Gilberto Padilla Cárdenas: El hombre que odiaba a los gatos

He leído apenas el cuarenta por ciento de Ernesto Guevara, también conocido como el Che (Casa de las Américas, 2016), de Paco Ignacio Taibo II. He tenido que soportar el libro, literalmente. Cuando el volumen es breve —o tiene una extensión sensata— no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo XXI, comienza a resultar un despropósito. Por primera vez en mi vida de lector empiezo a sentir la urgencia del libro electrónico. Ya no como amante de los gadgets, sino por necesidad real, por agotamiento y reumatismo. Por evitar las hernias.

No hay nada mejor para desarrollar el Síndrome del Túnel Carpiano que pasar una a una casi un millar de páginas. ¿Usted ha terminado alguna vez un libro de 976 cuartillas sabiendo de antemano cómo, dónde y cuándo acabarán las cosas?

Una pregunta similar me ha pasado por la cabeza estos días mientras leía la susodicha biografía del guerrillero. Pensaba también, todo hay que decirlo, que no es lo mismo leer a Jenna Jameson (Cómo hacer el amor igual que una estrella del porno), a David Foenkinos (Lennon), o incluso a Michel Schneider (Últimas sesiones con Marylin), que a Paco Ignacio Taibo II. Regresar al libro plano, unidireccional e izquierdoso —tipo Ernesto Guevara, también conocido como el Che—, es como volver a encender el fuego con una piedra y un palito.

Menos la lectura, todo ha mejorado en este mundo. Antes calentábamos los alimentos con leña, ahora metemos el tazón directamente en el microondas; hace medio siglo podíamos tener hasta 50 long plays en casa, hoy tenemos 500 discografías completas en el iPod; ayer íbamos a sitios a caballo y tardábamos meses en llegar, ahora nos movemos en aviones con capacidad para ochocientas personas. Todo lo que nos importa ha evolucionado menos la lectura, la lectura no. Leer sigue siendo la misma mierda desde el siglo IV.

Capaz que soy yo, que me estoy haciendo viejo y ya todo me cuesta mucho, pero cuando pienso en algunas biografías contemporáneas prefiero hacer zapping, o pesca loca, antes que despacharme otro libro de Taibo II. (Ni hablar de algo como Si Villa viviera, con López anduviera).

De las 976 páginas de Ernesto Guevara, también conocido como el Che me he saltado 500. Hay varias razones:

1) Paco Ignacio Taibo II lo narra todo, solo falta decir que el Che era un hombre con dos piernas, dos brazos y con una cabeza encima del tronco.

2) La gira insufrible: si quieres saber sobre esos sitios adonde no llega el Discovery Channel, te recomiendo leer el capítulo “El descubrimiento de América”. Hubo una época en la que un libro podía venderse únicamente porque su autor había estado en lugares lejanos y vuelto para contar las exóticas escenas que había visto. Ese autor fue Marco Polo y esa época el siglo XIII.

3) Por misteriosas razones, Taibo II considera adecuado comenzar una historia sobre un hombre apodado el Guerrillero Heroico arrancando con un prólogo que empieza cuando tenía 14 meses de edad. (“Hay una foto en Caraguatay, Misiones, tomada en 1929, mostrará a un Ernesto […] vestido con un abriguito blanco y cubierto por un horrendo gorrito […], prefigurando el desastre que en materia de indumentaria le acompañará toda su vida, el estilo peculiarmente desarrapado que hará su sello personal”). A veces la diferencia entre una historia interesante y otra que nos hace bostezar se debe al relato de una infancia. Aunque tu trabajo como biógrafo es conocer muy bien a tus personajes, pocas veces es necesario compartir toda esa información con el lector, y cuando digo “pocas veces” quiero decir “nunca”. Tu función como biógrafo es contar una historia, no hacer de pitonisa. Cuando llamas a alguien para que te preste un servicio, un soporte informático por teléfono, por ejemplo, ¿quieres que el técnico te cuente todo lo que sabe sobre su sistema operativo, el código alfanumérico de tu red inalámbrica y los algoritmos de encriptación antes de que te explique qué tienes que hacer para recuperar tu conexión a Internet? En México, ese señor se llama Paco Ignacio Taibo II.

4) La ridiculez panegírica: el Che “practica clavados […] en una poza que no tiene más de 60 centímetros de profundidad”. ¡60 centímetros!

5) El momento Kodak: hay un espacio para la descripción de casi todas las fotos del argentino (una cantidad inquietante son selfies). La biografía también pretende que completemos el álbum de cromos de lo bueno que estaba el Che Guevara.

6) No aguanto la voz en off de Taibo II: “Llenó uno de sus cuadernos con la lista de los libros leídos […], y lo llamó “Cuaderno Alfabético de lecturas generales”. En el apartado dedicado a Julio Verne anota 23 novelas (el historiador que solo llegó a 21, no puede dejar de identificarse con el personaje)”.

7) Porque si hay un chicle en la repisa del primer capítulo debe pasar algo con él antes de que se acabe el libro. Si el Che tuvo un “gorrito horroroso” en su infancia, un estreñimiento, o un ataque de asma a los 8 años, eso retumbará en el triunfo de la Revolución cubana. En esta biografía todos los datos son acordes iniciales de una sinfonía pactada. Ahí está el zodiaco cuando hace falta: “Habrá nacido el mismo día que Antonio Maceo, el mismo día que José Carlos Mariátegui, el más ortodoxo de los revolucionarios cubanos del fin del siglo XIX y el más hereje de los marxistas latinoamericanos del inicio del siglo XX”. (Como si dijéramos que yo vine al mundo el mismo día en que murió Nabobov y se mató Hemingway). Si consideramos toda esta cartomancia como elemento biográfico, en una tarde tonta que tengamos podríamos elaborar también la carta astral de nuestros héroes. El resultado sería, como poco, un horóscopo patrio. Y yo creo que hay que evitar llegar al horóscopo.

8) Muchos chismes de familia y escenitas empáticas: que si don Ernesto (padre) vivía en su despacho por ponerle los cuernos a Celia de la Serna; que si el Che se templó o no a Carmen Córdoba, su prima; que si apenas se bañaba (lo apodaban El chancho); que padecía halitosis; que tenía una sempiterna camisa de nailon que lavaba cuando se bañaba con ella puesta; que no sabía bailar; que trataba a las mujeres como kleenex (“estaba calientita y palpitante […] la tomé de la mano para llevarla afuera; me siguió mansamente pero se dio cuenta de que el marido la miraba […] yo ya no estaba en situación de entender razones e iniciamos en medio del salón una puja que dio como resultado llevarla a una de las puertas, […] en ese momento intentó tirarme una patada y como yo seguía arrastrándola le hice perder el equilibrio y cayó estrepitosamente”), o como guantes de látex: “a lo largo del viaje mantiene relaciones, ambos y sin “interferirnos”, como decía Granado, con una muchacha medio liviana (putita, diría Guevara, que es bastante radical en materia de lenguaje)”; que si a Raúl Castro le dio por ser torero en México (“le pide a María Antonia que actúe de toro. Lo suyo es una pasión sin perspectivas. Cuando no torea, acompaña a Ernesto por los callejones de la ciudad […] en la cacería de gatos para los experimentos del doctor Guevara”). Pero ni una sola palabra sobre Omar Pérez —supuesto hijo bastardo de Ernesto Guevara—, a pesar de que en los agradecimientos del libro está Jorge Castañeda, el principal artífice de este “rumor” en La vida en rojo.

9) Porque la estancia del Che en Miami, que ha merecido anécdotas reveladoras en la biografía de Jon Lee Anderson (“Finalmente, Roca le consiguió el trabajo de limpiar el apartamento de una azafata cubana que él conocía. Fue un desastre; Ernesto no tenía la menor idea de lo que debía hacer, y después del primer día la azafata le dijo a Roca que no lo enviara más. Lejos de limpiar el apartamento, dijo, Ernesto lo había ensuciado más de lo que estaba. Sin embargo, le había caído bien y le consiguió un puesto de lavaplatos en un restaurante”.) y hasta un poemario de Néstor Díaz de Villegas (Che en Miami), le toma a Paco Ignacio Taibo II solo dos oraciones.

10) Por esta estampita de Fidel Castro: “Fidel aprovechó la relativa calma para ajustar las miras telescópicas de los fusiles y probar las ametralladoras […] En medio de los ejercicios de tiro […] se le ocurre apuntar a unos delfines que viajaban cerca del barco y provoca el caos. Efigenio Ameijeiras […] recuerda: Fui de los que más coba le dio para que no les tirara, porque decían los marinos que daba mala suerte”. Pero esto es carne de otra columna. Por el momento, esa imagen: el tipo apuntando a los delfines.

13) Porque Ernesto Guevara, también conocido como el Che es uno de esos libros con los que los funcionarios no roban el criterio: nos dicen que están rigurosamente documentados, que son magníficos, para no tener que leerlos. (A pesar de todos los asesores, uno encuentra pifias como esta: “La memoria del Che fijará a fuego la respuesta de uno de los combatientes: ¡Aquí no se rinde nadie, carajo! Y se la atribuirá más tarde a Camilo Cienfuegos”).

Y porque el Che Guevara experimentaba con cerebros de gatos, “estudiando las células nerviosas, la célula cerebral, según los estímulos, pues lo sabía viendo las reacciones […]”. “Conseguía los gatos”, cuenta Laura de Albizu Campos, “a través de una señora […] creo que le pagaba a la señora un peso por gato, pero la señora tenía un grupo de muchachos mexicanos que eran los que cogían los gatos, y yo siempre le decía a él que si ya había acabado con los gatos del barrio, y él se echaba a reír”.