad, se trató de sufrir el inconveniente y callar; pero a los pocos días el descontento tomó mayores proporciones; los más fuertes y los más activos pronto hacían el trabajo igual al de los más débiles y los más perezosos, y entonces no querían continuar. Esto produjo disputas entre los trabajadores y fue necesario poner vigilantes a los más perezosos, los cuales rechazaban indignados esta inspección.

¡Ah! Señores, el único estímulo del hombre para soportar un trabajo duro y constante es la recompensa que le aguarda; recompensa que le ofrece el bienestar propio y el de su familia. Lo que sucedía era natural que sucediera; nuestro entusiasmo y el deber que nos habíamos impuesto, por poderosos que fueran, no bastaban a apagar por completo nuestros sentimientos naturales de hombre, y el interés personal empezaba a manifestarse.

Por fortuna, la mina producía algo y el carbón, escaso en aquella época, se vendía a buen precio; pero los gastos aumentaban, porque unos, más descuidados que otros, gastaban la ropa y el calzado en menos tiempo; otros, con numerosa familia, consumían más que aquellos que la tenían corta o carecían de ella. A los dos meses, solo se oían quejas.

“La familia”, decía el terrorista. “¡La familia! Con el amor libre, todos serán iguales, porque cada individuo no tendrá que atender más que a sus propias necesidades…”.

Estas ideas iban ganando partidarios en la colonia. La hora de comer, que fue en los primeros días el momento de más expansión y alegría, se iba haciendo temible. El que quería sopa hoy, la repugnaba mañana. Pero tenía que resignarse porque otros la preferían; estos no deseaban asado todos los días; aquellos no podían pasarse sin él; para unos, los vegetales eran indispensables; para otros, ocasionaban un gasto superfluo. 

Al fin, fue necesario someter a votación la clase de manjares que habían de comerse, con un día de anticipación; lo que dio por resultado que los de la minoría quedaban sin probar bocado.

Pronto circuló la voz de que los trabajadores más económicos iban acumulando en sus casas lo que ahorraban de lo que recibían y fue necesario hacer registros minuciosos a domicilio para evitar la propiedad. Esta inspección produjo las misiones de confianza, por las cuales cada individuo quedaba facultado, en secreto, a inspeccionar a su vecino, desde el momento en que, con o sin razón, lo consideraba sospechoso. Algunos abandonaron la colonia.

Introdujimos en su lugar un sistema sin preparación alguna y solo teóricamente proclamado.

“Continuemos”, decían los más entusiastas o los más tercos, “todas las grandes ideas encuentran oposición al principio; con la constancia, demostraremos lo que vale el comunismo”.

“Con el amor libre”, añadían el terrorista y sus secuaces, que eran ya muchos, “con el amor libre llegará un momento en que no exista la familia, que es la causa de todo”.

Poco tiempo después, varios, con el terrorista a la cabeza, amenazaron apelar al petróleo y reducir a cenizas los pocos edificios que teníamos, si no se proclamaba el amor libre. Fue necesario poner este absurdo a votación y el terror produjo en favor del amor libre una inmensa mayoría. Algunos se oponían a pesar de las amenazas, pero el terrible decreto se hizo ley en la desgraciada colonia.

“Eso pasará, eso pasará”, decía el terrorista. “Con este sistema, llegará el tiempo en que ninguno sepa quién es su verdadera hija, o su verdadera hermana y, cesando el afecto, cesarán los escrúpulos”.

“¿Comprenden ustedes, señores”, continuó Mr. La Chimère, “el significado de estas terribles palabras? Y, sin embargo, por consecuencia necesaria hubiéramos ido a parar a este estado. Instituido el amor libre, la mujer iba a ser común. También, la propiedad del corazón, único consuelo del pobre y del que sufre, la habíamos suprimido. Estábamos locos.”

Algunos, muy contados por fortuna, cansados de sus mujeres, las abandonaron; pero el resto, en inmensa mayoría, al llegar el momento, no pudieron realizar el absurdo. Cada padre, cada hermano, cada esposo, cada amante, se había convertido en una fiera dispuesta a arrojarse sobre el primero que pretendiera tocar al último resto de propiedad, al que en un momento de delirio se había rehusado. 

Los lances desagradables se sucedían unos a otros: hombres groseros intentaban arrojarse a cada paso en los brazos de la fiel esposa o manchar el pudor de la inocente virgen.

El alemán frunció el ceño, como contrariado al recuerdo de aquellas escenas.

“¡El pobre Adolfo!”, exclamó.

“Sí, ¡el pobre Adolfo!”, repitió Mr. La Chimère. “Ese fue una de las primeras víctimas. Figúrense ustedes, señores, que Adolfo era uno de los mejores excavadores que teníamos; muchacho fuerte y honrado, de unos 26 años. Hacía seis meses que se había casado con una joven bella y discreta a quien amaba. Uno de los fogoneros, hombre grosero y más dado a la taberna que al trabajo, trató de penetrar en casa del joven y disputarle a la fuerza a su esposa, alegando el derecho que, en su mente inculta y confusa, creía tener para ello. El joven se opuso y se trabó la lucha. Pocos momentos después, caía el fogonero con el cráneo abierto de un hachazo, pero Adolfo tenía enterrado un cuchillo en el costado.”

“¡Muerto también!”, dijo el alemán, lanzando un suspiro.

“Pocos días duró nuestra inicua ley”, continuó el francés, “y contamos cuatro muertos y muchos heridos. Después, aunque esta se suprimió, el descontento continuó siendo cada vez mayor y llegó el momento en que no nos entendíamos. El producto del trabajo disminuía, porque al fin los obreros buenos, los que podían dar impulso a la empresa, no teniendo estímulo, decidieron graduar a la fuerza sus tareas por las de los otros. Luego, se presentó otra dificultad: los individuos de distintos oficios empezaron a no querer recibir las mismas recompensas. Los excavadores no admitían que su trabajo fuera graduado por el de los trilladores. Los maquinistas exigían más que los pesadores. Los superintendentes no se consideraban en el mismo rango que los capataces de cuadrillas y así, sucesivamente, todos fueron comprendiendo la imposibilidad de una división uniforme.”

“¿Y el gobierno que hacía entre tanto?”, preguntó el francés socialista.

“Bien se conoce que viene usted de Europa, caballero”, respondió Mr. La Chimère. “El gobierno hacía lo que corresponde hacer a un gobierno sensato en estos casos. Cualquier prohibición nos hubiera exasperado y nuestras doctrinas exaltadas por el martirio hubieran tenido muchos adeptos, y aún durarían. Dejados para escarmentar por propia cuenta, hoy, los que más las sostenían, las desprecian. El mormonismo, tolerado en los Estados Unidos, se ahoga en espacios cada vez más reducidos; perseguido, a pesar de ser un absurdo, se hubiera extendido. Y, solo cuando parece que revive, es cuando se intenta detenerlo.”

“Si yo hubiera experimentado antes el sistema”, dijo el alemán, “no hubiera jugado mi vida en las calles de París”.

“Pero, ¿cuál fue al fin el resultado de esta barahúnda?”, volvió a preguntar el socialista.

“De esta barahúnda resultó”, dijo Mr. de la Chimère, “lo que debía resultar. Después de habernos vistos precisados a suprimir la ley que nos quitaba a la familia, empezamos a comprender que era necesario suavizar algo el sistema. El comunismo, tal como lo practicábamos, no solo suprimía la propiedad, sino también el trabajo. Era imposible, a pesar de nuestro entusiasmo, soportar la injusticia de que todas las actividades se midieran y recompensaran del mismo modo. El estímulo, que hace al hombre excederse en el trabajo y perfeccionarlo, alimentando la esperanza de verse remunerado, no podía existir entre nosotros. El porvenir de las familias, su bienestar presente, estaban sujetos a un mismo resultado. Todas las esperanzas, todas las aspiraciones, quedaban ahogadas en nuestro aturdido espíritu. Cada esfuerzo individual, en vez de redundar en provecho propio, se dividía en tantas partes como miembros contaba la colonia. También habíamos suprimido la libertad, puesto que obedecíamos a leyes inflexibles de uniformidad grosera. Nos vestíamos, nos alimentábamos, gozábamos en común, siempre del mismo modo, sin conciencia y hasta sin responsabilidad de nuestros actos; sufriendo constantemente una inquisición perpetua, insoportable. El instinto de conservación superó al terror anterior y, a pesar de las amenazas de los terroristas, se suprimió el amor libre y empezamos a introducir reformas en el sistema; aunque sin obtener mejores resultados. Comprendiendo la injusticia de dividir por igual el trabajo desigual de todos, creímos arreglar la dificultad haciendo que todos trabajaran, según el furierismo, por turnos en todas las faenas. A los dos o tres meses, la ruina que nos amenazaba nos hizo comprender a dónde nos llevaría este desequilibrio: no todas las inteligencias, ni todos los conocimientos, ni todas las actividades estaban al nivel de todos los trabajos y, lo que era una tarea fácil para unos, era insoportable para otros. Con la supresión de la división del trabajo, disminuyó en más de tres cuartas partes la producción. Además, la ambición de mando, el deseo de conservar las mejores posiciones, trajo un desconcierto inexplicable: fue necesario volver a dar a cada uno el oficio que antes tenía, con una pequeña recompensa, dejando el resto de los productos para la comunidad.”

ʻCon el amor libre llegará un momento en que no exista la familia, que es la causa de todoʼ.

“Eso no era un verdadero comunismo”, observó el socialista.

“Lo sabíamos”, repuso Mr. de la Chimère, “pero era un recurso; era necesario hacer algo, contentar a los que aún soñaban vencer las dificultades”.

“Pero, ¿cómo accedieron a esto los más entusiastas?”, insistió el socialista.

“Esta obediencia, caballero, fue el resultado de un estado de nuestro espíritu, que debería servir de lección. El sistema de decidir, por la opinión general, cuestiones puramente individuales, produjo la postración de todas las opiniones ante los decretos de la mayoría. Lo mismo sucede en política: el retraimiento continuo de los deberes del ciudadano produce al fin el hábito de una obediencia pasiva. Poco a poco, las recompensas individuales por el trabajo fueron siendo mayores, en proporción que disminuía el entusiasmo: pero ni aun este sistema era sostenible. Lo más inteligentes de la comunidad veían que la crisis que había de dar por resultado el volver al orden social establecido que habíamos abandonado, solo podía posponerse, pero no evitarse. También, empezaron a reflexionar sobre nuestra suerte futura. La situación era insostenible, pero podía ser peor. Si al presente era el comunismo impracticable, siendo muy pocos, ¿qué sucedería cuando aumentara la comunidad y fuera necesario dividir aún más el trabajo? Si ya se había hecho imposible una repartición equitativa entre unos cuantos empleados, ¿qué resultaría de la distribución entre muchos más oficios y profesiones científicas o literarias? Si ya no se conformaba el maquinista con que se igualaran sus esfuerzos con los del fogonero, ni el excavador los suyos con los del peón, ni el superintendente los suyos con los del capataz, ¿se conformaría el médico con la misma recompensa que mereciera el labrador, ni el arquitecto que se calcularan sus trabajos por los del peón de albañil? Las deserciones fueron en aumento y en poco tiempo quedó reducida la colonia a unos cuantos ilusos sin criterio alguno, que aún soñaban el imposible que hoy acarician muchos; imposible que se acepta por la mayor parte no por convicción, sino por ese despecho que experimenta el hombre cuando sufre sin esperanzas; por esa tendencia del desesperado a buscar siempre el remedio en los extremos. Al fin, después de un año, quedó disuelta la colonia para establecerse sobre las bases naturales en que hoy existe.

“Mucho sufrirían ustedes al verse obligados a abandonar un sistema acariciado toda su vida”, dijo el socialista.

“En modo alguno”, contestó La Chimère. “Tanto mi amigo Mr. Unthunlich como yo estábamos ya convencidos que el problema social solo se podrá resolver lentamente por el trabajo garantizado por la libertad, y recompensado según el grado de inteligencia o actividad que a él se lleve. El progreso humano solo se realiza por la acción individual, tanto en la idea como en la práctica. El comunismo mata esta acción y mata la libertad en todos sentidos. Teóricamente seduce, porque aparece como la igualdad voluntaria de todos y prácticamente viene a ser la igualdad forzada de todos.”



IV

Concluida la historia, pasamos todos al salón de fumar y el ex comunista Mr. La Chimère, dirigiéndose al socialista, dijo:

—Estoy a su disposición, caballero, y, si usted gusta, puede manifestarnos sus proyectos y sus esperanzas, porque, aunque desengañados de la posibilidad de un rápido alivio, cada vez lamentamos más los males de la humanidad.

—Yo, caballero —repuso el socialista con énfasis—, vengo a propagar las doctrinas del socialismo en América; aquí, como en Europa, está el capital concentrado; la miseria y el hambre se encuentra en todas partes. Los pobres de Europa fraternizan con los pobres del Nuevo Mundo.

—¿Por qué medios, caballero?

—Pacíficamente, si es posible; por la fuerza, si fuere necesario; por la anarquía, en último caso.

Todos los presentes nos miramos asombrados y el socialista continuó con creciente entusiasmo.

—Sí, se trata del triunfo del socialismo por todos los medios. ¡Es necesario que las riquezas del mundo, que pertenecen a la sociedad, sean explotadas en interés de todos! Yo he venido a los Estados Unidos creyendo encontrar un mundo mejor y he contemplado, en medio de la civilización y la riqueza, a los niños de todas edades hambrientos, descalzos, casi desnudos, en medio de un invierno horrible; a las jóvenes en las mismas condiciones, arrojándose ciegas en brazos de la prostitución para obtener un bocado. He contemplado…

—Caballero —interrumpió el ex comunista—, un poco de calma. Algún día…

—Sí, algún día —contestó el joven sacudiendo la melena—. ¿Y entre tanto? Todos lamentan el mal, pero pretenden remediarlo con paliativos. ¿La sociedad está ciega, acaso? ¿No está aún convencida que no se evita la miseria y el crimen con casas de caridad y con prisiones? ¿Por qué no se apela a otros medios? ¿Por qué no se escucha a todos los que hablan y se ensayan todos los proyectos?

—Calma, caballero, calma —volvió a decir el ex comunista—. No se puede arreglar el orden social por simples decretos de los gobiernos. Comprendo las aspiraciones del socialismo; son grandes y nobles, cuando no se recurre a medios extremos; pero la sociedad no es una máquina, sino un organismo y solo vive la vida de sus partes. Procuremos que estas partes se desarrollen pronto, aunque naturalmente, y al fin lograremos la armonía del conjunto.

—Pero, entre tanto, caballero, lo que pasa es horrible.

—Lo comprendo, pero nada lograremos con decretar mejoras. No es posible manufacturar las sociedades.

La sociedad solo puede regenerarse por la reorganización de sus partes y no es posible obtener mejora alguna por sistemas que sustituyan la acción individual por la dirección de un centro.

—Pero…

—¿Cree usted que no lamento también lo que pasa? Aunque fuera por egoísmo solamente, debo sentirlo, caballero. La miseria no significa simplemente el sufrimiento del que la experimenta, sino algo más que interesa a todos; significa la desesperación y la degradación en muchos casos, de cuyos resultados se resiente el orden social.

—¡Oh, caballero! —exclamó el joven pálido—. Cuánto me alegro oír a usted hablar de ese modo… Llegué a creer…

—Comprendo —repuso el ex comunista—, usted llegó a pensar que pasaban desapercibidos para mí los males sociales, porque soy rico. No es así, amigo mío: la humanidad no es tan mala como muchos suponen. Casi todos los ricos desean el bien del prójimo y lo procuran cuanto es posible. Solo en instituciones de caridad se gastan millones de pesos todos los años, pero… ¡son tantos los pobres…! De todos modos, nadie tiene la culpa de lo que pasa… Esa indiferencia que usted suponía en mí nace de que, después de convencerme de la imposibilidad del comunismo, he reflexionado sobre todos los demás sistemas. En todos ellos he hallado un fondo de bondad de nobles deseos, pero todos son, al presente por lo menos, impracticables.

—¿Impracticables, por qué, caballero? ¿Cree usted imposible unir a los hombres con los lazos indisolubles del interés común? ¡Cuál no sería el resultado de la elevación de todos los espíritus por las necesidades satisfechas! ¿Cree usted esto impracticable? ¿No siente usted…?

—Ese estado será el sueño de toda mi vida; pero sé que no puedo realizarlo.

—¿Por qué no, caballero?

—Porque la sociedad solo puede regenerarse por la reorganización de sus partes y no es posible obtener mejora alguna por sistemas que sustituyan la acción individual por la dirección de un centro, cualquiera que este sea. En vano se empleará la restricción para realizar lo que solo pueda hacerse por la libertad. La acción individual. ¡Ah…! ¡La acción individual!

—Es la base del orden social existente.

—¡El orden social existente…! ¿Usted espera de él todavía…?

—Sí, espero y con razón, porque los hechos me demuestran que, lejos de empeorar, mejoramos; que, lejos de retroceder, avanzamos.

—¡Ah! Bien se ve que usted no sufre, ni está cerca de los que sufren —exclamó el socialista, lanzando miradas sombrías—. ¡Esperar algo del orden existente…! ¿Sabe usted lo que este orden significa, caballero? Significa el cambio del obrero, por grados, a una especie de esclavo que obedece de grado o por fuerza al que lo emplea; significa un orden de cosas que conduce a un nuevo feudalismo: al de los grandes capitalistas. ¿Y sabe usted de dónde viene todo esto…? De la acción individual que usted defiende.

—Usted exagera —dijo el alemán ex comunista, con la mayor calma.

—¡Que yo exagero! —replicó el socialista, sacudiendo la melena—. ¿Qué produce el individualismo, sino la competencia, ese sistema egoísta y horrible, cada uno para sí y en contra de todos: esa lucha sorda y constante en que es necesario que unos pierdan para que otros ganen? ¡Ah! ¡La competencia…! De la competencia de los obreros resultan los salarios bajos; de la competencia de los productores, las ruinas y bancarrotas. 

—Creo, como mi socio, que usted exagera, caballero —dijo Mr. de la Chimère.

—No. Hablo por propia experiencia —repuso el socialista—. Cuando yo empecé a trabajar en mi país, tenía salud, fuerza, habilidad, amor al trabajo; todas las condiciones para no morir un hombre de hambre. Pero tuve que luchar con la competencia, ese sistema de exterminio. Me consideraba un buen maquinista y exigía cinco pesos por día. Después, me casé y tuve hijos. No era mucho ganar, pero al fin… Poco después, se presentó uno que solo tenía mujer y ofreció sus servicios por cuatro pesos. Yo me vi obligado a perder un peso al día para conservar mi empleo. ¿Qué podía hacer…? Era necesario sostener la competencia. Pasaron algunos meses y se presentó otro que no tenía ni mujer ni hijos. Era solo y le bastaban dos pesos diarios. Me fue forzoso escoger entre este corto salario o morir de hambre… He aquí el resultado de la competencia; del individualismo que se opone al comunismo. Tampoco defiendo este último sistema en lo absoluto. Ambos son dos extremos inadmisibles; pero un término medio…

—A ese término medio vamos a parar siguiendo el orden social establecido —interrumpió el francés ex comunista— y probaré a usted que es el único juicioso y equitativo en el estado de civilización en que nos encontramos.

—Pero la competencia…

—Escuche usted, caballero. En todo lo que usted dice, hay mucha verdad, pero también mucha exageración. ¿Por qué ver solo el lado malo de las cosas? La competencia podrá tener inconvenientes que nacen en su mayor parte de errores económicos que la ciencia irá salvando…, ¡pero son tantas sus ventajas…! Podrá ser cierto que los salarios de hoy, principalmente en Europa, no alcancen al infeliz trabajador para cubrir sus necesidades; pero este estado no puede atribuirse a la competencia, porque, de ser así, los salarios disminuirían en vez de aumentar; y sucede todo lo contrario, caballero. No hay país civilizado en que no se note una tendencia constante al alza de los salarios. Lo que gana hoy el trabajador no lo ganaba hace algún tiempo. No existe, pues, esa tendencia a la disminución que usted nos pinta.

—Es que hay casos…

—No nos ofusquemos, caballero, estableciendo por regla general algunos trastornos pasajeros que habrán podido depender de crisis, de errores de los malos gobiernos, de mil circunstancias, antes que de la competencia.

Jamás podrá remediarse el mal tratando de reducir a todos a la misma situación.

—Pero lo que me ha pasado a mí y a los obreros, también les pasa a los mercaderes; ellos también se ven obligados a disminuir sus precios por la competencia.

—Usted se ha fijado en ese efecto, caballero, pero en su ofuscación descuida otros, consecuencia de la misma causa. Usted olvida que la competencia no está solo de un lado: así como puede ser causa de la baja de los salarios y de los valores, lo es también del alza de estos mismos salarios y estos mismos valores. Los que emplean y los que compran compiten entre sí, del mismo modo que los que trabajan y los que venden. ¿Y sabe usted lo que sucede cuando la competencia es libre en ambos lados…? Sucede que su tendencia no es ni al alza ni a la baja, y se establece la igualdad. Hablo a usted por la ciencia, caballero; la competencia es la que forma ese término medio que usted desea y que equilibra hasta cierto punto el orden social.

—El equilibrio es imperfecto.

—No lo niego: pero ni su imperfección es causa de la competencia, ni el estado que de él resulta nos conduce, como se pretende, a un estado de miseria y esclavitud que solo podría evitar el socialismo. Los males son grandes, yo no lo niego, caballero; pero, lejos de aumentar, disminuyen. Sigamos con calma las evoluciones sociales, procuremos penetrar sus leyes, y cada vez serán mayores las mejoras obtenidas.

—Pero, ¿por qué no ensayar un nuevo orden?

—¿Qué orden recomienda usted, caballero? ¿El de someter todos los productos de una comunidad a una autoridad central? ¿El de Louis Blanc, de una distribución según las necesidades, sin hacer diferencia de los méritos o servicios del individuo?

—Yo no propongo el comunismo, puesto que aquí mismo se han palpado sus resultados prácticos.

—¿Y sabe usted la causa de esos resultados…? La destrucción de la acción individual, caballero. ¿Podría usted presentar otro sistema que respete esa acción? No olvide usted que toda organización sin ella es imposible. Destruyamos, si así conviene; pero no sin contar antes con los elementos para reconstruir; no hagamos el caos, porque de él no brotará la luz.

—Yo no pretendo nada violento ni exagerado, caballero; si el comunismo no es practicable, puede serlo el socialismo, que tiene por base las comunidades por los sistemas de Owen y Fourier. El furierismo admite las distribuciones desiguales y la propiedad individual del capital, aunque no su distribución arbitraria.

—Conozco el sistema, caballero, y, como he contado antes, pretendimos ensayarlo; el resultado, sin embargo, no fue el que esperábamos, porque faltó la acción individual.

—No lo ensayaron bien sin duda, caballero; la acción individual no falta. Los trabajadores en una comunidad, según Fourier, pueden clasificarse espontáneamente en grupos, comprendiendo cada grupo distinta clase de trabajo.

—Pero ese orden, poco más o menos, es el existente; en las distribuciones, si son iguales, habrá las mismas injusticias que en las del comunismo, puesto que todos los trabajos y todas las actividades no son las mismas.

—No he concluido. Ese inconveniente se evita haciendo que los trabajadores sean miembros de distintos grupos, y que por grados…

—Es el sistema ensayado por nosotros, caballero —interrumpió Mr. La Chimère, encendiendo un segundo cigarro—. Y, como usted recordará, tuvimos que desecharlo, porque contrariábamos una gran verdad económica: sin la división constante del trabajo, es decir, sin que cada trabajador se dedique a un oficio especial, no habrá obra perfecta y el producto será siempre menor.

—Pero esta dificultad queda obviada —repuso el socialista—, puesto que puede respetarse la división del trabajo y al mismo tiempo la justicia, si del producto general se separa una parte para atender a la subsistencia de cada miembro de la comunidad, esté o no en aptitud de trabajar, y se divide el resto entre los diferentes grupos, según la cantidad de trabajo.

—Aunque prefiriendo los grupos que más trabajen no se salva la injusticia de no premiar en particular el esfuerzo de cada individuo, este sistema tiene también el inconveniente de la apreciación, que no siempre podría ser equitativa.

—Sí lo sería, caballero. Siempre que se notara más prosperidad en un grupo que en otros, sería señal de que había sido remunerado con exceso. La decadencia, por lo contrario, en un grupo, indicaría que necesitaba mayor remuneración.

—Mucho trabajo tendría la sociedad, caballero, y muy justos tendrían que ser sus representantes. Además, el número de estos representantes sería tan grande por necesidad que superaría al que hoy forman los que los socialistas llaman parásitos.

Mr. Rèverie introdujo sus flacos dedos en su poblada melena y no contestó.

—Aunque las comunidades del sistema Fourier pudieran practicarse —continuó el francés ex comunista— y llegaran a salvarse todas las dificultades, sobre todo la más inevitable, la de una constante confusión; aunque la mayoría de los hombres estuviera preparada para un cambio de esta clase, que no lo está, ¿cree usted, caballero, que las comunidades quedarían libres de los malhechores, de los holgazanes, de los viciosos, de las clases profundamente desmoralizadas por el actual sistema social? De todo esto resultaría un trastorno y una ruina completa que produciría el caos, como en el comunismo. Y usted debe saber, Sr. Rèverie, que no es el caos el estado más conveniente para formar un mundo mejor. Bastante sangre ha costado a los pueblos salir de su estado natural, para volver a él después de alcanzar el periodo de transición a un estado mejor. Es verdad que parte de la sociedad está en las mismas condiciones que en los tiempos primitivos; pero jamás podrá remediarse el mal tratando de reducir a todos a la misma situación.

—Hasta cierto punto tiene usted razón, caballero —exclamó el socialista, sacudiendo su melena—. Pero esto es horrible, ¿qué hacer…?

La organización social no podrá soportar cambio alguno que trastorne las leyes naturales de la humanidad. 

—Es horrible, lo comprendo —dijo Mr. La Chimère—, pero formando el caos no obtendremos la luz. Comparado el pasado con el presente, se nota que cada vez es menor el número de los desheredados. Sigamos perfeccionando la organización social, en vez de tratar de destruirla, y la cantidad será cada vez menor.

—Hay algún adelanto, no hay duda, pero… ¡queda tanto por hacer!

—Es de lamentarse, amigo mío. Trabajemos con fe, tratemos de inventar; precipitemos por medio de ingeniosas mejoras la evolución social, cuya lentitud confieso es desesperante. Pero no olvidemos que cualquier sistema que se ensaye, que no tenga por base la propiedad privada y la competencia, que no conceda al hombre toda su iniciativa económica, que le es tan necesaria como su iniciativa política, dará por resultado el retroceso en vez del progreso.

—Pero ensayemos el sistema que he propuesto en los Estados Unidos —repuso el socialista, sumamente agitado—. Muchas son sus dificultades, no lo niego; pero este pueblo especial tal vez sabría vencerlas.

—No, caballero —dijo el abogado de Boston, que hasta entonces se había contentado con oír—. El pueblo americano no está más preparado que cualquiera otro para vencer lo imposible; prácticamente, lo he experimentado. El Sr. La Chimère tiene razón en lo que ha dicho. Y, si usted me lo permite, podré decir lo que sabemos los americanos de todo esto.

—¡Ah!, caballero. ¿Otro desengaño? —preguntó el socialista, con énfasis.

—Hable usted, caballero, hable usted —dijeron algunos.

—No tengo inconveniente —replicó el venerable anciano—, pues creo necesario que el Sr. Rèverie tenga idea de nuestros esfuerzos.



V

Todos prestamos esmerada atención al abogado de Boston; este dijo:

—George Ripley, señores, que falleció hace poco, después de dedicar sus primeros años al sacerdocio, soñó con una asociación cuyos miembros vivieran como hermanos, procurándose entre todos un mutuo desarrollo espiritual. Otros secundaron sus deseos, y obtenida por subscrición la finca de campo Brook, cerca de Boston, se hizo la prueba en 1843. El objeto fue formar una comunidad en la propiedad, destruyendo la competencia y todos los inconvenientes del tráfico. Con este plan, todo el que llevaba propiedad a la asociación, recibía en cambio acciones y un interés fijo por ellas. Se trabajaba en faenas agrícolas en comunidad y se recibía un tanto por hora, pudiendo elegir cada uno el número de horas y la clase de trabajo. Con lo que producía el trabajo y el interés, pagaba el asociado su hospedaje y compraba al costo todo lo que necesitaba en los almacenes de la comunidad. Esta comunidad tenía algo ideal, señores, y solo podía tener atractivo para los pocos idealmente a ella inclinados. No faltaron, sin embargo, entusiastas hasta el número de ciento cincuenta, y entre estos estaba yo, que entonces contaba diez y ocho años. Todo trabajo, corporal o intelectual, se pagaba en la misma proporción; y esta igualdad, que podría chocar a muchos fuera de la comunidad, entre nosotros era admitida, porque creíamos realizar la verdad de que todo esfuerzo es sagrado si se hace en interés común. Además, se consideraba que el trabajo intelectual comprende mayor cantidad de placer y tiene en sí mayor recompensa que el material.

—Extraña ley, por cierto —observó Mr. La Chimère.

—No disputo sus ventajas, caballero —repuso el hacendado—. Pero entre nosotros podía tener toda la fuerza que le comunicaba nuestro entusiasmo. No debemos olvidar que, como he dicho antes, nuestra asociación era puramente ideal y solo tolerable para los que, como nosotros, alimentaran ese ideal. Muchas ventajas tenía, sin embargo, nuestro entusiasmo, y, entre otras, la alta estima en que teníamos la instrucción. No empleábamos el tiempo solo en el trabajo. Las horas dedicadas a este eran limitadas. El resto del tiempo podía dedicarse a estrechar las relaciones sociales entre los miembros de la asociación y a la enseñanza. Con este objeto, teníamos bibliotecas, además de las clases, aparatos de los principales ramos de las ciencias y las artes, diversiones, salones y teatros. Todo de propiedad común. La comida era general y nuestro entusiasmo crecía por momentos.

—Habían formado ustedes un paraíso —exclamó el socialista, entusiasmado—. Esa es la vida verdadera del hombre; esa es la sociedad que yo sueño…

—Sin embargo —continuó el abogado—, la parte material de nuestra asociación; es decir, los beneficios pecuniarios, no estaban en relación con el mundo encantador que habíamos formado. A fines de 1844, nuestra dirección de hacienda, en virtud del estado cada vez más deplorable de la parte financiera de nuestra asociación, creyó oportuno hacer algunas observaciones que vinieron a interrumpir bruscamente nuestros sueños de ventura. Se juzgó indispensable establecer distintas rentas en las habitaciones. Se comprendió la imposibilidad de sostener ciertas excepciones en contra de la armonía de la asociación. Se consideró injusto cargar precios iguales por comodidades desiguales. También se vio que había llegado el momento de reconocer las diferencias naturales del trabajo y establecer compensaciones distintas. Por último, a pesar de estas mejoras, se comprendió que no se llenaría el fin apetecido: el de demostrar prácticamente que la industria asociada da un producto muy superior a la industria “civilizada”. Mr. Ripley y su esposa, a pesar de tener alguna edad, no desmayaban y conservaban incólumes, en sus generosos corazones, el valor y la fe que ya a muchos faltaba.

—No continúe usted, caballero —exclamó el socialista, con ternura exagerada—. Sé lo que va usted a decir: ¡la sociedad santa y sublime tendría que disolverse!

—No del todo, caballero —contestó el respetable anciano—. Solo cambió de forma. En esa época estaban en boga las doctrinas seductoras de Fourier y, en una convención de sus partidarios a principios de 1844, la finca Brook fue debidamente representada. Desde entonces, su cambio al nuevo sistema quedó virtualmente asegurado, no sin el descontento de algunos. Se creyó, por los más, que el estado de nuestro pueblo y el de la ciencia social era el más a propósito para la prueba. Ninguna asociación podía, sin embargo, reunir mejores condiciones que la nuestra, dado el entusiasmo casi unánime y la experiencia de una vida en común durante dos años.

ʻEs raroʼ, dijo el socialista, ʻque todas estas sociedades comunistas estén en contra del matrimonioʼ.

—Santo entusiasmo —exclamó Mr. Rèverie—. ¡Y si entonces hubiera sido secundado…!

—No dejó de serlo, caballero —repuso Mr. Truth—. Gran número de hombres prominentes en la nación americana habían asociado en aquella época sus nombres con el nombre y las doctrinas de Fourier. Ripley, Horacio Greeley, Channing, Charles A. Dana (hoy director del Sun) y otros muchos hacían generosos esfuerzos por realizar los sueños del gran filántropo francés. A principios de 1845, el Falangerio de la finca Brook fue incorporado en la Legislatura de Massachusetts. Después, se fundó un periódico para representar el furierismo El Precursor (The Harbinger) que duró cuatro años.

—Mucho lograrían ustedes con los hechos prácticos y la generosa propaganda —dijo el socialista.

—No, amigo mío —replicó Mr. Truth—. La abnegación, el entusiasmo, el genio, si usted quiere, de unos pocos, no podían sostener mucho tiempo la vida del cielo en una sociedad terrenal. Nuestra empresa, como ha sucedido con todas las de su especie aquí, más de cuarenta, estaba fuera de su lugar y de su época. La vida humana se funda en bases muy distintas a las que nosotros pretendíamos establecer. Su progreso es seguro, pero lento…

—Tal vez la organización no sería perfecta —observó el socialista desconsolado.

—No, amigo mío —dijo el abogado—. El exceso de organización nos perjudicó; todo organismo necesita cierto grado de independencia en sus partes. No olvide usted lo que ha dicho Mr. La Chimère; no hay progreso sin libertad.



VI

El socialista quedó profundamente pensativo y todos respetamos su silencio. Al fin, exclamó:

—Creí que los Estados Unidos estaban mejor preparados para recibir la nueva idea. En Europa, el Falangerio de Brook no hubiera fracasado. ¡Ah! ¡Si nosotros tuviéramos libertad para ensayar…!

—Sucedería lo mismo, caballero, como ya ha sucedido en muchos puntos con diversos ensayos de la misma índole —dijo Mr. Truth—. La organización social no podrá soportar cambio alguno que trastorne las leyes naturales de la humanidad. Cuando estas se desprecian, la reacción es inevitable.

—¿Y cómo deseamos estos cambios, si no son naturales? —repuso el socialista, sacudiendo desesperadamente su negra melena—. Parece que los americanos tienen organización distinta, puesto que contemplan con indiferencia los sufrimientos de sus semejantes, sin protestar con todas las inmensas fuerzas de que pueden disponer o recurrir a todos los medios para reformar el orden social, como intentamos nosotros hacerlo.

—Los americanos, caballero —contestó el abogado con una calma que contrastaba visiblemente con la exaltación del socialista—, los americanos hemos ensayado mucho. Al fracaso de Brook, podemos agregar el de Alfadelfia, Falanx, Hopedale y otras comunidades hasta más de cuarenta. Si algunas existen hoy, están ligadas por otros lazos y por eso no han perecido…

—¿Cómo, caballero? —preguntó el socialista, levantándose de un salto—. ¿Existen sociedades comunistas en los Estados Unidos…? No sabía…

—Existen algunas. Pero, como iba diciendo, ligadas por lazos con que no contamos y…

—¿Esos lazos…?

—Son los que forma una fe sin límites, nacida del fanatismo religioso.

—¡Ah…!

—Y, sin embargo, curiosos son sus resultados y muchas las lecciones que de ellos se desprenden.

—¿Podría usted contarme, caballero, instruirme, encaminarme? —dijo el socialista con tono suplicante.

—Muy conveniente le sería estudiar esas sociedades, caballero —repuso el abogado—. Visítelas usted. Trate de penetrar en sus vidas íntimas. Compare usted las necesidades que ellas satisfacen con las aspiraciones que hoy tienen las masas socialistas.

—Pero deme usted alguna luz, Sr. Truth, se lo suplico.

El ilustre abogado consultó su reloj, vaciló un momento y después dijo:

—Aunque es algo tarde, no puedo resistir al deseo de relatar a usted imparcialmente lo que sé del comunismo que hoy se practica en los Estados Unidos, sus ventajas y sus inconvenientes. Escuche usted, caballero.

Todos quedamos pendientes de las palabras del Sr. Truth, que continuó en estos términos:

—Principiaré por indicar a usted, caballero, sin comentarios, las sociedades comunistas que tenemos y sus costumbres y sus fines. Después, haremos las reflexiones que usted guste sobre ellas. Las congregaciones de la “Verdadera Inspiración” o de “Amana”, que forman una sociedad religiosa, 74 millas al oeste de Davenport, en el Estado de Iowa, cuentan en la actualidad más de 1,500 miembros, todos alemanes, que poseen 25,000 acres de tierra. La base de la asociación es la religión. Son pietistas y, según sus creencias, sus jefes les hablan por directa inspiración de Dios.

Para que una sociedad comunista dure y prospere deben estar unidos sus miembros por el fanatismo religioso o cualquier otro sentimiento exagerado. 

—¿Pero son comunistas? —preguntó Mr. Rèverie.

—Enteramente, caballero. Todos los bienes son comunes, comen y trabajan en común. Pero los sexos en todas ocasiones están separados. Algunos matrimonios, sin embargo, se celebran de vez en cuando y…

—¿Solo de vez en cuando…?

—Sí, porque, aunque el celibato no impera como ley, generalmente se prefiere. Todos los ramos de industria tienen sus jefes, que se reúnen de noche para arreglar los trabajos del día siguiente. Además del alimento, cada miembro recibe anualmente cierta cantidad de dinero para vestidos y otros artículos de suma necesidad. El lavado de la ropa también es en común.

—¿Pero no hay diversiones, bibliotecas, algo para dar expansión al espíritu después del trabajo?

—No hay reunión alguna que no tenga un sello religioso. Tampoco existen bibliotecas y la mayor parte de las lecturas se hacen en la Biblia. Sin embargo, todos los miembros, de variada inteligencia y en mayoría inmensa simples aldeanos alemanes, se consideran felices porque, según dicen, gozan de absoluta igualdad, abundante alimento e independencia de un dueño.

—¿Qué más puede desearse? —exclamó el socialista, entusiasmado.

—Falta saber —observó Mr. Truth— si esas ventajas, tan positivas para los Amanistas, serían soportables para otros que carecieran de su entusiasmo religioso… Pero, prosigamos. En las márgenes del Ohio, hay un gran espacio ocupado por la comunidad de los Rappistas y una población de más de ciento veinte limpísimas casas de ladrillos, cercadas de jardines. Esta comunidad, llamada de la “Armonía”, es un resto de la fundada por Rapp en 1805 y todos los miembros, que aún pasan de cien, son de avanzada edad. El fervor religioso llegó entre ellos a tal extremo que se suprimió el matrimonio de común acuerdo y los más jóvenes, no sintiéndose con vocación para el celibato, se separaron. También se suprimió el uso del tabaco, sacrificio mayor para los alemanes que el celibato.

—Y los casados hasta la época de la abolición del matrimonio, ¿qué hicieron? —preguntó Mr. Rèverie, cada vez más asombrado?

—Siguieron viviendo bajo el mismo techo con sus esposas y sus hijos, tratándose como hermanos en Cristo —repuso el abogado—. Por extraño que esto parezca, caballero, debe tenerse en cuenta que la fuerza de sus creencias sostiene a estos coasociados; hecho que no debe olvidarse al entrar en consideraciones sobre la posibilidad de la vida comunista en general. Esta sociedad tuvo un cisma en 1831. Un aventurero, también alemán, se introdujo en ella y logró formarse algunos partidarios para pretender la abolición del celibato. La sociedad resolvió pagar a los facciosos más de cien mil pesos y estos, después de muchos trabajos, fundaron la comunidad de Bethel en el Missouri, de que voy a hablar.

—Muy enterado está usted de todas estas sociedades, caballero —observó el socialista.

—Como he dicho —repuso Mr. Truth—, en mis primeros años hice por mí mismo el experimento de Brook. ¿Qué tiene de extraño que después haya tratado de descubrir en las comunidades existentes los lazos que las ligan y que nosotros no supimos atar? Decía, pues, que se formó de una fracción de la “Armonía” la comunidad “Bethel”. De esta, salió otra que se estableció en Aurora, que tomó el nombre de este lugar, al sur de Portland, en la línea férrea del Oregón y la California.

—¿Son también célibes…?

—No, las sociedades formadas del cisma tienen algo de las doctrinas de los Rappistas, pero admiten el matrimonio, que consideran como un deber religioso. Como en casi todas las sociedades comunistas, en estas el obrero no se limita a una sola clase de trabajo. El zapatero ayuda al albañil, este al que cultiva los campos y así sucesivamente se mezclan todas las industrias.

—¿Y prosperan de ese modo?

—Prosperan, pero no debe olvidarse que las aspiraciones de estas sociedades de sacrificios son muy reducidas. Continuemos. En Zoar, en el Ohio, hay otra sociedad comunista que se llama de “Los Separatistas”, fundada en 1817, y que ha llegado a ser bastante rica. Compuesta de aldeanos del sur de la Alemania, tiene esta comunidad el mismo sello de sencillez de las otras que he nombrado. Varias son sus industrias, pero la agricultura es la principal y poseen más de 7,000 acres de tierra. Creen sus miembros que Dios no ve con placer el matrimonio, aunque lo toleran. Pero la sociedad comunista más antigua de los Estados Unidos, la más completamente organizada y la más floreciente, es la de los “Tembladores” (Shakers). La primera comunidad de esta clase se fundó hace más de 90 años en el Monte Lebanon y hoy existen diez y ocho distribuidas en siete estados de la Unión. Cada una consta de varias “familias” y, como estas familias tienen sus propiedades aparte y llevan cuenta separada, de hecho existen cincuenta y ocho comunidades de “Tembladores”, que forman un total de más de 2,500 miembros de ambos sexos, casi todos americanos, que poseen más de cien mil acres de tierra. No es mi objeto entrar en detalles sobre la extraña religión y costumbres de estas sociedades, y baste saber que la comunidad absoluta de bienes es su principio, que forman una orden de célibes y que su industria tiene por base la agricultura. Su traje es rígido y uniforme. Llevan el aseo a la exageración y se creen en constante relación con el mundo de los espíritus.

—Es raro —dijo el socialista—, que todas estas sociedades comunistas estén en contra del matrimonio.

—No todas —repuso el abogado—. Y, como prueba, voy a citar una comunidad de carácter completamente distinto en que no existe diferencia entre la propiedad en las cosas y la propiedad en las personas. Me refiero a los “Perfeccionistas” de Oneida y Wallingbord, sociedades de origen americano y cuyos miembros son casi todos americanos con excepción de algunos ingleses y canadienses. No son estos miembros aldeanos sencillos, como los de la mayor parte de las sectas que he citado. Entre ellos hay abogados, médicos, comerciantes, profesores y sacerdotes. Y se cultivan todas las ciencias, aunque los trabajos del campo y los mecánicos son los principales.

Los pueblos de Europa no obran con la misma prudencia porque les falta la Libertad.

—¿Y cuál es su doctrina, caballero?

—La doctrina de los “Perfeccionistas” se reduce a la salvación por medio de la cesación total de todo pecado. Pero, para lograr esto, creen que es necesario renunciar a toda clase de propiedad privada. Este comunismo, considerado como mandato de la Divinidad, se extiende de las cosas a las personas, y de este modo justifican un sistema social en que se admite “el matrimonio complejo en vez del simple”.

—Pero esto es inadmisible —observó el socialista—. Aunque supongo que no todos se sometan a tal práctica.

—Es tal el poder del fanatismo, caballero, que muchos hombres participando de tan extrañas creencias han llevado a sus esposas y a sus hijas a la Comunidad de Oneida.

—¿Y el pueblo tolera este desorden?

—Al principio, los “Perfeccionistas” fueron perseguidos, pero como no se observa entre ellos desorden alguno, la hostilidad ha ido desapareciendo. Su sistema de administración es perfecto. Sostienen un periódico y no les faltan algunas diversiones, que forman contraste con algunas reglas sociales y religiosas de las más severas.

—¡Pero esa comunidad es horrible…! Y los niños, ¿qué se hace de ellos, caballero?

—Son atendidos y educados por la comunidad.

—¿Y son muchos esos comunistas desenfrenados?

—Cerca de trescientos.

—Pocos, por fortuna.

—Aún puedo citar otras sociedades comunistas —continuó Mr. Truth— que tienen menos miembros, como los Icarios en Iowa, en su mayor parte franceses, y los que menos han progresado. La comunidad de “Cedar Vale”, en Kansas. La comunidad de la “Libertad Social”, en Virginia. Y, por último, la comunidad sueca de “Bishop Hill” en Illinois, la cual debo citar, aunque ya extinguida, porque de su disolución se deducen los elementos que aún sostienen a las otras.

—¿Y esos elementos son…?

—Los que faltaron a la comunidad de “Bishop Hill”. En primer lugar, los lazos formados por una creencia única y vehemente. En segundo lugar, un buen jefe. Cuando los más jóvenes de la comunidad se hicieron hombres, empezaron a encontrar demasiado dura la vida en común, porque no tenían el entusiasmo religioso de los fundadores, y lograron al fin quebrantar la asociación. El jefe de esta, por otra parte, no tenía toda la fuerza moral sobre los asociados de que disponen los de otras corporaciones. De este fracaso, se desprenden, caballero, dos verdades que nos evitan el entrar en otras investigaciones para averiguar la causa de que existan tantas sociedades comunistas en los Estados Unidos, y tantas otras se hayan disuelto contando tal vez con mejores elementos, como las comunidades de Brook y otras muchas. Para que una sociedad comunista dure y prospere deben estar unidos sus miembros por el fanatismo religioso o cualquier otro sentimiento exagerado. Solo de este modo soportarán estos no tener otra voluntad que la del jefe que los dirija, dependiendo, además, en mucho el triunfo de la asociación, de la capacidad y energía que este demuestre.

—¡Desconsolador es lo que usted dice, Sr. Truth!

—Pero es la verdad. Observe usted las sociedades comunistas que más han prosperado y prosperan en los Estados Unidos. Los “Tembladores” desde 1794. Los “Rappistas” desde 1805. Los “Perfeccionistas” desde 1848. Y verá usted que el lazo que las mantiene unidas es el de una creencia religiosa llevada al fanatismo.

—Pero esta creencia, como usted ha dicho, podría basarse en principios que no fueran religiosos.

—Es verdad, y así sucede entre los “Icarios”, que rehúsan el cristianismo y, sin embargo, sienten una especie de fervor religioso por el comunismo.

—Eso, caballero, me hace esperar. El socialista tiene también su fanatismo religioso, si no por el comunismo, por el término medio que antes he propuesto. Aún podría hacerse mucho y entonces…

—Pero usted olvida, caballero —interrumpió el abogado—, que, a más de los inconvenientes señalados, ya en la colonia ensayada por Mr. La Chimère y su amigo, ya al proponer a usted un término de conciliación, ahora se presenta otro: no debemos olvidar que el sentimiento, sea o no religioso, debe llegar a la exageración para poder sostener la unión.

—Pero, caballero…

—No debemos olvidar tampoco que, además de tener una fe ciega para soportar el sacrificio de la propiedad, se necesita abdicar todos los derechos naturales en manos de un jefe; venir a ser una pieza muda, de movimientos fijos y uniformes de una gran máquina que maneja una sola voluntad. La comunidad de Brook fracasó, como tantas otras, porque el principio fundamental para la vida en común es la subordinación de toda voluntad individual, la obediencia pasiva de todos hacia uno o varios jefes. Y, como para que estos sacrificios sean posibles, es necesario que una fe ciega los apoye, solo las corporaciones que cuentan con esta fe pueden sostenerse.

—¿Para qué entonces fijarnos en ellas, caballero? La vida de sacrificios, lejos de realizar el ideal que acariciamos, lo hace imposible por completo.

—Así es, amigo mío. Y por eso todas las sociedades que he citado, a pesar de sus buenos resultados materiales, puesto que valen en conjunto más de doce millones de pesos, no encuentran adeptos.

—La vida de sacrificios es en verdad poco seductora.

La revolución está en el aire que se respira porque la revolución no es otra cosa que el complemento de la tiranía. 

—No es eso solamente. Los “Perfeccionistas” podrían seducir a algunos espíritus poco escrupulosos. El sistema de los “Icarios” tiene atractivos políticos. Pero al sacrificio se unen los inconvenientes citados. Entre todas las sociedades comunistas de los Estados Unidos apenas se podrían reunir 5,000 miembros. ¿Por qué tan mínima proporción, entre 50,000,000 de habitantes? Esto solo basta.

—¡Lástima renunciar a este último recurso!

—No renuncie usted del todo, caballero. Estudie usted en ellas lo que pueda utilizarse: la administración en unas, la distribución del trabajo en otras, el sistema de compras en otras. Pueden hacerse muchos estudios en favor de la cooperación, sin apelar al comunismo.



VII 

—Ya ve usted, caballero —continuó Mr. Truth, después de un breve silencio—, que los americanos sentimos como todos los hombres y aspiramos a un orden mejor en la sociedad. Pero somos prácticos, excesivamente prácticos. Además, nuestras aspiraciones, por vehementes que sean, se manifiestan con la misma apacible calma en que reposa el orden político de que disfrutamos. Ustedes quieren ir por otro camino. No nos oponemos, pero no lo seguimos porque no es el verdadero. Tampoco pretendemos ser demasiado exigentes, convencidos, como estamos, de que los pueblos de Europa no obran con la misma prudencia porque les falta la Libertad.

—¡La Libertad!

—Seguramente, caballero. El socialismo en sus varias formas, por exageradas que sean, más que una cuestión económica es una cuestión política que depende de los grandes abusos que han existido y existen en Europa. Allí, las cosas no son como aquí, porque los abusos políticos o eclesiásticos están casi fuera del alcance de toda protesta. Allí, la revolución está en el aire que se respira porque la revolución no es otra cosa que el complemento de la tiranía. Mientras que aquí se goza de la paz, porque ella es el complemento de la Libertad. Allí, cuando el pueblo reclama contra los privilegios, se abren las cárceles y se erigen patíbulos. Aquí, todo derecho tiene su garantía en la tribuna y en la prensa libre.

—Es cierto, caballero. ¡Ah! ¡Es muy cierto…!

—Toda pasión puede llegar a un estado de paroxismo. Los sufrimientos de los pueblos, sus odios, sus deseos de venganzas, sus rencores contenidos, forman una pasión compleja, cuyo paroxismo es el comunismo y otras aspiraciones de su género.

—Cierto, demasiado cierto —volvió a decir Mr. Rèverie.

—Prescindamos, por un momento —continuó el abogado—, de ese estado de delirio y veremos, en todas las revoluciones sociales de Europa, pura cuestión política. Estudiado el nihilismo en su principio, es una aspiración natural del pueblo de Rusia incorporarse entre los pueblos libres. Un deseo a la igualdad de derechos políticos; una reacción contra el despotismo moral. El regicidio, las ideas de anarquía, tuvieron su origen en los presidios de la Siberia. La Democracia Social de Alemania, La Liga Agraria de Irlanda, La Mano Negra de España, ¿qué son, en esencia, sino el resultado del insoportable despotismo en que se arrastran esos pueblos?[2]

—La misma Comuna de París —dijo el ex comunista La Chimère— fue en su principio una cuestión puramente de derechos municipales: la guerra de la ciudad de París contra el gobierno centralizado de Versalles. Si después se desbordaron las masas desesperadas y se aprovechó este movimiento, debe atribuirse, como ha dicho el Sr. Truth, a las tristes condiciones en que ya estaba nuestro pueblo, en el delirio de sus sufrimientos.

—Contemplemos a la misma Internacional —continuó el abogado—: en la primera faz de su existencia fue una asociación de las clases obreras de todos los países, más con fines religiosos y políticos que sociales. En sus primeros congresos, se consideró la privación de las libertades políticas como un obstáculo para la emancipación social de los trabajadores. Se comprendieron los beneficios de la paz como indispensables para el desarrollo de las fuerzas productivas y, por consiguiente, como perjudiciales los ejércitos permanentes. Esta fue la Internacional, asociación que unía y protegía a los trabajadores de distintos países, borraba las fronteras de las naciones, suprimía el militarismo, lepra de la Europa, dibujaba en el porvenir la fraternidad universal. Hoy, por desgracia, parece que tiene otro objeto. Pero, si se pretende la supresión completa de los gobiernos, es porque estos, por lo general, solo representan la tiranía; la abolición de la propiedad privada, porque ella representa, a veces, el monopolio y el abuso; la abolición del orden, porque en su nombre se cometen muchos desordenes; la abolición de la religión, porque en nombre de Dios se forma la duda en las conciencias. He aquí, caballero, lo que son el comunismo, el socialismo, el internacionalismo: el resultado de la lucha eterna entre la verdad y el error, entre la luz y las tinieblas; del desequilibrio que existe entre las instituciones imperfectas del pasado, los adelantos actuales y los confusos del porvenir; de la aspiración irresistible del hombre a la Libertad. Esto es tan cierto, que los partidarios del socialismo, revestido de los horrores de la destrucción, disminuyen por grados en los países en que se goza de alguna libertad, hasta desaparecer, casi por completo, en los Estados Unidos.

—Así se observa aquí —dijo Mr. Unthunlich— con los socialistas alemanes. Grande fue su emigración a raíz de la guerra franco-prusiana. Al llegar, su entusiasmo no tenía límites. Imbuidos en las ideas más exageradas, la propiedad para ellos significaba el robo. Los productos de una comunidad debían repartirse entre todos, sin distinción. Se celebraron meetings, se formaron clubs, se organizó la propaganda en todos sentidos. Pero pasó el tiempo y las doctrinas no encontraban eco. Los que escuchaban los discursos y leían los folletos eran hombres libres. Poco después, como la mayor parte de los “socialistas importados” eran buenos obreros, los talleres se abrieron para ellos y su excitación empezó a calmar. Después, al odio y al rencor sucedió la tranquilidad. Se comprendieron las ventajas de la vida en la libertad; el goce de la propiedad garantizada: el amor de la familia al abrigo de la miseria… Bien pudieran venir hoy, caballero, todos los agitadores de Europa; pero su entusiasmo pronto quedaría desvanecido ante la existencia serena que aquí proporciona a todos la Libertad. Nuestro trabajo no disminuye. Aspiramos a un orden económico más perfecto. Pero, en vez de destruir, tratamos de conservar y de enmendar.

Realizar nuestros deseos pacíficamente, si fuere posible; por la fuerza, si fuere necesario; por la anarquía, en último caso. 

—¡Que el cielo conceda a ustedes siempre esa Libertad, señores! —exclamó el socialista, levantando las manos con énfasis—. ¡Bendito debe ser el país que ha sabido conquistarla y conservarla! Mucho temo que nosotros no podamos jamás disfrutarla.

—¿Por qué? —preguntó Mr. Truth.

—¡Ah! Caballero —repuso Mr. Rèverie—, ese paroxismo de que usted acaba de hablar, ese desenfreno de todas las pasiones, ese sentimiento complejo, nos lleva aún al último extremo. Nosotros ya no podremos construir, sino destruir.

—No todos, caballero…

—Una gran parte, sí, una gran parte. ¿Sabe usted cuál es hoy nuestro lema…? Al principio, dije que estábamos dispuestos a realizar nuestros deseos pacíficamente, si fuere posible; por la fuerza, si fuere necesario; por la anarquía, en último caso. Ustedes se asombraron y, sin embargo…, no lo había dicho todo. Hoy las asociaciones de trabajadores, en su mayor número, aspiran en su desesperación a la liquidación social: a formar el vacío alrededor de todo lo existente, a quemar sin piedad cuanto se oponga a su paso o pueda perjudicarlas.

—Y, después, ¿qué vendrá? —preguntó el abogado.

—La abolición completa de todo derecho político y jurídico, la incautación del capital social y propiedad territorial por las colectividades obreras.

—¿Y qué sustituirá a todo esto?

—El derecho revolucionario, en la anarquía.

—¿Representado por quién?

—Por una sólida organización universal de los trabajadores.

—¿Y quién garantizará esta solidez?

—El libre contrato.

—Bello es el programa, Sr. Rèverie —añadió el abogado—. Y me extraña que con él dudara usted de obtener la libertad… ¿Por qué esa duda…?

—Porque…

—Sea usted franco, caballero…

El socialista guardó silencio.

—Usted duda, caballero —continuó Mr. Truth—, porque sabe que todo contrato impone una obligación y no todos los contratantes podrían cumplirla. Porque sabe que se necesitaría una fuerza coactiva para mantener el orden. Porque los hombres no son ángeles. Usted adivina, en medio de sus sueños, que esta fuerza formaría al fin un gobierno mucho más fuerte, mucho más tiránico que el que se destruyera.

—No tanto…

—Sí, y algo más. Usted lo sabe, caballero, usted lo siente, usted lo adivina y eso lo inquieta. Suponiendo que en cualquier nación europea llegara a triunfar, no ese socialismo sensato que procura la justa elevación del trabajador por medios pacíficos y naturales, sino el socialismo de la desesperación… ¿Sabe usted lo que sucedería…? Creo que usted no lo ignora. El vacío creado alrededor de todo lo existente dejaría el caos y, como la humanidad no está preparada hoy, en su inmensa mayoría, para vivir sin algún freno, todos los elementos mórbidos de la sociedad actual, fruto de la ignorancia, de la miseria, se desbordarían. Ese caos se parecería mucho a un conjunto de hombres en estado primitivo y, en el desconcierto general, el instinto de conservación sería el único elemento de cooperación que existiría no de esa cooperación espontánea de todos los hombres formando la organización ideal que ustedes sueñan, sino de la cooperación para la defensa común, indispensable, sin depender de la voluntad. Se formarían dos bandos: el de los criminales que atacarían y el de los hombres honrados que se defenderían. Después…

—¿Después, caballero…? —preguntó el socialista con ansiedad.

—Triste es decirlo —repuso Mr. Truth—, pero la sociedad, en el estado en que la he pintado, se diferenciaría poco de las sociedades rudimentarias. Triunfando o sin triunfar, los más fuertes se constituirían, por su valor u otras causas, en jefes absolutos y solo imperaría la ley de la fuerza. No olviden ustedes que esta ha sido la base de las organizaciones de los primeros tiempos: el principio de la tiranía, el origen de la ocupación de la tierra, de la división del género humano entre esclavos y señores.

—¡Sr. Truth…!

—Y usted sabe todo esto, caballero, y por eso duda. Usted sabe que este será el resultado de la anarquía, del desconcierto que se trata de crear. Las sociedades no se regeneran por la disolución, caballero. Nacen, pero no se hacen. Destruidas, indispensablemente se vuelve a la barbarie, porque del caos no se forma la luz.

—Creo que tiene usted razón, caballero —exclamó el socialista, dando fuertes sacudidas a su melena—. Pero, ¿qué hacer…? El dilema es terrible: ¡el hambre o la barbarie!

—La América no piensa de ese modo —replicó el abogado—. Ni tampoco lo pensó Karl Marx, el fundador de la Internacional, institución que, si hoy aspira a la destrucción, ha representado antes la primera aspiración a formar “la santa alianza de los pueblos”.

—¡Karl Marx…!

—Sí, que comprendió y enseñó que la regeneración social solo podrá obtenerse por la promulgación de las ideas y la educación del pueblo; que comprendió que la esclavitud de este pueblo dependía en todas partes de su ignorancia. Nosotros, los americanos, podremos diferir en muchos puntos importantes de su doctrina, pero comprendemos también esta verdad y preparamos la regeneración instruyendo a las masas.

—¡Ah! Caballero, ustedes pueden porque tienen el elemento principal que a nosotros nos falta: no tenemos la Libertad y sin ella…

—Sin ella, ciegos e infructuosos serán todos los esfuerzos; la libertad económica solo podrá adquirirse por la libertad política.

—Entonces…, ¿qué hacer…?

Un prolongado silbido de la locomotora, anunciando que el tren estaba listo para partir, me obligó a despedirme precipitadamente, sin oír la respuesta que iba a dar el prudente abogado a la pregunta del exaltado socialista.






Notas:
[1] Tomado del libro Cuentos de hoy y mañana (1883) de Rafael de Castro Palomino (hijo), publicado por la librería e imprenta de N. Ponce de León en Nueva York con un prólogo de José Martí.
[2] Prescindamos del orden de fechas.






Cuentos de hoy y mañana (1883) de Rafael de Castro Palomino (hijo)