
Señor Nicolás Maduro:
Morí el miércoles 7 de junio de 2017. Sus militares me asesinaron. Contaba con 17 años. Tenía toda la vida por delante.
Morí mientras pedía pacíficamente una apertura democrática para mi país. Le escribo, por desgracia, desde el imposible de la memoria que nunca llegué a tener, porque usted me la ha robado.
Me dirijo a usted no solo por el crimen cometido contra mí, sino desde el espíritu de todos los jóvenes venezolanos que hemos sido víctimas mortales de su terrorismo de Estado.
No le escribo con odio. Nunca nos opusimos a usted con odio. Tratamos de sacudirnos, eso sí, el odioso sistema de opresión que le impusieron a la fuerza a nuestro país. No buscamos venganza, manipulación de la opinión pública, ni nada de lo que el socialismo del siglo XXI sembró entre los venezolanos. Nuestro norte es la luz.
La historia de Venezuela está hoy en un punto crítico. Nos estamos jugando la continuidad de un crimen descomunal. Lo que está en juego es la esperanza de romper por fin las cadenas con que el chavismo nos redujo a una servil caricatura de nación.
El dolor de nuestras familias pende ahora de ese equilibrio tan frágil como la flor que yo portaba cuando, por órdenes suyas, los suyos me reventaron el corazón. Sepa usted que hoy, vivos o muertos, nadie va a renunciar al sueño de una Venezuela de justicia y libertad para cada uno de los venezolanos, después de tres décadas de injerencia foránea con que ustedes secuestraron nuestra soberanía nacional, convirtiéndola en un apartheid de asco.
Nunca tuvimos armas. Nunca organizamos una guerrilla armada contra las fuerzas del orden público, incluso cuando estaban maniatadas y al servicio mercenario de los militares que en La Habana lo crearon y lo controlaron a usted hasta el 3 de enero de 2026.
No sentimos placer de ver reducida el resto de su existencia a una celda norteamericana. Nos golpeó la muerte de tantas personas a su alrededor. Con ese acto de suma irresponsabilidad y cobardía se despidió usted de Venezuela, arrastrando hasta el final más y más vidas truncadas, como la mía, más y más familias en duelo, como las de todos, de las que usted se burla brutalmente con sus dos pulgares en alto y esos pujos groseros de “Good night” y “Happy new year” en cámara.
Sentimos pena propia por usted, señor Nicolás Maduro, si bien por su sangre no parece correr ni una gota de compasión por la tragedia venezolana. Mucho menos de cariño. Usted le vendió su alma al colonialismo cubano.
Le juro por lo más sagrado que Venezuela ya está a punto de reconocerse, como antes de usted, entre los venezolanos que sí la amamos. Nos vamos a abrazar llorando. De hecho, ya estamos llorando abrazados. Y no solo en las redes digitales, a donde usted nos desplazó por millones, diezmándonos como apátridas, sino en las mismas calles donde nunca hemos dejado de defender, en medio de la muerte y en plena luz, nuestra dignidad de seres humanos.
Que Dios se apiade de usted.
Desde mi muerte a manos del Estado bolivariano,
Neomar Alejandro Lander Armas
(17 de octubre 1999 – 7 de junio 2017).










