Todo parece indicar que el pueblo de Cuba deberá una vez más su libertad a los Estados Unidos.
Asistimos a la repetición de los hechos históricos que a finales de 1898 empujaron el nacimiento de la República. Curiosamente, no pueden estos de hoy parecerse más a aquellos de entonces, ni los actores políticos que los desencadenan ahora ser más semejantes, ni la situación de la población civil —nuevamente, víctima— ser más similar, para infortunio de los cubanos que la sufrimos de nuevo.
Encerrados en la Isla y sometidos a una represión brutal, abandonados al hambre y las enfermedades, los cubanos padecemos ahora iguales efectos que los reconcentrados de Valeriano Weyler a finales del siglo XIX. La diferencia es hoy puramente de escala. Si en los mil ochocientos fueron campamentos en las poblaciones urbanas donde se encerró a los labriegos para impedir a la insurrección servirse de ellos, hoy se repite la fórmula, encerrados como estamos en la Isla para que no apoyemos a los cubanos que, fuera de ella, insisten en el cambio.
Este hecho innegable debe servir de ejemplo de estudio en lo venidero, muestra de cómo la dictadura supo acrecentar la maldad y el crimen contra civiles y hacerlo una política nacional. Pregúntense, ustedes que leen estas líneas: ¿llegaremos en la actualidad a los 300.000 muertos de hambre y epidemias que produjo la represión española en su momento?
Puede que sea difícil decirlo, pero no intuirlo. Más cuando parece un plan que las élites del régimen de La Habana se muestran dispuestas a alcanzar con tal de, como el poder español en la Isla, no perder precisamente el poder.
Otra semejanza es que nos reconcentran —de nuevo— los hijos y nietos de españoles, de latifundistas, de caciques rurales que han expandido la finca familiar, con sus costumbres arcaicas y criminales para con los braceros, hasta los confines naturales de la nación. Semejante crecimiento les permitió extender a su antojo el ordenamiento del padre que, aunque no supo dar amor a su simiente, sí le traspasó su odio profundo de ex soldado colonial contra los que propiciaron la independencia de la más querida provincia de ultramar en las Américas.
Es evidente que hubo y hay crimen, y no crímenes comunes si no de los peores. Crímenes contra la humanidad, que no solo son cuando se extermina al otro, sino cuando se le impide al otro una existencia propia, que es lo que ha hecho con nosotros la dictadura más vieja de este hemisferio, al impedir a los cubanos crecer, poseer, fundar y, en incontables casos, reposar bajo el suelo que nos vio nacer.
No queda para Cuba otra cosa que un gobierno de ocupación norteamericano como aquel del mayor general John R. Brooke, porque nuevamente en Cuba está todo por hacer. Las ruinas de las ciudades y el campo se extienden infinitas: análogas ruinas a las que dejó la guerra de independencia, en lo material y en lo humano.
El legado de estos hijos de gallego vuelve a ser la tierra arrasada, el erial absoluto y la paz de los cementerios, antes que ceder un derecho humano o respetar un límite cívico.
El hecho de que el impulso libertador otra vez llegue de manos de cubanos en las altas esferas del poder norteamericano es otra coincidencia a considerar. Nunca se repitió tan al pie de la letra una historia en país alguno. Una historia que no es otra cosa que el cierre de una cuestión inconclusa desde finales del siglo XIX, arrastrada y revivida por el odio en las cabezas de un entramado criminal que se ha servido de la inquina como forma de gobierno para erigirse en tiranos como nunca hubo en el continente.
No es que la dictadura deba caer. Es que la dictadura tiene que caer. No debe, sino tiene que caer porque se sostiene con el holocausto de los cubanos. Aquellos que la han apoyado desde las trincheras ideológicas han de recibir su cuota de escarnio por ser sostén de un régimen que utiliza a su población como un bien material para su beneficio y que ha sabido explotarla con rigurosa mano de matarife.
Hay que acusar, pero acusar por sus nombres propios, a la casta de Raúl Castro Ruz, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Manuel Marrero Cruz, Ramiro Valdés Menéndez y a sus personeros y funcionarios, al estilo de Bruno Rodríguez Parrilla, Oscar Pérez-Oliva Fraga, Alpidio Alonso Grau, entre muchos otros. No se trata de una opción futura, sino de una obligación del hoy, del ahora mismo.
Esta élite, anquilosada en un poder inconsulto a perpetuidad, nos ha encarcelado, exiliado y matado sin contemplación. Hemos sido reprimidos de la cuna a la tumba. Nos han acallado inmisericordemente. Nos han robado la soberanía de pertenecer y participar, como pueblo, en nuestra propia nación.
Ese crimen tiene que estallar de una vez en la cara del mundo democrático, con la fuerza de una verdad absoluta que por fin se denuncia como hecho punible, para recuperar la voz ciudadana que nos ha sido negada durante demasiado tiempo por los criminales del patio y sus simpatizantes fuera del patio.
Hoy están por los suelos los hitos históricos del castrismo: los mitos de su fortaleza militar, de su apoyo popular, de la infalibilidad de su policía política y sus compinches del Partido Comunista y las organizaciones de masas, todas diezmadas al punto de lo raquítico.
La acción es ahora. Como ayer, serán los Estados Unidos de América los que liberarán a Cuba por segunda ocasión en el lapso de un siglo, salvándonos de un destino que no fue más que un compendio de lo peor que el ser humano puede infligir a sus semejantes, cuando reinan los peores sentimientos y las bajas pasiones y actitudes ruinas, huérfanas de compasión y carentes de compromiso con la espiritualidad humana, mientras todo se disfraza detrás de un discurso igualitario donde nadie es igual a nadie.
La Cuba del futuro se está escribiendo ahora mismo. El año 2026 nos ha sorprendido con ser el de nuestra liberación. ¿Tendrá Marco Rubio, como lo hizo Tomás Estrada Palma en su día, que renunciar a su nacionalidad estadounidense para ser el primer presidente de la nueva Cuba libre?
Esta coincidencia queda abierta por el momento. Podría ser la próxima coincidencia de una historia que no parece que pueda dejar de repetirse.










