Zurelys López: Las palabras mienten con sus verdades

El mejor gobierno es aquel que gobierna menos.
Consigna de la revista United States Magazine and Democratic Review, 1837-1859.

Su obra es una de las más importantes de la literatura cubana contemporánea. Escritor, editor, traductor y crítico, Edmundo Desnoes nos deja en sus novelas el singular testimonio de una época marcada por grandes cambios sociales. Sus profundas reflexiones sobre la relación entre el individuo y la sociedad, entre la libertad y el compromiso, y su maestría para desnudar los conflictos psicológicos de sus personajes han quedado plasmados en títulos como: No hay problema (1961), El cataclismo (1965). Memorias del subdesarrollo (1965) y Memorias del desarrollo. Una literatura social y reflexiva, encaminada a resolver sitios en el pensamiento del hombre.

¿Cuándo descubrió su vocación por las letras?

Todo empezó, en mi tierna infancia, con mi pasión por las letras de las canciones y boleros. Me asaltaban en el tranvía, cuando iba al colegio: “Voy por la vereda tropical, la noche plena de quietud, con su perfume de humedad”, o mientras orinaba: “Y al mar, espejo de mi corazón, las noches que me ha visto llorar, la perfidia de tu amor”. O mientras jugaba en un oscuro pasillo, con Gloria, la niña de enfrente: “Pero muchacho, ¿qué hacías tú tanto tiempo en la cocina? Jugando, Mamá, jugando con la hija de la vecina”.

En mi juventud aprendí que las palabras mienten con sus verdades: “Que culpa tengo yo de haber nacido así, inerte la expresión en mí”. En las letras reconocí mi visión del mundo. Hasta lo ridículo de nuestras palabras, de su intento en apresar nuestros deseos: “Me gustas tanto, tanto que no sé si decirte que estoy enamorado o decirte que estoy loco por tu amor”.

Todavía hoy, a los ochenta y cinco años de mi edad, regurgito letras de canciones solo superficialmente olvidadas: “El hastío es pavo real que se aburre de luz en la tarde”, “Nunca, nunca, nunca creí merecerte, y ahora que eres mía ya no sé qué hacer”. No merecemos las mujeres que nos han amado, ni el pequeño éxito de nuestra obra.

Y los tangos superan la sabiduría de Schopenhauer: “Gira, gira, aunque te quiebres la vida, aunque te muerda un pesar, no esperes nunca una ayuda, una mano ni un favor… Verás que todo es mentira, verás que nada es verdad, que al mundo nada le importa, gira, gira”.

Las letras de las canciones y boleros y tangos me enseñaron a sentir, a pensar y a mentir para acercarme a la imposible verdad. Quiero decir, a escribir.

¿Qué influencias fueron determinantes en su formación?

Lo decisivo fue que siempre me sentí incompleto, deficiente, y la literatura me ofreció la oportunidad de completarme, de integrarme. Hay escritores que su obra es un desbordamiento, una inundación. Así Shakespeare y Dostoievski y Martí. En otros casos la obra llena la copa. Así Kafka y Mallarmé y Borges. Esos seis escritores, añadiría también los nombres de Baroja y Céline, me ayudaron a construirme y expresarme.

Su novela Memorias del subdesarrollo deja en quienes la leen una extraña inquietud. En otras ocasiones, usted ha comentado que “la película es una gran adaptación de lo escrito a lo visual”. ¿Cree que se logró realmente esa fusión entre el guion del cineasta Tomás Gutiérrez Alea y el texto original?

Como he dicho en otras ocasiones, yo soy la madre de Memorias del subdesarrollo y Titón el padre que llevó a mi hijo/hija a viajar y ser reconocido. Le doy dos sexos a mi obra porque todo escritor, y sobre todo yo, es una niña con pene.

¿Qué acercamiento tiene el personaje de Sergio Carmona con Edmundo Desnoes?

Yo soy Sergio.

El grupo Orígenes forma parte de sus buenos recuerdos. Su nombre literario se debe al escritor José Lezama Lima ¿Nos puede hablar sobre eso?

Lezama me enseñó el amor y el terror de las palabras. Luego, ahora más que nunca, reconozco que las palabras lo expresan todo, todo lo que podemos pensar y sentir y desear, pero nada tienen que ver con la realidad, es decir, el universo fuera de nuestro mundo limitado y biológico. Somos criaturas biocéntricas.

¿Por qué se fue de Cuba?

Y tú, ¿por qué te quedaste en la isla? No tienes que darme respuesta —ya sé, siempre es evasión o agresión contestar a una pregunta con otra interrogación. Es que siempre me hacen la misma pregunta. Siempre implica un posible rechazo del proceso revolucionario. ¿Cómo rechazar parte de mi vida? Mi contribución a la expresión literaria de los primeros años de la Revolución es evidente y palpable. Memorias… forma parte de esa historia. Soy tan responsable como Fidel y la dirección política de haber contribuido a expresar el sueño y la pesadilla de las dos primeras décadas de la intensa aventura. No creamos un hombre nuevo, descubrimos la poderosa persistencia del pasado. Al principio fueron los intentos idealistas, pero luego empezaron a dominar el oportunismo, el egoísmo y la ciega voluntad de poder de la dirección. Por mi parte, pienso que cometo menos errores literarios en Memorias del subdesarrollo que el Partido Comunista de Cuba ha cometido en la carne y fantasía de la isla.

Abandoné físicamente la isla cuando el PCC, en su arrogante ignorancia tanto de la economía como de la cultura, comenzó a decirme lo que debía escribir, lo que podía consumir y, para colmo, a dónde podía viajar.

Me alegro de que la Revolución se haya visto presionada por las ruinas del sueño y las necesarias medidas para continuar, más mal que bien, en el poder. Algo es algo.

¿Considera la literatura una forma de escape a la realidad o una ayuda para mejorar determinadas cosas que las sociedades a veces necesitan?

Las palabras, el discurso, pretenden, pretende expresarnos y, a veces, crea la ilusión de una respuesta, pero del dicho al hecho va un gran trecho, o como dicen en inglés: “easier said than done”. Las respuestas en una entrevista parecen expresar nuestras razones, nuestra experiencia. Lo dicen todo y no dicen nada. La realidad nada tiene que ver con nuestras razones. Eso en parte es la raíz del desequilibrio.

Descubrí, con los años, que la realidad de la Revolución era una ilusión que me comprometió, que me permitió creer, como algunos creen en Dios. Fidel y nosotros vivimos durante años el desequilibrio entre sueño y vivencia. Encarnamos, con el placer de toda certidumbre, lo que siempre fue una imposible realidad. La grotesca conclusión: dimos carne a un sueño y acabamos entregándole a la dirección de la Revolución un poder que nos permitió vivir la incierta certidumbre de un mundo equilibrado en palabras y gestos condenados al fracaso. El idealismo encarnado terminó en una desnuda voluntad de poder. La derrota, como señaló Borges, tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece.

Debo admitir que haber vivido la mentira hizo posible mi obra literaria y la madurez que ahora ocupa mi conciencia. Madurez que también es un desequilibro. La madurez es todo, dijo Shakespeare. Pero mi madurez es la certidumbre de que todo rostro esconde el vacío. He llenado el vacío con hechos y palabras que desembocan de nuevo en un vacío. Lo bello es siempre transitorio, fugaz. No existe otro equilibrio que no sea la muerte.

Hay muchas novelas y obras de teatro llevadas a la cinematografía desde el cine de Lumière hasta hoy. ¿Considera esa fusión como una forma de acercarse a la realidad? 

Mis palabras, mis libros, tienes razón, me permiten, me han permitido aproximarme a la imposible realidad. Es como el amor por una mujer y el vacío inevitable una vez que hemos explotado en el orgasmo.

¿Cómo definiría su isla?

Si siempre es ahora, Cuba es (o no Cuba: La Habana) mi acceso a una intensa ilusión.