Oscar Cruz: Allanamiento a José Kozer

Me crucé por primera vez con José Kozer hará —más o menos— doce años. Ocurrió en una librería al centro de Santiago. Errando entre las mesas me encontré con una selección de cuyo nombre todavía no he podido zafarme: No buscan reflejarse (Editorial Letras Cubanas, 2001). Leí aquel volumen de un zarpazo. Un descubrimiento —si se quiere—, una excavación. Unos poemetos singulares. Un lirismo que cortaba por lo sano sin dejar que lo superfluo maquillara su expresión. Un torrente que reptaba hacia un cubil extraordinario. Estaba ante los rectos de un poeta. Así lo trabajé sobre la corta y la media distancia (tenía largos brazos). Años más tarde registré algunos libros: Semovientes, Ánima, Tombeau, BBBBB160, Índole, Ogi no mato, entre otros. Esas lecturas reafirmaron en mí la admiración. Recuerdo que publiqué un breve poema en Los malos inquilinos (Ediciones Unión, 2008), titulado “En el claro sin bosque”, un franco acercamiento al enrollado kozeriano. Desde entonces entablamos una relación (provechosa) de trabajo. Sus poemas frecuentaron una y otra vez las entregas de La noria. Pero no fue hasta hace algunos días, que la dupla de normandos Jorge Enrique Lage & Joaquín Badajoz me animaron a allanarlo. Un allanamiento para el sitio de Hypermedia. Un par de correos de por medio y al sondeo respondió: “Caro Oscar, te mando este poema de ayer, corregido esta mañana, se me ocurre que pueda, suscitar en parte conversación, abrazos JK”.

Allanamiento

Era una conversación por escrito en la que iban
…..apareciendo dioses griegos,
…..urogallos, ni una palabra
…..del mundo actual: a veces
…..un rey persa en su serrallo,
…..era más lo que descartaba
…..que lo que iba apareciendo,
…..ruiseñores, pigargos,
…..árboles tropicales, los
…..sitios donde vivió, con
…..quienes convivió: ejemplo,
…..ciertas noches andaluzas,
…..moragas, las playas de
…..chinas pelonas y arena
…..negra, los pescadores
…..que se acercaban a
…..mirarles las tetas a las
…..extranjeras, esas sí que
…..eran tetas, robustas y
…..grandilocuentes. La
…..conversación se escribe
…..como quien dice por sí
…..sola, no hay que
…..precipitarse ni dejarlo
…..para más tarde, la
…..escarcha que derrama
…..su magín aparece
…..al instante en la
…..conversación, todavía
…..por escrito no se derrite,
…..el otoño viene frío este
…..año, anoche hubo una
…..primera helada y los
…..campos están de
…..blanco yertos, en la
…..conversación habrá
…..que mirar por la ventana
…..de la sala o el ojo de
…..buey a la entrada y
…..comprobar que viene
…..frío el otoño, campos
…..ateridos. Esplendor
…..de la noche oscura,
…..resplandores de unos
…..mirlos en la blancura
…..del campo, parecen
…..catavientos, va y son
…..aspavientos del caletre
…..de quien suscita por
…..escrito, sin proponérselo,
…..la conversación. Aquí no
…..hay nadie. Son voces
…..pasadas, el ojo algo
…..altanero seduce por
…..mandato la inquietud
…..de una mano que
…..nada sabe cuando
…..responde a un aparato
…..imaginario. Formas que
…..jamás reproducen lo
…..que llevamos dentro,
…..sucesos contra sucesos,
…..la conversación vuelta
…..trizas por escrito, ínfima
…..condición de la escritura,
…..recipiente quebradizo,
…..vehículo insuficiente,
…..elemental condena.
…..¿Qué ojo vive donde
…..la mano muere? En la
…..conversación oír la
…..escarcha crujir, cantar
…..las especies, la noche
…..fustigar a peces y
…..criaturas, y nada
…..suceder que no sea
…..una escritura por un
…..instante propia, agua
…..impropia.

Sabemos que salió de Cuba desde muy joven y que la suma total de su trabajo literario se ha tramado en el exilio. ¿Se considera José Kozer un poeta sin patria?

La pregunta me orienta a dos respuestas, en el fondo la misma: la palabra poeta me repatea, no la asumo; y la palabra Patria me parece un estropicio del lenguaje, dadas las abusivas circunstancias de la Historia de la Humanidad (perdonad las mayúsculas) yo la retiraba del diccionario (me consuela pensar que ambas están por la p de otros vocablos más desfachatados y que puedo asociar al concepto de poeta y de Patria).

Dicho lo cual puedo recurrir a un verso mío que está en “Centro de gravedad”, poema que aparece en No buscan reflejarse, publicado por Letras Cubanas, donde se dice: “Mi Patria es la irrealidad”. Pero debo ir más allá, porque no se trata solo de estos dos términos sino de muchos otros del tipo Amor, Alma, Virtud, Fe, Religión, Civilización (Baudelaire acertadamente la llamó “sifilización”) y que a mi juicio no dicen nada en estos momentos históricos: se han convertido no solo en abstracciones, que siempre fueron, sino en pura retórica de la más baja estofa (estopa): ni para barrer decentemente la entrada de una casa sirven, o al menos me servirían. El daño histórico que ha hecho la abstracción es inenarrable: en nombre de la Libertad cuántos crímenes se cometen, es frase memorable de la Revolución Francesa, una revolución que algunos tildan de burguesa y que cambió el curso de la historia. De ahí salieron los Derechos del Hombre (y por supuesto de la Mujer) pero también salieron, y en general es lo que se olvida, los Deberes del Hombre (y de la Mujer). Yo no como abstracciones, como papas y boniatos y ensaladas verdes y sashimi de pescado o fruta en sazón. Toda otra realidad me repatea, y las abstracciones sirven para acoger lo peor del ser humano, sus interminables discursos retóricos, sus pésimos poemas que proliferan hasta el punto de querer tapar con un dedo el Sol. Es penoso ver adónde hemos llegado en este estado de mentira y fraude, de engaño y autoengaño, se nos estafa como personas y como pueblos una y otra vez, y seguimos erre que erre con la misma letanía de que si Amor Omnia Vincit (por ejemplo, donde en verdad quien vence siempre es Mors, o si no quién).

Por ende, y viendo cómo trancar y afinar una respuesta coherente, no me considero poeta sin patria ni con patria, ni me considero poeta: la consideración a tener en cuenta es la de un individuo que desde muchacho y con unos catorce, quince años de edad, en las afueras de la ciudad de La Habana, en un cuarto de una casa de una calle de un segundo piso de un barrio o reparto moderno llamado Santos Suárez viene haciendo poemas: los hace, no los escribe; los ve ocurrir, no los manufactura; suceden, no los proyecta ni planea; los acumula, no los venera; los olvida, y se olvida de que los ha escrito, lo cual a estas alturas de la existencia de ese individuo es una dicha, una tranquilidad. Una especie de Mar de la Tranquilidad como el que hay en la luna, y que, en ese sentido, durante un corto espacio de tiempo lo tiene ido y fuera de sí, en la luna o en China, o como se prefiera llamar al estado de trance que implica para él la escritura, el quehacer, quizás artesanal, de precipitar o ver precipitarse sobre papel una sucesión, ringla interminable de poemas. Poemas que suscito en parte y que se suscitan mayormente por cuenta propia, y que tras una larga vida haciéndose y haciéndolos (la mano es la culpable, la mano y no la cabeza ni el corazón) son otro aspecto y gloria de la Nada. O dicho casi en cubano: escribí, y me fui.

Hace un par de meses, conversando (rápido y mal) con un amigo sobre poesía cubana contemporánea, abordábamos el caso JK y él me decía: “si Kozer no se hubiera ido de Cuba, no habría producido una poesía con ese nivel de calidad”. De inmediato lo exigí. “Demasiada mala poesía y malos poetas en este país en los setenta”, me dijo. ¿Qué me puede decir al respecto?

El comentario es interesante y me interesa, cómo no. Es un comentario razonable al que habría que poner ciertos reparos: si me hubiera quedado hubiera sido, creo, el mismo tipo que soy, con la tendencia, que no deja de ser cordial, al aislamiento y una soledad que me resulta natural, por temperamento, y que a veces es algo brutal conmigo mismo, y hasta injusta con los demás. Y desde ese aislamiento hubiera ido creciendo a mi manera, y haciendo poemas que tal vez se hubieran ido saliendo del plato, ese plato que es la tradición cubana o de lengua castellana: quizás por igual no hubiera leído a Lezama sino tardíamente, como hice estando ya fuera de mi país: en Cuba, de muchacho, leí a los simbolistas franceses, en pésimas traducciones, no conocí sino mucho después las de Cintio Vitier, pero no leí a Virgilio ni a Carpentier, ni a los poetas de nuestra tradición, fuesen Heredia, Zenea o Casal, a quienes solo leí y creo que bastante mal décadas después. Me tocó otra realidad y otra historia, ni mejor ni peor, sino la que me tocó: y a los veinte años leí a los poetas norteamericanos del momento, Pound y Eliot, Williams y algunos poetas de la Beat Generation (poco me significaron, tal vez porque los tenía demasiado cerca) o Wallace Stevens a quien amo hasta el día de hoy pese a que le pongo ciertos reparos, o a E.E. Cummings, furibundo antisemita a quien sigo queriendo como poeta, y pese a su antisemitismo, que nada tiene que envidiar al antisemitismo de Eliot y Pound (en fin, consabida y vieja historia). A los veinte años de edad leí poesía china y japonesa en las traducciones al inglés de William LaFleur y de Kenneth Rexroth, que me marcaron un rumbo espiritual, vital, que mucho agradezco. A su vez, fuera de Cuba pude ganarme el pan en la dificultad capitalista y hacer una vida que en la Cuba que hasta el día de hoy conocemos como trayectoria no hubiera podido hacer: y eso, claro está, hubiera afectado mi trabajo. ¿Hubiera sido menos independiente? No lo sé. ¿Más dado a doblar la cerviz? No lo sé. Sospecho, conociéndome como me conozco, que no hubiera dado mi brazo a torcer. Y, en consecuencia, bueno, no quiero imaginar lo que hubiera podido suceder. En todo caso, como suelen ser las cosas humanas cuando no tienen nada de divinas, estamos ante una de cal y una de arena: yéndome gané perspectivas y espacios, franjas si se quiere, que me llevaron por ciertos derroteros a hacer un tipo de escritura poética, y de haberme quedado, lo más probable es que ese derrotero sería, en sus resultados, de parecida naturaleza, aunque matizado, tal vez perjudicado, tal vez de distinta invención y materias. Mi caso no hubiera sido distinto al de tantos poetas cubanos que respeto y que han hecho una obra dentro de Cuba y a pesar de los pesares, obra que me parece valiosa y tiene mucho que ofrecer: porque si no cómo se explica la presencia de un Ángel Escobar, un Juan Carlos Flores, un Carlos Augusto Alfonso, una Reina María Rodríguez o una Soleida Ríos. No se fueron y tienen obra, como desde el exterior la tienen Rogelio Saunders, Pedro Marqués de Armas, Damaris Calderón, María Helena Hernández, Rolando Sánchez Mejías y poetas jóvenes como Pablo de Cuba Soria, Legna Rodríguez. Creo que se hace poesía donde quiera se esté y a como sea. Siempre recuerdo emocionado algo que dice Dostoievski en el sentido de que, si se encontrara perdido en el espacio astral y en la punta de un alfiler, por igual se pondría a escribir. Se escribe contra viento y marea, y llevados por la marea y por el viento: la escritura de poemas como la composición musical es un misterioso impulso, élan vital que diría Bergson, y que a duras penas nos podríamos explicar. Por qué pierdes el tiempo escribiendo cosas que nadie puede leer ni va a leer, me decía mamá: y es razonable que lo dijera, y no le faltaba razón, pero sus palabras, nacidas en el fondo del amor (aunque hay amores que matan) no me desanimaban ni le restaban a ese impulso un ápice de misterio, misterio que el poema trasciende y permite su cristalización (va y hasta le sirven de incentivo).

Después de setenta y seis libros publicados y una cifra astronómica de poemas circulando por diversas partes del mundo, ¿cuáles serían los tres títulos que destacaría por encima del resto en esa vasta producción? ¿Bajo qué criterios los escogería?

A la fecha, 76 libros publicados. A la fecha, 10970 poemas. La cifra no me parece astronómica sino modesta. Si se escribe todos los días, con o sin talento (el resultado sería distinto, claro está) y se llega a septuagenario, es lógico que se hayan escrito casi 11000 poemas, ningún misterio ni nada del otro mundo. Nuestro momento histórico lo permite: es posible ganarse mejor el pan que en el siglo XIX, es posible tener mejor salud y vida más larga que hace ciento cincuenta años. Entonces, si Baudelaire, Rimbaud o Mallarmé no tuvieron ocasión de hacer obra extensa y proliferante, nosotros los poetas de hoy en día tenemos esa posibilidad. Que otros no hacen lo que hago, muy bien, yo hago lo que hago, y cuando se me critica por prolífico me encojo de hombros y por así decir, me meto en mi cuarto y escribo más. ¿Desafío? Para nada. Al contrario, parte de un juego divertido (en el sentido de Divertimento) que no es del todo jugarreta sino en el fondo creencia en el acto de escritura poética como actividad amorosa, ligeramente neurótica si se quiere, siempre tarea, fárrago deleitoso, modus operandi, y modo de vida: de vida y no de inmortalidad, uf.

Forzado a escoger tres libros publicados optaría, a regañadientes (¿qué padre amoroso no ama a todos sus hijos?) y casi bajo protesta los titulados Carece de causa, Ánima y Acta. Carece de causa por su fuerza anímica, su riesgo a nivel de lenguaje, la representación doble de la familia en Cuba y Cuba en cuanto familia desastrada y abocada a la Muerte. Libro arduo que recuerdo haber escrito desde una extraña sensación de poder e interioridad que no considero espiritual sino vigor de vida, vida inserta en el propio ego, vida en la que se creen ciertas cosas, vida que pena: por la muerte de los seres queridos, por el país perdido y lejano, por la memoria hecha un colador rezumando más y más desconocimiento a medida que pasa el tiempo. Un libro que me cuesta trabajo volver a mirar, me produce miedo haber empeñado el cuerpo en una escritura fracasada, falsa, que merece la hoguera a la que Kafka quiso relegar su obra. Lo miro ahora porque se está traduciendo al inglés, en Australia, de la mano de Peter Boyle, un poeta e intelectual tremendo que, aunque no maneja el español con total conocimiento, tiene el fino oído del poeta que creo es lo que este libro y parte de mi poesía necesitan. Pero en cuanto terminemos este trabajo, consigamos editor, espero no volver a tener que mirar esos poemas salvo cuando lea alguno en público.

Ánima lo considero libro a destacar por haber sido escrito en trance absoluto, sesenta poemas hechos en sesenta días, cantándolos, arrullándolos y dejándome arrullar por ellos (o tal vez dejando a la mano ser arrullada): resultado, un libro que considero ámbito espiritual, un libro que contiene poemas que me sirvieron para purificar mi espíritu, bastante necesitado de verse lavado a cada rato, dado su estado de deformación y falta de serenidad en que siempre o casi siempre se encuentra. La publicación, que aceptó sacar Fondo de Cultura (México) tiene sesenta textos entre (probable) unos 350. Es una de las series a la que más apego tengo. De paso, debo decir que desde hace dos o más décadas trabajo a la manera de los pintores, escribiendo en series (debo tener más de cuarenta) y haciendo poemas que participan de ese concepto (que para mí implica ir reiterando el mismo título de la serie como modo de decirme una y otra vez que la obra, toda obra, está siempre incompleta y es siempre imperfecta, y que hay que escribir una página más, otro poema, otra composición a ver si por una vez, solo una vez, diablos, acertamos, y alcanzamos el alto grado de perfección que el Arte merece).

Acta, por último, lo incluyo por ser un homenaje a la muerte de mi madre; de nuevo son poemas escritos día a día, uno tras otro y sin faltar un solo día a raíz de su muerte, y a partir del día de su fallecimiento (fue la primera vez en mi vida, siendo yo un viejo, que vi morir a un ser humano, y resultó ser mi madre): poemas de enfrentamiento con la muerte de la propia progenitora y con la Muerte en su mayor amplitud posible: la suya, la propia venidera, la de todos los seres humanos y la de todas las criaturas (la de Dios no porque, según dijera cierto filósofo, ya está muerto). Un libro terrible, arduo en su lectura, libro por cierto que ha pasado bastante desapercibido, creo por dos razones: la editorial (Aldus, de México) apenas lo distribuyó (quedó por cierto bellamente publicado) y por la dureza del contexto de todos y cada uno de sus poemas. Tal es así que en los años que Guadalupe y yo llevamos juntos, años en que numerosas veces comparto a diario con ella poemas escritos el día antes de haberlos corregido, por primera y única vez, al empezar a enviarle poemas de Acta (los envíos salen de mi computadora a la suya, o sea desde mi cuarto contiguo de trabajo a la sala donde ella lee y está con su computadora) me pidió que no le mostrara más poemas de ese libro, que le dolían demasiado y le hacían daño: cosa que por supuesto respeté, dejé de enviárselos, y ese libro, cuando llegó de México, lo miró contenta dada la belleza de la publicación, lo hojeó unos momentos y nunca lo leyó.

En los últimos meses el gobierno cubano ha dado algunos pasos hacia una posible “apertura” en determinados ámbitos sociopolíticos. Imaginemos que en materia literaria ocurra lo mismo y permitan entrar al país y reconozcan la labor de escritores que en algún momento por X o por Y, abandonaron la isla. Imaginemos que decidan cambiar la postura imperante y le ofrezcan a José Kozer el Premio Nacional de Literatura. ¿Estaría JK dispuesto a recibirlo? ¿Por qué?

Hasta hace poco la idea de recibir un buen premio literario me rondaba. Algo cambió en mí no hace mucho y me orientó por el camino de no desear premios de ninguna índole: me resulta penoso pensar en la “política” marrullera de los premios, sus jurados oficiosos, incompetentes y, en general, bastante ignorantes del material que juzgan o más bien sojuzgan. He colaborado como jurado en un par de premios donde he sido testigo de una honestidad a la hora de dirimir un premiado, y en ese contexto he visto diferencias de opinión, pero no marrullería y sandez. Sin embargo, eso que debiera suceder siempre es rara avis. De manera que en principio doy la espalda a la idea de recibir premios literarios. Preferiría sacarme la lotería, lástima que jamás la juegue (no me gusta despilfarrar mi dinero). En el caso del Premio Nacional de Literatura de Cuba, cuando por primera vez surgió el tema, me mostré por completo renuente a aceptarlo, y aducía dentro de mí razones políticas y éticas. En una ocasión, conversando con otro posible candidato al susodicho Premio, coincidimos en que ni él ni yo lo queríamos, y tiramos el asunto a broma diciendo que quien lo merecía era el otro, más que por convicción como broma de que aquello era una fatalidad más que un beneficio, una pesadez y un lío más que algo que podría hacerle un bien a nuestro país.

Han pasado unos dos años desde entonces y si en estos momentos se me concediera ese Premio lo aceptaría. ¿Qué ha cambiado? ¿La circunstancia política de Cuba? Desconfío. No creo haya cambiado más allá de una superficie que sigue siendo maniquea y aparente. Tampoco soy yo quien ha cambiado. ¿Entonces? Se trata de la realización de que aceptar ese Premio le haría un bien a numerosos poetas cubanos que viven en la Isla o en el destierro, y que el hecho abriría una brecha, tal vez una amplia compuerta, al menos un ventanuco en el aire viciado de la política cubana, y podría entrar un viento nuevo, un céfiro más agradable y pacífico que permitiría alentar ciertas esperanzas de un verdadero cambio, profundo, más permanente y justo. Puede que me esté chupando el dedo, puede que inconscientemente sea yo un deseante que se oculta a sí mismo ese deseo, pero al menos tengo la convicción que la aceptación de ese Premio facilitaría algo el proceso de recomposición (reconciliación) del país, facilitaría un poco la posibilidad de sentarnos a dialogar sobre “nuestros asuntos”. Y por ese camino rectificar situaciones que ya hartan, y que es hora de enderezar (entre otras la definición de soberanía, de revolución, de visión social y económica).

¿Querría ver su poesía reunida publicada en Cuba?

Por supuesto: el país de origen es el lugar idóneo para ser publicado. Parte de la tragedia del exilio cubano es que los escritores, y en general todos los creadores, perdieron su lugar natural donde ver la propia obra publicada o expuesta y así divulgada. No voy a entrar en detalles, sería el cuento de nunca acabar, especie de cuento de la buena pipa, pero pocos saben en Cuba y fuera de Cuba (sobre todo entre las generaciones más jóvenes) lo que implicó para un poeta, un pintor, un novelista desterrado cubanos, en las décadas de los sesenta a los ochenta, tratar de dar a conocer su trabajo. Era dar palos de ciego, carecer del sitio normativo donde intentar ser editado, verse una y otra vez rechazado, lisa y llanamente por ser un cubano que se había ido, un cubano que en cierta medida no merecía ser considerado cubano, y ser visto, fuese cual fuese su visión social y política, como un enemigo, un retrógrado, un recalcitrante: éramos el gusano, y luego el o la escoria, y más adelante hasta el día de hoy el apátrida, el que se encuentra en el “exterior”. El que no merece, más bien desmerece, y se estableció, para la conveniencia de muchos mediocres e ineptos, obtusos que se las daban de revolucionarios, una maniquea concepción de lo cubano: los que se fueron éramos todos de derecha (no lo soy) y los que se quedaron mayormente de izquierda (no lo son). Y claro, a la hora de presentar lo propio, todo se hacía cuesta arriba. Esto ha cambiado, es cierto, pero no se crea que del todo, hay que ver, por ejemplo, como todavía en el mundo académico de hoy se invita a gente que no vale un pepino porque viven en Cuba y no se invita a gente necesitada y que considero valiosa porque vive fuera del país. Un resultado de esa situación es que la mayor parte de los buenos poetas que conozco y leo, cuando tengo acceso y tiempo, tanto dentro de la Isla como en el exterior, son marginales, están marginados dentro y fuera, dentro por el mismo Poder que alza a los más mediocres, con prebendas y canonjías, y fuera relegándolos a recibir pocas invitaciones so pretexto que viviendo en el mundo capitalista no están necesitados, o que viviendo fuera de Cuba desmerecen de ser invitados, casi se diría, como “castigo”. La hipocresía de muchos académicos europeos y norteamericanos es impresionante, y con el tiempo saldrá a relucir, y la balanza que se inclina todavía hoy a un lado, tal vez encuentre su fiel. Lo justo sería que las invitaciones surgieran con base a la calidad de esos poetas, y no al lugar escogido para hacer una vida: lo justo es que se inviten a los unos (de dentro) y a los otros (de fuera) en igualdad de condiciones, lo cual dicho sea de paso mejoraría el diálogo y el conocimiento mutuo de esos poetas que ahora, sentados a una misma mesa y compartiendo tiempo y espacio, tiempo y situación, mejor dialogarían, y podrían hacerle mucho bien tanto a la poesía, y a la propia poesía de cada cual, como al país.

¿Cuál es el poeta cubano que más lo ha influenciado?

Ninguno. No tengo que yo sepa influencias de poetas cubanos. Me influye, eso sí, lo cubano, pero no un poeta concreto. Y no, Lezama, a quien respeto profundamente, no sé si lo amo, pero respetarlo lo respeto, no es en mi obra una influencia. Primero, porque lo leí tardíamente, tendría yo mínimo ya cuarenta años de edad, y estaba bastante formado como poeta con estructuras y voz bastante propias, como para verme influenciado por Lezama. Y segundo, porque tanto de joven antes de salir de Cuba como luego al irme, y hasta mis cuarenta y pico años de edad, no fui para nada lector de lo cubano. Salvo Martí, que leí primero por obligación y luego por amor, no leí apenas nada cubano. Soy un desconocedor, hasta el día de hoy, de la literatura cubana. Y desconociéndola como la desconozco, imposible estar influenciado por nadie. Carpentier, cuando lo leí, sobre todo en su Viaje a la semilla, su Concierto barroco o El arpa y la sombra, me impactó, en el sentido de lenguaje otro, de un lenguaje cincelado, en extremo preciso y cuidado, lenguaje concentrado y denso, a la vez idealmente legible y capaz de expresar diversos niveles de realidad simultáneamente. A modo de tratar de entender (y entenderme) opino que, en mi caso, a la hora de hablar de influencias, habría que atenerse a todos los escritores que día a día, a lo largo de una vida, y desde los quince años de edad, he ido leyendo: hasta el día de hoy, el libro que leo, la música (clásica) que escucho, la materia que me rodea desde la inmediatez de lo visible y lo palpable, todo lo sensorial auditivo, olfativo que me circunda, ingresa y se integra en el poema que estoy haciendo, influyéndolo. De manera que todos los autores leídos, y son numerosos, me han influido y seguirán influyendo. Cuántas veces no escribí con Proust a la mano, con Dickens o Balzac, con Vallejo o Borges, Arguedas o Huidobro a la mano. A todos todo lo debo, y a todos por igual he ido dando cabida en mi mundo poético: a los poetas chinos y japoneses clásicos, a los hebreos o los persas, a los latinoamericanos o norteamericanos, sin prejuicios, o quizás desde el único prejuicio en el que creo, el de lo que considero el valor y la calidad de una obra.

Es notable en su poesía una constante explotación de lo cubano desde todas sus aristas, una voluntad de registrar vivencias, lugares, olores, dándole a su escritura un profundo cariz autobiográfico. ¿Cree que el hecho de no haber estado en contacto directo con la lengua viva del pueblo haya afectado en alguna medida ese proceso?

No hay biografía en cuanto tal, hay aproximaciones biográficas. La poesía biográfica es en gran medida puro mito, uno más de tantos. Todas esas vivencias, lugares, olores cubanos de la pregunta son tergiversaciones, realidades diagramadas desde la memoria hacia esferas poéticas donde todo se vuelve entresijo y confusión de elementos, a medias conscientes, a medias inconscientes, siempre inconclusas, bastante irreales en cuanto hechos, acontecimientos: amo Cuba, amo el particular acento habanero que heredé y en el que me crié y malcrié, amo el habla y la lengua cubanos, y desde ese amor o amores he ido configurando una realidad que no me atrevo a llamar biográfica, dado que sus lugares son reales pero a la vez se encuentran deformados por la memoria y el transcurso del tiempo, mucho tiempo, de manera que mi Santos Suárez o aquella casa en la que crecí, con una hermana menor y los padres, es un reparto que habita en mí mudando y reverberando todo el tiempo, y la reverberación, la calima que lo cubre y encubre es lenguaje, y por encima de todo lenguaje. Haberme ido del país con veinte años de edad implicó y aún implica mucho: pérdida del idioma oriundo, crecimiento de mi español como excrecencia viva de diversas maneras del castellano, un comportamiento lingüístico en mí bastante enrarecido, un uso de preposiciones, por solo dar un ejemplo, en que creo advertir la rozadura, el manchón del yidish y de mi infancia judía entre cubanos, mi infancia cubana entre judíos: súmese el estar fuera casi ya cincuenta y cuatro años, y que ese estar fuera entraña el contacto (contagio) con hablas de toda América Latina, así como de España en sus diversas variantes regionales: todo esto se ha vuelto arroz con mango, tortilla de componentes diversos, a veces creo que demasiado diversos, y lo digo porque me extraña, y bastante, no haberme vuelto loco entre toda esa experiencia lingüística, tantos lenguajes en mí. El de mi madre, algo postal y muy habanero, el de mi padre que es retorcimiento yidish vuelto español, el de los amigos del barrio y del colegio, el de la multiplicidad de los sinónimos, la de los giros que se incorporan en la circulación sanguínea imperceptiblemente, y luego se trasvasan a los poemas (imperceptiblemente): híbrido todo, tal vez auténtica modernidad. Un poema entonces contiene andalucismos, algún juego que se divierte transformando un término yidish al español, y contiene vocablos peninsulares, chilenismos, peruanismos, cuánto más y qué sé yo. Nada de esto me desvela, al contrario: se hace y me alejo de lo hecho, sin prestarle más de la debida atención. No viene ya del esfuerzo, es para mí puro Zen, casi kensho o satori, sucede y se arregla por su cuenta y manera, yo copio, casi plagio, y si alguien me dice que grifo es palabra no cubana, que debe decirse pila, podría contestar (no contestaría) que también es pluma y canilla y más. Me zafo de todo eso, que es zafarme de mí mismo, y a otra cosa, mariposa.

Mi contacto con la lengua, en el contexto que sea o haya sido, es un contacto, entre otros, libresco, hecho de imaginar y contabilizar ringlas, ristras de palabras, enumerarlas, disfrutarlas, y no temer su uso, cuando la liebre salta, en los poemas. Termino un poema con el término “subuso”, o con el verbo “ñampear” (ñampiar) y qué. No es asunto de rescatar nada, es más bien necesidad, y ni siquiera, es más bien aceptar el salto de esa liebre que se integra en un momento dado al poema que se va gestando y que al aparecer yo acato, sirvo de instrumento, de mano en activa receptividad. No obligo al lenguaje, no lo dejo obligarme, y nos llevamos, quizás sin entendernos, bastante bien. Ah qué vida extraña, qué difícil es todo esto, qué enrarecida ha sido mi existencia desde niño, y cómo agradezco todos los cambios, suaves o abruptos, que me han tocado vivir: cada dificultad me trajo poemas, cada atrocidad que vi ahí afuera en el mundo reaccionó en mí mediante poemas, cada dicha que sentí dio poemas, cada hora al lado de Guadalupe, poemas. Hace poco le dije, y era medio en broma: a qué no sabes cuál es la palabra que más aparece en mi poesía. No sé, me contestó. Y yo: aparte de palabras chiquiticas, preposiciones, pronombres personales o relativos, la palabra que más aparece en mi poesía es Guadalupe. Y meses después va y le digo, sabes qué, pasaste a segundo lugar, la palabra que más abunda en mi poesía es Cuba. Ahora, estadísticamente, no sé en verdad cuál de las dos aparece más.

A ratos da la impresión que muchos autores que en Cuba produjeron una literatura de valor, digamos, en sus primeras entregas, cuando van al exilio se adentran en un proceso de degeneración continua, como si no pudieran resolver internamente, el conflicto que representa la desconexión a que se han sometido con el entorno que les servía de magma creativo y su incorporación a una nueva maquinaria territorial. ¿Cuál sería su visión del asunto?

Al salir de Cuba mi instinto me orientó hacia Nueva York, no se me pasó por el magín irme a vivir a Miami. A los veinte años me encontré con una situación de vida nada fácil, pero peché con la circunstancia, y hoy veo con buenos ojos que a pesar de los pesares hice bien: me adentré en un mundo complejo, que exigía realismo, imponía realidades a veces para mí, como cubano, muy desconocidas y difíciles de aceptar. Hice de todo: vendí diccionarios y algún medio kilo de marihuana, fui camarero y cantinero, vendí avionetas durante tres años en Wall Street, fui tarugo de biblioteca en la Universidad de Nueva York, con un sueldo miserable y un trabajo que apenas exigía ya que era un majá en todos sus aspectos, pagaban pésimo, pero uno se escabullía todo el tiempo del trabajo, y leía a escondidas en los fosos de la biblioteca. Hice una enloquecida vida bohemia, alcoholismo, buenas hembras, amigotes, horas de conversación jugando póquer en largas noches de bebedera en el Village, vida entre pintores y poetas norteamericanos (mayormente) vida en inglés. Las consecuencias fueron múltiples y en otras entrevistas las he narrado, en parte; en buena medida están relatadas en mis diarios de aquellos años, en última y tal vez primera instancia concluyo diciendo de esta decisión y de esta experiencia que me sirvió para zafarme del gueto cubano de Miami, y por otro camino creo haber hecho una vida si es cierto que difícil y sin apoyos, solitaria y llena de asperezas y penosas dificultades, enriquecedora, y que me permitió crecer a mi manera, hacer mi poesía a mi manera, y sin deberle nada a nadie ganarme el pan y pane lucrando escribir, ya que me organicé de manera que siempre pudiera escribir (poesía). Y en ese sentido mi existencia fue distinta en buena medida de la de quienes se refugiaron, digamos, en la comodidad del grupo, formando parte de la tribu, y cayendo en la trampa (así la considero) del mutuo autobombo y el facilismo o la facilidad del quid pro quo, con un publícame y léeme que yo te publico y te leo, todo esto entre cuatro gatos. Me entristece pensar en amigos que no ninguneo hasta el día de hoy, que se empeñaron en ser grandes y reconocidos poetas y que ahora, septuagenarios, no tienen publicaciones ni obra que merezca, pero qué le vamos a hacer. En esta fiesta del poeta inmortal entran pocos: el Siglo de Oro español no cuenta sino con un par de docenas de nombres álgidos, cuántos postularon a la inmortalidad no lo sé, pero fueron muchos, muchos más que los que han quedado. Aprovecho para decir que eso de la inmortalidad lo digo con pizca de sal y sin tomarlo en serio: al respecto me gusta lo que dijera el papá de Woody Allen, según Woody Allen, y es, referido a la muerte propia: what do I care? I’ll be unconscious.

Parte del problema es que en las últimas décadas del siglo pasado y sin duda en este siglo desastrado que acaba de empezar, la vida se ha vuelto plural en extremo, múltiple por los dieciséis costados, y ser poeta en estos tiempos exige una apertura espiritual y emocional, lingüística y de visión que no creo se puede asimilar y procesar haciendo vida de gueto. Puede suceder, qué duda cabe, y hay ejemplos cubanos a los que podría aludir, pero en general el poeta del momento tiene que correr todos los riesgos, al menos muchos más riesgos que el poeta de antes. Agrego, y es lo último, que muchas voces cubanas que se atrofiaron en el exilio, probable no hubieran llegado a nada con o sin exilio, con gueto o sin gueto, todo esto de la culminación de una obra es bastante misterioso, y va desde el poeta que alcanza la inmortalidad con un solo poema (Jorge Manrique) hasta el poeta que sostiene una larga obra en circunstancias adversas (William Blake, por dar un ejemplo entre cientos).

¿Por qué la poesía y no la prosa como principal instrumento de intervención?

De muchacho empecé escribiendo prosa, una novela, que luego de escribir unas treinta páginas me di cuenta que ya había sido escrita por otro (Anatole France) muy parecida a la que se me había ocurrido y que titulé Historia de la prehistoria (tengo el manuscrito conmigo): sentí que aquello implicaba un rotundo fracaso, y por defecto, necesitando escribir, necesitado de ser escritor, opté, qué remedio, por hacer poesía. Y por ahí enfilé. Escribí cuentos cortos que por ahí andan y por seguro son bastante pobres. En alguna ocasión recuerdo que me lancé a hacer una novela, una en concreto me puse a escribirla arrolladoramente, y cuando llegué, pongamos, a la página sesenta, se la mostré a Guadalupe.  Su respuesta fue contundente: escribir sabes, pero esto no sirve para nada. Si mal no recuerdo la tiré al latón de la basura. Así, la respuesta a esta pregunta se cae de cajón: la prosa no se me da en cuanto creación. Puedo recurrir a la prosa en ensayos, diarios personales, respondiendo a entrevistas, contestando cartas o emails, pero a nivel de creación, no soy capaz, no tengo ese particular talento, ni la paciencia que escribir una novela exige. Observo que cuando escribo un poema estoy interesado todo el tiempo que dura la escritura, inmerso por así decir en el texto y lo que ahí se va suscitando; sin embargo, cuando escribo prosa, además de ponerme nervioso, no me engancho, al rato me aburro, pierdo la paciencia que tengo para iniciar y completar un poema, y a medio camino ya tengo ganas de dejar lo que escribo, soltar la pluma y ponerme a hacer otra cosa. Eso, evidente, es señal de que la prosa a nivel de creación no es lo mío.

¿Cómo ha sido su relación durante estos años con la poesía cubana hecha en Cuba? ¿Qué autores y tendencias le resultan más interesantes?

Tengo buenos amigos poetas en la Isla. Sobre todo, entre los jóvenes. Respeto a varios, y creo que los que me interesan van dando y darán la talla. Imagino que sus vidas personales son difíciles, pero en general lo que leo de ellos me interesa, sobre todo los poetas más densos y arriesgados, poetas donde el lenguaje prolifera en retóricas novedosas, anacolutos inesperados, magma abierto y de aspecto trajinado y raído del que en la lectura no se sabe nunca qué esperar. No son poetas normativos sino de la ruptura, una ruptura que muchas veces rompe con rupturas anteriores y que en ese sentido va forjando una poesía nueva y distinta que me parece interesante. No quiero acudir a nombres, las listas acaban siendo incompletas, penosas, a veces injustas, pero estoy convencido que hay unas dos docenas de muy buenos poetas en estos momentos en la Isla, y eso me produce una íntima alegría.

¿Qué tipo de escritura prefiere leer?

Leo vorazmente desde muchacho, y desde la década de los setenta leo todo el tiempo en español y en inglés, alternando idiomas. Leía antes de todo: ensayo, teoría, cuento corto, novela, poesía, ciencia, lo que rara vez leía y no sé por qué era teatro y ciencia ficción. Desde que me jubilé (1997) de mi trabajo universitario leo a diario unas seis horas promedio (en el último año solo tengo tiempo para leer unas dos horas día) y en general me centro en dos tipos de libros: los relacionados con literatura china y japonesa, en particular mucha literatura budista y Zen budista, y las biografías de escritores que me apasionan. En estos días ando de regreso a los trascendentalistas norteamericanos y leo todo lo que encuentro (en general en inglés) sobre Thoreau, Melville, Hawthorne, Margaret Fuller, y, por otro lado, estoy empezando a regresar, a nivel biográfico, a escritores como Coleridge, que de nuevo me apasiona. Todo lo que leo me influye: influye, ya lo he dicho, el momento mismo de gestación del poema que escribo y a la vez influye mi vida interior cotidiana, en el sentido que a veces paso horas imaginando para mí que hago la vida que hiciera un Coleridge, en el sitio donde la hizo (la zona de los lagos al norte de Inglaterra) y todo eso me hace dichoso, me da vida. Me permite a los setenta y seis años de edad (curioso, con 76 libros publicados, como si hubiera publicado un libro por cada año de vida) comportarme interiormente como un muchacho de veinte años caminando como un bohemio del brazo de una amada (parafraseo unos versos de Rimbaud).

¿Cómo ve la poesía cubana contemporánea en comparación con otras poesías del continente?

En ambos contextos hay buenos poetas y mucha basura, hay además una sobrevaloración de la poesía actual en lengua española, tanto en la Península como en América Latina. Hay voces verdaderas y quizás memorables, no son muchas, el tiempo dirá; el momento es bueno, bastante álgido, sobre todo entre los jóvenes (por joven entiendo escritores entre veinte y treinta y cinco años de edad, más o menos). Pero se cuentan con los dedos de las manos y pies, y puede que sobren dos meñiques. Lo que me resulta grato es que muchas de esas voces reconocen la importancia de Medusario, de poetas como Deniz, Haroldo de Campos, Lezama, Belli, y otros más jóvenes como Echavarren, Espina, Leminski, Wilson Bueno, Marosa di Giorgio, y algunos que no configuran esa antología o muestra de poesía como Lorenzo García Vega, Josely Vianna Baptista o Carmen Berenguer.

La poeta Soleida Ríos tiene un proyecto que consiste en plantar el bosque de la poesía cubano. ¿Si le dieran chance de plantar los diez primeros árboles a qué poetas convocaría?

El proyecto es de Soleida, a quien amo como persona y como poeta. Prefiero no opinar al respecto, por ignorancia propia y porque sería interferir con su magnífica idea.

A punto de cumplir 76 años, cuando mira hacia atrás, ¿cuál es su mayor satisfacción?

Guadalupe.

 

Dechado

Nos consideramos Realeza, todos con la marca
…..en el glúteo derecho, y
…..todos capaces de
…..aportar un corcel
…..blanco a la hora de
…..la petición: depositar
…..la fianza de acuerdo
…..con el peso del
…..Soberano, confundir
…..a propósito la Gorgona
…..con el pulpo que ha
…..caído en la red de un
…..pescador a quien
…..identificamos de
…..inmediato con
…..Poseidón. ¿Error?
…..Lo dirime quien se
…..separa, da la espalda
…..a Perseo de la mano
…..de Dánae, decide (acto
…..de conciencia) desechar
…..los mitos, y esta vez,
…..quizás por una vez
…..sola, jurar y perjurar
…..no volver nunca más
…..a embriagarse.
…..Experimentar la
…..espuela, la picadura
…..de la distinción que
…..separa, retener al
…..copero real para que
…..le sirva hasta la
…..madrugada, no
…..dormir el resto de
…..la noche, y al
…..despuntar el día,
…..tras oír al gallo,
…..reconocer los
…..primeros aromas,
…..tiritar un rato más
…..entre las sábanas,
…..desperezarse, realizar
…..sus abluciones con
…..rigor (milenario) salir
…..a recoger la primera
…..cebada madura,
…..aquilatarla, y tras
…..escoger la mejor
…..parte llenar hasta
…..el borde el cubo de
…..hojalata abollado,
…..evitando se pierda
…..un solo grano, y
…..llevarlo colgado
…..del brazo derecho
…..hasta la línea del
…..horizonte (el reino)
…..la entrada, el salón
…..de recepciones, y
…..entre voces altaneras
…..depositarlo al pie del
…..Soberano, temer la
…..muerte por decapitación:
…..aquello no era ni dádiva
…..ni diezmo, no era ofrenda
…..ni tributo, y sin embargo
…..sabía que sería aceptado,
…..los ojos aguados del
…..Monarca eran el indicio
…..de dioses esperando:
…..no habría servidumbre
…..tras la Muerte, el cetro
…..y la corona se
…..multiplicarían, un
…..grano de cebada
…..alcanzaría idéntica
…..forma, color y peso
…..de una pepa de oro,
…..y el oro tendría el valor
…..de la hojalata: el poder
…..nutritivo de cinco panes,
…..cinco multiplicándose
…..ahora peces, en un
…..platillo de la balanza
…..podría estar su cabeza
…..entre las cabezas de la
…..Realeza, el otro platillo
…..vacío. Y todo al fiel que
…..sería estar o no muerto.
…..Lluvia de oro, cabeza
…..que rueda cercenada,
…..hoz de acero, y ciertos
…..inmortales convertidos
…..en piedra. Aquel que se
…..había separado, ese
…..que se escabulle al ser
…..señalado, se sienta al
…..pie de los hornos, se
…..da a la tarea, y tras una
…..espera cronometrada,
…..ajeno a querellas y
…..malentendidos, extrae
…..la primera hogaza de
…..un pan de cebada que
…..deja enfriar, protege
…..con papel de plata, y
…..va distribuyendo
…..pez y pan, pan y
…..evocaciones al Rey
…..de Reyes, al Oculto, el
…..Iletrado: guiñapo y pobre
…..diablo en las Alturas. Ese
…..que nuca mengua en
…..cuanto crece, por Dios
…..si es un pan. Una migaja
…..suya nutre naciones, un
…..cabello las enreda en
…..especulaciones, y las
…..viste: todos ataviados
…..entre atriciones
…..(reconvenciones) se
…..verán coronados,
…..rodeados de doncellas
…..ejecutando gallardas,
…..caerán extenuados para
…..dormir abrazados entre
…..balas de heno a sus
…..mujeres: ya no se
…..apartarán nunca más,
…..fuera sumas y fuera
…..restas, celebrarán al
…..unísono y con un solo
…..gesto (de consuno) la
…..concentración, las
…..largas pausas, la
…..vista puesta en
…..candiles de agua
…..encendidos.