Miami, 17 de marzo de 2026
Querido Donald:
Hace dos semanas, my President, nos prometiste que en dos semanas Cuba sería libre. “You’re gonna go back”, le dijiste a Jorge Mas Santos. “I just want to wait a couple of weeks. I want him to wait a couple of weeks. But we’ll be together again soon, I suspect, celebrating what’s going on in Cuba”. Se está volviendo rutina que tus promesas sean exactamente eso: promesas.
Hay hombres que se han pasado la vida entera escuchando hablar de Cuba; presidentes que heredan the Cuban question y la transfieren intacta, like a cursed heirloom, a sus sucesores. Luego estás tú, my President, rodeado de dorados, espejos y muebles con nombre propio —J.D. Vance, for instance—, que entre órdenes ejecutivas y sorbos de Diet Coke dices que tendrás el honor de “tomar” Cuba: “Whether I free it, take it, I think I can do anything I want with it”.
“It’s a failed nation. They have no money, they have no oil, they have no nothing. They have nice land. They have nice landscape. You know, it’s a beautiful island”, al menos concedes. “I’ll give you that”.
Mientras decías que Cuba no está en zona de huracanes, my President, casi nueve millones de cubanos se quedaron sin luz: un apagón general, el sexto en dieciocho meses; el punto final del párrafo que llevas meses intentando escribir.
Mientras Marco, our little Marco, conversa con el Cangrejo, los hospitales funcionan a vapor; los autos no pueden repostar; no hay combustible en los aeropuertos; los turistas huyen; las embajadas cierran; y los cubanos cocinan con carbón o con la leña de sus propios muebles. Es ahora o nunca, my President. Es ahora o nunca. The timing is yours. Nobody does it better.
Hace algunos meses conversamos en el Doral y la palabra honor aún no estaba en tu boca. Hablemos, entonces, de los que sí tienen honor.
El 25 de febrero, un martes de madrugada, diez cubanos salieron de Marathon, aquí en Florida. En una lancha de 24 pies, matrícula FL7726SH, robada, según su dueño, llegaron a las costas cubanas con rifles de asalto, pistolas y muchas ganas de luchar por la libertad de la isla de lindos paisajes. En Cayo Falcones —donde se filmó Guardafronteras— los esperaban. Los masacraron a balazos.
Cuando se hizo silencio, cuatro cubanos yacían muertos: Pável Alling Peña, Michel Ortega Casanova, Ledián Padrón Guevara y Héctor Duani Cruz Correa. Michel tenía ciudadanía estadounidense. Un quinto, Roberto Álvarez Ávila, murió diez días después en un hospital de Santa Clara.
La Habana los llamó terroristas. Una parte del exilio los llamó héroes. Sus familias los llaman por su nombre y piden que les digan dónde están los que sobrevivieron. Eso es lo que queda cuando la épica se apaga: un nombre, un número de matrícula y una familia que llama a hospitales de Santa Clara sin que nadie responda. Ledián Padrón Guevara tenía 25 años y aspiraba a ser reguetonero. Michel Ortega llevaba meses reclutando en Florida, convencido de que la chispa podía prender.
Amijaíl Sánchez González, el Guajiro, llamó a sus padres, enfermos de cáncer, la noche antes de partir. Le rogaron que no fuera. Fue.
Y aquí es donde everything stops making sense. Los mismos que durante décadas bloquearon cualquier conversación con el régimen; los que llamaron traición al giro de Obama; los que llenaron auditorios gritando que el diálogo era rendición, hoy están sentados frente a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el nietísimo de Raúl Castro. José Daniel Ferrer, que sabe bastante de celdas y de represión, lo dice con una claridad que a veces solo tienen los que han perdido algo real: “El pueblo de Cuba no quiere cambiar de tirano ni busca un amo. Lo que quiere es ser libre”. El pueblo no busca un amo, my President. Bonita frase para enmarcar en el próximo ballroom que te mandes a construir.
A veces me pierdes y confundes: cuando dices “tomar Cuba”, ¿qué quieres decir exactamente? The New York Times cita a cuatro fuentes familiarizadas con las conversaciones: quieren que Díaz-Canel se vaya, pero dejan los próximos pasos en manos de los cubanos, lo que en la práctica significa business as usual: el aparato castrista queda intacto. El Cangrejo hereda; los Castro no van al exilio ni a la cárcel; y los Fanjul —tus amigos azucareros— regresan a poner el negocio. Y aunque Marco haya desmentido al periódico liberal de la Big Apple, tú y yo sabemos, my President, que aquí el que no dice la verdad es Marco.
Eso no es “tomar” Cuba, my President. Same dish, different menu. Una Cuba abierta a la inversión del exilio, con el mismo régimen de fondo, sería castrismo with WiFi and a Starbucks on the Malecón.
El cubano del exilio, my President, lleva 67 años oyendo promesas que huelen a libertad y saben a nada. Llevamos 67 años esperando que alguien en esta gran nación, que tanto amamos, haga lo que hay que hacer. Los de Cayo Falcones se cansaron de esperar y salieron ellos, con una lancha robada y un arsenal de barrio, creyendo que podían encender la chispa que nosotros, desde la comodidad de Miami, nunca nos atrevimos a prender. Murieron en el punto más vigilado de toda la costa norte de Cuba.
¿Cayeron en una trampa? Maybe. ¿Fueron unos imprudentes? Maybe too. Pero eran cubanos, vivían aquí, y se les acabó la paciencia antes que a nosotros. Honor is earned, my President. Not declared.
Y mientras el exilio debate si eres el mesías o just another Obama; mientras Carlos Giménez —que nunca habló de Cuba hasta que necesitó nuestros votos— advierte que invertir con este régimen es una locura; mientras millones de cubanos ponen sus esperanzas en ti, ganas tiempo, te enredas en otros tableros y nos pones un caramelo en la boca, calculando cuándo le toca a la isla que te parece tan bonita. “Cuba is next”, has dicho. “Cuba can wait”, también.
Lo que está ocurriendo no es una negociación. Es el acta notarial de una derrota que el exilio histórico lleva décadas negándose a firmar.
Durante más de sesenta años, generaciones enteras de cubanos construyeron en esta tierra generosa un edificio moral sobre un solo cimiento: no a los Castro; no al régimen; no a ningún acuerdo que les permita quedarse. Ese principio no era capricho ideológico ni nostalgia sentimental: era la única moneda de cambio que el exilio podía ofrecer a quienes pagaron el altísimo precio de quedarse en la isla. Era la única promesa que teníamos: que su sacrificio —el de los presos del 11 de julio, el de los fusilados, el de los que murieron en el mar, el de Orlando Zapata Tamayo en su huelga de hambre— valdría algo el día que llegara la hora.
Ese día parece haber llegado, my President, y la moneda no vale nada. Ramón Saúl Sánchez, del Movimiento Democracia, lo llamó un salvavidas al régimen y una humillación para quienes lucharon por la libertad; pero su indignación se pierde en el ruido de quienes ya calculan qué negocio abrir en el Malecón. Una parte del exilio considera insuficiente cualquier estrategia que se limite a un simple cambio de rostro en la cúpula; los más pragmáticos, en cambio, ya agitan sus tarjetas de presentación, esperando ser los primeros en aterrizar.
Y ahí, en esa fractura —en el momento exacto en que el exilio se divide entre los que recuerdan y los que quieren olvidar—, es donde la traición completa su ciclo. Porque la traición más dolorosa no es la que viene del enemigo declarado —esos siempre traicionan—, sino la que llega firmada por los tuyos, con una sonrisa amable y la frase de siempre: “esta vez es diferente”. It never is, my President.
En el discurso del 3 de enero no mencionaste las palabras libertad ni democracia; solo hablaste de petróleo. Oil over freedom. Drill, baby, drill. Todo lo demás es a beautiful landscape.
Una cosa más, my President. Tus amigos cubanos —millonarios en Cuba antes de hacerse recontramillonarios en América—, los Fanjul, de la vieja sacarocracia cubana, de quienes hablaste con tanto cariño en el Despacho Oval, no estaban en esa lancha. Ninguno salió de Marathon a las siete de la mañana, con un chaleco antibalas y cócteles molotov, a intentar encender una revolución. El cubano rico no se moja, my President. Never has, never will. Tú tampoco.
Hay cinco cubanos muertos, en una isla sin luz, esperando que alguien diga sus nombres en voz alta: Pável, Michel, Ledián, Héctor, Roberto.
Eso sería el honor, my President.
Hasta pronto, my President. Siempre…
Tu Jorge
P.S.: El original en inglés de esta carta fue enviado al correo oficial del Presidente de Estados Unidos.










