—De pie, uso el número cuarenta… Tú sabes, por si caen un par de zapatillas —dijo Pablo con una sonrisa que, solo si quieres, puedes tomar en serio.
Ese día estábamos sentados en la terraza de la Memoria Escénica, tomando café del malo, cuando Christian preguntó:
—¿Ya sabes qué te vas a llevar?
—Sí —respondí, aspirando el cigarro para ganar tiempo. En realidad, no tenía idea—. Por el cálculo que llevo, como quinientos libros y un par de bragas.
Esa noche, al llegar a casa, me esperaban la maleta y esa bendita pregunta:
—¿Ya sabes qué te vas a llevar?
Uno piensa en casi todo cuando le llegan los papeles —el permiso para irse de Cuba—: en la gente a la que tendrás que decir adiós, aunque ellos no sepan por cuánto tiempo; en los lugares que quieres visitar antes de irte; incluso en las cosas que repartirás a los que se quedan. Sobre todo, uno piensa en lo que hará después de cruzar la frontera. Pero a esa hora, casi nadie está pensando en la maleta.
Para mí, aquel universo de tela era némesis y tesoro al mismo tiempo.
En Cuba, como no hay dinero, te pagan con documentos: certificados y premiaciones impresas en blanco y negro.
Y cuando a los veinte años tienes una carpeta tan ajada como los pantalones de un comunista, te das cuenta de que hasta por tirarte un pedo te regalan un título. En esa carpeta se resume tu vida entera.
Me dispuse a hacer el equipaje en privado. Encima de mi cama había un montón de libros medio carcomidos —los recuerdo todos, algún día me llevaré los que quedaron—: La Biblia de Estudio que me regaló mi abuela; La Edad de Oro de ese José Martí que mi padre leía cada noche; las Cartas de Franz Kafka (con dedicatoria de puño y letra de Jhonatan); El Macedonio, regalo de Christian; Picuala, primer libro de validación transexual adolescente publicado en la Isla; Cuarentena, uno de los prohibidos; Pasaporte de Yunior García Aguilera; y El Diablo Ilustrado de mi primer amor platónico: Colectivo de autores.
La cama, con sus sábanas polvorientas, parecía un mapa. A un lado, lo indispensable. Detrás, lo que no podía faltar. Aunque no lo crean, son dos categorías distintas.
Podría decir que no importa, que no valió la pena. Podría contarles que, al final, cuando llegas a la otra orilla, no importa cuántos papeles lleves contigo, cuántas cartas tengan tu nombre, ni cuántos tesoros guardes como símbolo de tu existencia. Porque la vida ya no será la misma y toda la gente que amas quedará atrás.
Pero no puedo.
Porque la verdad es que, cuando llegas a la otra orilla y te bajas de ese avión, sin vida, solo están tú y esa maleta.










