Emigrar sin irse o “la patria es un invento”

La emigración suele pensarse como un desplazamiento físico de la persona, una operación logística que implica maletas, fronteras, aviones, documentos, despedidas, etc. 

Sin embargo, desde una perspectiva social, es ante todo un proceso de desanclaje. Un movimiento que no comienza en el cuerpo. Comienza en el sistema de referencias que sustenta la vida cotidiana. 

Emigra quien pierde la correspondencia entre el lugar que habita y el sentido que ese lugar le devuelve. Emigra quien deja de reconocerse en los códigos, en los ritmos, en las expectativas que organizaban su pertenencia. En este sentido, la emigración no es una anomalía, sino una respuesta a hechos y circunstancias: una forma de ajuste ante la fractura entre el individuo y su entorno.

Toda sociedad que expulsa —aunque no lo formule en esos términos—, reorganiza sus afectos, su memoria y su estructura familiar alrededor de la partida. Las despedidas se normalizan, los vínculos se estiran hasta volverse abstractos, el futuro se planifica en otro sitio. 

La emigración deja de ser un evento extraordinario y pasa a integrarse como posibilidad constante dentro del imaginario colectivo. No se trata únicamente de irse, sino de aprender a vivir en tránsito, incluso permaneciendo en el mismo lugar. La experiencia migratoria, entonces, comienza mucho antes del viaje y continúa mucho después de la llegada.

La patria no es un refugio, es una construcción simbólica que exige adhesión. No una experiencia concreta, es una narración que interpela. En ese marco, amar un lugar no implica aceptar todas sus demandas. La pertenencia, cuando se vuelve incuestionable, deja de ser afecto y se convierte en obligación. Esa tensión —entre el arraigo emocional y la libertad individual— atraviesa toda experiencia migratoria.

En Cuba, la emigración tiene múltiples formatos. Está la salida definitiva, la que atraviesa fronteras y mares. Y está también la migración interna, menos “interesante estadísticamente hablando”, pero igual de profunda: el desplazamiento de familias enteras desde el oriente del país hacia la capital. 

Este movimiento no responde únicamente a una promesa económica; responde a una lógica de posibilidad. La Habana funciona como centro simbólico y práctico: concentra servicios, información, redes, oportunidades difusas. Llegar a la capital no garantiza una vida mejor, pero ofrece la ilusión de que algo puede cambiar. En muchos casos, esa ilusión se paga caro.

La paradoja es conocida y, aun así, persistente: quienes llegan a La Habana suelen vivir peor de lo que vivían en sus lugares de origen. Casas más pequeñas, alquileres informales, hacinamiento, precariedad laboral. Y, sin embargo, se quedan. No por comodidad, sino porque el regreso implica admitir que la apuesta fracasó. 

Emigrar hacia la capital es también una forma de postergar el reconocimiento de la pérdida. Se cambia una estabilidad limitada por una inestabilidad prometedora. Se sacrifica el presente en nombre de un futuro siempre aplazado.

Este desplazamiento interno no solo transforma a quienes llegan: altera profundamente a quienes ya estaban. La ciudad y los barrios se vuelven espacios de fricción constante. Se mezclan los acentos, los hábitos, las formas de ocupar el espacio público. Aparecen tensiones que no siempre se expresan con claridad, pero que se filtran en el lenguaje cotidiano.

A los orientales se les llama “palestinos”, una palabra cargada de desprecio y de distancia, usada para marcar extranjería dentro del mismo país. El término no nombra una procedencia: nombra una fobia. Funciona como frontera simbólica, como sesgo tangible de que no todas las personas son leídas del mismo modo.

La xenofobia interna no se justifica por la diferencia cultural, más bien por la incomodidad que genera para algunos, que se sienten superiores por el azar de haber nacido en la capital o cerca de ella. El recién llegado evidencia lo que la ciudad ha dejado de resolver. Su presencia obliga a redistribuir recursos escasos, a compartir espacios que antes se creían propios. 

El rechazo no es solo social; es identitario. Se rechaza al otro porque desestabiliza una narrativa previa sobre quién pertenece y quién no. En este sentido, la discriminación no es un residuo arcaico, sino una reacción contemporánea ante la pérdida de certezas.

Este conflicto se complejiza cuando se observa la composición de ciertos cuerpos de autoridad. No es un secreto que muchos militares de bajo rango y agentes policiales provienen del oriente del país. Llegan a la capital con una función específica: hacer cumplir la ley y, posiblemente, con la intención válida de emigrar. 

Al ser un sector necesitado de trabajadores en toda la Isla, el cual no es apetecible para muchos en general, se convierten en figuras con roles ambivalentes. Para algunos, representan una amenaza; para otros, una vía de ascenso social. 

El estigma se agrava: el oriental no solo es visto como intruso, también es visto como represor o testaferro de limitada inteligencia, que utilizará su uniforme por encima del raciocinio. La ciudad proyecta en ellos su malestar, sin detenerse a pensar en las condiciones que produjeron ese desplazamiento.

La adaptabilidad, en este contexto, se vuelve una exigencia para todos. Para quienes llegan, implica aprender nuevas reglas, tolerar el desprecio, reconfigurar la identidad o chocar con otros cuando no reconfiguran nada, hasta que se adapten unos y otros. Para quienes ya estaban, implica aceptar que la ciudad cambió, que ya no es la misma, que no puede serlo. 

La convivencia se vuelve una negociación constante. Nadie se adapta sin perder algo. Nadie permanece intacto después del desplazamiento, incluso si nunca se movió.

En este punto, la noción de patria reaparece. Sin ser bandera o consigna, reaparece como pregunta incómoda. ¿Qué se ama cuando se ama un país? ¿Un territorio, una lengua, una memoria, una costumbre? ¿O una idea que exige permanencia? 

La emigración —externa o interna— pone en crisis esa idea. Revela que la pertenencia no es un dato natural, sino una construcción frágil. Que se puede vivir en un lugar sin sentirse parte. Que se puede amar una ciudad y, al mismo tiempo, necesitar huir de ella.

La familia es uno de los espacios donde esta tensión se manifiesta con mayor crudeza. Padres que se quedan, hijos que se van. Hermanos repartidos en distintas geografías. Abuelos que aprenden a hablarle a una pantalla.

La emigración fragmenta la experiencia familiar y la convierte en un archivo disperso. Los afectos se administran a distancia, las ausencias se naturalizan. El hogar deja de ser un lugar físico y se transforma en una red de vínculos sostenidos por la costumbre y la nostalgia.

En la migración interna, esta fragmentación ocurre de manera distinta, pero no menos intensa. Familias que se instalan en cuartos prestados, en solares improvisados, en edificios donde no son bienvenidos. Niños que crecen escuchando insultos y no saben por qué ser de otra parte es un “defecto”. 

La ciudad se convierte en un espacio de prueba constante, donde cada gesto es evaluado, cada palabra corregida. La integración no es un derecho: es una concesión siempre provisional.

Volver a la idea de “patria”, entonces, implica despojarla de solemnidad. Pensarla como un mandato sería un error. Mejor es entenderla como una experiencia concreta. Un conjunto de relaciones, de afectos, de memorias compartidas. 

En este sentido, la emigración no es una traición: es una forma de honestidad. Reconocer y entender que el vínculo se ha roto, que la promesa no se cumplió, que permanecer duele más que irse. Esa lucidez, lejos de ser cínica, es profundamente ética.

Recuerdo ahora el núcleo del monólogo de una película argentina. Uno de sus ejes centrales es la búsqueda del hogar moral por encima del físico. El padre le dice a su hijo una serie de ideas acerca de lo que él cree. La esencia no es solo “odiar la patria”, como muchas veces se repite de forma simplificada, sino desmontar la idea de patria como imposición emocional.

El padre le dice en esencia que la patria es un invento, que nadie elige dónde nace, que se puede amar una lengua, una ciudad, una calle, unas personas, pero que la patria como abstracción suele exigir sacrificios sin dar nada a cambio, que se vuelve peligrosa cuando reclama lealtad por encima de la vida concreta.

Es un monólogo antirromántico, profundamente existencial, casi anarquista en la moralidad, no panfletario. Habla más de desarraigo que de política. Porque, sí, llenas de dolores están las partidas. Y tú, también, como yo, recuerdas cuando se fue algún amigo de aula en la primaria, o cuando un socio se mudó de barrio, o cuando te fuiste a la universidad y cambiaste de rutinas y de lugares, o cuando un familiar cruzó fronteras rumbo norte o voló sobre el Atlántico. 

De recuerdos estamos llenos. Hemos emigrado sin movernos, sin irnos a vivir a alguna provincia nueva, sin ser occidentales u orientales, sintiendo o no el desprecio de ser recién llegado o recién abandonado.

¿La patria es un invento? Puede ser. Pero, siempre que sea la que uno mismo ha elegido, la patria sí existe. Eres un emigrante estático o en movimiento, da igual.

Pensar la emigración sin épica y sin victimismo permite entenderla como lo que es: una respuesta humana ante la falta de correspondencia entre vida y entorno. 

No todos emigran por las mismas razones, ni todos llegan a los mismos destinos. Pero todos atravesamos una experiencia común: la necesidad de reconfigurar nuestro sentido de pertenencia. 

En esos tránsitos, se gana y se pierde. Se aprende a vivir con menos certezas y más preguntas. Es el proceso, muchas veces eterno, donde se reconfigura ese “invento” llamado “patria”.













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