Alberto Garrandés: Ciertas confusiones literarias

No, no puedes engañarte. ¡Lee bien! Enfócate, vamos. El anuncio parece dirigido a ti (como a Felipe Montero en Aura, de Carlos Fuentes). Pero quizás ni el periódico, ni el noticiero de las 8:00 pm, ni la cartelera cultural están diciendo eso: que a Fulanita de Tal le han dado el Gran Premio de Ensayo. ¿Será posible? Quizás estés confundiéndote. Un atroz malentendido. Alucinaciones. ¡Mejor así!

Pero no. No estás leyendo mal: a Fulanita de Tal le dieron, efectivamente, el Gran Premio de Ensayo. Meses atrás, en la Feria Internacional del Libro, viste otro recorte. Un clip (en forma de cita) convertido en pancarta, en cartel, en cintillo de TeleSur, y, al final, en pergamino encristalado: Fulanito de Tal recibe el Premio Nacional de Literatura. Aunque ya todo eso era más o menos sabido. O sospechado. O intuido. Y entonces vienen a tu mente los días en que conversabas, a raíz de una vieja polémica, con el Maestro. La muerte no lo había visitado aún, estaba en buena forma, y tú, jovial, creías en ciertas cosas.

De repente aparecen los desvaríos. Los espejismos. Se realizan pactos inmoderados. Brota una quimera por allí, un ensueño por allá. Desórdenes, estratagemas raras. Señas, intentos de equilibrar el mundo, ajustes de cuentas. Embelecos. Para que haya distinciones y premios hace falta, al parecer, que haya jurados. ¿Serán jurados ad hoc? Y la proclama básica de esos jurados se origina, al parecer, en una idea inclasificable que los libera de un modo grave y delicado: cada jurado (cada grupo de lectores en número impar) conforma en conjunto su canon.

He aquí una trama perfecta. Confortable y ventajosa. Los jurados literarios elaboran, matizan, jerarquizan y establecen la verdad de la literatura. Hacen tabula rasa (borrón y cuenta nueva). Es cómodo. En un país como el nuestro, donde los escritores no tienen prácticamente ninguna oportunidad de ejercer un poder real, el pasajero y eficaz poder dentro de un jurado es un regalo inestimable.

De forma que, en conclusión, no puedes confundirte porque no estás confundido: esos premios de los que acabas de enterarte son: 1) reales, 2) escapan airosos de cualquier alucinación, 3) instauran, como por arte de magia, un poderío (merecido o no), y 4) apelan a tu sensibilidad y te ponen a pensar.

Mucho lobby indirecto no determina nada en materia de decisiones literarias. Y, sin embargo, los mecenazgos intelectuales (y espirituales, claro está) dejan una huella y tienden a sostenerse justo allí donde un ademán, un guiño, o una opinión arreglan (amoldan, adaptan… o echan por tierra) un juicio más o menos generalizado.

El lobby es un fenómeno perentorio, despejado, certero a veces, y, en muchísimas ocasiones, establece de manera sencilla y desahogada el escenario para dirimir ciertos asuntos de la literatura, en especial si se trata de la importancia de un escritor, un libro, una decisión literaria. Creo que fue Mr. Clinton, expresidente norteamericano, quien dijo que diez minutos de lobby le hacían comprender un asunto que sus asesores tardaban tres horas en explicarle.

Vuelvo a decirlo: hay algunos horrores. Por ejemplo, haces un doctorado, presentas un texto académico, manejas un conjunto grande de referencias bibliográficas… y ¡zas!, ¡ya eres un ensayista, o un crítico! Discutes tu doctorado, eres doctor, y, ¡boom!, te conviertes en ensayista. Daría risa si no fuera tan patético.

¿De dónde viene tanta confusión? De la banalidad que se apodera de la cultura. Un ensayista es un escritor que habla de una obra equis movilizando creativamente ideas y conceptos bajo una marca de estilo. Eso es todo. Pero ¿qué remedio tiene, si vivimos en un país cuya cultura anhela, con legitimidad, salvarse, pero que está llena de desórdenes y obcecaciones de ese tipo?

Escritores que no lo son, ensayistas que no lo son. Mistificaciones por doquier, muchas de ellas dominadas por la manipulación política.

El lobby puede ser (y de hecho varias veces lo ha sido) el territorio idóneo para preparar veredictos sustentados en meros engaños y autoengaños que admiten, sin embargo, alguna dosis de verdad. Esos juicios, al crecer y propagarse, influyen en las mentes porosas. Hacen que las simpatías (la mayoría de ellas son una chocante y sorpresiva mezcla de apego humano con aquiescencia cultural) crezcan y formen un humus propiciador de lo que vendría después: un premio literario.

Decisiones literarias capaces de encerrar, a su vez, decisiones coyunturales matizadas por estimaciones humanitarias, culturales, políticas.

Puestas unas junto a las otras, las simpatías literarias (me refiero a las que aparecen tras un lobby enérgico y reproducible como un fractal de conceptos) apenas se sostienen en términos de literariedad, en especial si se trata de esa sensación que surge de la liga de una dosis de fervor con una dosis de afición. El lobby trae esas secuelas. Y si es un lobby institucionalizado, o que divide sus trabajos y sus días en dos partes: el que se realiza en los salones y el que perpetran las instituciones, entonces el resultado no podrá fallar.

A ver, dime: si usas mirilla láser y tienes en las manos un fusil automático que lleva en sí un dispositivo digital autorregulado, ¿el tiro falla? Claro que no. Ni falla ni puede fallar. Jurados ad hoc, más lobby, más instituciones, ¿qué da? Tiro en el centro de la diana.

Incluso un lobby institucional, generalizado, y que se pone en marcha en forma de programa, es capaz de arruinar reputaciones literarias bien consolidadas y que no aparecen así como así porque diecisiete buenos críticos decidieron cabildear junto a veinte profesores distinguidos. Hay reputaciones literarias probadas, indiscutibles, que se desgastan cuando las instituciones deciden intervenir y encumbrar a quienes ya los lectores y los propios libros han encumbrado de forma natural.

Onelio Jorge Cardoso, por ejemplo. Un cuentista de primer orden. Un estilista que ya a fines de los años cincuenta era uno de los mejores. Lo simplificaron. Lo convirtieron en una especie de bandera de la identidad literaria nacional. Y acabaron con él. ¿Le hacía falta a Onelio Jorge Cardoso esa obsequiosidad oficial? Claro que no. Bastaba con leerlo bien y practicar, en ciertos textos suyos que son obras maestras, esas inmersiones que devienen el mejor tributo posible.

En una apreciable medida, la obsequiosidad oficial ni siquiera sabe por qué un escritor reverenciable debe ser reverenciado. Sabe que debe reverenciarlo, intuye esa necesidad, o algún asesor hace un informe explicando por qué conviene hacerlo… pero en la esencia misma no existe una comprensión cabal (íntegra, proporcionada, veraz) de las razones de esa reverencia.

No me cansaré de repetirlo: la literatura no se hace para dar clasecitas de historia, ni para mostrar el mundo (a no ser que ese mundo sea el que un escritor funda con su obra), ni para filosofar, ni para hacer política (la que sea), ni para hablar de cuestiones sociales. La literatura es un estado que aparece solo si la escritura alcanza a escarbar e introducirse en lo que casi no admite expresión, en lo que apenas se deja definir por medio del lenguaje.

La literatura no existe para reflejar nada, ni para proponer o fijar compromisos ideológicos. Claro que esos desempeños están ahí, al alcance de la mano, pero son o deberían ser consecuencias, emanaciones, o secuelas filantrópicas (por así llamarlas) del ejercicio de la literatura, y no causas, ni orígenes, ni principios. La literatura es, pelea contra la insuficiencia del lenguaje, fabrica algo, añade realidad a lo real aunque, al cabo, dependa de lo real.

Que nadie se haga ilusiones acerca del papel, el encargo, el cometido de la literatura. La literatura existe, como la poesía (que es su núcleo), para celebrar su condición de llave que nos permite entrar en la Habitación de lo Invisible, es decir: lo que, dentro de lo humano, limitadamente puede mostrarse con palabras.

Hablo de la imaginación, del misterio del yo, del diálogo intransferible con el otro, y de la salvación del espacio de la cultura y el espíritu. Y tengo la impresión de que allí no se toleran ni las confusiones, ni el lobby, ni lo circunstancial, ni las virtudes transitorias que germinan en los encandilamientos.