
Un pudor raro y silencioso se extiende por ciertos barrios, cuadras o edificios que alguna vez representaron estabilidad. La estabilidad mental mayormente se basa en contar con un as bajo la manga. Ese pudor que aparece en gestos mínimos: la señora que escucha un precio y se lleva la mano al pecho, aunque el producto sea insignificante, porque la cifra en miles altera un orden interno que creía garantizado; el hombre que espera durante horas una guagua improbable, convencido de que tomar un transporte alternativo sería admitir que su manera de vivir ya dejó de existir.
En estos barrios (de la mente), muchos descienden sin mudarse. Siguen en la misma casa, en el mismo edificio, frente al mismo árbol o la misma ventana, pero una sensación de desplazamiento los envuelve. Se desplazan de clase alta a media, a media baja, a baja y media, sin cambiar un centavo de sus salarios.
El deterioro social se manifiesta en hábitos que antes parecían incuestionables. Un vecino mantiene el aire acondicionado encendido todo el día para conservar la ficción de una rutina que ya no puede sostener; siempre y cuando la electricidad y su flujo danzante lo permitan. Otra persona deja abierto el gas porque los fósforos le parecen un lujo innecesario. En algunos edificios, antiguos residentes hablan con seguridad sobre economía doméstica o prioridades familiares, aunque ya no dominan ninguna de las dos cosas.
En sus conversaciones late una especie de memoria congelada: actúan como si la actualidad fuera una interrupción temporal y no una nueva configuración de la vida. La ilusión de que “todo volverá a la normalidad” se convirtió en un refugio emocional, una especie de resistencia íntima ante un cambio que ya no pide permiso.
Pero, ¿qué es esa normalidad? Acaso una burguesía maltrecha, sin pies ni cabeza.
Digo “sin pies ni cabeza” porque recuerdo las historias de muchos. Recuerdo las de una vecina que cuando niña daba clases de piano porque su padre decía que la alcurnia familiar no iba a perderse. Recuerdo esos cuentos mientras la veo ya adulta, haciendo la cola del pan en la bodega y protestando por el tamaño irrisorio del mismo.
El espacio físico no se empobrece de golpe, pero va perdiendo su claridad. Y en esa penumbra gradual se reconocen los movimientos de quienes han bajado de escalón sin mudarse de sitio. La casa, que en otro tiempo fue un marcador social, ahora funciona como un archivo de hábitos perdidos. Las cortinas importadas, los muebles que vinieron en cajas de los ochenta, las vajillas que solo se usaban en ocasiones especiales, la de plata en los bordes, sí, la que tu abuelo vanguardia recibió de manos de la misma Celia Sánchez.
Todos esos objetos sobrevivieron, pero ya no representan estatus. Son vestigios de un pasado inexistente. Y eso también es un hecho en esta nueva pobreza, vivir de la nostalgia. Pero, la nostalgia, además de ser la forma más descarada de propaganda, es el trauma del presente.
Porque antes esto no era así; yo con veinte quilos almorzaba…; cuando yo iba a los cabarés…, yo estudié en Checoslovaquia…, y así, y así.
El descenso no siempre es manifiesto. Se nota cuando vemos a las personas calculando el día, pensando en cómo estiran una comida, en cómo posponen reparaciones básicas. Hay quienes mantienen rutinas de lectura, música o conversación. Un modo de aferrarse a algo, como si la cultura personal pudiera funcionar cual salvavidas económico. Desempolvan los tocadiscos para luego percatarse que la aguja sigue rota, como hace seis meses, cuando intentaron escuchar aquel vinilo del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.
He visto cómo algunos ocultan su desconcierto detrás de pequeños rituales: limpiar el mismo objeto una y otra vez, ordenar cajones donde ya no guardan nada importante, revisar papeles que no deben revisar. Actos sin utilidad práctica, pero llenos de un valor simbólico. Como si, al repetir lo conocido, el presente se volviera un poco más soportable.
Es importante añadir que la burguesía y los burgueses son tan rojos como “desrojados”. No hay equidistancia ideológica, pero sí rutinaria. Su parentesco radica en desear volver a una realidad que, paulatinamente y con muchos avisos, desapareció.
¿Sabes que yo vivo en el edificio López Serrano, que era un edificio residencial y uno de los más altos de Cuba antes del 59?
El edificio López Serrano, según algunos vecinos, pertenece a una de las zonas donde más apagones hay en la capital actualmente.
La transformación económica abre paso a una transformación más profunda: la de la identidad. Muchas personas actuaban bajo una forma estable de sí mismas, sostenidas por una red de apegos: creencias, hábitos, horarios, pequeñas seguridades.
Cuando esa red se tensiona, también se tensiona la forma en que uno se piensa. El desapego, tan repetido en discursos espirituales, nunca ocurre en abstracto. Ocurre en la mesa cuando falta algo; ocurre en la factura eléctrica, que se mira dos veces; ocurre en la compra, que ya no se hace; ocurre en la conversación, que evita ciertos temas porque tocar esos asuntos exige admitir un cambio demasiado grande.
Realmente es un trastazo psicológico fuerte para muchos, pero muy alejado estoy de la lástima. El “confort rojizo o desrojado” es muchas veces el sinónimo fatídico del presente.
La pobreza adquirida con los años no es una condición, sino una pedagogía. Un aprendizaje forzado que organiza el día en torno a la “búsqueda”, no a la planificación. Y, quienes están bajando peldaños ahora, no tienen ese aprendizaje previo. Les falta el instinto de la reparación, la intuición del trueque, la flexibilidad del que ha sobrevivido a muchas ruinas.
Se mueven entre colas, precios, apagones y pequeñas maniobras, con una mezcla de disciplina y desbarajuste. Cada decisión parece un enigma, donde te juegas la vida: qué comprar, cuánto pagar, qué sacrificar. La economía deja de ser un sistema externo para volverse un asunto íntimo, casi corporal.
Es curioso observar algunos de estos nuevos pobres defendiendo su antiguo estilo de vida desde los residuos. La casa funciona como el escenario de una representación que ya se terminó. Se enciende el mismo bombillo, se come en platos de plástico para no usar la vajilla elegante, se acomoda la sala con una intención que antes tenía sentido.
Pero los objetos también envejecen. La falta de mantenimiento deja su huella en las paredes, en los techos, en las tuberías. La estética de la estabilidad se erosiona. Lo que antes era un hogar de clase media es ahora un espacio que sobrevive más por costumbre que por recursos. Y, más doloroso aún, hay un empobrecimiento de valores y principios.
No es raro ver al vecino que protesta cuando un nuevo residente —proveniente de un barrio más humilde— llega con electrodomésticos comprados en el mercado informal, porque ese simple acto subvierte una jerarquía que creía eterna. El prejuicio, en estos casos, no proviene de la abundancia sino del miedo. El miedo a dejar de pertenecer a un grupo que ya no existe. Por tanto, se puede observar las distancias que unos establecen para con otros: racismo, clasismo y xenofobia en el país más culto del mundo… ¡Habrase visto…!
En este proceso, el apego se vuelve un obstáculo. No se trata de renunciar a bienes materiales, sino a las narrativas que los sostenían. El apego a una idea de orden, a una forma de moverse por la ciudad, a una seguridad que ya no tiene base.
A veces, ese apego se manifiesta como rigidez. Otras, como melancolía práctica: mantener un gesto de clase cuando la economía ya no lo avala. Algunos dicen recordar la calidad de las hamburguesas en la antigua “Mcdonera”. Otros recuerdan el pan con minuta de pescado de “La Frita del doblar de su casa”, pero ambos tienen hambre hoy.
El desapego se instala con cierta naturalidad cuando ya no queda energía para resistir. ¡Y mira que se ha resistido!
Abundan las personas que, después de años de negación, aceptan la lógica del día a día: vender un objeto, aprender a reparar, pedir ayuda, abrirse a otras formas de ingreso y acostumbrarse al techo con un hueco por la humedad y a su imposible reparación, porque ahora mismo no hay dinero pa´ eso…
Lo hacen desde la resignación y, a veces, desde una claridad distinta: la certeza de que la vida cambia sin pedir permiso y que la identidad, esa estructura tan defendida, necesita ser revisada. Lo que queda, entonces, es una forma más sencilla de morar el mundo, aunque no sea la más deseada.
Quizás lo más interesante de este proceso es que revela un aspecto esencial de la condición humana: la fragilidad de todo aquello que creemos sólido. La clase social, la comodidad, las rutinas, incluso la manera en que pensamos el futuro y, a veces, el presente instantáneo.
Todo puede desplazarse sin moverse del sitio. Los lujos culturales y de alcurnia similar están cambiando. Aunque la casa no cambia; cambia la vida dentro de ella. Y en ese cambio se juega algo más profundo que la economía. Se juega la capacidad de un país para sostener una identidad colectiva, sin que sus habitantes queden atrapados en ficciones que ya no describen nada. La resistencia creativa es una cosa burda, tan burda como “la mentalidad CUC” que muchos desplazados aún conservan.
Vivir en este tiempo implica aceptar que la estabilidad es un recuerdo. Implica aceptar que desplazados somos todos y que, la mayoría de las veces por miedo a no poder expiar nuestros pecados estatuarios a tiempo, culpamos a otros de nuestra dejadez y no aprendemos a cambiar y a evolucionar en esta época.
Los nuevos pobres son un puñado que lentamente se está dando cuenta de su nueva realidad. Bienvenidos al saco infinito y sin agujeros de la pobreza. Bienvenidos los rojos y los desrojados.
© Imagen por Orlando Luis Pardo Lazo.










