Cada vez que anuncian temperaturas mucho más bajas de las que estamos habituados a soportar en Cuba, pienso en mis ventanas rotas y la puerta desvencijada del balcón, cuyas persianas me cuesta tanto hermetizar, incluso usando cartones y náilones.
Me acuerdo del peor invierno en esta casa, en los primeros meses de 2010, cuando murió mi gata Shining por buscar un poco de sol sobre el muro del patio. La horrenda vertical que recorrió en el viaje más solitario de su corta vida, una distancia que aún no me atrevo a medir ni cuando suspendo la ropa en las cuerdas contra ese mismo muro.
Semanas antes, habían muerto por hipotermia 26 enfermos en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. Fue tan fuerte el escándalo que hubo que admitir públicamente “negligencia por la no adopción oportuna de medidas con los pacientes, sobre todo con aquellos que sufrían graves problemas respiratorios o cardiovasculares”.
Las fotos de los escuálidos cuerpos desnudos se “filtraron” de la morgue y circularon de memoria flash en memoria flash. Aún no teníamos teléfonos con datos móviles, pero existía el mismo morbo por consumir horrores ajenos.
Entonces, como ahora, era imposible confirmar la exactitud de las cifras porque lo que circulaba de forma clandestina no coincidía con la noticia oficial.
Pero los escándalos se apagan con la misma incertidumbre diaria. Y, a fin de cuentas, ¿a quién le importan unos locos abandonados por su propia familia en una institución que la Revolución había “salvado” de las praxis inhumanas existentes antes de 1959? ¿A quién le importa la verdad si todo es tan relativo?
Para entender la temperatura que hubo en esos días, me acuerdo de que llegué a agarrar directamente las asas de las cazuelas sobre la hormilla encendida, porque se me estaban helando las manos.
Ahora, que ni siquiera hay gas, todo debe cocinarse aceleradamente y en fila sobre la cocinita eléctrica, antes de que venga un apagón imprevisto. No podemos ni aspirar a ingerir una comida caliente, porque en el “bloque” donde la Unión Eléctrica nos ha insertado, casi nunca hay electricidad al atardecer.
Si ya es triste anochecer a oscuras, resulta peor cuando tienes que cerrar todo para que no se cuele el frío y no puedes siquiera ver las estrellas.
Pero hubo un tiempo en que el invierno era dulce. Una lo recibía no solo con alivio, por el contraste con el sempiterno calor, sino porque es la oportunidad de sacar esa ropa elegante que apenas puedes presumir durante el resto del año. Alguna bufanda o chaqueta con swing o hasta botines, si has tenido la suerte de agenciarte un par.
Yo me levantaba feliz porque el frío ponía el pelo más lacio, la piel más tersa… Si tenía una cita, buscaba la forma de llegar al malecón y ver las olas encresparse. El gris del mar y el del cielo eran lo más parecido a una Europa que entonces solo conocía por las películas.
Todavía podíamos soñar. No parecía que todo lo que resultaba sólido a la vista (como esas columnas frente al malecón, roídas por el salitre), esos portales que fungían como refugios de besos y pasiones fugaces, todo lo que nos rodeaba y los asideros construidos en nuestras mentes, se estaba ya desintegrando.
La juventud es feroz, por la pujanza de la sexualidad o de la rebeldía. Hay un exceso de energía que te impide no creer que tendrás el control sobre tu vida. La suma individual de esa convicción es lo que le daba más fuerza al espejismo de que teníamos un país, algo donde se podría fundar un oficio, un hogar, una familia.
En los 1980, a pesar del Mariel. En los 1990, a pesar de los balseros (esas embarcaciones frágiles flotando sobre un mar implacable). Siempre quedaba un rastro de optimismo o de obcecación, porque este lugar sagrado donde naciste y creciste tiene que darte un futuro. Es parte natural de los ciclos sociales y existenciales. Y a pesar de la hemorragia humana, pues ni cuando volvieron a cerrar la salida por mar, en 1994, la gente renunció a irse.
Otros seguíamos insistiendo en darle cohesión a lo que se despedazaba. A pesar de los muertos de frío en el hospital psiquiátrico. A pesar de los derrumbes que abrían heridas en la ciudad, sin bombas ni proyectiles. Brotaban como la manifestación de una metástasis sin freno.
Quizás éramos pocos caminando en dirección contraria a la de la multitud. No sé. Yo crucé el mar como tantos, aunque en avión. Conocí el invierno real, ese donde el agua se congela, y vi la nieve prístina sobre montañas en Utah, antes de desprenderse en torrentes primaverales.
Pasé un frío espantoso a bordo de una embarcación en el Sena, donde una parisiense intentaba mostrarme los relieves en los arcos de los puentes, mientras yo solo pensaba en mis manos congeladas dentro de los bolsillos de un abrigo prestado.
Sin embargo, el frío más crudo en mi memoria sigue siendo el de Cuba.
La traductora de mi primera novela publicada en París, una francesa que vivió un tiempo en La Habana, me dijo que el peor frío de su vida lo había pasado aquí, compartiendo con su novio cubano una frazada que ni alcanzaba para los dos.
También mi padre, que vive en Nueva York desde 1968, me contó haber pasado el frío más insoportable en La Habana, estando en un bote sobre un río, con una muchacha, empapados por la lluvia y sin poder secarse ni cambiarse de ropa. Los cuerpos semidesnudos y ateridos, los dedos arrugados de tanta humedad.
Qué rara la relación con el frío en esta Isla donde predomina el estío y hasta el bochorno.
Recuerdo el intenso frío en las piernas bajo la mesa del aula en la primaria, porque no tenías maillot ni chanclerinas y era obligatorio usar el uniforme con saya. “Un frío circunstancial”, dice mi papá, porque el invierno cubano no es algo serio, aunque debas fregar con agua helada y renunciar a bañarte por carecer de electricidad para conectar el calentador o comerte una cena caliente. Aunque la madera agrietada por la lluvia y el salitre no te proteja del todo y te despiertes temblando en la oscuridad.
El viento afuera emite sonidos que parecen demenciales. Y piensas en los pacientes del Hospital Psiquiátrico. ¿Qué pasará si bajan las temperaturas hasta cinco grados, como dicen que puede pasar? ¿Tendrán ahora frazadas, ropa adecuada, comida caliente dentro de sus cuerpos escuálidos? ¿Qué pueden tener mejor que entonces, si seguro hay apagones y sus gritos se pierden en el vacío de los pasillos?
En este país cualquiera se vuelve loco. Yo misma tengo una lámpara que se mantiene encendida, aunque haya un corte eléctrico. Me levanto desorientada. La luz fija para confundir los días y las noches, la verdad con la mentira.
© Imágenes de interior y portada de Orlando Luis Pardo Lazo.











