Mi vida privada

La vida privada[1] es lo más fundamental para cualquier ser humano que tenga pensamiento propio. Sin pensamiento propio, sin la capacidad de estar a solas consigo mismo, la existencia carece de civilidad y es vivir como animales en el corral de las circunstancias. 

Desde mis primeras autocomplacencias sexuales, a la edad de cuatro años, cuando mi madre comenzó a decirme de vez en cuando “degenerado”, supe que mi felicidad dependería de mantener mi información personal solo para mí. Y mi madre sería la primera persona en ser compartimentada, si quería salvarme de su ignorancia y no volverme loco.

Así comenzó todo. Fue mi peldaño inicial para entablar esa maravillosa relación con la tranquila y sabia soledad. De ese modo compartimenté, uno por uno, a todos en mi familia.

Antes de conocer a Reinaldo Arenas yo vivía con las restricciones propias de un sistema político miserable. Pero, a diferencia de otros seres que terminaron doblegados, suplantados, siempre poseí la facultad de pasar por esta vida inadvertido.

Estuve a punto de convertirme en otra persona. Mi vida sexual nocturna fue una embajada, una isla donde me refugié, y fue lo que me salvó. 

Tan solo con dejar pasar el tiempo, cuando Reinaldo Arenas se marchó de Cuba, comencé a recuperarme de los perros del infierno. Pero antes tengo mucho que contar. 

En cada desafío, de haber sabido todo lo que me esperaba cuando la Seguridad del Estado irrumpió en mi vida, por causa de haberle dado asilo doméstico a Reinaldo Arenas, me habría mantenido más invisible, más oculto. 

Por supuesto, con el conocimiento que ahora poseo de esos acontecimientos pasados, estas palabras tampoco las hubiera podido escribir, porque en aquel entonces yo jamás le hubiera cedido la habitación al gran escritor.

En la Cuba de Fidel era imposible ocultarse. Yo lo logré en cierto modo cuando desde mi más tierna infancia aprendí a estar solo.

Para los cubanos, especialmente si pretendían convertirse en escritores, era imposible pasar inadvertidos ante la Seguridad del Estado. En la Cuba totalitaria del dictador Fidel Castro el acto de escribir era considerado una actividad peligrosa. 

Todo se jodió cuando trabé amistad con Reinaldo Arenas. Especialmente, cuando le cedí una de mis dos habitaciones del ex hotel Monserrate y, de la noche a la mañana, pasé a convertirme del ingenuo y estúpido joven que fui en una “persona de interés”.

Durante mi adolescencia y juventud permanecí invisible. Esa invisibilidad iba a depender siempre de que mi vida privada fuera para mi consumo personal. Por ello, sin comprender a ciencia cierta el significado y alcance de la palabra “degenerado”, un mecanismo de autodefensa me obligó a compartimentar a mi propia madre, sabiendo que nunca más podría confiar en ella. 

Luego, he sabido que todo lo que no sea la práctica sexual aburrida y mecánica, la sociedad lo calificará de perversiones y degeneraciones. De ahí que mi gran secreto, el arma prodigiosa que me mantuvo libre y virgen de la maldad de una organización casi satánica como la Seguridad del Estado cubana, ha sido mi vida sexual nocturna.

Proteger mi mundo interior siempre ha sido la base fundamental de mi bienestar personal y tal cuidado me atrevo a definirlo como un don del cielo. Soy adicto y practicante del estar solo. Nunca he soportado la vida en grupo, aunque en ciertas zonas de mi existencia he tenido que sobreponerme, cuando estuve becado o en prisión o con algún tipo de relación amorosa donde conviví con la persona bajo el mismo techo. 

Mi vida privada nunca la he compartido con alguien más al cien por ciento. En términos reales, con nadie he compartido todas mis aristas. 

Mis primeros y grandes compartimentados fueron mis padres. Especialmente, quien me trajo a vivir a este mundo. Luego, llegaron los amigos de una juventud más madura y quizás aquí sí lograron ser mi primera y única buena familia, aunque al final me decepcionaran. 

A casi todos, desde mi más tierna infancia, los tuve que ir compartimentando, con la excepción de Joaquín Lemus, José Abreu, Pedro Oscar Godínez, Julio H. Prieto, Mario Morejón, Víctor Rodríguez, René Ariza y Carlos Verdecia y Velázquez. La única persona que voluntariamente abogó para que yo la compartimentara fue Reinaldo Arenas.

Si he logrado sobrevivir es gracias a mi discreción. Semejante mecanismo totalitario le ha jodido la vida a millones de cubanos. El mecanismo socializante de la Revolución Cubana jamás les permitió tener una vida privada, sumándolos a la “sagrada familia” chismorreica de los que siempre han vivido como animales, en un rebaño, sin ninguna cualidad que los distinga, sin personalidad propia, viviendo en la bobería de la falsa comunidad feliz, pendiente y pendenciera, de una plebe pobre y embrutecida que carece de cultura y sensibilidad. 

De cualquiera manera, aunque escriba y piense que, si hubiera sabido lo que me esperaba, pues claro que habría sido un poco más discreto de lo que he arriesgado, en aquel entonces eso hubiera sido como renunciar a la vida. 

No hubiera conocido a René Ariza, a Pedro Oscar Godínez, a Julio H. Prieto. No hubiera frecuentado a los jóvenes escritores de la Funeraria Rivero, que eran los bisoños escritores y poetas de una Cuba futura, ante los cuales me sentía inferior por algunos años (yo estaba imbuido en el juego que era una vida paralela al mundo cultural e intelectual). 

En la práctica, no hubiera conocido a nadie. No hubiera vivido. Así que lo mejor es concluir que todo cuanto me ha ocurrido fue necesario y formaba, y forma, parte de mi vida. Es mi vida. Y, al no tener escapatoria, es mejor concluir que todo cuanto hice fue hecho del mejor modo que pude y supe.

Mi mejor amigo siempre ha sido Dios Padre. En los últimos tiempos, muy en especial la Virgen María. Gracias y amén.






[1] Fragmento del libro inédito El Aprendiz.