Michael H. Miranda: En Cuba los perdedores son la sal de la tierra

Por estos tiempos Juan Abreu está pintando cabezas, retratos de fusilados. Pero no por ello vamos a imaginar que no pinta ya mujeres desnudas o que ha dejado de escribir historias futuristas o algún otro capítulo para agregar a su interminable exploración de lo sexual. Es un hombre descolgado, rabiosamente libre.

En una antología de “cuentos desde Miami”, el prologuista menciona a Abreu como pintor. Da la impresión de que Abreu ocupa esa franja de raros a los que no les toman demasiado en serio sus libros: publican libros, mas no son escritores. Quizás porque llegó tarde a esa cacofónica repartición de oficios que han impuesto los estudios sobre el grupo del Mariel: he aquí al novelista, he aquí al cuentista, aquí el poeta, el pintor. Así son los zigzagueos de una literatura sin tierra firme, sin claros asideros geográficos. Pocas manifestaciones de la cultura insisten tanto en las fronteras, en el “de dónde vienes/dónde perteneces” como la literatura. Y un exiliado que escribe, lo primero que aprende es cómo anular fronteras, aunque a sus pies crezca el vacío.

Es injusto porque Abreu es uno de los escritores más interesantes, imaginativos, libres y estilizados del hoy literario en nuestra lengua, que ya en su caso decir cubano es decir poco. Algún día esos libros se incorporarán a un canon, a cualquier canon, además de los personales. En estos ya están. O no, quizás nunca. Hasta que sin tiempo para lamentarlo venga alguien y los descubra.

En cualquier historia de futuro, Abreu y yo nos encontraremos (ojalá sea) en esa España de librerías y cafés que admiro y extraño sin conocerla bien. Mientras tanto, lo que nos depara el presente es este diálogo vía email que ha tenido la gentileza de propiciar para los lectores de Hypermedia.

Desde lejos, uno se arriesga a imaginarte un trayecto: La Habana, represión, censura, travesía, exilio, Miami, publicar, pintar, Barcelona. Pero se corre el riesgo de ser demasiado esquemático. Tampoco te percibo como Brodsky, inventariando los objetos que poblaron tu pasado. Cuando miras atrás, ¿cómo defines o describes ese viaje? ¿Qué ha sido lo más entrañable que ha dejado de visitarte?

No hay trayecto. Uno va haciendo lo que puede. Viviendo sin envilecerse demasiado, de ser posible. Poco más. El pasado es una invención, lo dicen los científicos que estudian el funcionamiento del cerebro, y creo que tienen razón. Yo soy poco dado a los inventarios. Es una tarea inútil. Pero, eso sí, escribir lo que uno recuerde está bien, sobre todo para que no le sea tan fácil al enemigo reescribir la Historia. Pronto publicaré un volumen autobiográfico en Argentina, abarca mi infancia, en cierta medida, y mi juventud en Cuba. Termina en el momento en que escapo de la isla por el Mariel, en 1980.

Un escritor, un cronista, sí. Pero un hombre sin nostalgias. Salvo la de la presencia de mi madre, claro.

Me ha llamado la atención que Iván de la Nuez recupera en aquel prólogo suyo a los Cuentos desde Miami la condición “extraña” (es la palabra que usa) de los exiliados del Mariel frente al denominado primer exilio, algo así como un no-lugar, para decirlo con Marc Augé. Boarding Home es hija de esa desconexión o vacío. Alguna vez escribiste: “Miami es el lugar donde podemos ser, al tiempo que devoran nuestro ser. El nuevo hogar que nos permitió sobrevivir, pero donde perdimos el alma”. ¿Qué Miami, qué exilio encontraste tú en 1980, cuál abandonaste cuando te mudaste a Barcelona, a cuál visitas hoy?

Pertenecíamos a mundos diferentes, ellos (el llamado Primer Exilio) a la vida en libertad y en pluralismo de la República (Batista no fue más que un dictadorzuelo pasajero, no hay que creerse todas esas historias sobre los horrores de la República), y nosotros a una dictadura totalitaria y sus múltiples degradaciones. A pesar de eso, nos fuimos entendiendo y los exiliados que nos precedieron nos aceptaron, y fueron muy generosos con nosotros los marielitos. Lo recuerdo perfectamente, y lo agradezco. Conocí a Guillermo Rosales, un personaje difícil, y no creo que su experiencia, la que cuenta en su magnífica novela, pueda extrapolarse a los llegados por el Mariel, como es lógico. Los hechos demuestran que la mayoría de los marielitos, aquellos nuevos exiliados de 1980, encontraron su camino en Miami y en USA, y a unos les fue mejor y a otros peor, como en cualquier sociedad libre y abierta. En cuanto a la cita que mencionas, puedo decirte que ya no creo en el alma; yo antes era más proclive a ese tipo de retórica dramática, pero con el tiempo me he dado cuenta de que es falsa y está llena de oropel. No creo que eso que escribí sea verdad, y hoy no lo escribiría, con toda seguridad.

Me mudé a Barcelona porque estaba harto del tema cubano, y de lo cubano y hasta de los cubanos. Había que alejarse, para ampliar el horizonte. Viviendo en Miami tienes la impresión de que Cuba y los asuntos cubanos son un tema importante, mundialmente hablando. No lo son. La verdad es que lo de Cuba importa muy poco. Hoy regreso a Miami a ver a mi familia y a mis amigos. Es un Miami nuevo, reluciente, dinámico, que me gusta mucho porque los jóvenes de segunda y tercera generación que viven en él son ya más norteamericanos que cubanos. Me parece saludable. Es lo que deseo para mis nietos. Que pertenezcan a una gran cultura y que dejen atrás el país de sus abuelos, un país que tuvo la oportunidad de convertirse en un lugar próspero y más justo y libre, pero que eligió destruir sus conquistas, que no eran pocas hasta 1959, y perderse en un régimen de vilezas y abyección.

La literatura del Mariel hizo de lo sexual un territorio otro para el exilio cubano, una expresión que se quiso todavía más liberada y liberadora que el espectro de lo político mismo. Pienso en tus narraciones y artículos, desde luego, y en las de Arenas, en primer lugar, pero también en las obras de tus hermanos; algo hay en Boarding Home de eso, y en Tent City, el documental de Miñuca Villaverde, hay unas grafías muy sexuales en los cuerpos que se ven. ¿Está bien que lo leamos como una rebelión anticanónica, por un lado contra las represiones y la adustez post 1959, pero también contra cierta acendrada pacatería católica de una zona de la cultura cubana?

Creo que sí, que puede verse como una rebelión anticanónica, en cierta medida. También como una reacción contra la pudibundez del régimen, ya se sabe que todas las dictaduras son púdicas, clericales y moralizantes. La cubana es muy católica, en ese aspecto, a pesar de su proclamado ateísmo. Y no menos importante, nosotros éramos esclavos que nunca habían vivido en libertad y cuando llegamos a un país libre, quisimos expresarnos de la manera más independiente, y en ocasiones algo exhibicionista tal vez. En lo que concierne a mi caso particular, el sexo es el gran tema de mi escritura, sobre todo porque creo que no hay sanidad moral sin libertad sexual.

Releo “Pequeño elogio de la escoria” y me concentro en una línea, una sola entre muchas, donde dices hablando de Arenas: “Y me reconcilio con mi país, que lo dio a él, en una época llena de cobardes, delatores, oportunistas y canallas”. Y a la vez recuerdo el pasaje aquel de Arenas en el que los cimientos de la Isla son corroídos por quienes no pueden escapar de ella para acabar convertida en una gran balsa pétrea que huye de sí misma. ¿Es posible reconciliarnos con Cuba sin recuperarla? ¿Es recuperable Cuba de alguna manera?

No estoy interesado en reconciliarme ni en recuperar. ¿Reconciliarme con quién y recuperar qué? Hubo un momento, cuando escribí esas frases que citas, en que sí estaba interesado en reconciliarme y en recuperar. Ya no. Es una tontería. Una voluta romántica, literatura. ¿Qué es Cuba? ¿La geografía? ¿La gente que vive en la isla? ¿El régimen? Qué. ¿La cultura cubana? Cualquier cosa que eso sea. ¿Lo que representan Lezama Lima, Virgilio Piñera, Amelia Peláez, Lydia Cabrera, Calvert Casey, Acosta León, Gastón Baquero, Arenas? Pero lo cierto es que no tengo que reconciliarme, ni recuperar eso, siempre me ha pertenecido. Como pertenece a cualquier lector. A cualquier ser humano que ame los productos de la cultura y el arte. Nunca regresaré a Cuba. ¿Y qué? Allí tal vez estén mis lectores naturales; es verdad. O tal vez no. Ha pasado mucho tiempo y yo he cambiado mucho y esos supuestos lectores también deben haber cambiado mucho. Todo eso del país donde uno nació y de la cultura a la que uno pertenece está muy sobrevalorado. Me considero un hombre libre en el paisaje del mundo.

Volviendo a Arenas. ¿Es posible definir un tipo de lector para Arenas? A mí me gustaría partir de una aproximación al tipo de lector que era el propio Arenas. Hay una anécdota que has contado sobre que él te pidió no leer nada después de terminar La balada del café triste, que debías dejar pasar un tiempo antes de leer algo más. ¿Has seguido su consejo? ¿Qué tipo de lector eres tú? ¿Lees más que lo que ves o ves más que lo que lees?

Bueno, Arenas era un romántico, no hay que olvidar eso. Llegó a decir que fuera de la isla se sentía como un fantasma. Muy hiperbólico, naturalmente. Yo lo conocí bien en el exilio y nunca me pareció un fantasma, todo lo contrario. Arenas, eso sí, era un lector compulsivo. Yo también. No concibo la vida sin leer, sin escribir y sin pintar tal vez, pero no sin leer. También veo mucho cine, me gusta. Me gustan las historias, y si están bien contadas, mejor. Recuerdo aquel día en la Biblioteca Nacional, donde nos reuníamos a leer. Y creo que tenía razón, después de leer ese libro de Carson McCullers, hay que dejar pasar un tiempo antes de leer otra cosa. Los buenos libros desatan oleajes vivificantes en el cerebro. Hay que esperar a que se apacigüen para provocar otros oleajes.

Hace años que llevas un blog, Emanaciones. ¿Cómo asumes creativa e intelectualmente su existencia? ¿Qué te aporta? ¿Cómo te retroalimentas con él?

El blog se ha convertido en una de mis actividades literarias, creativas, preferidas. Lo considero como una especie de novela. Una novela muy extraña, que soy yo. No que trata sobre mi persona, que soy yo. No sé si puedo explicar la diferencia. Ni siquiera lo intentaré. Como escritor, el blog es para mí, hoy, mi obra principal. Escribo, gracias a él, con una libertad y un desenfado que nunca antes tuve. Es un territorio de una plasticidad fuera del alcance de cualquier otro marco de escritura. Y lo principal, en el blog puedo intentar, de vez en cuando, escribir la verdad de lo que pienso sobre los seres humanos y sobre la vida. El mayor reto de un escritor, hoy, es escribir la verdad, escribir sin literatura, escribir lo que realmente pasa por tu cabeza, podríamos decir; pero me parece que es imposible porque sin mentir la vida social es imposible.

Leyendo las noticias que llegan de España no puede uno menos que pensar que esta entrevista llega en el momento justo, pues da la impresión de que el populismo de los “batasunochavistas” (como les llama el novelista venezolano Méndez Guédez a los de Podemos) ha anclado en un sector importante de la sociedad española. Ayúdame a entender un poco España desde tu experiencia. ¿Tiene futuro el modelo de Estado español? ¿Por qué se ha torcido lo que en su momento fue ejemplo de transición a la democracia? ¿Qué harías si el prochavismo ascendiera al poder en España? ¿Alguna vez has sopesado volver a establecerte en Estados Unidos?

España es una especie de manicomio tribal, más que un país. Es un lugar en el que nadie es español. Primero, y a veces únicamente: catalanes, vascos, madrileños, sevillanos, gaditanos, manchegos, andaluces y de ahí para abajo hasta el villorrio más insignificante. Si el alma existiera, podríamos decir que el alma española es un alma parroquial. No hay sentido de país en los españoles. Es una cosa rara. Creo que es una situación producto del gran trabajo hecho por jefes tribales como Jordi Pujol, con la preciosa ayuda del PP y el PSOE, que han preferido desmantelar España (pactando con estos caciques) con tal de permanecer en el poder. También está la cuestión de la Guerra Civil de 1936, que para la izquierda española no ha terminado. Perdieron, pero no se resignan y mantienen vivo el rencor y polarizan la sociedad española de forma malsana. España es el único país de Europa donde los grandes partidos de centroderecha e izquierda no pactan jamás. Prefieren llegar a acuerdos de gobierno con los enemigos de España, es decir con los nacionalistas vascos o catalanes. Yo detesto los nacionalismos, pero a España le vendría bien un poco de sentido de país; estamos hablando de un lugar donde está mal visto llevar la bandera nacional. Esto es, en cierta medida, un error de la Transición, que por otro lado fue un proceso admirable. Pero ingenuo. Los nacionalismos provinciales (vascos, catalanes) siempre actuaron de mala fe. Y se han aprovechado muy bien de la situación. Y así han ido desmantelando el país, dividiéndolo en parcelas gobernadas por caciques. Por otro lado han desarrollado una intensa labor (sobre todo en las provincias catalana y vasca para desacreditar la unidad de España y desespañolizar a los niños españoles que nacen en esas provincias (las escuelas más que escuelas españolas son fábricas de patriotas catalanes o vascos). El clima es antidemocrático y cada vez más demagógico, te acusan de franquista y de fascista si muestras orgullo de ser español. Ahí estamos. Y como si fuera poco, ahora llegan los chavistas fidelistas de Podemos a enturbiar más y a hacer más ingobernable el país. La situación es muy seria. Pero aquí seguiré.

Barcelona fue en su momento para los autores del boom lo que París para la vanguardia. ¿Cómo ves a Barcelona hoy con el auge nacionalista? ¿Qué puede tener de positivo una escisión de Cataluña?

Barcelona se ha empobrecido culturalmente. Mucho. Carece de importancia, culturalmente hablando. Todo nacionalismo es reductor y xenófobo, y el nacionalismo catalán ha destruido la vida cultural barcelonesa. No hay nada positivo en una supuesta independencia de Cataluña.

Tus novelas han sido leídas y entendidas como intergenéricas o al margen de géneros, artefactos híbridos: cuentos, diario, aforismos. Pero también equidistantes “lo mismo del pudor que de la pornografía”. Me refiero en concreto a las de tema más agudamente eróticas. ¿Se puede escribir un libro tan inquietante como Una educación sexual sin reivindicar el carácter voyeur del escritor?

¿Inquietante? No se me había ocurrido. Yo lo veo como una fiesta. Pero es cierto que todo lo que escribo, a pesar de los esfuerzos que siempre hacen los críticos y las editoriales para encasillarte, es bastante agenérico. No tengo nada en contra de la pornografía, pero es bastante aburrida (al menos la que yo conozco) y trato de no aburrir al lector. No sé si hay un “carácter voyeur del escritor”, pero puedo decir que yo soy bastante voyeur.

Siguiendo por esta senda de lo sexual, recuerdo que precisamente Una educación sexual fue en su momento censurada por Amazon. El hecho me da pie para provocarte alguna reflexión en torno a los modos de representación y consumo de lo sexual en nuestras sociedades, donde sigue pareciendo un tema pendiente. Pasan las décadas y sociedades tan tecnificadas y posmodernas como las actuales no toleran que un cuadro de Courbet (El origen del mundo) aparezca en las redes sociales. 

Yo no creo que mis libros, en última instancia, se ocupen del sexo, su interés fundamental es la libertad. Pienso que la libertad sexual es el gran baremo cívico y moral, por eso es un gran tema para mí. Hay sexo en mis libros, e incluso una forma sexual de ver la realidad, y gente que practica el sexo de mil maneras (lo que incluye maneras muy  futuristas); pero para mí lo importante es que se trata de gente que se permite ser libre. Que siempre está ampliando las fronteras de la libertad que se permite. La sociedad tiene problemas con lo sexual, en gran medida, por la herencia católica, que ha sido nefasta, y por la religión en general, que odia el placer y odia a las mujeres y condena el sexo. Porque el sexo es el espacio donde podemos ser libres y donde podemos ser ingobernables. Y las iglesias y las sociedades nos quieren mansos y nos quieren gobernables. Unas más que otras, naturalmente, pero todas aspiran a la mayor cantidad de control posible sobre nuestras vidas.

Hay una zona de tu obra narrativa muy conectada con tu biografía: la muerte de tu madre, Arenas, las rutas del sexo, tus años en Miami y La Habana. Pero otra se desvincula (aparentemente) de ella para concebir escenarios “tecnológicos”, posthumanos, novelas distópicas tan excéntricas para la literatura cubana. ¿Cómo fueron los procesos de gestación de unas y otras? Me parece muy provocadora esa isla deshumanizada de Garbageland, llena de campos de reciclaje, almacenes, aeropuertos y conectada a la Florida por puentes. ¿Es acertado ver en ellas un propósito de reinvención de un territorio mítico que puede ser y no ser Cuba?

Me interesa mucho la llamada literatura futurista. Porque me interesa el futuro. Siento una gran curiosidad por el futuro. He escrito una trilogía que al final se ha convertido en algo parecido a una novela larga, El Gen de Dios. A veces he dicho, en broma, que soy el autor de la mejor novela de ciencia ficción de la literatura cubana. Claro, la novela futurista o de ciencia ficción cubana apenas existe, así que escribir la mejor novela de ese género no es ningún mérito especial. Pero me gustan bastante esas novelas futuristas que he escrito, hay cierta música en ellas ¿no?

En lo referente a mi madre, fue un personaje extraordinario, y tuvo una enorme influencia sobre mí, y la sigue teniendo aún después de muerta. Siempre digo que todo lo que escribo o pinto lo escribo y pinto para ella, y es verdad.

Hoy se está volviendo más arduo hablar en términos de exilio en relación con las nuevas generaciones de cubanos que encuentras desperdigados por el mundo. El exilio, tal como lo concebíamos antes, parece reservado para genealogías “históricas” tipo siglo XX. Pero una vez escribiste que exilio era también una palabra tan peligrosa como patria. ¿Cómo entender esa equidistancia? ¿No es el exilio ya el único espacio que nos queda, por ejemplo, para recuperar la memoria de esos fusilados cuyos rostros has pintado?

Cada vez son menos los exiliados. Así que el espacio del Exilio se reduce más y más. Ahora los cubanos son inmigrantes, tal y como lo son los mexicanos. Es uno de los grandes triunfos de la dictadura cubana. Despojar de significado político a sus víctimas, a sus fugitivos. Otro gran triunfo de la dictadura ha sido borrar sus crímenes. De ahí que me haya puesto a pintar a los fusilados de los Castro. Y el mayor triunfo de todos, la dictadura ha conseguido convertir Miami en una especie de factoría gigantesca que reporta a la dictadura miles de millones de dólares anualmente. Han ganado, eso hay que admitirlo. Sin embargo, el mal ha ganado muchas veces a lo largo de la historia humana, no es algo extraordinario, si se mira bien.

Pero, y esto quiero dejarlo meridianamente claro, me hace muy feliz estar del lado de los perdedores. En Cuba los perdedores son la sal de la tierra.