Año nuevo: el mismo sueño

Este 31 de diciembre no fue diferente de todos los que he vivido en Cuba.

Un ruido demencial alrededor (la suma de las bocinas de reproductores de música, donde cada quien pretende imponer su pésimo gusto con total desparpajo). Una especie de narcisismo competitivo, porque la prioridad es impresionar a los vecinos con la potencia de los equipos. 

No hay ni que decir que ese acto de desconsideración debería costar, cuando menos, denuncias y multas. La ley existe, pero nadie cree en ella, porque hace tiempo Cuba ha perdido el estatus de nación, casi hasta de país, y es simplemente un lugar donde se sobrevive, o del que se huye.

Pero la fiesta de fin de año, con toda su estridencia, es precisamente un exorcismo contra esa fatalidad y una desesperada invocación al cambio y al progreso.

Es lo que está en el aire, mientras la gente baila, ríe, consume las carísimas bebidas alcohólicas para las que mágicamente siempre aparece el presupuesto. 

Qué otra cosa es factible, si el deseo colectivo más profundo solo puede susurrarse en lugar se lanzarse a gritos contra el espacio: “Que este fin de año sea el último de miseria y comunismo”, me dice un vecino con el que me tropiezo cuando salgo con mis perros. Matiza la oración con un enfático gesto de complicidad.

De alguna forma, incluso los que ya no creen en nada, creen en la fuerza corrosiva del tiempo, pues todo lo que se construye, sino se restaura, si no se le destina economía, termina cayendo por su propio peso. 

Entonces, como hace casi siete décadas, no queda más opción que esperar. Y si en algo tenemos experiencia los cubanos es justo en esperar, incluso involuntariamente, con toda la efervescencia de la vida pujando por accionar y materializar nuestras metas.

Las nuevas generaciones han aprendido el arte de esta resistencia pasiva, que tiene mil formas de acoplarse a lo imposible. Escapar a través de las redes sociales, si toca enfrentar un apagón que parece interminable. Usar el recurso de apagar los sentidos mediante el sueño. O salir y refugiarse en casa de un familiar o amigo que no sea del mismo bloque afectado por el corte. O hasta escapar a través de esa combinación siniestra que llaman el “químico” y cada vez captura más almas jóvenes. 

Una persona me dijo que, cuando tiene ganas de gritar a todo pulmón, por ejemplo, por el quita-y-pon de la luz, camina por toda la casa hasta que la vence el cansancio. Ella sabe de la insolidaridad que la espera cuando aparezcan las consecuencias de dejarse arrastrar por la necesidad. Algo tan humano, ¿no? Pero hay que violentar hasta el instinto. 

Un joven que conozco tuvo una crisis de nervios en el trabajo. Por primera vez en su vida, sintió que sus pensamientos no paraban y creyó que se volvía loco. El psiquiatra que lo atendió le recetó Carbamazepina (que consiguió por fuera, porque en las farmacias no hay) y para tranquilizarlo le dijo: “No te preocupes por lo que te pasó, pues toda Cuba está así”.

Claro, no importa si terminas tomando estupefacientes por el resto de tu vida. Lo crucial es no cruzar jamás la línea que te expone al peligro. El riesgo de señalarte expresando tu descontento públicamente. O incluso el de colocarlo frente a ti mismo porque… Y después, ¿cómo vivir con esa carga, cómo volver a alimentar la mentira?

Hay quienes encuentran asideros en la introspección interna, alguna filosofía, religión o búsqueda espiritual, en el arte o haciendo servicio para los más necesitados. Estos construyen una especie de burbuja donde parecen imperar otras leyes, por aquello de los niveles vibracionales, aunque tampoco escapan de la depresión y confrontan lo peor del egoísmo humano.

Cuando las luces de un amanecer que se asemeja a cualquier otro, pero indica un salto de año, nos despiertan en la mayor de las Antillas, los festejantes descubren que ninguna dosis de alcohol, ni de ruido, ha desplazado los problemas de turno: inventar cómo poner comida en la mesa, cómo sobrellevar los inminentes apagones, sin gas para cocinar, de dónde sacar fuerzas para cargar el agua imprescindible en la rutina doméstica. 

Hasta este principio básico de la modernidad se ha perdido en el colapso de la desatendida estructura urbana. Cuesta emprender tareas que requieran gran esfuerzo físico, incluso con las secuelas del virus que ha afectado a un alto porciento de la población: el chikunguña. Aunque proliferan chistes sobre el tema, el saldo real son discapacidades serias, a veces graves, que pueden durar meses y años (pérdida de fuerza muscular, fuertes dolores óseos, calambres, descoordinación, desconcentración, falta de equilibrio, fatigas).

Como si un dios impío castigase el silencio, todo lo que sale es la metástasis de esa connivencia: insalubridad, abandono, desolación. Un paisaje cada vez más irresistible a la vista. Entonces, ¿cómo alimentar la esperanza, cómo transmitir a tus hijos confianza en la equidad de las fuerzas que gobiernan el mundo?

Quién sabe, quizás este año que nace trae en su vientre la respuesta. Replegada, oculta y expedita. La semilla-milagro. Hay tantas profecías por ahí, augurando todo tipo de acontecimientos drásticos. Cambios que ya están trazados en las rutas de los astros. 

Después de todo, este pedazo de tierra no está fuera de las leyes universales. Aunque hayamos crecido creyendo lo contrario.