Todas las revoluciones son una forma de luz, una ecpírosis. Arrasan en su deflagración con todo lo establecido y abren claros iluminados en rincones oscuros que ni se sabía que existían. Y eso es bueno. Me gusta pensar en pinos contorta, cuyas piñas solo se abren al calor de los incendios estacionales y liberan las semillas del siguiente bosque.
Pero los incendios no arden indefinidamente. Nada sobrevive a un fuego eterno. Si se quiere tener luz y continuar construyendo, hace falta que se apague un poco y queden rescoldos, para hacer con ellos una antorcha.
En 1959, la generación de entonces determinó representantes para llevar y custodiar la antorcha. En ellos puso la confianza y los recursos y la palabra. Ellos hicieron lo que pudieron y supieron.
En los 1970, se suponía que la generación de mis padres iba a prepararse para tomar la antorcha. La continuidad directa, la segunda etapa de la construcción. Fueron educados con esmero. Una generación muy, muy bien instruida y habituada al trabajo duro. Podían tomar la antorcha y seguir.
Pero excepto a algunos, a casi todos se les dijo que no, que aún no, que se dedicaran a criar y asegurar a los herederos, que todavía la generación histórica podía asumir las tareas de dirección y seguir llevando el barco a buen puerto. Que asumieran direcciones intermedias o bajas y fueran creciendo lentamente hasta que se les considerara “dignos”.
Luego la generación de los setenta y ochenta, que creció y también fue bien educada, criada al calor de las necesidades y circunstancias un poco más duras, de los noventa. Pero tampoco nos tocaba tomar la antorcha, estábamos inmaduros y muchos no éramos dignos. Se nos dijo que siguiéramos por el caminito, asumiendo las tareas que nos dieran.
Vinieron los nativos de los noventa y dos mil, quienes dijeron que qué antorcha de qué, que eso no es para ellos, o que no la quieren así, o que la quieren asá, y que sueñan castillos en el aire, algunos con unas torres bien aterrizadas y otras en estática milagrosa.
Algunos tan supinos y acríticos (o tan oportunistas) como para decir que “todo está perfecto como está”. Otros tan resentidos y sufridos como para pedir que El Todo que esos algunos defienden, arda hasta las cenizas. Los últimos (los que más duelen) con deseos de dejar El Todo y a los Otros y a esos Algunos detrás, y olvidarse de antorchas, causas y consecuencias.
Yo estoy observando a la generación de los nacidos en el 2000, que no saben bien de qué antorcha hablamos, pero que posiblemente, en unos tres o cuatro años, vendrán con un incendio propio.
Si no conciliamos ahora, si no educamos, si no trabajamos por hacer control de daños y en la sanación necesaria; si nos sentamos a mirar y participar en el griterío panfletario, agresivo y confuso, ese incendio nos alcanzará si a los muchachos se les va de las manos. No podremos sobrevivir a él y seremos otro país neoliberal, manipulable y lacerado de Latinoamérica, uno más. Uno que, además, no será perdonado por atreverse a desear algo diferente.
Si alguna idea quedara de mejoramiento humano colectivo y permitido, se alejaría por cien años más. No sé qué cree la gente, pero yo, a mitad de mi vida, no me creo con fuerza para sobrevivir a distopías.
© Imagen de portada: Agonía, de Miles Johnston.










