Lectura obligada para flotillas solidarias

Desde la instauración de la dictadura y la implementación obligatoria del sistema centralizado en 1959, el régimen cubano ha erosionado sistemáticamente, como forma de dominarlo, la capacidad del individuo para generar riqueza propia. 

Al eliminar la propiedad privada y controlar los medios de producción, el Estado se convirtió en el único empleador y proveedor, rompiendo el vínculo entre el esfuerzo personal y la prosperidad. 

Esta política de igualación “hacia abajo” ha sumido a la Isla en una crisis estructural crónica. Según datos recientes del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, el 88% de los cubanos vive en pobreza extrema, subsistiendo con menos de 1.90 dólares al día, lo que refleja un colapso total de la calidad de vida y de la capacidad de ahorro, a un ritmo continuo desde los años sesenta hasta el presente.

El control estatal no solo ha empobrecido los bolsillos, sino también ha aniquilado el desarrollo nacional. La falta de incentivos económicos y la asfixia regulatoria han provocado que sectores estratégicos, como la agricultura y la industria azucarera —antaño pilares del país—, operen a niveles mínimos históricos. 

La inflación galopante, que en el mercado informal supera el 200% anual, ha pulverizado el poder adquisitivo del peso cubano, convirtiéndolo en nada. Esta parálisis económica bloquea cualquier perspectiva de futuro para los jóvenes, quienes ven en el emprendimiento algo inalcanzable y en el Estado un administrador de carencias que no garantiza servicios básicos de electricidad, salud o alimentación.

Como válvula de escape a la presión social, el régimen ha utilizado el exilio forzoso o inducido, así como las crisis que produjeron, drenando el capital humano del país. Solo entre 2022 y 2023, más de 500.000 cubanos llegaron a Estados Unidos, marcando el mayor éxodo en la historia de la Isla. 

Esta pérdida masiva de profesionales y mano de obra, sobre todo joven, no es un accidente, sino una táctica política para desarticular la oposición interna y desarticular el descontento. Sin embargo, el costo para Cuba es devastador: un envejecimiento poblacional acelerado, y la pérdida de los cerebros necesarios para una futura reconstrucción económica, la colocan muy por detrás de ejemplos similares, sobre todo si tenemos en cuenta que muchos de los que fueron obligados a marcahrse no regresarán, al haber creado con el tiempo redes allí donde se asentaron en el exilio.

En la actualidad, se estima que cerca de 3 millones de cubanos residen fuera de la Isla, concentrándose principalmente en Estados Unidos, España y América Latina. A diferencia de la precariedad en que vivían en su tierra natal, estas comunidades han demostrado un dinamismo económico extraordinario. Solo en Florida, los negocios de propiedad cubana generan miles de millones de dólares anualmente, integrándose plenamente en el tejido empresarial de la nación americana. 

Esta realidad desmiente la narrativa oficial del régimen, demostrando que la falta de prosperidad en Cuba no se debe a una incapacidad del ciudadano producto del embargo estadounidense o de factores externos, sino a las cadenas impuestas por el sistema político local.

El éxito de la diáspora ha creado una paradoja financiera: la dictadura sobrevive hoy gracias a las remesas enviadas por aquellos que obligó a irse. Se calcula que el flujo de remesas hacia Cuba oscila entre los 2.000 y 3.000 millones de dólares anuales, convirtiéndose en una fuente de divisas vital para el régimen.

Mientras el cubano en el extranjero acumula patrimonio, adquiere viviendas y educa a sus hijos en libertad, el cubano en la Isla depende de la caridad de sus familiares afuera para cubrir necesidades básicas, consolidando un modelo donde el éxito individual solo es posible huyendo del país donde nació.

A largo plazo, los efectos de esta política de empobrecimiento y destierro hipotecan el futuro. La desconexión entre la riqueza generada por los cubanos en el exterior y la miseria interna acentúa la brecha social y fomenta una dependencia económica insostenible. 

Sin reformas que permitan la libertad económica real de las personas y el respeto a la propiedad privada, Cuba seguirá siendo un país que exporta brazos y talentos, y que consume sus propios recursos humanos con cada vez una menor esperanza de vida, en una sociedad envejecida y con una infraestructura en ruinas que solo la inversión del exilio y de actores extranjeros, con plenas garantías bajo un marco de libertad, podría algún día rescatar de la inopia total en que la ha sumido el régimen que actualmente controla el país.