Carta #13 a Donald Trump

Minneapolis, 19 de enero, 2025

Querido Donald:

En octubre de 1954, borracho y con mal aliento, Ernest Hemingway viajaba de Suecia a París. Al llegar a la capital francesa, tuvo que mostrar su documento de viaje y al buscarlo en el bolsillo derecho de su chaqueta, sus dedos tropezaron con algo duro y frío. Lo sacó y recordó de golpe todo: había ganado el Premio Nobel de Literatura y lo que tenía en la mano era la medalla con el rostro del inventor de la dinamita.

Happy New Year!”, decía un feliz Nicolás Maduro al entrar en la prisión de Brooklyn. Detrás quedaron los sesos y las tripas de estúpidos cubanos destinados a morir sin saber que por la patria cuando se muere, no se vive. Maduro conversaba y sonreía, seguro de estar vivo, demasiado tranquilo para un chofer de autobús que hablaba con pajaritos.

Maduro estaba feliz en Brooklyn, tú my President, estabas feliz en Mar-a-Lago, y Delcy Rodríguez estaba exultante en Caracas. Estaban felices los venezolanos en el Doral, los cubanos en el Versailles… En ese momento hasta María Corina Machado estaba feliz.

Pero tú eres muy grande my President, tú eres un camaján, you never play to win, you play to own the table.

En la conferencia de prensa desde tu mansión en Mar-a-Lago, donde alguna vez me has invitado, alabaste la labor, cooperación y buen trabajo de Delcy Rodríguez, corrupta y cómplice de los desmanes del chavismo a la par que sorprendías a todos al ningunear a María Corina Machado afirmando que I think it would be very tough for her to be the leader. She doesn’t have the support within or the respect within the country.

Fue ahí donde todo encajó. Habías pactado con Delcy un cambio cosmético que te permitía: controlar los recursos venezolanos; convertir a los militares y civiles chavistas en aliados forzosos; y garantizar la estabilidad interna de Venezuela conservando y legitimando el aparato de control totalitario del castrochavismo. All the power, none of the blame

De paso le quitabas a millones de venezolanos la causa de su asilo: ya no tienen de qué o a quién temer, solo un régimen amigo. Persecution ended—by presidential decree. Time to go home, or let ICE help you pack.

Lo que hiciste en Venezuela es continuidad. Same circus, different clowns.

En ese momento Maduro seguía feliz en Brooklyn, tú estabas feliz en Mar-a-Lago, y Delcy Rodríguez estaba exultante en Caracas. Los venezolanos en el Doral empezaban a darse cuenta de que tú, my President, te habías burlado de ellos, los cubanos en el Versailles pagaron sus cafés y María Corina pensó: «y ¿si le regalo el Nobel?»

Después de París, Hemingway se fue a New York. Dio varias entrevistas, habló de The Old Man and the Sea para el New York Times, The Washington Post, The New Yorker. «Un hombre puede ser destruido, pero jamás vencido». Pero extrañaba Cuba, quería su mojito en la Bodeguita y su daiquirí en el Floridita. Ese día tomaba whiskey, en una breve parada antes de llegar a Boston. Cuando fue a pagar entre los billetes y monedas sus dedos tropezaron con algo duro y frío. Lo sacó y vio, sobre la palma de su mano la medalla dorada de su Premio Nobel.

Those who control Cuba must decide between having a real country, with a real economy where their people can prosper, or continuing their failed dictatorship — which will lead to systemic and social collapse. Cambio o colapso, es el resumen de las palabras de Marco Rubio.

Es innegable que Marco tiene mucho de cubano. El colapso es la forma cubana de solucionar las cosas, siempre a la tremenda, siempre escogiendo de entre varias, la peor de las opciones. Cambio o colapso, como dijera a su forma Maceo, con aquello del «polvo de su suelo anegado en sangre».  O Pablo con «mejor hundirnos en el mar que antes traicionar»…  O Castro el viejo: «hasta la última gota de sangre». Cambio o colapso, dijo Marco, sabiendo que los cubanos siempre vamos a preferir el colapso. Es nuestra tradición, nuestro vicio, nuestra gloria trágica. We’re consistent, I’ll give us that.

My President, nadie como Marco ha señalado con tanta sutileza la insignificancia política de un exilio al que ahora le tocará, una vez más, sufrir el desdén del gobierno de este gran país. Talk is cheap, action is expensive—and we’re broke. Tal parece que después de 67 años no cavalry is coming

Cuba es un país al que pudiéramos ir los emigrados desde Miami caminando sobre los sueños, las promesas y planes de cambio tejidos por el exilio. Si Castro el viejo prometió un futuro luminoso y producir más queso y leche que Holanda y Castro el joven redujo la promesa a un vasito de leche, la diáspora no se ha quedado atrás en el prometerismo secular del cubano anunciando desde hace 67 años el fin de la dictadura y que el año que viene nos comemos el puerco en el Malecón. Next year in Havana—the Cuban Passover that never comes.

Y como pueblo mediocre nos dimos a interpretar las palabras de Marco en el mismo tono de los prometedores. Después de su “cambio o colapso” algunos titulares escupían un optimismo desmesurado: «La flota militar de los Estados Unidos se sitúa en aguas al norte de Cuba.» Solo por ser preciso: las aguas del norte de Cuba son las aguas del sur de los Estados Unidos. Just saying…

Marco lo sabe: los cubanos somos hijos de los Castro, de Fidel por parte de padre y de Raúl por parte de madre.

Por fin llegó enero de 1955. El avión aterrizó y aunque el día estaba fresco, Hemingway sintió la humedad de la Isla. Abrazó a Gregorio, lo ayudó a montar las maletas en el descapotable y sonrió feliz. Por la carretera observó las palmeras pasando una tras otra ante sus ojos, respiró una vez más y admiró el verde cubano. Al atravesar los pueblos el escritor observaba los rostros de las distinguidas cubanas, la zalamería del mulato sonriente y aspiraba el aroma de frutas y café. Se sentía en casa. Al meter sus manos en el bolsillo para buscar sus Chesterfield, tropezó con algo duro y frío, miró a su alrededor y sintió a Cuba dentro de sí, como nunca antes. Sobre la palma de su mano brillaba la medalla dorada de su Premio Nobel.

Por la puerta lateral salió María Corina Machado. Vestía impecablemente, de blanco, con una sonrisa triste, un rictus de niña invisible, de adolescente despechada por el desprecio de su macho. Por la puerta lateral salió María Corina, por la misma que había entrado. Compartió contigo, my President, un almuerzo de trabajo, ¿burgers and fries? Power tastes better with ketchup.

María Corina salió de la Casa Blanca con la certeza absoluta de que tú, my President, no contabas con ella para nada, a pesar de la baba y la adulación. Le dejaste claro que eso de las elecciones en Venezuela «ya se verá» pero ella siguió agradeciéndote el papel de este gran país en la captura de Maduro. Y al final, en un acto de genuflexión pocas veces visto, te regaló la medalla del Premio Nobel que ella había dicho «pertenece al pueblo venezolano.»

Quizás me estoy equivocando. Quizás María Corina no se haya inclinado ante su Rey, quizás no haya intentado comprarte con bisutería sueca…

Quizás María Corina cuando te entregó su medalla del Premio Nobel, esa que dijo «no es para mí, es de todo el pueblo venezolano» haya entendido que el verdadero pueblo venezolano, my President, eres tú.

«I live in Cuba because I love Cuba» dijo Hemingway al reportero de The Atlantic mirando la torre donde vivían sus gatos en La Vigía. «Where a man feels at home, apart from where he was born, that is the place to which he was destined».

Ese mismo día, con Gregorio, tomaron un avión hasta Santiago de Cuba. 
Al llegar tomaron un ANCHAR hasta la catedral. Lo tenía decidido. Enrique Pérez Serantes, arzobispo de Santiago de Cuba lo esperaba. Tuvieron una breve conversación. Poco después llegaron los tres, el obispo, Gregorio y el escritor al Santuario de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Caminaron sobre el camino de piedrecillas y rodearon el templo. Al entrar en la Capilla de los Milagros Ernest Hemingway extrajo su medalla dorada de Premio Nobel de Literatura 1954 y la depositó a los pies de la Virgen «para todos los cubanos».

Hemingway le dio su Premio Nobel al pueblo cubano a través de la Caridad del Cobre, María Corina se lo quitó al pueblo venezolano humillándose ante ti.

Y mientras, Maduro está feliz en Brooklyn, tú my President estás feliz en Mar a Lago y Delcy está exultante en Miraflores. 

María Corina dressed up with nowhere to go.

Hasta pronto, my President. Siempre…

Tu Jorge.

P.S.: El original en inglés de esta carta fue enviado al correo oficial del Presidente de los Estados Unidos.