Tengo amigos puertorriqueños. Lo digo entre comillas y a manera de aviso, como suele decirse interesadamente “tengo un amigo equis”.
Hay un abismo ontológico entre puertorriqueños y cubanos, como entre anglosajones y subsaharianos, o taiwaneses y cambodianos. Esos abismos se saltan con la amistad y la tolerancia.
Opino que Puerto Rico debería ser una nación independiente. Pero, según parece, un número considerable de electores de la Isla Bonita desea mantener el status quo, que es una variante de la estadidad muy superior a otras, como el castrismo, por ejemplo.
Castrismo es estadidad menos electricidad, quiero que lo sepan los puertorriqueños.
Cualquier reclamo independentista se paga en Cuba con la cárcel. El status quo es incuestionable: el Estado no es modificable, ni electorable. Cuba no ha tenido referendos ni consultas populares en casi un siglo. Pero, ¡qué les podrá importar todo eso a los moradores de Vega Baja, patria de Bad Bunny!
El abismo ontológico que nos separa de ellos les ha impedido ver que Cuba, desde 1958 y quizás mucho antes —desde el machadato—, ha sido un Estado asociado de los Estados Unidos y que el castrismo hizo depender su supervivencia de ese vasallaje.
Los puertorriqueños se creyeron de veras que eran “el ala que cayó al mar”, otra mentira del trovador Pablito Milanés, un canalla capaz de decir cualquier cosa según soplara el viento.
Los que cayeron al mar fueron los cubanos, no sé si todavía hay que explicárselo a los portorros. Ellos cayeron a tierra, en Washington, New Orleans y Chicago. Ellos se salvaron. Son el ala que pudo volar y vivir. Pero, ¿cómo metérselos en el coco?
El padre de una buena amiga puertorriqueña, profesional acomodado con hijos educados en universidades norteamericanas, escucha la Radio Progreso de La Habana todas las tardes en su despacho de Mayagüez.
Los emprendedores cubanos en Puerto Rico son mirados con recelo por los nativos: su mancha es haber rechazado el sueño revolucionario y las altas mentiras de los trovadores para venir a asentarse en una “isla esclava” a la que se le “niega su identidad”.
Esa emigración masiva de la clase empresarial cubana y de su comunidad artística y cultural debió decirles algo a los puertorriqueños, pero no les dijo nada. ¿Entienden realmente los puertorriqueños a los cubanos?
Cuba es un espejismo, una de esas islas encantadas que los balseros ven en alta mar. Y los puertorriqueños son los balseros de la geopolítica caribeña. Los puertorriqueños tienen un problema cubano.
Después de Olga Tañón y Residente, aparece Bad Bunny con su novísimo problema, que es el mismo viejo asunto cubiche. Vendrán otros, qué duda cabe, pero, de momento, el Portorro de Oro se ha enganchado a la flotilla de los tontos útiles.
Soy fan de Bad Bunny. Lo digo sinceramente, como mismo digo que soy fan de Maurice Ferré, de Margarita Pintado y de William Carlos Williams. Mi amor por Puerto Rico, sin embargo, no llega a Ricky Martin.
Bad Bunny no es Bob Marley ni Ernesto Lecuona, pero es un fenómeno cultural cautivante. Artísticamente, es un innovador y un actor redomado. Creo que Nadie sabe lo que va a pasar mañana y DeBÍ TiRAR MáS FOToS son álbumes inteligentísimos, impecablemente producidos, obras maestras de la música popular. Culturalmente, Bunny ha hecho por el español americano lo que no pude hacer yo en quince libros de sonetos.
Bad Bunny es también el clásico ejemplo del jingoísmo puertorriqueño. Patria, suelo, bohíos, matas de plátano, gandules, sillas de plástico y mucho banderín tricolor son los atavismos de una cultura perdida en el llano. Bad Bunny es también un reaccionario.
La crítica de arte Judy Cantor ha escrito un magnífico ensayo sobre las sillas que aparecen en la portada del último álbum de Bad Bunny. Coincido con ella y creo que las polaroids del Bunny lo ponen a la altura de Warhol para la era de los culos de silicona.
Pero también creo que a Judy se le escapa el nacionalismo rollizo que representa la parafernalia patriotera de butaquitas monobloque a la vera de un platanal. Oyendo sus álbumes en dialecto jíbaro, miles de chiquillos inmigrantes de Washington Heights se alistarán mentalmente para “liberar” a la Boriken cautiva. Pero, ¿dónde queda eso?
Al poner una pata en el bote con rumbo a La Habana, Bad Bunny ha dado el paso que va del reguetonero filantrópico al portavoz de los macheteros internacionalistas. Una eternidad de limosnas políticas que los puertorriqueños no querrían para ellos mismos se la endilgan a los cubanos, a cambio de otros 60 años de estadidad por asociación. El hambre, la miseria y la oscuridad de la dictadura bañados en el glitter del Super Bowl. ¡Corre, Conejo!
Seguiremos siendo los payasos de la falsa conciencia puertorriqueña y el espejo de circo que cayó al fango mientras haya Tañones y Bad Bunnies listos para liberarnos de las garras del agresor yanqui.
La expresión “yo tengo amigos cubanos” en boca de los artistas del país vecino deberá ser tomada, entonces, a la ligera, con un grano de sal, revisada y espulgada ideológicamente a la luz legañosa del falso amiguismo.








