Después de décadas de alfabetización democrática, los cubanos vemos “diálogo” donde no lo hubo ni tampoco lo habrá. No se nos culpe por este daño que arrastramos como un rezago de resistencia a la Revolución. Mucho menos se nos haga el menor caso.
Es trauma. Y, como tal, pronto la acción unilateral y extraterritorial del gobierno de los Estados Unidos de América no dejará ni trazas de esa tara.
Entre Washington y La Habana nadie está “dialogando”. Presenciamos un “deal” de último minuto, impuesto bajo amenaza a Cuba por una potencia extranjera. Se trata de un pacto a patadas, al viejo estilo militarista del Tío Sam. En la práctica, se le “ha declarado la guerra a Cuba”, como lo anunció la actriz y escritora Lynn Cruz.
No hay manera de que Marco Rubio, secretario de Estado de la actual administración republicana, conserve su carrera política si no hace leña del árbol caído de la Revolución cubana.
No hay manera de que Donald J. Trump no termine en un juzgado tras las elecciones presidenciales de 2028, si su legado no es poner punto final al criminal pataleo del castrismo sin Castro.
Otra vez Cuba deberá su libertad al expansionismo excepcionalista de la Casa Blanca. El escritor cubano Carlos Manuel Álvarez ironizó sobre este “colonialismo emancipatorio”. No era su intención, pero dio en el clavo. A todos los efectos fácticos, desde 1898 hasta 2026, para Cuba se ha tratado siempre de un imperialismo independentista.
Cada vez que nos apartamos de nuestro buen vecino (o villano vil), más temprano que tarde saltamos de la tutela a la tiranía. Cubanus Cubano lupus. Solo las pocas veces en que buscamos amparo en las entrañas del monstruo tuvimos un atisbo de soberanía ciudadana.
Ya veremos cuánto nos dura la democracia importada en este nuevo ciclo.
Ya veremos cuán rápido recidiva la ingratitud incivil de la nación cubana.
* Imagen de portada: Fernando Pinilla.






