El amor se ha convertido en un lujo que pocos pueden pagar. Hoy Cuba registra una de las tasas de divorcio más altas de América Latina, una realidad asociada, de forma directa, al paulatino deterioro económico que ha vivido la isla.
Desde mediados de 2019, la sociedad cubana enfrenta una crisis económica y social de escalada brutal: inflación, apagones de hasta 20 horas, escasez generalizada de productos básicos y un éxodo migratorio que ya supera el 10% de la población. Este contexto, que muchos expertos describen como “policrisis”, ha permeado todas las dimensiones de la vida cotidiana, incluido un espacio tradicionalmente privado: las relaciones de pareja.
En febrero de 2026, mientras el diario oficial Granma publicaba un artículo titulado Mil y una formas de amar en la adversidad, que exhortaba a la población a “florecer” pese a los “vientos adversos”, millones de cubanos llegaron al día de San Valentín sin la posibilidad material de celebrar. Muchos buscaron soluciones modestas para, como se escuchaba con frecuencia, “no dejar pasar la fecha”. La desconexión entre el discurso oficial y la realidad vivida resulta elocuente. Esa idea de la “resistencia creativa” ha terminado por dañar, de forma profunda, el amor.
El salario medio en Cuba —unos 6505 CUP (aproximadamente 13 USD)— ha sido pulverizado por una inflación que economistas independientes estiman en tres dígitos anuales. Así, el ingreso se convierte en desventaja, sobre todo para quienes dependen exclusivamente del empleo estatal. Esto se manifiesta, por ejemplo, en la imposibilidad de celebrar aniversarios, cumpleaños o San Valentín, fechas que terminan convirtiéndose en lujos inalcanzables para la mayoría.
Otro efecto directo de la policrisis en las parejas es el estrés financiero permanente. La angustia por cubrir lo básico —comida, transporte, electricidad— genera un clima de tensión que erosiona la comunicación y la intimidad, sobre todo cuando se convive. Las discusiones sobre cómo administrar la miseria se vuelven el pan de cada día. “¿Gastaste en aceite lo que era para la leche?” no es un diálogo de telenovela: es el parlamento cotidiano en cualquier casa cubana.
Los prolongados cortes eléctricos —ya archiconocidos y desgastantes—, que pueden extenderse durante horas o días, tienen un impacto menos visible, pero igualmente destructivo, en muchas relaciones. A la molestia natural de vivir en penumbras se suma la falta de espacios a solas: la ausencia de electricidad obliga a las familias a concentrarse en zonas reducidas, a menudo en condiciones de hacinamiento, sin privacidad. Es el momento crudo en que la sala, el cuarto y la cocina se vuelven una sola habitación en plena noche: no hay vela romántica que salve la situación.
En la mayoría de los casos, esto altera los ritmos de convivencia. La incertidumbre sobre cuándo volverá el fluido eléctrico impide planificar momentos de conexión, desde una cena hasta una conversación tranquila. Es bien sabido que el amor requiere pausa y, en Cuba, desde hace tiempo, las pausas las impone el apagón, no la voluntad.
Como señalaba un artículo de Juventud Rebelde, especialistas en terapia de pareja coincidían en que muchas separaciones ocurren sin que las personas hayan tenido, en mucho tiempo, “un instante real de conexión”. La rutina de la supervivencia —hacer colas para cualquier producto, buscar el gas, conseguir el agua— reemplaza la comunicación significativa. En el caso cubano, se ha aprendido a la fuerza que sobrevivir juntos no es lo mismo que vivir juntos.
Sin embargo, la realidad ha mostrado que, si algo ha afectado de manera decisiva las dinámicas de pareja en Cuba, ha sido la crisis migratoria, cuyo clímax se produjo entre 2022 y 2023. La emigración masiva de las últimas décadas, sin duda, ha separado a miles de familias y parejas. Cuando más de medio millón de cubanos han abandonado la isla en los últimos tres años, no hace falta ser matemático para saber que detrás de cada emigrante hay, al menos, una persona que se quedó esperando. El fenómeno migratorio se ha convertido en un “generador cada vez mayor de asuntos donde una de las partes se encuentra fuera del territorio nacional”, según reconoció Óscar Silvera Martínez, ministro de Justicia, ante la Asamblea Nacional.
Las consecuencias de este éxodo abarcan historias personales detrás de cada lágrima; sería superficial reducirlas a un esquema único. Puede decirse, eso sí, que la prolongación de las relaciones a distancia ha vuelto inviables los reencuentros reales. También ha empujado decisiones unilaterales: cuando uno de los miembros decide irse y el otro no puede —o no quiere— hacerlo, el “me voy delante” suele funcionar como epitafio de la relación. La experiencia migratoria transforma a las personas y dificulta el regreso al vínculo. Irse de Cuba y dejar a alguien esperando, tras un tiempo en que los proyectos de vida divergen, suele terminar en una evidencia amarga: quien se fue y quien se quedó ya no son la misma pareja que se despidió en el aeropuerto.
Cuba lidera la tabla de separaciones en América Latina. Con una tasa de divorcio que ronda el 60% de los matrimonios, la isla se mantiene entre los países con más rupturas de la región. Aunque el divorcio ya era elevado en décadas anteriores —herencia de políticas como la Ley del Divorcio Vincular de 1918 y del temprano reconocimiento de la igualdad de género—, la crisis actual ha acelerado las separaciones. El problema, esencialmente, no es que nos amemos menos, sino que sobrevivir en pareja se ha vuelto más difícil que hacerlo separados.
Según el informe presentado por el Ministerio de Justicia al cumplirse un año de la implementación del Código de las Familias, los divorcios figuran entre los asuntos más demandados por la población, junto con las pensiones alimenticias y los conflictos por guarda y cuidado de hijos.
Hasta diciembre de 2024 se habían radicado 34.898 procesos relacionados con el derecho familiar, 4733 más que en igual periodo del año anterior. Este incremento suele interpretarse como una combinación de mayor acceso a mecanismos legales para la resolución de conflictos y un aumento real de las tensiones que conducen a la disolución de vínculos.
En ese contexto, resulta significativo que, mientras los matrimonios entre personas del mismo sexo alcanzaron 1333 (806 entre hombres y 527 entre mujeres), las uniones de hecho afectivas registradas fueron solo 85. Esta disparidad sugiere que muchas parejas conviven sin formalizar legalmente su situación; que la crisis económica puede desincentivar el matrimonio formal por sus costes asociados; y que, aunque no se refleje en las cifras oficiales, el amor en Cuba también se ha vuelto informal.
El 25 de septiembre de 2022, Cuba aprobó el Código de las Familias, un hito que prometía “convertir el amor en ley”. Fue un acto de fe en un país donde la realidad separa y la cotidianidad enfría. Fue, también, una manera de decir: “al menos en el papel, nos protegemos”. Cuatro años después, el balance oficial es positivo, pero el desafío sigue siendo el mismo: pasar del papel a la cama, a la sala, a la vida.
Sobre esa base, y considerando el contexto y los recursos limitados existentes en la isla, podríamos proponer algunas soluciones realistas para la crisis de las relaciones de pareja en Cuba.
En primer lugar, cabría pensar en una implementación efectiva y amplia de servicios de mediación familiar y de terapia breve. El Código de las Familias establece mecanismos de solución colegiada de conflictos y la mediación como alternativa a la judicialización de las disputas; por tanto, estos servicios podrían fortalecerse y expandirse. Si la ley es el mapa, la mediación sería la guía para recorrer el territorio. De ahí podría surgir la creación de equipos municipales de mediación, integrados por profesionales del derecho, la psicología y el trabajo social, con capacitación específica en mediación familiar. También podría contemplarse una línea telefónica de ayuda y orientación, con servicios gratuitos para parejas en crisis, atendidos por personal capacitado, que ofrezca primeros auxilios psicológicos y, si fuese necesario, derive a atención presencial.
Otra vía sería estructurar redes comunitarias de apoyo o “retiros de pareja” de bajo coste. La experiencia del retiro D’a 2, organizado por el proyecto Senti2Cuba, demostró la viabilidad y el impacto positivo de crear espacios de “burbuja para dos”, donde las parejas puedan reconectar sin las presiones cotidianas. Cuatro parejas participaron durante 48 horas en actividades diseñadas para “potenciar afectos, refrescar el goce y hacerse más conscientes de por qué nos elegimos cada día”. Si cuatro parejas pudieron, ¿por qué no 40?
La crisis que atraviesa Cuba no solo vació los refrigeradores: también vació los abrazos, enfrió las camas y convirtió el amor, paradójicamente, en un lujo. Uno más. Las relaciones de pareja, lejos de ser un refugio impermeable frente a la realidad social, se han visto profundamente afectadas por la precariedad material, la migración forzada y el estrés permanente. Las cifras de divorcio y los testimonios recogidos en la prensa oficial e independiente coinciden en señalar que sostener un vínculo amoroso en estas condiciones exige no solo sentimientos y afectos, sino también recursos materiales y simbólicos que escasean. El amor solo no basta. Nunca bastó. Pero hoy, en Cuba, ni siquiera alcanza para empezar.
En estas circunstancias no se necesitan flores importadas: se necesita tiempo, espacio y la certeza de que, pase lo que pase, no se está solo. La pregunta que queda abierta es si existirá voluntad política y capacidad organizativa para escalar estas soluciones a la magnitud que demanda la crisis. Mientras llega la respuesta, millones de cubanos seguirán enfrentando en soledad el desafío cotidiano de amar en la adversidad. Porque, en este país, lo más revolucionario que podemos hacer es querernos bien.










