Tengo una deuda persistente con mi país, una herida que no cicatriza por más que insista en presionar las teclas del computador. Hay una vergüenza que no me cabe en el cuerpo: no estoy allí.
Escribo a Cuba desde fuera. Escribo sobre ella desde la comodidad relativa de la diáspora. Relato lo vivido y también aquello que me fue contado. Me pregunto si en este gesto existe alguna dignidad, para qué sirve y con qué autoridad moral me atrevo siquiera a nombrarla.
Nunca viví exclusivamente del salario de un obrero. No domino la historia, ni siquiera la de mi propia patria. Desconozco muchos de los nombres que la conforman, que la engrandecen, que sostienen la disidencia. Me falta vida, me falta cultura y aun así nombro a Martí. La osadía pesa.
Pasé noches enteras llorando, escribiendo en una libreta gastada poemas saturados de rabia y de dolor, mientras cuestionaba la realidad que nos atravesaba.
Hace casi dos años de aquello. Hace casi dos años que no escribo en un apagón, a las cuatro de la mañana, después de que el calor me negara el sueño y el sudor se deslizara bajo la ropa. Hace casi dos años que no derramo tinta sobre hojas amarillentas iluminadas apenas por la luna que entraba por la ventana.
Un día hice una maleta, convencida de que mi vida entera cabía en ella. Tragué orgullo, bajé la cabeza y subí a un avión. Y, aun así, al llegar al otro lado, persistí en escribir.
Nada le importa a mi tierra devastada, a los escombros de La Habana, al vertedero de cada esquina, a los niños desnutridos, a los ancianos enfermos. Nada les importan mis palabras, ni mis opiniones distantes. Sin embargo, continúo, porque no sé detenerme.
Nunca salí a la calle. Nunca defendí realmente a la patria que digo amar. Nunca fui más allá de escribirle y leerla en voz alta.
Nunca. Aun así, le escribo desde aquí.
No me llamen exiliada. No luché. No estuve presa.
Me fui porque pude. Me fui porque elegí. Me fui porque fui cobarde.
Mientras escribo sobre el ardor del alma, por quienes se quedaron y por las injusticias que persisten; mientras defiendo, desde una posición cómoda, lo que mi patria ha sido y lo que debería ser; mientras la expongo en textos cuidados a un extranjero que no comprende cómo puede habitarse una tierra de ese modo; mientras tanto, mi padre no duerme, mis amigos no sueñan y mis abuelos comienzan a creer que un plato de comida basta para ser feliz.
¿Pero cómo no hablar de ella? ¿Cómo arrancarla de tan adentro?
El país que amo se está muriendo. La impotencia quema. Y ese dolor solo es comparable con la hipocresía de intentar defenderla desde fuera. No sé si existe un lugar legítimo para pensar, pero ciertamente no parece ser uno desde el que se disfruta de electricidad, alimento y cierta estabilidad, mientras quienes amas sobreviven entre apagones, hambre, enfermedades y cuerpos envejecidos antes de tiempo.
A veces siento que cuestionar por qué nada cambia es, en sí mismo, una falta de respeto. Cuando estuve allí tampoco hice nada por cambiarlo. Aspirar a una revolución verdadera desde la distancia se asemeja a un acto de crueldad.
La realidad no admite abstracciones. Cuba no es hoy un debate ideológico ni una consigna política: es hambre, vejez humillada, insomnio, carencia de medicamentos, vidas rodeadas de escombros, suciedad y miedo. Nadie que mire esta realidad de frente puede negar la urgencia de un cambio. Nadie con un mínimo de humanidad puede exigir resistencia a quienes apenas sobreviven. Y merecen vivir.
Estados Unidos ha incrementado la presión sobre Cuba. El presidente Donald Trump ha recomendado aceptar un acuerdo con Washington “antes de que sea demasiado tarde”, anunciando el cese del suministro de petróleo y los recursos provenientes de Venezuela, los que hasta ahora han sostenido lo poco que quedaba de país.
El gobierno cubano ha respondido reafirmando su soberanía y rechazando imposiciones externas.
Aunque no existe confirmación de una intervención militar directa, ni de un plan explícito de ocupación, las acciones estadounidenses se manifiestan en el plano político, económico y diplomático. El clima es tenso, expectante, atravesado por una incertidumbre persistente.
Aun así, no logro celebrar las amenazas dirigidas a los dirigentes cubanos. Me descubro a contracorriente, en conflicto con muchos de mis compatriotas. Algo se resiste en mí. No porque no anhele el cambio —he rezado y llorado demasiadas veces por él—, sino porque no puedo dejar de preguntarme qué precio exige.
Cuando el alivio se presenta bajo la figura del salvador externo, cuando el discurso se llena de hombres fuertes que prometen ordenar, limpiar, imponer, surge una incomodidad difícil de traducir: no es rechazo a la libertad, es rechazo a la humillación.
Duele pensar que la miseria vuelva negociable a un país entero, que el hambre nos arrebate incluso el derecho a preguntar. Comprendo a quienes dicen que cualquier cosa será mejor, que no puede ser peor. Cuando el cuerpo no resiste, la dignidad se vuelve un lujo. Pero confundir alivio con libertad es una trampa conocida.
No soy comunista. No idealizo el régimen cubano. Ni minimizo su responsabilidad, ni la urgencia de desmontarlo. Tampoco puedo creer, sin traicionarme, en la figura del libertador externo.
El poder no opera por caridad. América Latina conoce bien las intervenciones que prometieron orden y dejaron dependencia. Cuba no es irrelevante: su tierra, su ubicación, su potencial siempre han sido objeto de deseo.
Mientras escribo con reservas ante el cambio, pesa sobre mí la mirada de quienes permanecen allí. Pero no puedo pensar distinto. No puedo fingir una euforia que no siento.
Escribo porque no sé dónde depositar estas contradicciones. Amar a un país también implica negarse a aceptar cualquier amo.
No tengo derecho a hablar, pero me niego a mentir. No estoy dispuesta a canjear urgencia por ceguera, consignas o silencio. Cuestionar es también una forma de amor. Aunque no consuele, aunque no salve a nadie.
La realidad cubana empuja a renunciar al orgullo, al honor, al sentido de pertenencia. Incluso si, en un escenario utópico, Estados Unidos concediera una independencia plena, sería una independencia que el pueblo no logró por sí mismo.
No lo hicimos. Mientras tanto, continúo, dolorosa y conscientemente, escribiendo desde fuera.










