Héctor Antón: “Zelig is not dead”

En el año 1928 los fanáticos congregados en el Yankee Stadium advirtieron la presencia de un nuevo jugador, que esperaba su turno para batear tras el legendario jonronero Babe Ruth. Aparecía registrado como Lou Zelig, aunque nadie en el equipo ni en las gradas lo conocía. La trampa duró lo que un medio swing al aire del imprevisto bateador. De inmediato, agentes de seguridad lo sacaron del terreno. El suceso fue noticia a la mañana siguiente en The New York Times: “Echan al impostor del campo de los Yanquees”.

La biografía de Leonard Zelig ignora su fecha de nacimiento. Hijo de un actor judío fracasado, cuentan que a Leonard lo molestaban los antisemitas del barrio. Sus padres, que jamás estaban de su lado, solían achacarle culpas ajenas y, por supuesto, simpatizaban con los antisemitas. Lo castigaban encerrándolo en un cuarto oscuro; si la falta era grave, se metían los tres en el espacio vacío. Hay referencias a una madrastra tiránica, aunque todo es pura conjetura.

Casi a punto de morir, Morris Zelig le dice al hijo “que la vida es una pesadilla de sufrimiento sin sentido” y, antes de fallecer, le da un consejo: “Ahorra”.

Histrión al fin, logró memorizar a Shakespeare o a Dostoievski, gracias al auxilio de una memoria dedicada a hilvanar repeticiones. Ese “ahorra” podría sustituirse por “inventa”, “escapa”, “corre”; en palabras de otro: avanza y huye de quienes galopan sobre una estera replegados a la queja. Dichosos quienes crecen en la oscuridad y deciden alcanzar la luz valiéndose de cualquier ardid estratégico.

Pelotero, gánster, psiquiatra, camarero, mago, trompetista de jazz; chino, mulato, judío, nazi, demócrata, republicano. Leonard poseía cualidades para ajustarse a la vida y se aprovechaba de ellas. Más que “adaptarse al momento”, se trataba de cambiarlo y hacer posible lo imposible en la desesperanza. Tampoco caería en poder de los nervios, el robo y la bebida, como sus hermanos Jack y Ruth. Ser “El pijama de todos” no era vergonzoso para un no-ser condenado a la nulidad.

Ni sacrificio intelectual ni voluntad de poder. El ideal era mutar en transformista de la sobrevida o camaleón humano, capaz de fascinar al diablito del celuloide Woody Allen, quien lo asumió como doble físico o alter ego espiritual. Por ello lo inmortalizó en el falso documental Zelig (1983), sátira desde la “alta cultura” que resultó una comedia arquetípica en cuestiones de “arte popular” experimental.

Un crítico periférico y desconocido del ciberespacio, afanoso de sobresalir (¡quien no lo desea!), acotó: “Zelig también es el padre de Forrest Gump. Se instauró en la historia americana del siglo veinte con trucos de cámara y material de archivo”.

Antihéroes orgánicos, el trasiego épico-romántico de Z. y F.G. describe la ilusión de triunfar en el contorno mediático regido por un melodramatismo feroz.

El complejo de Forrest Gump suplantaría a la “rutinización del carisma” —consenso terapéutico que distinguió el sociólogo alemán Max Weber— por su idiotización. El gumpismo (vigente desde 1994) es una pistola caliente. Encarnar al pacifista John Lennon, significaría reír y cantar para un nuevo Zelig pop, antes de ser ultimado por un psicópata resentido.

“¿Quieres sentirte seguro?”. “Quiero caer bien”, le confesó Zelig a la psiquiatra Eudora Fletcher (interpretada por Mia Farrow), quien estaba convencida de haber encontrado al ratón de laboratorio que le permitiría abandonar su anonimato clínico. Semejante a Leonard, Eudora luchaba por alcanzar notoriedad y, de tanto verse reflejada en el espejo psicótico del pequeño Zelig, terminó casándose con el “máximo conformista” o “mínimo rebelde”.

Del roce mutuo fluyó el apotegma en ocasión de que Eudora consiguiera hipnotizar a Z. en las Sesiones del cuarto blanco: “Puedes convertirte en un robot o en un lagarto”. Como si la redención posthumana quedase a merced de las metamorfosis. Como si enfermedad y curación fueran dos caras de una moneda.

Una versión antillana del camaleón imperial es el pintor cubano Orlando Yanes (Matanzas, 1926). Creador del logotipo que representa al Partido Comunista de Cuba, en éste solo varía el número correspondiente a cada edición del Congreso. Un icono tan simbólicamente inmediato como aspirante a la eternidad. Una contribución a la fachada socialista, que no le garantizó al repentino diseñador un escaño entre los coristas del retablo gubernamental.

Recordamos a Orlando Yanes a través del colectivo ABTV (Tanya Angulo, Ileana Villazón, José Ángel Toirac y Juan Pablo Ballester). En un gesto apropiacionista de la exposición Homenaje a Hans Haacke (1989), eligieron hacer coincidir piezas de un autor. Eran retratos de Fulgencio Batista y Fidel Castro al mando de Cuba. ¿Quién los firmaba? Orlando Yanes.

Homenaje a Hans Haacke fue censurada como parte del Proyecto Castillo de la Fuerza, disturbio organizado que impulsaron los artistas Félix Suazo, Alexis Somoza y Alejandro Aguilera.

Entre fanfarrias y desapariciones, el Pintor-Zelig de Batista y Fidel se volvió invisible tras los bastidores de medallas y distinciones oficiales. Amparo virtual de quien fue útil para ilustrar una lección de doble moral. La inmortalidad del cangrejo con manos ágiles Orlando Yanes descansa en otra historia local de la infamia.

Woody Allen se cambió el nombre porque el suyo (Allan Stewart Konigsberg) no era suficientemente chistoso; necesitaba un nombre de guerra pegajoso; se compró unas gafas de montura gruesa porque su rostro no le parecía lo suficientemente atractivo; sería un feo interesante para círculos intelectuales de tolerancia estética sin acudir al quirófano; hizo monólogos cómicos en farsas teatrales demodé, incitados por Jack Rollins y Charles H. Joffe, quienes empezaron actuando de representantes y terminaron como sus productores.

Este geniecillo incomprendido, empeñado en desafiar al Gran Hermano (Hollywood), reconoce que filma una película tras otra para atenuar su miseria existencial y no pasarse el día repitiendo que la vida es un sufrimiento sin sentido. Fuera del plató, la sombra del hastío nubla sus ojos vencidos, pero nunca derrotados. Allen parece identificarse con el pobre Morris Zelig, moribundo en un hospital público. No es casual que su madre Nettie le revelara a la cámara del laureado Woody: “Si no hubiese sido tan estricta contigo fueras menos ansioso”.

Zelig buscó y, de cierta manera, consolidó el prestigio de los reptiles humanoides en la escena contemporánea. Del arte a las “políticas del arte” hay solo un paso. Siempre a favor de una mediación oportuna o finalidad oportunista.

Sin estudiar a Maquiavelo o a Fouché, Z. intuyó que entre “ser oportuno” o “ser oportunista”, la táctica consistiría en sacar lasca de lo conveniente en cada trance incómodo.

Odio a Allen me dijo.

Lo amo.

Cuestión de gustos.

¿Pero no te gustó Zelig? Yo te la recomendé.

Algo, pero mentí. Yo soy un poco Zelig. Miento para agradar. Mi psicóloga me ha dicho que debería decir la verdad y empezar a visitar un ginecólogo.

—Zelig es una gran cinta. No hay que jugar con Zelig. Ni en broma. 

(Alberto Fuguet, Por favor, rebobinar, Editorial Planeta, Barcelona, 1994).

¿Quién no es un poco Zelig o aspira a rebasarlo en términos de visibilidad? ¿Cómo habitar el territorio de la exclusión por encima del engaño piadoso?

¡Qué importa si Leonard es una leyenda real o ficticia! Lo crucial es el protagonismo de un sujeto emblemático en la actualidad; maniobra cinematográfica surgida en un caos mental de Woody Allen en aquel “ocio feliz” de 1981.

Esta joya del testimonio falsificado reivindicó al líder del situacionismo Guy Debord, quien decretó antes de quitarse la vida: “Lo verdadero es un momento de lo falso”.

Treinta años después, el aura de Zelig serviría de bisagra entre fascismo y comunismo; brotar de la manga de un sátrapa latinoamericano o figurar en una pasarela destinada a engendros naturales. Con “lo mejor de la izquierda” y “lo mejor de la derecha”, el zorro inmortal sería bienvenido por quienes valoran la astucia como solución de permanecer en el centro durante los tiempos difíciles.

“¿Por qué no te callas?”, le increpó el rey Juan Carlos I de España al caudillo venezolano con manía de grandeza oratoria Hugo Chávez (1954-2013) en otro epílogo famoso (XVII Cumbre Iberoamericana, Santiago de Chile, 2007, para los amnésicos). “¿Por qué no acabas ya de morirte?”, le diríamos al fantasma de Leonard Zelig incrustándose en la piel del universo.

Diversas esquizofrenias cautivan a multitudes hasta reducirlas a la servidumbre; Z. es un ejemplo inofensivo de cómo revertir el desamparo en virtud.