Me agarró tarde para pasear a mis perros por aprovechar en la cocina hasta el último segundo de electricidad.
Ahora debo moverme orientándome por el resplandor de la luna, aunque es débil esta noche. Hay demasiadas nubes. Allá, allí chisporrotean luces blancas de lámparas recargables que portan caminantes decididos. Su oscilación me marea y me confunde.
Pierdo de vista la silueta de mis perros sobre el terreno pedregoso salpicado de yerba. Los llamo por sus nombres, mientras me cubro los ojos ante el violento resplandor de una moto que de pronto atraviesa el césped.
Varios jóvenes juegan dominó alrededor de una mesa iluminada con los haces de los faroles de un auto estacionado a unos pasos. Hablan muy alto, jaranean, ríen. Las voces le dan un valor distinto a la penumbra, como si le restituyeran su identidad de comunidad. Disipan el miedo. Vuelvo a reconocer que es la zona donde vivo desde hace casi veinte años.
Otras noches he sentido pavor recorriendo este sendero: solo yo y mis perros, ni un alma alrededor mientras el silencio desciende, espeso y asfixiante. Y pienso en las noticias en las redes: asaltos, robos, asesinatos. Por motos, por bolsos, por celulares. Por desesperación.
Sin embargo, hoy la atmósfera tiene una energía extraña, casi alegre. ¡Ah! y recuerdo que es sábado. Noche de salidas nocturnas, noche de fiesta y de destinos gloriosos asechando en lo incógnito, listos para florecer.
Por eso frente a uno de los edificios algún vecino ha instalado un equipo de música que en la penumbra hace resaltar una espiral de colores, según ascienden las vibraciones de la canción:
Pero no puedo.
Siento que muero.
Me estoy ahogando sin tu amor…
¡Es Maná!, pienso y me acuerdo de la primera vez que oí esa canción, a inicios de los 90. Hace años. Hace siglos.
La melodía concede al ambiente una dimensión nueva, quizás un pedazo de pasado que se filtra y trasmuta todo el escenario en una fiesta real, atestada de cuerpos y de sueños jóvenes, todavía intactos, a pesar de que era el “Período Especial”, la crisis por la caída del bloque socialista, cuando llegaron aquellos apagones y los ríos de bicicletas en la orilla de las avenidas principales: ciclistas inexpertos, piececitos de niños trabados en los rayos de las ruedas produciendo desgarros en tendones, gritos, tal vez mutilaciones.
Me lo contó en voz baja un ortopédico que consulté por ese tiempo, a causa de una lesión en la rodilla por mis clases de danza. Cómo llegaban las madres con los niños en brazos, cómo se escondían bajo llave las actas médicas y las estadísticas.
Y es que bicicletear requiere entrenamiento. Como la oscuridad. Hay que adaptarse a la ubicación exacta de los muebles, adiestrarse en la localización de los objetos, perfeccionar el tacto, sentir las superficies como caminos certeros en esta espera que podría durar 6, 12, 20 horas…
Por suerte, la naturaleza es benigna y dispuso que amaneciera mucho antes.
Observo los pocos cuadrados o rectángulos iluminados. Detrás de cada puerta o ventana en negro, hay alguien que no puede pagar una lámpara recargable y se ha habituado a orientarse en las sombras. Algunos ancianos han caído al piso, ha habido fracturas, tal vez hasta muertes. Pero no importa, porque la oscuridad y el silencio se lo tragan todo.
No hay testigos. La gente es ciega, sorda y muda.
Para qué hablar de la tragedia, si se puede bailar todavía ante este equipo de música donde ahora irrumpe de repente:
I can’t stop the way I feel
Things you do don’t seem real
Tell me what you’ve got in mind
‘Cause we’re running out of time…
Oh, el baile, como el sexo, no necesita más que la capacidad de explorar los cuerpos y el espacio al ritmo del sonido, al gozo de las sensaciones. Agitar los brazos, las piernas y perderse en este momento de libertad total.
Todo se sincroniza. Quién necesita la electricidad en este tiempo perfecto donde no falta nada, si ahora hasta hay equipos de audio que funcionan un buen rato gracias a la batería.
Entre la yerba veo latas de cervezas aplastadas y pequeñas botellas de whisky. Es carísimo el alcohol en Cuba, pero es lo que más resalta entre los desechos esparcidos alrededor de los edificios.
Imagino discusiones domésticas por el dinero que no se gastó en comida. Esa comida que cada noche hay que comer fría porque no alcanzaste gas en la última repartición en el punto de venta. Quizás las voces se exalten y se vayan a las manos, quién sabe lo que ocurre detrás de esas paredes y esos agujeros negros.
Sin embargo, no se escucha nada aparte de la música. Nada en todo el radio que alcanza mi oído. No hay quejas, estallidos de ira, ni llantos de niños. Hoy corre este aire casi frío, pero es así incluso cuando hace calor y pululan los mosquitos.
Es un misterio cómo las madres logran controlar el llanto y la irritación de los niños. Contener las perretas, la impaciencia. Responder las preguntas de por qué sí hay luces encendidas a lo lejos, en esos otros edificios donde siempre hay de noche y la vida transcurre entre cocinas chispeantes y televisores encendidos. ¿Quién decide que seamos excluidos de esa beatitud?
Ahora la brisa sopla tan dulcemente que impide sostener cualquier rencor. Se ha ido sumando gente alrededor del equipo de música. Hoy es sábado y ¿adónde ir si hay apagón?, ¿adónde ir si hubiera luz, con esas calles desoladas de gente y de transporte público?
Si acaso, ves alguna moto eléctrica atestada de azulosas luces que en medio de esta oscuridad parece una nave espacial.
Llamo a mis perros para contenerlos, antes de cruzar una calle donde quizás pase un carro, aunque ahora está desierta. Les digo: “¡Corran!” y corro con ellos contagiándome de la energía de la noche. Oh, saturday night, algún camino debe estar trazado en la sombra para llevarnos a un lugar menos inhóspito.
¿Por qué no? Allá arriba titilan las estrellas que algunos se antojan en llamar los ojos de los muertos, aunque son esferas de plasma con solo el prodigio del equilibrio hidrostático.Es una noche tan hermosa, perfecta, a pesar de este apagón que transcurre con una lenta, aterradora sensación de eternidad.










