Héctor Antón: Veneno sano

En Mis chistes, mi filosofía (Anagrama, Barcelona, 2015) Slavoj Žižek explora uno de los rumores que circulaban en los sistemas cerrados del antiguo bloque pro-soviético: que existía un departamento de la policía secreta, cuya función era inventar y divulgar chistes políticos contra el gobierno, porque entendían su función estabilizadora. Una posibilidad de que las pobres gentes se desahogaran. Válvula de escape como catalizador social. Aunque para Žižek, el problema es que los chistes, al parecer, adolecen de autor. Su misterio radica en devenir idiosincráticos, al mostrar esa elasticidad verbal del sujeto relajado; pero a la vez son colectivos, ya que “brotan de la nada”.

Yoel Sánchez, humorista cubano fundador del grupo Humoris Causa (junto a Iván Camejo y Omar Franco) también reconocía que los chistes no tienen autor y hablar de plagio es una tontería. Así recuerdo hallazgos en diversos momentos: “Un negro en la nieve es un blanco perfecto”. “Lo mejor de ser calvo es que no tienes un pelo de tonto”; “¿Cómo anda usted?, preguntó el ciego al paralítico. Como usted ve, respondió el paralítico al ciego”. “No pises la yerba: Fúmatela”. “El dólar no baja: se agacha para coger impulso”.

En el caso cubano, una figura brilla en atesorar un repertorio íntimo de chistes “sin autor”, difícilmente construidos por la ingeniosa Seguridad del Estado. Ahí están las sazones cínicas dedicadas al Comediante en Jefe de la Revolución: Bikini (nadie sabe cómo se sostiene y todos quieren que se caiga); Terapia intensiva (porque ni los familiares lo pueden ver); El hombre más peludo del mundo (porque tiene once millones de pendejos); Santos Suárez (para no decirle la Víbora); Banco de sangre (porque vive a base de donaciones); Amado Acosta (amado por los extranjeros a costa de los cubanos); Estropajo de aluminio (porque mantiene las cazuelas limpiecitas).

Pero como toda regla tiene su obsesión —según la reina del kitsch Juana Bacallao—, un sarcasmo con autoría podría absolver al nonagenario estadista de una pesada carga venenosa. Ya lo advirtió un hereje rehabilitado como el trovador y fan a lo prohibido Pedro Luis Ferrer: “Fidel tiene cosas buenas”.

Virgilio Piñera afirmaba que los chismes son más instructivos que la historia almacenada en tomos. Amén de la veracidad contenida en el fallo del escritor cubano, los chistes manifiestan el “estado de ánimo” de un tiempo-espacio en que los mortales necesitan reír para no llorar, visto de manera cursi. O como testimoniara un melancólico Reinaldo Arenas, amasando la nieve neoyorquina: “Somos desolados y no podemos perder ese sentido del humor porque en última instancia es lo único que nos podría salvar”.

Ante el prejuicio culterano de que el humor es un género preferiblemente oral, Piñera y Arenas no solo apelaron a este maltratado “género menor” para tolerar la adversidad y burlarse de los hegé-monos, sino que lo añadieron al sustrato de una escritura regida por la violencia absurda.

Basta evocar otro minicuento para retratar esa Isla en peso (o en deuda) que padecieron Virgilio y Reinaldo: Fidel manda a un espía a Miami, para averiguar por qué todos los cubanos se quieren ir para allá. Al poco tiempo, el espía regresa a Cuba y le reporta a Fidel:

—Comandante, la vida en Miami es igualita que aquí.

—¿Cómo?

—Si no tienes dólares, te quedas sin comer.

Una medida sanitaria ante el informe del emisario simbólico, la sugiere el propio Virgilio en una escena de Dos viejos pánicos (Premio Casa de las Américas, 1968). En medio de la circularidad del terror doméstico, Tabo le grita a Tota: “¿Qué quieres? ¿Pan con miedo o miedo con pan?”. Lección de humor negro cuando juicio y estómago de no-personas quedan en blanco.

El choteo como alimento de la robotización mundana permite a Žižek evocar un chiste de principios de años sesenta, que trasmite la paradoja de las creencias que se dan por supuestas. Después de que Yuri Gagarin, el primer cosmonauta, concretara su viaje al espacio, fue recibido por Nikita Kruschev, secretario general del Partido Comunista, a quien le dijo a solas: “¿Sabe, camarada, allá arriba, en el espacio, vi el cielo, con Dios y los ángeles? ¡El cristianismo tenía razón!”. Kruschev le responde en un susurro: “¡Lo sé, lo sé, pero no diga nada, no se lo cuente a nadie!”.

A la semana siguiente, Gagarin visita el Vaticano y es recibido por el Papa, al que le dice, de manera confidencial: “Sabe, Santo Padre, he estado en el cielo, y no he visto ni a Dios ni a los ángeles…”. “Lo sé, lo sé”, le interrumpe el Papa, “¡pero no diga nada, no se lo cuente a nadie!”.

Un equivalente menos intelectual y más vernáculo que el libro de Žižek es la recopilación de Modesto Arocha: Chistes de Cuba sobre la revolución (Alexandria Library Incorporated, Miami, 2003). Cartografía de los llamados “chistes sin autor”; tentativa de un compendio (¿interminable?) donde pasado, presente y futuro se inscriben en la eternidad de una broma, no precisamente kunderiana, bajo el cielo protector del exilio.

A lo largo de este recuento desfilan locos, borrachos, dirigentes, gusanos, el mitológico Pepito y, por supuesto, la Isla y su “arte del remiendo”. Muchas de estas invenciones articulan el contrapunteo cubano entre la idiosincrasia de la masa y esa indiosingracia del poder —como diría un Infante difunto, tragándose el humo del recuerdo habanero ajeno a la bruma londinense.

Detenidos en el segmento “Leyes y chistes”, la antología de Modesto Arocha esboza una “conclusión”, ideal para fomentar otra disputa: “Cuando Alarcón propone una ley en la Asamblea Nacional, se trueca en un chiste. Cuando Fidel dice un chiste en la Asamblea Nacional, se convierte en una ley”. Ello nos conduce a un matiz habitual en los contextos totalitarios: las situaciones serias que acaban siendo risibles, así como caprichos voluntaristas que terminan gozando de una inmerecida atención o cumplimiento legal.

En 2007, Ricardo Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular (1993-2013), se reunió con un grupo de los diez mil estudiantes que formaban parte de la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI). Allí, el joven tunero Eliécer Ávila, líder del proyecto Operación Verdad, le notificó sus inquietudes sobre imperativos sociales de interés común: la opción de que los ciudadanos de a pie accedieran a Internet, disfrutaran la playa de Varadero, salieran al extranjero o conocieran los planes de mejoras económicas contemplados por el Estado.

Tras rememorar el injusto pasado capitalista y comentar ganancias actuales en materia de salud, educación o ayuda humanitaria a naciones hermanas, Alarcón fue puntual a la hora de esquematizar ideologemas de ida y vuelta: “Si todo el mundo, los seis mil millones de habitantes, pudieran viajar a dónde quisieran, la trabazón que habría en los aires del planeta sería enorme. No es así. Los que viajan son una minoría. El bloqueo es un sistema de persecución detrás de cada tuerca, detrás de cada bombillo. ¡Cuántas vidas no han salvado los médicos cubanos en Venezuela!”.

En nombre de la “práctica revolucionaria”, Ricardo Alarcón de Quesada redondeó su intervención citando al presidente de Ecuador Rafael Correa, quien sacó la cara por “los nuestros”, acorralado por la prensa gusana de Miami sedienta de criticar a Cuba: “El único país del mundo que ha vivido medio siglo enfrentando a la potencia económica más poderosa de la tierra”.

Sin entrar en detalles que oscilarían entre argumentos y panfletos inservibles, el monólogo del funcionario en la UCI le aseguraría el Premio Nacional de Humorismo por encima de cualquiera. Algo que no conseguirían tan fácilmente profesionales del humor, quienes han transitado por la televisión, cine o teatro, convirtiendo en parodias y sátiras temas que jamás se escucharían en audiencias públicas.

Los populares guionistas y actores Nelson Gudín (El Bacán de la Vida) o Carlos Gonzalvo (Profesor Mentepollo), esperan una oportunidad para volver a colarse en la pantalla chica. Mientras tanto, sus dardos tragicómicos deberán hallar cobertura en antros nocturnos, flotando en nubes de alcohol y catarsis de la mala memoria.

Durante un espectáculo en el teatro Karl Marx, un miembro del grupo Pagola la paga cayó al suelo de repente. De inmediato, le preguntaron si estaba muerto. Al instante, el “hombre desplomado” se removió y exclamó con voz fuerte: “¡No estoy muerto! ¡Estoy reflexionando!”.

Luego de tal “desliz”, el histrión iluminado (cuyo sobrenombre es Klaro) fue separado del también desaparecido programa televisivo Deja que yo te cuente. Vale recordar una premisa enarbolada por El Bacán de la Vida en su monólogo El borracho: “¿Y cómo está Cuba? No me puedo quejar”.

Artistas visuales como Paul McCarthy (Utah, Estados Unidos, 1945) utilizan el humor para suscitar una reflexión sobre el horror. Estrategia vetada para los bufones inteligentes de la ínsula, quienes tienden a identificarse con un juicio del sociólogo francés Pierre Bourdieu en torno al furor mediático: “Ser es salir en televisión”.

Slavoj Žižek, intelectual filoso y juguetón del poscomunismo, admite que Mis chistes, mi filosofía es un guiño al consejo de Ludwig Wittgenstein: “Una obra filosófica seria debería consistir enteramente de chistes”. Por su parte, la compilación de Modesto Arocha, Chistes de Cuba sobre la revolución, demuestra que el sofisma antillano podría articularse mediante cuentos populares. Una ganancia populista capaz de ofrecerle armonía cronológica a lecturas sin orden ni ley; incluso ratifica que si los chistes carecen de autor, tampoco tienen edad. Todo gracias a la inmortalidad del cangrejo: el dilema insular de querer avanzar retrocediendo.

A pesar o en contra de…, ni todos los chistes resultan maquiavelismos gubernamentales ni se diluyen en autorías colectivas. La épica humorística librada por El Pible (Pablo Gari, Santa Clara, 1952) interpone una rebelión de graffitis: “El champú es un tirano que oprime a las caspas más humildes de la suciedad”. / “Los viejos son la esperanza del pasado”. / “Cuando yo gobierne al mundo todos temblarán (Parkinson)”.

Otro gallo cantaría si El Pible abandonara sin avisar la farándula miamense y aterrizara en el Aeropuerto Internacional José Martí, para revelarle a las cámaras de la Televisión Cubana su última sentencia: “¡Aquí del G-2 soy yo!”.

Posdata:

Fidel ordena a su hermano: oye, Raúl, manda hacer una encuesta de cómo vislumbran los cubanos el porvenir. Al cabo de un mes, Raúl le comunica el resultado:

—Fidel, el cincuenta por ciento de la población es optimista y el cincuenta por ciento pesimista.

—No está mal, y ¿qué dicen los optimistas?

—Pues que el año que viene comeremos mierda.

—Ñooo, Raúl, si eso es lo que dicen los optimistas… y ¿qué dicen los pesimistas?

—Pues, que no alcanzará para todos.