Gilberto Padilla Cárdenas: Newspeak I

UNO.

Lo que pasó: leí un artículo de Michal Glowiński titulado “La neohabla”. El texto describía minuciosamente los efectos enrarecidos del comunismo en la lengua polaca. Y se me ocurrió rastrear esas secuelas en la prensa cubana. El resultado fue, por cierto, brutal. Como agarrarse a trompadas con la realidad.

Un ejemplito para lubricar: en la neohabla —explica Glowiński— desempeña un gran papel el elemento de la magicidad. Las palabras no tanto se refieren a la realidad, no tanto la describen, como la crean. Lo que se enuncia autoritariamente, deviene real. La mayoría de los eslóganes (por el estilo de “La juventud cubana siempre con la Revolución”) cumple una función mágica. Desde el punto de vista formal, esos son enunciados que dan a conocer algo como real; no trataríamos como fórmulas mágicas enunciados que expresan un deseo (no es, pues, una fórmula mágica la misma frase escrita de este modo: “Ojalá que la juventud cubana esté siempre con la Revolución”). En otras palabras: “la magicidad es el hablar sobre estados deseados como si fueran estados reales”. Desiderátum. Fotosíntesis.

DOS.

En uno de los momentos más delirantes de El color del verano, Reinaldo Arenas coloca en la cresta de las siete maravillas del socialismo cubano al periódico Granma: “porque la realidad nada tiene que ver con los acontecimientos que este anuncia. Es el periódico más optimista del mundo, entre los verbos más comunes que encabezan sus titulares se encuentran: “optimizar”, “vencer”, “derrotan”, “arribar”… También es el periódico que cosecha más papas y azúcar en todo el globo, aunque estos productos nunca los vemos por ningún lado”. La magicidad es también hacer desaparecer la realidad.

TRES.

“Un cuento siempre cuenta dos historias”, se lee en la primera “Tesis sobre el cuento” de Ricardo Piglia. Imaginen que un joven marido angustiado irrumpe a altas horas de la noche en la casa de un médico y le suplica que acuda de inmediato a asistir a su mujer, que está agonizando. El hijo del médico acaba de morir un momento antes. Haciendo un gran esfuerzo, el médico deja a un lado su propia pena y accede. Pero cuando llega a la casa del tipo, la mujer, sorprendentemente, no está, pues se ha ido con otro hombre. El título de este cuento de Chéjov (“El enemigo”) ofrece suficientes pistas acerca del final de esa noche, donde uno siente que la verdadera historia es la historia de esa mujer en fuga. Pero ni una palabra. Nada. El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1.

Lo mismo con la prensa cubana. Cuando Ciro Bianchi publica en Juventud Rebelde un artículo donde se lee: “qué sentido tenía el busto de Mella que se emplazó en el cruce de la galería comercial de la Manzana de Gómez, y que se retiró hace siete años, algo antes de que el viejo inmueble empezara a transformarse en un hotel de lujo, y que ahora parece preocupar a algunos”, intuimos que algo nos estamos perdiendo. Que cada palabra ejecuta un movimiento lento, como si no levantara polvo, como si fuera una serpiente escondida en el pasto. Ese algo —soterrado como un cuento de Chéjov— no es otra cosa que el performance ¿Dónde está Mella?, de Luis Manuel Otero Alcántara.

“El cuento clásico a la Poe”, según Piglia, “contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola. La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión”.

CUATRO.

Se sabe: los periodistas made in Cuba, desde el principio de la Revolución, se topan con el mayor problema de su especie: su entorno es un animal colérico y chiflado. Igual que los peces, que cuando bajaron las mareas debieron convertir sus aletas en patas para sobrevivir, el periodista cubano tuvo que desarrollar su labia como sistema de edulcoración. Una de sus prácticas más comunes es la manipulación de eufemismos e hipérboles en dependencia del contexto. La regla de utilización se puede formular así: cuando se habla de situaciones embarazosas propias, y sobre todo de decisiones (ante todo, económicas) que no regocijan a nadie, se presentan los eufemismos; en cambio, cuando se habla de situaciones embarazosas del contrario (el contrario siempre es extranjero), entonces se pueden esperar cataratas de hipérboles. De nuestro lado: “Período Especial”. De aquel lado: “crisis económica”.

En conformidad con ese principio, en Cuba no hay un aumento de los precios: hay un ajuste o —un eufemismo llevado más lejos— una corrección del importe; mientras en el extranjero tiene lugar precisamente una subida de los precios, una inflación, etc. Este principio actúa también en los casos inversos: de nuestros éxitos se habla con hipérboles; de los éxitos del contrario, con eufemismos. Y así sucesivamente como en un canto tirolés.

CINCO.

En algún ensayo, Mario Bellatin confesaba que gustaba de tener animales (peces, por ejemplo) cerca suyo mientras escribía. Observaba sus reacciones y las anotaba. Paulatinamente, la conducta de sus mascotas interfería en la estática de la escritura y terminaba por afectar la conducta de los personajes de sus libros. La idea me vuelve a la cabeza cuando veo Cuba la bella, de Ricardo Vega, donde es usada con un humor más que delirante. Los animales de Vega son vacas que tienen la cabeza en aire acondicionado. No tengo un carajo de idea de dónde salieron esas imágenes, pero son increíbles. Las mejores partes del documental son justamente aquellas que muestran el Experimento Hipotálamo: “Bastaría con cambiar el clima en la cabeza del animal”, explica Fidel Castro como quien mira el futuro en la borra del café, “para que la producción de leche aumente”.

No sé si hay moraleja en ese experimento, pero me imagino a los periodistas cubanos con el hipotálamo entumecido y el cuerpo sudado, en una gran nave bovina que bien puede ser un periódico nacional, escribiendo cosas como esta: “No hay sacrificio, combate o proeza que no estén representados en el Comité Central”. (Casualmente, en el mismo documental donde se aborda este experimento con las vacas, aparece, minutos después, la noticia de la creación del periódico Granma, y el susodicho titular.)

SEIS.

Alguien me habla de la Mochila, el émulo estatal del Paquete Semanal, y no puedo dejar de pensar en 1984, de George Orwell, y en aquella ordenanza del Ministerio de la Verdad, cuya principal tarea era proporcionarles a los ciudadanos de Oceanía periódicos, películas, libros de texto, programas de telepantalla, comedias, novelas, con toda clase de información, instrucción o entretenimiento. Fabricaban desde una estatua a un eslogan, de un poema lírico a un tratado de biología y desde la cartilla de los párvulos hasta el diccionario de neolengua […] Había toda una cadena de secciones separadas que se ocupaban de la literatura, la música, el teatro y, en general, de todos los entretenimientos para los proletarios. Allí se producían periódicos que no contenían más que informaciones deportivas, sucesos y astrología, noveluchas sensacionalistas, películas que rezumaban sexo y canciones sentimentales compuestas por medios exclusivamente mecánicos en una especie de caleidoscopio llamado versificador.

SIETE.

No solo hay que mentir. Hay que mentir con un mínimo esfuerzo. Una mentira tiene que tener introducción, nudo y desenlace. No puede llegar desnuda, como llegan las ofensas gratuitas. Ejemplo al azar: “La juventud cubana celebra en el surco”. ¿Quién no recuerda aquel “Somos felices aquí” en pleno Período Especial? Mentir en un periódico nacional es tan efectivo como hacerlo en la cara del interlocutor, pero sin la desventaja de tener que ensayar gestos milimétricos. Es tan cómodo, seguro y eficaz como mentirle a una novia ciega.

Volveré sobre el tema. Falta lo mejor.

 

Newspeak II