Orlando Luis Pardo Lazo: Basura negra

¿Se pensaban que no me iba a atrever a nombrar un capítulo así?

Por favor.

Perdónalos, Señor, porque no saben lo que leen.

Después de abrir con un capítulo llamado “Basura blanca”, por supuesto que tenía que cerrar con otro capítulo titulado así.

Basura negra y bien. Black trash.

En este caso, basura negra de lujo. Lenguaje lustroso y violencia iluminada.

Diálogos desesperados. Existencialismo in extremis. Exilio de palabras y más palabras en una lengua límite llamada el inglés:

Dread. Dream. Descent. Despair. Decision.

Ya sé que no tienen ni la más puta idea de lo que hablo. Por algo no son lectores ilustrados, mucho menos ilustres. Por algo no han leído nada de nada, nunca. Por algo me siguen leyendo a mí, compulsivamente.

Por eso les hablo a ustedes y no al rígor mortis de la academia norteamericana.

Bien, pues. Ahora lo saben. Les estoy contando de El extranjero.

Pero no del librito original de Albert Camus, quien a la postre fue ejecutado por los servicios secretos de la KGB soviética en Francia, porque el Premio Nobel había mordido miserablemente la mano moscovita que lo mimó.

No les estoy hablando de ese extranjero.

Les cuento de El extranjero, la novela vomitada buche a buche por la rabia de un Camus negro norteamericano. Un comunista también renegado, como Albert el argelino francés. Y, como Camus, también acosado por la basura blanca del Partido Comunista.

En este caso, el Communist Party USA, de siglas CPUSA, una gaveta sucia y con olor a comida barata, un consultorio repleto de gente mal fornicada que logró infiltrar desde las Oficinas de Correo hasta el cuarto piso del Departamento de Estado, desde donde pudieron cocinar en su propia salsa al castrismo continental.

Y todavía sigue allí. Mierdamericanos de izquierda radical, disimulados bajo la piel demócrata de un traje carísimo. Topos a la espera de la menor oportunidad para aplaudir al totalitarismo y hacer leña del capitalismo caído.

Les cuento de un extranjero de verdad, no de un personaje de una novela de mentiritas, como es el caso de L’Étranger. Les hablo del magnificente libro The Outsider, escupido por ese hijo nativo del sur llamado Richard Wright.

Esos malditos Wright resabiosos. Tecleando a piñazos sobre la ametralladora de su máquina de escribir. Piloto prodigio y procaz, adelantado al resto de la basura blanquinegra por un periodo de por lo menos quinientos años.

Un escritor pingú, no un autor intelectual.

Sin miedo a quedarse solapio, solapiao.

Como solo en cuerpo y alma lo dejó la insulsa intelectualidad euroamericana, esa casta de cobardes con ínfulas de escuelita de por aquí o por allá. Con sus tics nerviosos, sus pulsiones despóticas, sus concepticos de entreguerras y de posguerra, su arrogancia de emigrados de oro en un país de analfabetos con cash, y sus egos sin orgasmos made in Frankfurt o hechos en Fidelfurt.

Fuck them all, Richard Wright.

Fuck them all, holy Cross Damon.

Demonio de los desposeídos. Al margen de la propaganda perversa del proletariado.

Abajo los pobres del planeta. Ese apocalipsis de la hipocresía que se fraguó, como una ficción de acero, en las dachas alrededor de Moscú.

Allí, en la tibia estalinidad, donde media academia yanqui hubiera dado el culo con tal de ser invitada a la eucaristía de la Utopía.

Covachas para cucarachas. La ideología entra por los intestinos.

Menstruación marxista. Sal blanca sobre pan negro sobre bandera roja.

Avanti popolo, alla riscossa, bandiera rossa trionferà.

Uno estaría tentado a sucumbir a la tentación de pensar que son unos retrasados mentales. Y lo son.

Evviva il comunismo e la libertà.

Pero no lo son.

Son unos retrasados sexuales. Y, paranoias aparte, funcionan como una red de asesinos a sueldo del socialismo pannacional.

Así en el Kremlin como en Coyoacán, así en La Moncloa republicana como en la Cataluña ñáñiga de hoy, así en The New York Times como en la Plaza de la Revolución de La Habana.

A Richard Wright también lo colimaron, como a Camus.

Primero, la izquierda blanca intentó comprarle su negra voz. Trataron, como de costumbre, de blanquear al negrito listo a título del comunismo internacional. Ofrecerle un puestecito en la historia de la humanidad.

El mismo racismo de Marx, Engels y Lenin.

Cazar al monito revolucionario. Ponerlo a monear en la jaulita del zoocialismo.

Captar al negro cimarrón, al esclavo huyuyo. Solo para destruir definitivamente su locura liberta. Y sentarlo entonces a redactar la basura aburrida de la raza roja de la revolución. Blancos sin eyaculación.

Ja. Pero el negrón se mandaba mal.

Kunta Wright Kinté no entendía con nadie fuera del gueto, ni tampoco dentro.

Un tipo de cuidado. Que sabía cómo hacerse respetar.

Un Ricky Montana de Mississippi.

Con una inteligencia desquiciada, hecha a golpes de lecturas y abusos, de familia y fundamentalismo, de democracia yanqui y discriminación ancestral. Un confederado de la libertad íntima e intimidante del uno, esa gran mayoría que el Partido Comunista aspira a olvidar.

Somos uno. Somos uno. Somos uno.

Cubanos que me escuchan: repitan este mantra conmigo, antes de ponernos a jugar a la sociedad civil y la justicia social.

Somos uno.

Somos uno.

Somos uno.

La masa es fascismo. El pueblo es fascismo. Hasta la libertad es fascismo, si se nos olvida que somos uno.

U.

N.

O.

Ricardo Corazón de León Negro combatió con un coraje de tres pares de cojones. Richard Leonwright resistió hasta el final contra todo tipo de panfletos comunistas y prensa percudida de fake news.

Los liberales lo odiaban.

Precisamente por ser uno.

Por oponerse sin tapujos al mercado y a los mercaderes del antimercado.

Fuck them all, holy Cross Damon: outsider, ovni. Hombre de las cavernas, horror de unos años cincuenta donde ser escritor implicaba escribirle una Oda a Stalin (un falso negro cubano lo hizo).

Fuck the mall, lovely Lionel lonely Lane: el hombre nuevo que nunca hubiera parido la poesía de principiante de Ernesto Che Guevara.

El exilio es leer a Richard Wright con el corazón en la mano. Como mismo el exilio es leer a Ayn Rand, pero con el cerebro en el cráneo.

A Ayn Rand la negaron no tres, sino trescientas treinta y tres veces antes del alba. Una feminista de izquierda se atrevió incluso a llamarla “traidora a su propio sexo”.

Se ponen de pinga esas vaginas vaciadas por el PCUSA.

Imagino la sonrisa satisfecha de Ayn ante semejante improperio. Puedo sopesar su grandeza de Atlas ante tales cochinadas de puta sindicalizada.

Estos son los Estados Unidos de los que nunca nos dijo nada Fidel Castro a los negros cubanos. Por suerte.

De lo contrario, todavía estaríamos allí. En la Cuba cársica. Inemigrados.

Sin leer ni paladear los parlamentos impotables de Richard Wright.

Negroes can be Fascists too. Fundamentally, Fascism has nothing to do with race.

Richard Ayn también sonriendo con sorna en el capítulo final de The Outsider, antes del atentado con que los comunistas lo mataron. Como a un Camus cualquiera, como le corresponde a todo buen l’étranger.

Richard Rand con una mueca de desprecio por la decadencia de la democracia, pero sin dar su prosa a torcer a los demagogos del castrismo cultural.

Del negro no obtuvieron ni una sílaba de sometimiento.

I know nothing whatsoever. I have nothing whatever to say.

I acknowledge nothing. I affirm or deny nothing. 

I belong to nothing. I subscribe to nothing. I admit nothing. 

Acostúmbrense a la idea: del negro Orlando Luis Pardo Lazo nunca tendrán nada tampoco.

Ni suicidio, ni sometimiento.

Jódanse.

Ni una singá sílaba.

Nothings en blanco, al estilo sin estilo de Richard Wright.

 

Capítulo de la novela inédita Que la patria os covfefe orgullosa, de próxima aparición por Editorial Hypermedia.