Ernesto Hernández Busto: Tres relecturas

El libro de viajes

Leo, creí releer pero es como si leyese una primera vez porque salvo por los apuntes de mi vieja libreta, me doy perfecta cuenta de que no recuerdo absolutamente nada; leo entonces, como por primera vez y con especial placer, que es lo que importa, el libro de Miller sobre el año que pasó en Grecia, El coloso de Marusi. Empecé en una traducción que creí buena, la de Carlos Manzano, pero al tercer “chachi” tuve que ir a comprar el libro en inglés.

De adolescente, arrasé en varios meses, emparejados en mi biblioteca ideal, con la misma cercanía que tuvieron en vida, todo lo que pude encontrar de Durrell y Miller; igual de luminosos y mediterráneos, todo Durrell & Miller, ese check mark del lector adolescente de aventuras, o al menos, eso pensaba, hasta que he vuelto a echar un vistazo al Coloso… y me doy cuenta de que, o bien esas notas tomadas hace veinte años fueron por crítica intermedia, cita de citas, o bien uno borra por completo sus primeras lecturas significativas, como un mecanismo de defensa tal vez.

Y aquí estoy, ahora, hipnotizado con el mejor libro de viajes que pueda haberse escrito nunca, fascinado por la capacidad de su autor de implicarse en lo que describe, de darle cuerpo a este gran canto a la vida escrito en medio de la guerra (pero es la guerra vista desde un oasis suprahumano, la guerra como el trasfondo terrible, en sordina, del desastre mayúsculo inherente a lo humano, del que Grecia, esta Grecia luminosa, parece escapar para situarse en una dimensión espiritual única, yo diría que salvadora), y arrebatadoramente pacifista.

No se trata solo de la descripción de lugares maravillosos, que dan ganas de coger una mochila y salir corriendo para no morirse sin ver Micenas, Hidra, Epidauro o Creta. Es, sobre todo, la capacidad de Miller para describir personajes sorprendentes, reveladores. Para él, Grecia es la luz y la gente.

Hay, por supuesto, paisajes descritos con voracidad metafórica, lenguaje que se descubre y se crea a sí mismo, imágenes que son una manera de pensar y que también sentimos como las palabras más precisas que hayan podido encontrarse (la escena, por ejemplo, de la llegada a Paros, cuando el barco, encajonado entre una costa que converge por todas partes, parece navegar por la tierra, entre los paseantes del muelle, como la ilusión de un sueño profundo) pero nadie le gana a Miller cuando describe el paisaje de lo humano, el paisaje de las palabras: las del pintor Malliarakis, las del poeta Seferis, las del anónimo Kirios Ypsilon, las de ese Alexandros que cuando el viajero llega a Festos se le aparece con un trapo y un cuchillo herrumbroso y se pone a limpiarle los zapatos porque es la única manera que encuentra de agradecerle su presencia en ese lugar desolado y magnífico; y sobre todo, las palabras del “coloso” Katsimbalis, escolta de farras, aeda espontáneo, “ballena” y “estrella de mar”, cuya boca dormida el escritor contempla extasiado una noche de borrachera, como quien investiga la fuente de un misterio inagotable, de un monólogo que no cesa de encantar, de una voz que transforma el magma caliente de la tierra en habla hipnótica; Katsimbalis, decía, ese espontáneo Sócrates a quien están dedicadas algunas de las páginas más conmovedoras del libro. Entre ellas, también se explica la paradoja de cómo los mejores libros son también los libros que a veces olvidamos.

La novela

Vuelvo al libro que reseñé en mi diario hace cinco años: la novela El buen soldado, de Ford Madox Ford, clásico que hice bien, creo, en leer tardíamente. En aquella primera lectura disfruté sobre todo de sus revelaciones morales: uno se imagina dentro del corsé de la novela victoriana y de pronto aparece una fiesta de swingers, donde hay uno que se dedica a mirar.

La trama es perfecta para una de esas series que ocupan, cada vez más, el espacio de nuestras gruesas novelas de antaño. Dos parejas adineradas, un matrimonio norteamericano y otro inglés, los Dowell y los Ashburnham, entablan una amistad que dura nueve años, desde 1904 a 1913. Y estas relaciones, aparentemente normales, se van revelando poco a poco como un complejo entramado de ambigüedades, pactos, secretos y traiciones, contadas por uno de los protagonistas, una persona autodefinida como “respetable”, a quien su mujer ha engañado durante años y sus amigos han utilizado de la manera más turbia.

Uno no puede confiar en este narrador bienintencionado, ante el cual desfilan los hechos sin provocar casi nunca las emociones previsibles. Y esa es justamente la gran hazaña técnica del novelista, ese juego de espejos donde el lector tiene que espiar (muchas veces con un placer perverso) detrás de lo que cuenta el narrador. Así, una novela de amor e infidelidad se convierte en una gran pregunta metaliteraria por la realidad de lo narrado.

El tono dominante es la ironía, desde el título y el subtítulo del libro (¿cómo puede ser Edward Ashburnham un “buen soldado”, cómo puede ser esta una “historia de pasión” si quien la cuenta es una persona incapaz de apasionarse, sexual y moralmente?) hasta el mecanismo de ruptura entre la índole de lo contado y la actitud del narrador.

Las cuatro personas que componen esta trama son parte de la “crema y nata” de la sociedad internacional, y lo primero que sabemos de ellos tiene la placidez del idilio. Los Ashburnham son nobles y terratenientes; Florence Dowell, la esposa del narrador, está muy delicada del corazón y debe ser protegida de cualquier sobresalto. Leonora es quizás demasiado estricta en su manera de llevar los asuntos domésticos, pero ha puesto de manifiesto su temple y su capacidad de sacrificio: la vemos como una espléndida mujer al servicio de su espléndido marido, “magnífico soldado, un terrateniente excelente, un magistrado amable como pocos, meticuloso y trabajador, un personaje público probo, honesto, que trataba bien a las personas y era imparcial en sus juicios…, el modelo de ser humano, de héroe, de atleta, de padre de la patria, de legislador”.

Durante años estas cuatro personas se han venido reuniendo en balnearios y viajes, han compartido intereses y conversaciones. Y de pronto nos enteramos de que todo era una farsa: la enfermedad de Florence era la excusa para un libertinaje desenfrenado, la eficacia doméstica de Leonora era el reflejo de una voluntad maniaca de control, manipulación y despecho egoísta; la virilidad heroica del soldado escondía a un mujeriego sin remedio… Y el narrador, a diferencia del lector, no consigue reconciliar muy bien la verdad con su fe en las apariencias.

Hay un momento trágico y revelador en que John Dowell alcanza el punto máximo de tormento al que puede llegar un habitante de Nueva Inglaterra, para luego retractarse:

“Nuestra intimidad era como un minué… ¡No, Dios mío, es falso! No era un minué lo que bailábamos; estábamos en una cárcel… una cárcel llena de vociferantes ataques de histeria… Y, sin embargo, juro por el sagrado nombre de mi creador que era verdad. Era la verdadera luz del sol; la verdadera música; el verdadero murmullo de las fuentes desde las bocas de los delfines de piedra. Porque si para mí éramos cuatro personas con los mismos gustos, con los mismos deseos, actuando —o no, sin actuar—, sentándonos aquí y allá unánimemente, ¿no es eso la verdad?”.

Más allá de la disociación entre las convenciones sociales y la realidad humana, que es uno de los temas centrales del libro, esta duda sobre el “para mí” último de la realidad resulta el verdadero tema de El buen soldado. Al preguntarse si la pasión a la que asiste tiene algo que ver con la realidad última de los hechos o de las personas, el narrador esboza el dilema último de toda escritura. Y todo esto viene acompañado de un derroche de tecnicismo: el propio Ford se preguntaba, doce años después de publicada esta novela y sin asomo de modestia: “¿es posible que yo escribiera tan bien por entonces?”. Respuesta: es posible.

A pesar de ciertos asuntos anacrónicos, más de un siglo después de publicada por primera vez esta novela conserva la inagotable actualidad de los clásicos, ese territorio donde se confunden las lecciones de vida y escritura. Releerla ahora fue también una manera de recordar las sorpresas de hace cinco años: del poder terapéutico de la ficción a la mirada reposada del desencanto. ¿Qué es lo que tiene una novela como esa que la hace inmune al paso del tiempo?

Creo que tras esta segunda lectura tengo un intento de respuesta. Es el dolor, aquello que circula en esta reflexión, cuando el narrador, ciego ante su propia vida, que descubre a tientas la profunda razón que sostiene las pasiones amorosas: “Todos tenemos mucho miedo, todos estamos muy solos, todos estamos muy necesitados de alguna confirmación exterior de que merecemos existir”.

Ensayos, suicidios

Subiendo por la cuesta que lleva a casa, tras un mes de viaje, me encuentro con el hijo de Antonio Machín: mi simpático vecino barcelonés, con el que a veces comparto barra del bar del barrio, valga la aliteración. Me dice que otro vecino le ha contado que la dueña del chino del pasaje (un restaurante medio malo, al que, sin embargo, fui algunos domingos, cuando todo lo demás cerraba) se ha suicidado cortándose el cuello con una navaja.

La noticia me toma desprevenido: de pronto recuerdo todas las veces (más de una década compartiendo calle) que me crucé con esa china, arrastrando su carrito de compras. Recuerdo su fortaleza, su desenvoltura: no parecía alguien que se suicida. “Parece que ya casi nadie iba al restaurante”, me dice Machín. No es razón suficiente, le digo. El honor chino, algo tan mezclado siempre con el estado de los negocios. Hablamos de su hija: hermosa. Un par de horas después, movido por una mezcla de morbo y compasión, me paso por el restaurante, aún abierto. Sigue el menú a 11 euros. Sigue la hija, haciendo aún de camarera. Afuera, cuando bajo la calle, en una especie de balcón junto a lo que supongo la cocina del local, hay un chino ceremonioso, inmóvil, fumando. Bajo, buscando anuncios de renta. Subo una hora después, y ahí sigue, con la cabeza hacia el cielo, mirando el humo, casi sin moverse.

El suicidio de la china me lleva de vuelta a otra relectura: Pavese. Y salto a otro ensayo que manoseé hace años en italiano, y que ahora han vuelto a editar en Lumen: Natalia Ginzburg sobre Pavese, “Respetar a los muertos”, se llama. Me viene a la cabeza, no sé bien por qué, un cuento de P. sobre los suicidios de los chinos en Cuba, tan frecuentes. También me recuerda a otro amigo poeta, que se acaba de colgar en un balcón: Juan Carlos Flores. Recuerdo sus ojos intensos de niño, la última vez que lo vi, en un restaurante de Nueva York, donde agobiado con una carta de diez páginas en inglés, me dijo: “Pídeme tú”.

La Ginzburg dice que Pavese, el suicida, les enseñó la piedad y les enseñó a tener fuerzas para soportar el dolor: dos cosas que, sin embargo, él mismo no tuvo. Es como si después del suicidio, la gente pudiera releer nuestra vida. Vendrá la muerte, y tendrá tus ojos, pienso. Es como si el suicidio fuera ese Purgatorio, es como si releer fuera el Purgatorio de la vida. Uno puede no tener algo, pero saber que es necesario tenerlo. Uno se cansa, y a veces no quiere seguir. Uno puede olvidar algo que leyó, pero seguir sabiendo que fue importante.

Últimamente leo y releo los mismos poemas. Vuelvo a viejos libros. Últimamente pienso mucho en una cita de Pavese que me recordó Juan Carlos en aquel restaurante del Midtown: “Todos los libros que valen están escritos en chino, y no siempre hay un traductor. Llega el momento en que estás solo ante la página, así como estaba solo el que la escribió”.

Para eso también se relee: para no encontrarse solo. Definitivamente solo.