De Ormuz a La Habana: los límites estratégicos del poder estadounidense 

La guerra entre Estados Unidos e Irán y el conflicto entre Estados Unidos y Cuba parecen pertenecer a universos estratégicos distintos. La primera es una guerra en el sentido estricto: ataques, asedio a pasos vitales, grados de escalada y la aritmética constante del error de cálculo. 

La segunda, en cambio, es una confrontación por vía administrativa: embargo, sanciones, restricción financiera, presión energética, gestión migratoria y la violencia lenta de las regulaciones. 

Si se leen por separado, ambas conflagraciones recurren a herramientas distintas. Si se leen juntas, aparece de inmediato lo que importa y las define: la jerarquía. Y la jerarquía, en política exterior, es otro nombre para los límites.

Por tanto, la cuestión no es si Washington puede seguir apretando a La Habana mientras permanece atrapado en Irán. En sentido estricto, esa pregunta se responde sola. Sí. 

La presión sobre Cuba está institucionalizada. El embargo no necesita reinventarse cada día; el aparato sancionador ya está en pie; la designación por terrorismo endurece el riesgo y lo incrusta en la propia fontanería del cumplimiento; las restricciones de viaje siguen adelgazando el contacto; y las limitaciones financieras y energéticas pueden endurecerse o mantenerse mediante mecanismos construidos, revisados y establecidos desde hace décadas. 

Una nación como Estados Unidos puede sostener varios frentes coercitivos a la vez, sobre todo cuando uno de esos frentes es menos una estrategia que una máquina.

Lo que Irán cambia no es la existencia de la presión, sino el tipo de futuro al que esa presión puede servir de manera efectiva. Irán no se limita a añadir otro expediente a una mesa saturada; reordena la mesa. Se asienta sobre Ormuz, y Ormuz se asienta sobre el sistema nervioso de la economía global: flujos de petróleo, riesgo marítimo, precio de los seguros, expectativas de inflación y la credibilidad de las alianzas en el golfo. 

Un conflicto capaz de bloquear una arteria marítima y mover en tiempo real el precio del crudo disciplina todo lo demás. Por eso, en la jerarquía de la toma de decisiones, Cuba desciende. No porque de pronto importe menos en algún sentido moral, sino porque Irán importa más en el único sentido que organiza el comportamiento de las grandes potencias: puede romper cosas mucho más allá de sus fronteras.

Una vez aceptado eso, la imagen de Cuba cambia. Cuba sigue siendo un objetivo de coerción, pero se convierte en un escenario menos plausible para una ingeniería política ambiciosa, al menos por ahora. Se desplaza hacia la presión administrada, la negociación limitada y el ajuste selectivo. 

Washington todavía puede amenazar, sancionar y enviar señales; todavía puede hacerle la vida más difícil a La Habana. Lo que se vuelve más difícil es convertir ese sufrimiento en un proyecto político coherente, en una estrategia de transición que no termine siendo un eslogan o un acuerdo comercial.

Por eso es crucial no confundir presión con estrategia. La presión es burocrática y acumulativa. La estrategia es política y costosa. Mantener restricciones, estrechar los canales de acceso al combustible, o extraer concesiones tácticas, todo eso, puede hacerse con disposiciones administrativas. 

Pero, construir, guiar y estabilizar un cambio político real a 90 millas de Florida exige otro tipo de capacidad, y, sobre todo, un “después” creíble; lo bastante verosímil como para atraer a una población plagada de miedos e interrogantes; y lo bastante prudente como para no producir caos. Esa es la capacidad que una guerra en el golfo comprime.

Y esa compresión no es solo cognitiva, es material. Irán vuelve hipersensible la política del petróleo en todas partes. Cuando Washington intenta mantener abierto Ormuz, tranquilizar los mercados y exhibir su compromiso con la estabilidad energética global, se estrecha el margen para experimentos vinculados a la energía. 

Esto no significa que Washington se vuelva más blando con Cuba. Significa que aumenta el coste de una coerción no calibrada. El problema, por tanto, no es si puede presionarse a Cuba mientras se atiende y desenreda el conflicto en Irán. El problema es qué tipo de política hacia Cuba sigue siendo plausible y, sobre todo, cuánta atención real comienza a prestar el Gobierno cubano a las amenazas y maniobras coercitivas de Estados Unidos hacia la isla.



Irán

El conflicto con Irán es el tipo de crisis que reordena la jerarquía de todas las demás.

La fase actual de la guerra comenzó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Teherán respondió entonces contra Israel y contra los Estados del golfo que albergan bases estadounidenses. 

Un alto al fuego de dos semanas anunciado el 7 de abril, mediado por Pakistán, ha seguido siendo condicional e incompleto. Está ligado a disputas no resueltas sobre Ormuz y a un marco más amplio de negociación que aún no ha tomado forma. El resultado es un conflicto que ya se ha convertido en una crisis estratégica y energética global mantenida en suspenso.

Esa distinción importa, porque una guerra inconclusa impone a una potencia hegemónica una carga muy distinta de la que supone una guerra que pueda conducirse por rutina o una paz que pueda gestionarse mediante instituciones. 

Una guerra contenida puede manejarse mediante patrones operativos ya establecidos. Una paz asentada puede administrarse a través de procesos delegables. Un alto al fuego frágil es políticamente costoso precisamente porque no puede desplazarse hacia abajo. Requiere una gestión constante al más alto nivel.

Ormuz es la razón central por la que el conflicto rebasa el ámbito regional. En condiciones normales, aproximadamente el 20% del petróleo comercializado a escala mundial pasa por el estrecho. En el momento en que Teherán demuestra que puede interrumpir, encarecer, condicionar o instrumentalizar políticamente ese paso, el conflicto deja de ser bilateral y se convierte en un problema de la economía mundial.

Estados Unidos ya no se enfrenta solo a un adversario; se enfrenta a un Estado capaz de convertir un paso estratégico energético global en un instrumento de negociación.

La crisis en ese paso estratégico, por tanto, no solo eleva el precio del crudo. También incrementa los costes de los seguros, reconfigura las rutas de los petroleros, distorsiona los mercados de futuros energéticos, empuja al alza las expectativas de inflación y obliga a los socios de Estados Unidos en Europa y Asia a la búsqueda de soluciones para el abastecimiento de hidrocarburos a sus propias economías, encauzadas —por terceras vías— hacia crisis y tensiones no esperadas.

Asimismo, la dimensión nuclear hace que el expediente iraní sea aún más difícil de cerrar. La Casa Blanca ha sostenido que Irán ha mostrado disposición a entregar su reserva de uranio enriquecido, algo que Washington considera una prioridad máxima. Sin embargo, se ha citado a inspectores internacionales que estiman que Irán posee 440,9 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, una cantidad que, si se enriqueciera más, bastaría para aproximadamente unas diez armas nucleares. Armas nucleares que quedarían, de facto, fuera de cualquier convenio regulador para el empleo de las mismas.

La dimensión balística y la red de grupos aliados refuerzan esa inconclusión. Los ataques golpearon duramente a Irán y a su dirigencia, pero lo cierto es que no eliminaron las amenazas derivadas del programa nuclear, los misiles balísticos o el apoyo a aliados como Hezbolá. La importancia de esto es directa: Irán conserva varios peldaños de escalada por debajo del umbral de una guerra convencional directa. 

Líbano agudiza ese punto. Una de las disputas centrales sobre el alto al fuego es si este abarca o no a Líbano. Irán sostiene que los ataques israelíes contra Hezbolá violan el espíritu o los términos del acuerdo; Israel y Estados Unidos sostienen que Líbano queda excluido. Sin embargo, las operaciones israelíes en Líbano ya han perturbado el clima del alto al fuego y desencadenado respuestas iraníes en torno a Ormuz. 

La crisis con Irán es una crisis en red: un ataque en Beirut puede alterar los cálculos en Teherán; una disputa sobre Hezbolá puede afectar al tráfico de petroleros en el golfo; una divergencia entre las interpretaciones estadounidense e iraní del acuerdo puede convertir un alto al fuego en otra cuenta atrás hacia la guerra. 

Estratégicamente, eso es lo que convierte a Irán en un adversario incrustado en un sistema de detonadores conectados.

Asimismo, hay una implicación adicional para cualquier valoración más amplia de la estrategia estadounidense. Irán resulta costoso no solo por lo que está haciendo, sino por lo que impide a Estados Unidos hacer en otros escenarios. 

Irán reduce la discrecionalidad. Eleva el coste del error. Obliga a priorizar.



Cuba

La confrontación con Cuba, en cambio, no es una guerra convencional. No hay bombardeos estadounidenses sobre La Habana, ni batallas navales abiertas, ni un mapa formal del campo de combate.

Lo que existe, en su lugar, es una arquitectura de coerción densa y acumulativa: embargo y sanciones; aislamiento financiero; controles de viaje; designación por terrorismo; presión sobre proveedores de terceros países; gestión migratoria; y, en la fase actual, el uso estratégico de la escasez energética como instrumento disciplinario.

La actual crisis petrolera cubana muestra hasta qué punto el conflicto se ha desplazado hacia el núcleo infraestructural del país. El petróleo sigue representando aproximadamente el 87% del consumo energético total; los apagones han superado en algunos lugares las 16 horas diarias; y un cargamento ruso de finales de marzo, de unos 700.000 barriles, apenas proporcionó una semana larga de alivio bajo racionamiento. Es decir, la presión ha alcanzado los sistemas que hacen posible la gobernabilidad cotidiana.

Por eso la política actual de Estados Unidos hacia Cuba se entiende mejor como una constricción infraestructural que como un embargo estático.

El marco del embargo sugiere una prohibición de larga duración que limita el comercio y la inversión. Eso sigue formando parte del cuadro, pero ya no lo agota. La política reciente ha fundido la vieja lógica de la restricción bilateral con una lógica más reciente de disuasión a terceros.

Ese desplazamiento altera la geometría del conflicto. Lo que antes parecía, ante todo, bilateral se vuelve ahora abiertamente triangular: la presión se ejerce no solo sobre La Habana, sino sobre el ecosistema externo del que La Habana depende.

La capa financiera intensifica la asfixia. El conflicto suele describirse mal cuando se lo reduce al “embargo”. En la práctica, se trata de una malla de restricciones superpuestas. El Estado es presionado directamente, pero también lo son los circuitos informales y semiformales a través de los cuales los hogares cubanos, los emprendedores privados, los familiares en la diáspora y los posibles socios extranjeros podrían, en otras circunstancias, amortiguar el golpe. Lo que se estrecha es la ecología más amplia de la circulación de bienes e ingresos.

Y esa ecología es decisiva porque la durabilidad autoritaria contemporánea suele depender menos de entradas espectaculares de capital que de redes densas y poco visibles de intercambio, que permiten a las élites seguir sobreviviendo, incluso, cuando el Estado falla. 

Las remesas, el comercio informal, las transferencias familiares, los ingresos vinculados al turismo y la actividad privada tolerada pueden funcionar como amortiguadores. Si esos colchones se reducen, al mismo tiempo que se restringen las importaciones de energía, el resultado no es solo una grave tensión monetaria para el Estado, lo es también para los intermediarios que mantienen el sistema en funcionamiento a fuerza de improvisación. 

El desenlace más probable es un agotamiento acumulativo, más que un colapso: un campo de presión lenta que penetra por debajo de la superficie y se manifiesta en la logística básica de la supervivencia.

Tampoco La Habana es un objeto pasivo de esa presión. Bajo una tensión aguda, los regímenes totalitarios suelen intentar modular el entorno de presión sin aceptar el lenguaje de la derrota. Pueden abrir conversaciones mientras insisten en la soberanía; dictar liberaciones selectivas mientras niegan cualquier concesión política; cooperar en asuntos de cumplimiento de la ley —como el custodio de las fronteras o la vigilancia sobre las redes de tráfico humano o narcotráfico— mientras rechazan una normalización más amplia. 

Por eso, la fase actual del conflicto entre Estados Unidos y Cuba se describe mejor como una negociación coercitiva en condiciones de asimetría. Washington tiene la mano más fuerte: la arquitectura de sanciones, el riesgo asociado a licencias y cumplimiento, la capacidad de presión sobre el abastecimiento de terceros y el control de las opciones que restringen el acceso cubano a la financiación. La Habana negocia desde la escasez. Pero un Estado débil y sometido a presión sigue eligiendo dónde ceder, dónde bloquear, dónde reformular y dónde buscar una cooperación limitada.

Cuba no se parece, al menos según el registro público, a un régimen al borde de una quiebra institucional en sentido estricto. Se parece más bien a un sistema en el que cada fallo multiplica el siguiente: la escasez de energía paraliza el transporte; los fallos del transporte agravan la distribución de alimentos y la recogida de residuos; la inestabilidad eléctrica socava los sistemas de agua, la refrigeración, la sanidad y la continuidad del trabajo; y cada deterioro amplifica la frustración pública mientras reduce la capacidad del régimen para representar una apariencia de normalidad. 

En términos comparativos, los regímenes sometidos a este tipo de presión rara vez caen de una sola vez. Se vuelven más selectivos, más desiguales y más contradictorios. Pueden liberalizar partes de la economía mientras endurecen el control político; tolerar corredores estrechos de inversión mientras reprimen la organización independiente; o liberar a algunos presos mientras conservan las herramientas jurídicas y represivas para volver a llenar las cárceles más adelante, Por eso sería descuidado leer cada cesión como una señal de cambio. Bajo condiciones de agotamiento administrativo, las concesiones suelen ser técnicas de supervivencia. Y no hay mejor ejemplo de ello, que el retroceso espectacular en cuanto a libertades y oportunidades de negocio y mejoras sociales, que el protagonizado por La Habana al final de la presidencia de Barack Obama.

Por lo que, una vez más, el actual conflicto de Estados Unidos con Cuba no está produciendo una vía hacia el cambio de régimen, sino una adaptación bajo presión del gobierno cubano y de sus oficiales de inteligencia, quienes ven en el calendario acotado de la actual administración estadounidense, una segura y oportuna vía de sobrevivencia. Nada nuevo desde 1959.

Leída a través de Irán, sin embargo, la idea de “adaptación bajo presión” se endurece hasta convertirse en un límite, no solo de lo que probablemente hará La Habana, sino también de lo que probablemente estará dispuesto a gestionar Washington.

En ese sentido, el conflicto con Cuba sigue siendo severo y estratégicamente real, pero ya no se entiende como una marcha lineal hacia el colapso del régimen. Es una lucha coercitiva cuyo desenlace más probable a corto plazo es un cambio decorativo dentro de las estructuras del actual poder en Cuba. Y no importa el nombre de quien suceda al actual presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez.



Los costes de atención que ambos conflictos imponen a Estados Unidos

En el arte de gobernar, la atención es un recurso estratégico escaso. No se trata simplemente de cuántas horas dedican los funcionarios a un asunto a lo largo del día, de la semana o del año. Se trata de qué conflictos exigen supervisión al nivel presidencial, cuáles pueden rutinizarse mediante instituciones, cuáles mueven los mercados, cuáles activan sistemas de alianzas y cuáles castigan el error de cálculo de forma inmediata. 

Entendidos en ese sentido, los conflictos de Irán y Cuba imponen cargas muy distintas a Estados Unidos. Irán impone una carga de concentración. Cuba impone una carga de calibración. Irán arrastra a las alturas del Estado hacia la gestión de la crisis; Cuba distribuye la presión lateralmente a través de canales administrativos, internos y periféricos. Por lo que no son costes equivalentes. Y esa asimetría es una de las claves para entender el peso real de cada conflagración.

El coste de atención de Irán es vertical: asciende directamente hasta la cúspide del Estado estadounidense y permanece allí. La fase actual comenzó el 28 de febrero de 2026 y, aun después del alto el fuego del 7 de abril, la tregua sigue siendo frágil e incompleta, con cuestiones centrales todavía no resueltas en lo sustancial. 

Eso significa que Irán no es un expediente que pueda dejarse en manos de una gestión rutinaria. Exige implicación continua al más alto nivel: la presidencia, el Consejo de Seguridad Nacional, el Pentágono, la comunidad de inteligencia, los canales diplomáticos y las agencias económicas que siguen la exposición energética.

Esa verticalidad se deriva de la estructura del riesgo: Irán es un teatro en el que un error de cálculo tiene consecuencias estratégicas inmediatas, porque está densamente poblado de vías de escalada.

Cuando un solo teatro puede mover el precio del crudo, influir en las expectativas de inflación, alterar el comportamiento del transporte marítimo y modelar el estado de ánimo financiero global, la Casa Blanca se ve obligada a tratar a Irán, al mismo tiempo, como adversario militar, contraparte diplomática y poseedor de un poder de veto sobre la circulación normal de la energía. Eso multiplica la demanda de atención. Washington no solo vigila un campo de batalla. Vigila un adversario capaz de transmitir inestabilidad directamente a la economía mundial.

El expediente nuclear profundiza esa cualidad absorbente y es, sin duda, una de las razones nunca terminadas de enunciar del todo, por las que Irán obliga a concentrar la atención en la cúspide.

Cuba, en cambio, impone un coste de atención más horizontal más que vertical. No suele dominar la jornada presidencial del modo en que lo hace Irán. En condiciones normales, no mueve los mercados petroleros globales, no desencadena una crisis inmediata de alianzas ni empuja a Estados Unidos hacia una guerra internacional.

En cambio, genera una carga de gestión crónica y difusa que atraviesa al mismo tiempo múltiples agencias y escenarios políticos. Esa carga horizontal opera a través de múltiples canales. Cuba incide en la política migratoria porque un deterioro severo en la Isla puede generar presión hacia Estados Unidos. Incide en la política humanitaria porque los apagones, las fallas en el suministro de agua, la presión hospitalaria y la escasez elevan el coste político de parecer indiferente al sufrimiento civil. Incide en la política interna porque Florida, la diáspora cubanoamericana y los actores del Congreso filtran la política hacia Cuba a través de sus propias lentes. Incide en la administración de sanciones porque las exenciones, las licencias, las restricciones marítimas y la presión energética sobre terceros países exigen ajustes jurídicos y burocráticos constantes. 

Puede que Cuba no imponga un único momento dramático de concentración de emergencia, pero rara vez desaparece del horizonte político. Obliga a recalibrar de manera continua. Por eso Cuba se entiende mejor como una carga persistente de ajuste. A diferencia de Irán, no suele exigir una concentración de emergencia en la cúspide del poder. Exige gestión constante. 

Los Estados no se desgastan solo por emergencias que irrumpen hacia arriba. También se desgastan por teatros no resueltos que deben afinarse, revisarse y justificarse de manera constante. Cuba pertenece a ese segundo patrón.

La asimetría, por tanto, no consiste en que un conflicto importe y el otro no. Consiste en que ambos cargan sobre Estados Unidos en registros distintos. Irán fuerza la concentración porque combina en un solo teatro el riesgo de guerra, la credibilidad de las alianzas, el peligro nuclear y la exposición a los mercados petroleros. Cuba obliga a la gestión porque combina —de forma crónica e irresuelta— la aplicación de sanciones, la imagen humanitaria, la migración, la política interna y la señalización hemisférica. 

Irán exige que Washington concentre su atención. Cuba exige que Washington siga calibrando. Uno es una carga aguda; el otro, una carga continua. Los Estados sometidos a presiones simultáneas no se preguntan, en abstracto, qué importa. Se preguntan qué importa más, qué puede estallar primero, qué tiene el radio de daño más amplio y qué pueden permitirse gestionar peor. 

Bajo esa lógica, Irán se sitúa casi automáticamente por encima de Cuba. El riesgo de guerra en el golfo, la credibilidad de los compromisos estadounidenses en Oriente Próximo, el estatuto de Ormuz y el precio global del petróleo son, sencillamente, variables estratégicas más pesadas que la coerción a una isla del Caribe, por intensa que esta pueda ser para los propios cubanos. 

Eso no vuelve irrelevante a Cuba, significa que Cuba se procesa dentro de una jerarquía en la que la administración dispone de menos margen para experimentar con audacia, mientras Irán siga siendo inestable. En la práctica, esa jerarquía estrecha el conjunto de políticas hacia Cuba que Washington probablemente estará dispuesto a perseguir.

Hay una implicación aún más profunda. Irán no solo consume tiempo; consume margen de error. Cuando una crisis puede volver a cerrar Ormuz, mover los futuros del petróleo y tensar las alianzas, los responsables políticos tienden a volverse más conservadores en otros escenarios. Se muestran menos dispuestos a iniciar apuestas de segundo orden, cuyos costes luego podrían verse obligados a asumir.

Cuba, mientras tanto, es un escenario en el que Estados Unidos puede mantener la presión con la maquinaria ya existente, pero cualquier intento de forzar resultados verdaderamente transformadores exigiría una nueva inversión política y una mayor disposición a absorber riesgos, elementos que no parecen terminar de definirse en la estrategia actual de la administración Trump.



Lo que el conflicto con Irán reduce en el conflicto de Estados Unidos con Cuba

La primera aclaración es básica. Irán no reduce la capacidad de Washington para castigar a Cuba en sentido estricto. Lo que Irán reduce es algo distinto y políticamente más valioso: la capacidad de hacer algo ambicioso con ese castigo. Ahí está el verdadero desplazamiento.

Existe una diferencia decisiva entre sostener la coerción y convertir la coerción en una estrategia de transición. Lo primero puede administrarse burocráticamente. Lo segundo exige secuenciación, incentivos, gestión de coaliciones, planificación para la poscrisis y una disposición sostenida a absorber consecuencias no deseadas. 

Una crisis inconclusa en el golfo comprime precisamente esa segunda capacidad. Un Estado atrapado en un alto al fuego frágil dispone de menos margen para la experimentación estratégica en otros escenarios.

La presión es iterativa. La transformación es constructiva: exige diseñar lo que viene después de la presión. 

Si Washington estuviera persiguiendo realmente una transición en Cuba, y no una política de castigo y extracción, tendría que responder preguntas mucho más difíciles: quién gobierna tras una desestabilización parcial, cómo se secuencia la estabilización económica, qué impactos migratorios son tolerables, qué aliados ayudan a gestionar las consecuencias, qué incentivos se ofrecen a los actores estatales y militares dentro de Cuba, cómo se transfiere la legitimidad sin abrir un vacío.

Irán no elimina esas preguntas; lo que hace es volver menos probable que Washington dedique la atención necesaria para responderlas.

Un segundo mecanismo es más material que la “atención”, en el sentido cotidiano del término. Irán vuelve más sensible la política del petróleo en todas partes. Cuando una parte decisiva del comercio mundial de crudo pasa por Ormuz, cuando el tráfico de petroleros sigue siendo anómalo y cuando los mercados reaccionan con brusquedad a las noticias de un alto al fuego porque los flujos energéticos podrían liberarse o volver a bloquearse, se estrecha la libertad de Washington para aplicar en otro escenario una asfixia energética no calibrada. 

No porque Cuba pase de pronto a situarse por encima de Ormuz, sino porque Estados Unidos no puede presentarse como garante de la normalidad energética en el golfo y, al mismo tiempo, mostrarse indiferente ante las consecuencias desestabilizadoras de un asedio energético total a la isla.

Esa contradicción ya es visible en el comportamiento político. Washington ha mostrado disposición a tolerar excepciones humanitarias limitadas, incluso, mientras insiste en que la postura general no ha cambiado. 

Desde el punto de vista analítico, eso importa. Indica que el enfoque estadounidense no es una “máxima presión” llevada hasta su desenlace lógico. Es presión con moderación marginal, cuando el colapso humanitario o la disfunción incontrolable se vuelven demasiado visibles o demasiado costosos. 

No se trata de una incoherencia superficial. Es la prueba de que la política hacia Cuba está siendo calibrada bajo una constricción externa. La administración sigue queriendo presión; pero también quiere evitar asumir la carga visual y las consecuencias de un derrumbe total. Irán agudiza esa constricción porque reduce la tolerancia estadounidense a un desorden adicional ligado a la energía en otros escenarios.

La consecuencia más profunda es que Irán reduce la plausibilidad de los objetivos maximalistas respecto de Cuba. Un verdadero escenario de cambio de régimen o de transición dura impondría al menos cuatro cargas que Estados Unidos tendría que gestionar activamente: una posible fragmentación del Estado, una oleada migratoria hacia Estados Unidos, un deterioro humanitario lo bastante grave como para volverse políticamente tóxico y unas dinámicas sucesorias imprevisibles dentro del propio Estado cubano. 

Ninguno de esos riesgos es inimaginable. y son el tipo de cargas que los gobiernos solo aceptan cuando están dispuestos a asumir las consecuencias de la coerción. Una crisis viva y no resuelta con Irán hace que esa disposición sea mucho menos probable. Porque —y esto es esencial— Irán no se limita a “distraer” a Washington de Cuba; estrictamente, disciplina las opciones estadounidenses. Es decir, impone una jerarquía de escenarios. En esa jerarquía, el golfo, Ormuz y la estabilidad energética global son variables de primer orden; Cuba no lo es. 

Pero, debemos aclararlo, esa jerarquía no elimina la política hacia Cuba. Lo que hace es cambiar qué tipo de política hacia Cuba resulta racional desde la perspectiva de Washington. Cuando Irán se vuelve sistémicamente peligroso, Estados Unidos tiene incentivos más fuertes para mantener a la isla dentro de una fórmula de menor riesgo: sostener la presión, mantener la escasez, forzar la negociación cuando sea posible, extraer gestos; al tiempo que evita cruzar el umbral a partir del cual el deterioro en La Habana se convertiría en un problema que Washington tendría que gestionar directamente.

Dicho de otro modo, Irán reduce no solo la intensidad de lo que Washington puede hacer en Cuba, sino el abanico de lo que probablemente intentará hacer. Estados Unidos puede seguir imponiendo una coerción dura. Pero, cuanto más inestable siga siendo el expediente iraní, menos probable será que Washington pase de una política punitiva a una gestión de transición.



Referencias:

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