Alberto Garrandés: Gradual imposición del artificio (I)

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Imaginar qué tipo de mujer tuvo que haber sido Mary Wollstonecraft Shelley. Percibir a Mary W. Shelley, o a Mary Shelley a secas, pero nunca (de soltera, sí) a Mary Wollstonecraft Godwin. Suponerla insinuando, por medio de un insólito relato, que no se puede ir contra la Naturaleza ni contra Dios. La primera quizás esté contenida en el segundo, aunque podría ser al revés. Y ahí está, en la duración de dos siglos, Frankenstein, or the Moder Prometheus, la novela que empezó a escribir, en firme, hacia 1816 y que apareció en 1818.

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La principalía del cuerpo y de la vida corporal. Cuestiones dependientes de la vida y de la ciencia, pero también, con idéntica fuerza, de los dioses. El Prometeo de Esquilo como alegoría de una insubordinación castigable que sigue extendiéndose en el tiempo. Y un hombre (Victor Frankenstein) que hace de Dios y abandona, después, a su Criatura. La Criatura como Ángel Caído, o mejor: como un outcast, un desplazado, un confinado, un desterrado. La mesa está dispuesta.

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Pensar en Shelley (Percy Bysshe Shelley, por supuesto) y verlo paseando por Venecia en la góndola de Lord Byron, durante una visita donde interviene una niña que se llama Allegra. Byron va a recibir a Allegra, la hija que ha tenido con Claire Clairmont, hermanastra de Mary. Ella y Shelley le llevan la niña (Claire quiere, de lejos, hacer un último intento de reconquistar a Byron) y Shelley vuelve, gozoso, a ponerse (la primera vez, en 1816, en Villa Diodati, con Mary, Claire y J. W. Polidori) bajo el influjo del famoso poeta acusado de vampirismo, incesto y sodomía.

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J. W. Polidori. Si Lord Byron hubiera sido una estrella de rock (casi lo era, de cierto modo), Polidori habría sido su groupie más acreditado. Byron, bravucón y desdeñoso, lo llamaba Polly-Dolly, aun cuando Polidori fuera su médico de cabecera incondicional, pautador de citas, secretario, hacedor de brebajes y devoto extático. Un hombre, además, siempre en disposición de herir a los intrusos.

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Byron y Shelley en una góndola que va deteniéndose en algunos sitios donde hay mujeres hermosas y cerriles que se dejan perfumar por el calor del pan recién horneado. Una góndola que se arrima, cuando la tarde muere, a una de las paredes de un viejo manicomio en el que ambos poetas, mientras lo visitan, observan el imperio de la locura.

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En Lives of the Poets, libro de libros, su autor, el ensayista Michael Schmidt, nos invita (por omisión) a dejar de lado el credo moral (o los juicios sobre la relación del albedrío con el pudor) del extraordinario Percy Bysshe Shelley, quien no tenía 20 años cuando publicó La necesidad del ateísmo (The Necessity of Atheism) y quiso, además, formalizar una especie de threesome entre él, su primera esposa (Harriet, de 16 años, quien se negó horrorizada) y T. J. Hogg, un amigo de juventud que más tarde se convertiría en uno de sus primeros biógrafos.

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Esa intención de Shelley, obsesionado por el amor libre (y su armoniosa o disonante manifestación en las camas redondas), se repite con Mary Wollstonecraft Godwin, quien, al parecer, también se niega. En compañía de ella huye a Italia y Suiza, tras abandonar a Harriet y a sus hijos. Harriet, desesperada, muere poco después (se suicida lanzándose a las aguas del Serpentine Lake, en Hyde Park) y Mary y Shelley se casan. Ella, desde entonces, no iba a ser otra que Mary Wollstonecraft Shelley, la joven que, con 21 años, se convertiría en novelista.

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Uno dice Shelley, simplemente, y ya se trata de Percy B. Shelley. Mary W. Shelley es Mary Shelley. Hay que llamarla a través de Shelley. Él es el autor de “Ozymandias” (célebre poema sobre la caducidad de los poderes terrenales y el alzamiento del espíritu por sobre la desolación y el tiempo) y “Adonaïs” (una extensa elegía dedicada a John Keats). Pero también escribe acerca de Prometeo (Prometheus Unbound) tras la publicación de Frankenstein (Mary urde una historia sobre un Prometeo moderno y allá va Shelley a intervenir en Esquilo). Algún tiempo después “edita” la novela de Mary y “produce” una versión estilísticamente “mejorada”.

Lo acompañó siempre una especie de reguero de hijos muertos, además de cierto sentido de la rivalidad, encarnada y cristalizada por el éxito de John Keats y el de su propia mujer. Se sabe que admiraba a Keats. Cuando el cuerpo de Shelley fue recuperado e incinerado en una ceremonia que Lord Byron organizó con mucha pompa, en uno de sus bolsillos se encontró un tomo de versos de Keats, su Adonaïs redivivo.

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Es verosímil que Harriet, de origen social bastante modesto, haya visto en Shelley una especie de demonio seductor. Su negativa a la liberalidad sexual estuvo asociada al pánico, la consternación y el asco.

En el caso de Mary el centro de la reacción es el mismo, pero ella, devota de Shelley (fue su prologuista más asidua y la mejor compiladora de sus poemas), no sintió asco ni pánico. Habrá, si acaso, manejado el asunto como una amante/esposa maternal que comprende, al cabo, la egoísta locura librepensadora de un poeta que no cree en Dios ni en las “buenas costumbres”. Ella tenía ideas parecidas, ideas más o menos semejantes. Y, aun así… allegro ma non troppo.

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Shelley no era tan famoso como Lord Byron. Disfrutaban de una amistad sin excesos. Pero el segundo se prodigaba (a veces huía, o se escondía, según cuenta Polidori) en la escena social, no así el primero. En Byron había poses, lo cual no le impidió ser un poeta mayor. Shelley actuaba sin poses. Los dos coincidieron en algo: labrar parte de sus vidas y mucho de sus obras dentro de una modernidad estentórea, dominada por los desafíos, el culto a la independencia personal y la sublimidad vitalista de la poesía.

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La barroca vida sentimental y sexual de Shelley se extiende más allá de Harriet y Mary. Es de presumir que hay otras tres mujeres conocidas en cuyos cuerpos (materiales o imaginarios) enredó su libido utopista: Sophia Stacey, Jane Williams y una tal Emilia Viviana. Salvo la circunstancia propiciatoria de que, al conocer a Sophia en Florencia, ya Mary se hallaba embarazadísima, no hay, en rigor, evidencias (certidumbres fuertes, quiero decir) de que algo menos platónico se hubiera desencadenado allí entre el poeta y Sophia.

Por otra parte, es una suerte que Mary fuera, desde el inicio, una mujer poseedora de un mundo propio y sólido. Una dama gentil, lúcida, sostenida en su autonomía intelectual (ya Frankenstein, or the Modern Prometheus había aparecido) y entregada a los libros, a la meditación y al cuidado de la poesía de su esposo. Cabe imaginar que se interesaba bien poco en amoríos pasajeros, salpicados o no por el sexo. Tenía mucho que escribir. Y en realidad lo hizo: siete novelas y una veintena de cuentos.

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Antes de que se marchara de Florencia rumbo a Roma, Shelley le dio a Sophia, quizás en secreto, una pequeña libreta de notas que muchos años después, a inicios del siglo XX (Sophia murió en 1874), la familia de esta entregó a la Bodleian Library. Se dice que en una de las páginas centrales había una anotación de Shelley, recordándole algo a la joven. La Bodleian siempre ha negado poseer la libreta.

Mientras escribo esto, recuerdo intensamente la trama de The Asperns Papers, la noveleta de Henry James. Ciertas mujeres de la literatura (escritoras o no) adquieren una notoriedad osmótica gracias a algunas vecindades. Y de súbito se metamorfosean en valedoras de sus maridos o sus amantes más allá de la frontera que ellos habrían respetado gustosamente. Más papistas que el Papa, como se dice.

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Shelley y Byron (imaginémoslos de nuevo) frecuentando a algunas mujeres en Venecia, antes de que el autor de Adonaïs se ahogue cruzando el Golfo de La Spezia el 8 de julio de 1822. Mary está, lo he dicho, con un embarazo bien avanzado. Es una mujer romántica (pero modernísima) que funda un mito gótico universal. Sin embargo, ella cree, con Shelley, en la centralidad del poeta y el poema. Tal vez por eso escoge la narración, el espacio de la novela (una extrañísima novela donde casi todos los hechos perviven, en tanto tales, en lo que unos personajes cuentan a otros), y sigue al pie de la letra esa idea según la cual un escritor necesita no tanto de la suspensión de la incredulidad (de acuerdo con S. T. Coleridge), sino de la suspensión de su agudeza como lector de sí y de otros. Es una contadora de historias. Nada de tinglados líricos.