Gilberto Padilla Cárdenas: Narcotización

Fui por Praeterita, las memorias del crítico de arte y pedófilo victoriano John Ruskin, a una librería de La Habana Vieja. Rodrigo Fresán me lo había recomendado. Ruskin fue el último —o por lo menos el más célebre— de una casta de críticos ingleses completamente desequilibrados. (En mi ranking de críticos lunáticos, Ruskin está a la cresta con Herbert Edward Read, creador del Frotismo, una secta que situaba la emoción o deleite estético en “el rozamiento del órgano genital —u otra parte— con el cuerpo de una persona desconocida sin su consentimiento”. Pero no, esta columna no va de eso.)

En 1859, John Ruskin conoció en un jardín de Wington a la que más tarde sería su esposa, Effie Gray, de 12 años de edad. Y dicen las malas lenguas que las raíces de su demencia tuvieron lugar durante su noche de bodas cuando experimentó el “disgusto” de contemplar el vello en el pubis de su esposa. Ruskin —educado en la contemplación de depiladas Venus renacentistas— pensó que se había casado con un monstruo. Otros chismógrafos van más lejos: la mujer estaba, además, menstruando y Ruskin no tenía la menor idea de esas cosas. Venus no menstrúa.

Por supuesto, no encontré el libro. Pero encontré otras cosas: una novela de Mo Yan que demoniza la política china del hijo único; una versión cartonera de la llamada “guerrita de los emails” cubana; un póster horrorosamente pop de Antonio Maceo. Salí de ahí tambaleándome.

Demoré una eternidad en coger el taxi. Un Dogche, creo, no me acuerdo bien. Lo que sí recuerdo, eso sí, es al chofer. El taxista es calvo y lleva una manga que semeja un tatuaje yakuza en el brazo izquierdo. Los detalles son nítidos: maneja mal; la reproductora está encendida en alguna emisora que intercala reguetón con noticias políticas, y la mezcla suena cabalmente como un murmullo de cacatúas azules. Lleva una estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre, anteojos galenos, y tiene algo de pastor de ovejas en el rostro, aunque en realidad no sé qué quiero decir con eso. Además, me habla. Me pregunta qué creo de “toda esa mierda de que viene un segundo Período Especial”, y por su tono comprendo de inmediato las implicaciones de esa pregunta. La pregunta disfrazada dentro de esa pregunta: ¿quién diablos aguanta otro Período Especial? No recuerdo qué le digo, pero la chica a mi lado, que fumaba como toda una revolucionaria, le responde. Mal. Luego él deja de escucharla y en los kilómetros que nos separan de nuestro destino, nos explica el secreto del Estado cubano. Taxistas.

Cuando el problema parece demasiado grande, cuando nos enseñan demasiada realidad, tendemos a cerrarnos en banda. Nos resignamos. No hacemos nada porque el desastre parece inevitable.

Nos dice que lo que sucede es que estamos narcotizados, y acto seguido se pone a hablar de un experimento rarísimo de no sé qué psicólogo europeo: a un grupo de personas le enseñan fotografías de enfermedades de las encías. Se trata de fotografías de encías podridas y deformes y de dientes manchados. La idea, argumenta, es ver cómo esas imágenes afectan la forma en que la gente cuida sus dientes.

A unos les enseñan fotografías de bocas solamente un poco podridas. A otros les enseñan fotos de encías moderadamente podridas. Al tercer grupo le muestran bocas horriblemente ennegrecidas, con las encías sangrantes y los dientes color marrón o caídos.

El primer grupo siguió cuidándose la boca como siempre. El segundo grupo empezó a cepillarse y pasarse el hilo dental un poco más. El tercer grupo simplemente renunció. Dejaron de cepillarse y se limitaron a esperar que los dientes se les volvieran negros.

A ese efecto el estudio lo llamó “narcotización”.

Cuando el problema parece demasiado grande, cuando nos enseñan demasiada realidad, tendemos a cerrarnos en banda. Nos resignamos. No hacemos nada porque el desastre parece inevitable. Estamos atrapados. Eso es la narcotización. Así vivimos los cubanos, asegura. El Estado nos tiene narcotizados. ¿Qué diría Carl Jung sobre esa escena?

En algún momento inoportuno le pregunto cómo es que sabe todo eso. Qué necio, pensé, y seguramente habrán pensado todos de mí.

El caso es que, por alguna razón, el sermón del taxista me recuerda una novela de Ira Levin titulada Las poseídas de Stepford sobre un grupo de chicas en un pueblo rural, entregadas en exclusiva a servir a sus maridos. Son todas físicamente impecables, sumisas y proclives al coito anal —que para un hombre es algo así como el non plus ultra de la sexualidad. Limpian y cocinan. Lo interesante es que, a pesar de eso, los maridos de Stepford sustituyen a sus mujeres por robots encantadores y eficaces que hacen todo lo que se les pide.

No hay que seguir la inercia estatal, hay que llevar la contra, exigir, no dejar que nos conviertan en mujeres de Stepford.

Pensé entonces, inevitablemente, que el pueblo cubano es como esas mujeres de Stepford: un país dócil y bien peinado, que prepara masas para tartas en sus cocinas vacías y soleadas, y que, bajo capas geológicas de restricciones y penurias, ha renunciado a sus sueños. Se ha resignado. Y los que leyeron la novela de Levin han visto lo que pasa cuando alguien se hace el tonto y niega la realidad hasta que es demasiado tarde.

Una fábula moderna, sencilla y memorable: no hay que seguir la inercia estatal, hay que llevar la contra, exigir, no dejar que nos conviertan en mujeres de Stepford.

En la terapia llamada de “inmersión”, sigue hablando el taxista litúrgicamente, se obliga al paciente a soportar una versión exagerada de su peor miedo. Lo sobrecargan emocionalmente. Una persona que tenga miedo a las arañas puede ser encerrada en una habitación llena de arácnidos. Una persona que tenga miedo a las serpientes puede verse obligada a manejar serpientes. La idea es que el contacto y la familiaridad mitiguen el terror que el paciente siente hacia algo que ha tenido demasiado miedo para explorar. La experiencia real, supuestamente, la realidad del contacto con las serpientes, destruye el miedo contradiciendo la expectativa del paciente.

¿Se trata de eso? ¿Esa es la lógica de este país?

Algo así estaba explicándonos el tipo, cuando de pronto, ya a punto de bajarme, recordé una película de Bryan Bertino, The Strangers, en la que una joven pareja es aterrorizada por tres enmascarados que irrumpen de noche en la casa de verano donde que se encuentran alojados. Recordé aquella escena soberbia en la que Liv Tyler intenta esconderse bajo la cama… y descubre que no cabe allí.

“¿Por qué nos están haciendo esto?”, susurra.

A lo cual la mujer con la máscara de muñeca responde, con una voz muerta e insensible: “Porque sí”.

Al final, esa es toda la explicación que la realidad cubana necesita.