Duanel Díaz Infante: Crítica del desencanto

“Alcides es el mejor poeta cubano vivo”, afirma Miguel Coyula, entrevistado en el periódico El Mundo a propósito de su documental Nadie. No hay aquí, sin embargo, un juicio estético. De lo que se trata no es de poesía, sino de política. Como en la entrevista de Carlos Manuel Álvarez “Alcides, el inédito”, publicada en El Estornudo, la admiración hacia el poeta se confunde con la perspectiva suya sobre la cuestión cubana. Ambos entrevistadores parecen identificarse con esa idea prístina de la Revolución que Alcides, legitimado por años de ostracismo y ninguneo gubernamental, viene ahora a encarnar.

Porque no se trata ya, desde luego, de estar a favor o en contra. Hoy nadie defendería el statu quo, el debate ahora es sobre la naturaleza histórica del régimen, sobre cómo separar revolución y dictadura, si hubo o no algo valioso allí. “Todo lo hemos perdido”, decía Lezama en alguno de sus ensayos sobre el pasado cubano, y yo diría que la cuestión, ahora que la pérdida parece más allá de toda duda razonable, está en dónde radica la misma, qué se perdió. Para algunos, la pérdida es la República. Para Alcides no: “La pérdida mayor ha sido la Revolución misma, fue el sueño de mucha gente como yo”. Alcides es muy crítico del gobierno cubano, pero, como señala al final de la entrevista con Carlos Manuel Álvarez, tampoco le “convence mucho” “la posición radical del viejo exilio”. Permanecido en Cuba contra viento y marea, Alcides, anciano venerable, es erigido en símbolo para una nueva izquierda cubana que se contrapone, tanto como al oficialismo, al discurso anticastrista.

Porque “En Cuba hacía falta una Revolución. Lo que pasa es que la Revolución dejó de ser Revolución pronto y se convirtió en otra cosa”. Instado por Carlos Manuel a precisar el año “en que la Revolución deja de ser Revolución”, él responde que por allá por el 65 o el 66, cuando “se crea el nuevo cuerpo legal”. Pero entonces, ¿no fue la Ofensiva Revolucionaria de 1968 —la nacionalización de los comercios privados que quedaban:  quincallas, barberías, bares, puestos de fritas…—, revolución? ¿los “planes piloto” de 1967, los intentos de eliminar el dinero en lugares como Gran Piedra y San Andrés de Caiguanabo? ¿No fue todo esto, que recuerda los momentos más intensos de las revoluciones, parte de la Revolución?

En el testimonio de Alcides, el final de la revolución parece coincidir con el momento en que el sujeto revolucionario comienza a desilusionarse. En nada se diferencia en esto de los de otros desencantados como Carlos Franqui, Eliseo Alberto Diego y Norberto Fuentes. Y la refutación que merece es la misma: no es que a partir de esos años, “Fidel” empezara a hacer lo que le diera la gana; es que ya había empezado antes, en aquellos primeros años que Alcides rememora como una suerte de Edad de Oro.

El relato de la Revolución que encontramos en “Alcides, el inédito” y en la webseries que dio origen al documental Nadie, es de una enorme simplificación. “Fidel” no “inventa” la alfabetización. Hubo dos reformas agrarias, la primera muy distinta de la segunda; ambas están relacionadas con la resistencia en el Escambray, que se pasa por alto cuando se habla de este momento como “el sueño del país”. Cuando recuerda el entusiasmo que acompañó a aquellos proyectos, Alcides exagera la popularidad del régimen, como si el apoyo al castrismo hubiera sido unánime. Indudablemente, en los siete años que van del 59 al 65 la mayoría de los cubanos fue fidelista, pero hubo una minoría que se opuso, y no solo los ricos, los terratenientes, los grandes burgueses. La maquinaria propagandística del castrismo —las fotografías “épicas” de Korda y Corrales, los documentales de Santiago Álvarez, la poesía conversacionalista, la nueva trova— ha borrado esa historia, creando una imagen mítica que identifica la Revolución al pueblo soberano. Alcides reproduce ese mito en su relato.

“Todo el mundo sabe que ha habido censura”, dice Alcides. Pero no, en rigor no ha habido censura. Los setenta no tienen nada que ver con la censura. Censura hubo en la España de Franco, en algunos momentos de la dictadura de Batista. En el mediodía del castrismo lo que hubo es “política cultural”. No entender la diferencia esencial entre esto —que es positivo, un mandato de “desenvolvimiento revolucionario”— y la censura —que permite la neutralidad—, lleva a pasar por alto el origen del problema de la cultura dirigida, que está en lo que Alcides llama “la gran época”.

“¿Cómo no nos dimos cuenta de que se estaba estrangulando una de las principales libertades de cualquier país civilizado, la libertad de prensa, que es decir la libertad de pensar y expresarse? […] ¿Por qué entonces no hicimos nada para impedir que desapareciera, que fuera asfixiada?” —se preguntaba César Leante, a propósito del fin de la prensa libre, en su libro de memorias Revive, historia. Anatomía del castrismo. Leante dice que esto es fácil de ver desde la distancia de los años transcurridos, “pero no en aquellos momentos en que el insoportable resplandor de la revolución cegaba”.

Pues bien, Alcides parece que sigue cegado por el resplandor. “El Che”, afirma en la webseries disponible en YouTube, “soñaba con hacer un mundo nuevo […], donde la gente fuese feliz realmente”. En su poema “Para encontrar a Ho Chi Minh”, firmado en 1971, había apuntado, entre los “pocos lujos” o “maravillas” que su época se permitió, “la vida del Che” (La generación de los años 50, p.365). No hay, pues, entre el anciano de 2016 y el joven de 1971 cambio alguno que se perciba. Alcides no somete a crítica los ideales que abrazó en aquellos años, en su cuaderno de poesía Himnos de montaña y su novela inédita Contracastro. (Hay un breve fragmento publicado en Unión, diciembre de 1967, pp.208-210) La perspectiva del desencanto nubla la comprensión de la historia; el discurso, liberado de rigor analítico, cae en la estética. No en la poesía, sino en la mala poesía, en el kitsch. “Pero sí, fue hermoso. Y estábamos haciendo historia, por otra parte. El dinero tú no te lo llevas, la gloria sí”. Si cambiáramos el imperfecto al presente, obtendríamos la médula del discurso que el Indio Naborí rimaba en su columna “Al son de la historia” en el periódico Noticias de hoy: la revolución como “maravilla”, la historia “in the making” como suprema obra de arte.

“Estábamos construyendo de nuevo el mundo”: Alcides reproduce del todo la imagen encantada de la Revolución, esa fascinación propia de los sesenta, pero es que el propio desencanto es también una noción de aquellos años. El tópico de la Revolución como sueño irrealizado se encuentra ya entonces en la poesía de otros autores de la generación del 50, como Roberto Branly. En el poema “Panorámica”, de su libro Poesía inmediata (1968), leemos, por ejemplo: “¿qué nos queda sino este sueño gigantesco, hermoso, / que entre el papeleo y el reverso contra los papeles / ya demora realizarse más allá de lo debido?”

¿No reconocía el propio Padilla, en su famosa autocrítica, que él y los escritores de su círculo estaban “invadidos por el desencanto”? Él, que años atrás había abandonado su “guarida de astucias y terrores” para disponerse a cantar el “justo tiempo humano”, la nueva vida que nacía “verde y serena y resonante”. Solo los que han conocido la esperanza y el fervor, quienes han hundido su mano en la Revolución como en un pozo de agua milagrosa, pueden desilusionarse. El desencanto es parte de la cultura revolucionaria, de su mitología.

De la generación de los 50, pasa a la generación de los 70: el sueño sigue sin realizarse, pero el vínculo afectivo con la Revolución, en parte legado por aquellos que vivieron los tiempos maravillosos de las grandes transformaciones, permanece a pesar de todo. Padura: “éramos la generación de los crédulos, la de los que románticamente aceptamos y justificamos todo con la vista puesta en el futuro, la de los que cortaron caña convencidos de que debíamos cortarla (y, por supuesto, sin cobrar por aquel trabajo infame); la de los que fueron a la guerra en los confines del mundo porque así lo reclamaba el internacionalismo proletario, y allá nos fuimos sin esperar otras recompensas que la gratitud de la Humanidad y la Historia; la generación que sufrió y resistió los embates de la intransigencia sexual, religiosa, ideológica, cultural y hasta alcohólica con apenas un gesto de cabeza y muchas veces sin llenarnos de resentimiento o de la desesperación que lleva a la huida, esa desesperación que ahora abría los ojos a las más jóvenes y les llevaba a optar por la huida antes incluso de les dieran la primera patada en el culo”. (El hombre que amaba a los perros, p.487.)

Resentimiento, desesperación, huida: ¿no es esto todo lo que en la literatura encarnan Arenas y otros escritores de Mariel? La falta de cólera, el apego al país, el desencanto, comunican la ideología de Alcides y la de Padura. Según Coyula, Nadie es un triángulo amoroso entre Rafael Alcides, Fidel Castro y la Revolución. Eso me ha recordado el triángulo amoroso de Pasado perfecto: Tamara se casa con Rafael Morín, dirigente estudiantil que tiene por delante una promisoria carrera en el Partido y le ofrece una vida llena de comodidades, pero resulta que era un corrupto, un oportunista. El Conde es todo lo contrario: incorruptible, pobre, soñador. El amor y la política, que en la cultura altorevolucionaria representada por la nueva poesía de los sesenta y las canciones de la nueva trova, aparecen siempre integrados, ahora están separados. No hay convergencia. De ahí la desilusión, el desencanto. De algún modo, el triángulo de Nadie reproduce esta disociación: Castro es el corrupto, y Alcides es el Conde. Lo que hubiera sido el Conde de haber nacido en los años treinta en vez de en los cincuenta, de haber pertenecido a la generación de los que hicieron la campaña de alfabetización en vez de a la generación de los que pelearon en Angola.

“No es un campeón del exilio”, dice Carlos Manuel Álvarez. No, digo yo, es un campeón de la Revolución. A la hora de discernir entre la revolución y esa otra cosa que habría venido después, entre la revolución (necesaria) y su corrupción (contingente), Alcides no duda en lo absoluto. Dentro de la revolución, todo lo bueno; fuera de la revolución, todo lo malo. El haberse mantenido indemne a la cooptación a la que han sucumbido otros escritores de su generación hace de Alcides una figura admirable, pero no le otorga razón. La revolución no se echó a perder, no se malogró, no se perdió por culpa de “Fidel”. La revolución se consumó, se cumplió. Hay una lógica, una continuidad entre el entierro del Diario de la Marina y los artículos de Leopoldo Ávila, entre la creación de los CDR y la promoción de la “novela policial revolucionaria”, entre el establecimiento de la libreta de abastecimientos y las hambres del período especial, entre la intervención de la Shell y la Texaco y los alumbrones de los años noventa.

Decía Susan Sontag que es más importante entender que recordar. En este caso, en vez de rememorar la Revolución, pensar la Revolución. No tenemos por qué intentar situarnos en lo que Hugh Thomas llama en su Historia contemporánea de Cuba “la ilusión lírica”; libros como este de Thomas, The Transformation of Political Culture in Cuba, de Richard R. Fagen, y La lune et le caudillo. Le rêve des intellectuels et le régime cubain (1959-1971), de Jeannine Verdès-Leroux, entre otros, nos dan una perspectiva muy distinta de aquellos años. Las “cosas lindas” de la Revolución, vistas desde la distancia crítica, nos revelan un costado Leviatán que la perspectiva nostálgica de Alcides escamotea. Por debajo del entusiasmo, de la sublimidad que rezuman las instantáneas de la época, vemos emerger una vasta red tentacular, como una telaraña, un orden que mete miedo.

La alfabetización, por ejemplo. ¿Quién no iba a estar de acuerdo con eso?, se pregunta Alcides, y tiene razón. Posiblemente ninguna de las iniciativas del gobierno revolucionario contó con apoyo tan unánime. Fagen reconoce esto, pero señala otros hechos que vale la pena considerar: en el discurso del 1 de mayo Fidel Castro anunció la nacionalización de todas las escuelas privadas; unos meses más tarde, en su discurso en la clausura del Congreso Nacional de Alfabetización, el propio Castro dijo que al final de las vacaciones todos los maestros serían convocados a participar en los tres meses finales de la campaña; a partir del 18 de septiembre, la participación, que hasta entonces había sido voluntaria, se volvió obligatoria. El manual de los brigadistas, llamado Alfabeticemos, contenía 24 temas de “orientación revolucionaria”. Como parte de su examen final, cada alfabetizado debía escribir una carta a “Fidel”.

El problema no está en aquel abecedario (la A de reforma agraria, la B de bloque económico, la M de milicia, la F de Fuerzas Armadas Revolucionarias…); fueron los alfabetizadores los verdaderos adoctrinados, más que los propios analfabetos. Así como la “campaña del millón” había sido extrañamiento —los guajiros en La Habana por primera vez, en edificios con elevadores y baños con año corriente por primera vez—, la alfabetización lo fue para los brigadistas que entre lomas, ciénagas y campos de tierra colorada descubrían otra Cuba más auténtica. El propósito era, en cierto modo, hacer de la campaña lo que había sido la guerrilla, un espacio de transformación de la subjetividad donde los jóvenes urbanitas abandonaran los valores de la clase media.

Juntos, alfabetizadores y alfabetizados eran ahora otros, muy distintos a los que habían sido solo unos años atrás. En el discurso que Fidel Castro pronunció el 22 de diciembre de 1961, esta idea es fundamental: la “gran batalla” de la alfabetización solo había sido posible por estar el “pueblo en revolución”. ¿Podía la “democracia representativa” de Rómulo Betancourt y la Alianza para el Progreso “movilizar” realmente a las masas? Solo el socialismo era capaz de “llenar esta gigantesca plaza de jóvenes que retornan vencedores, de obreros que retornan vencedores, de maestros que retornan vencedores”.

La similitud entre el regreso triunfal de los brigadistas, vestidos con sus uniformes ya raídos, algunos con collares de semillas como los que se habían usado en la Sierra Maestra, y la entrada de las tropas guerrilleras en La Habana tres años antes, era evidente y deliberada. Ese acto el 22 de diciembre de 1961 fue una apoteosis, una suerte de “reenactment” de la inundación revolucionaria original. El éxito de la campaña de alfabetización venía a ser una demostración de la enorme potencia del pueblo revolucionario, de la efectividad ilimitada de la movilización socialista. He ahí el proton seudos, una suerte de ilusión óptica que resulta fundamental para entender nuestros años sesenta. La alfabetización llevó a creer, a los dirigentes y también a las masas, que las demás campañas serían igualmente exitosas, como si lo que se consiguió en el terreno de la instrucción pudiera reproducirse en el de la industrialización y la producción. Pero todas fracasaron.

Hay un artículo muy interesante de Benedetti sobre el caso Padilla. Es una toma de partido por la revolución, sobre la literatura. Benedetti usa como metáfora la derrota de Alegría de Pío, en los Pasajes de la guerra revolucionaria. Cada escritor, dice, tiene su alegría de Pío, y la suya es el escándalo de la prisión de Padilla. En ese momento cuando tantos retiran su apoyo al gobierno revolucionario, él hace una autocrítica, se retracta de su ponencia en el Congreso cultural de 1968. “Admitimos que la revolución conlleva errores, desajustes, desvíos, esquematismos. Pero la asumimos con su haz y con su envés, con su luz y con su sombra, con sus victorias y con sus derrotas, con su limitación y con su amplitud.” (“Prioridades del escritor”, Marcha, 4 de junio de 1971) La crítica del desencanto tendría acaso que seguir una lógica semejante.