La artificialidad del rebaño

La “libertad de expresión” es una campaña política burda que se vende hermosa desde el patíbulo, pero no llega de la misma forma hacia el resto de la población. Somos miembros y testigos de una sociedad dividida que premia la adhesión ciega, castiga la duda y reprime los discursos frontales a la ideología que predomina.

Dejar de pensar se ha convertido día a día en la mejor forma de encajar y mezclarse con el resto de la sociedad. Una época caracterizada por el aislamiento físico, y el bombardeo de narrativas a través de las redes sociales y medios de comunicación, impone un comportamiento imitativo de las masas que evita el desarrollo y adormece las mentes capaces con discursos y hábitos de repetición.

Marx nos plantea que no es la conciencia la que determina la vida, sino que la vida social (condiciones materiales), determinan la conciencia. Adaptado a los nuevos tiempos, podríamos expresar, conforme al uso cotidiano, que “la gente piensa como vive”.

Y aunque seamos capaces de reconocer que la “ceguera social” constituye un fenómeno afín a toda era histórica y no surge hoy con la modernidad, ni con las redes sociales, y aunque la información haya estado siempre condicionada a través de la prensa, instituciones, religión y estado, que implantan dogmas y corrientes ideológicas aceptadas como el curso de lo “correcto” y “natural”; ello no justifica normalizar el problema del no cuestionamiento y compromiso social como un mal humano inapelable. 

En la modernidad, esta crisis, sino se agudiza, se muestra cada vez más visible. El flujo constante de información satura. Más importante aún, podemos utilizar la funcionalidad de los algoritmos de internet para comprender que funcionan de manera tal que son sugeridos los contenidos que el usuario consume y, por ende, refuerzan en generalidad sus creencias. 

Aquí no hay contraste de información, ni espacio seguro para la comparación, sino un caudal de información construida con base científica; otras, a través de concepciones culturales o individuales bien argumentadas pero que, en esencia, carecen de verificación o sentido; y, por último, las noticias falsas, amplificadas en estos últimos tiempos con la aplicación de la IA a la fotografía y los videos que circulan en redes sociales. 

Frente a un entorno social y material que se caracteriza por la rutina, el agotamiento, la dificultad para socializar en el espacio público, internet ofrece una zona plácida que, en lugar de nutrir la conciencia, amplifica y satura el mismo contenido y la misma información que, como un placebo, mantiene al sujeto adormecido en la gratificante certeza de que su verdad es la razón absoluta. No existe nada más allá en el mundo que sus ideas o espacio de interés y las ideas que difieren son atacadas en un espacio que lo apoya a él (compartido por usuarios con los mismos intereses comunes).

Los algoritmos de internet suelen adaptarse al individuo (maravillosa jugada analizada desde el punto de vista de un servicio comercial), pero el problema está en que el sujeto no necesita cuestionar ni cambiar su forma de pensar para lograr comprender la realidad que le rodea, ni crear sobre el entorno su propio criterio, porque posee una fuerte red de reafirmación que le premia constantemente por el conocimiento y las creencias que ya posee, lo cual constituye un freno para el desarrollo del sujeto y, en consecuencia, un gran riesgo social. 

Para Byung-Chul Han, en La Sociedad del Cansancio, el ser moderno está condicionado por el rendimiento, ya no por la disciplina que impone directamente el sistema. Sus afirmaciones se sustentan en sólidas ideas que plantean una obligación que ya no se ejerce desde afuera, sino una autoexplotación que proviene de la idea de “libertad”, y que resulta en el agotamiento extremo, la ansiedad, y la depresión. 

En Browling Alone: The Collapse and Revival of American Community, Robert D. Putnam desarrolla la individualidad del sujeto en la sociedad de los años dos mil y la obligación o necesidad estructural intrínseca de mostrar positividad con el entorno. 

Si bien es crítico y real el fundamento expresado por Byung-Chul Han en una parte significativa de la sociedad, cabe poner sobre discusión el caso de reacción contraria. Ante los escenarios que presenciamos hoy y que se han tratado con anterioridad (la alienación del sujeto en la sociedad, la conectividad con las redes sociales, la bruma de sobreinformación condicionada y facilitadora que no promueve el cuestionamiento, ni el pensamiento crítico), y analizados desde el punto de vista de esa necesidad de arribar al éxito, fundada y concientizada por frases como “Yes, you can do it”, o esa horda masiva de videos inspiracionales y rutinas inalcanzables que se exponen diariamente en redes sociales, unida a la presión de mostrar una actitud positiva, alegre y social constante, nos compete analizar la gran parte de la sociedad, principalmente adolescentes y jóvenes entre los 15 y 35 años, que padecen grados nunca antes reportados de depresión y ansiedad, constantemente sintiendo en su plano interno que “compiten en una carrera contra la vida y a todo llegan tarde”. 

La sociedad del cansancio lo plantea como una cuestión que comprende a quienes luchan y se presionan constantemente por estándares inalcanzables porque “todo depende de ti mismo”, pero cuando “todo depende de ti mismo”, sin guía, en inmensa libertad, y en medio de una sociedad donde cuestionar es peligroso, y opinar, en el lado contrario de la balanza, te produce problemas de censura social y estigmas (como si tu derecho a existir y pensar acabase justo antes de pronunciar palabra), se termina generando ese golpe de ansiedad y depresión en personas que simplemente no actúan. 

Años atrás, lo que se esperaba del individuo social estaba bien trazado: familia tradicional feliz, trabajo estable, roles seguros. Esto no comprendía los derechos de todas las personas, no comprendía el deseo de todas las personas, siendo causa de muchas problemáticas diversas que hoy se han revelado. 

No es un escenario que aquí se plantee como el “deber ser” del curso social, pero es necesario contextualizar que la extrema libertad que hoy se goza deja a gran parte de la población desprovista de una guía sobre hacia dónde llevar su camino, hacia dónde dirigirse. Presionada por un mundo circundante, por los estándares y la constante comparativa con los otros, la capacidad del hombre (sujeto social) queda mutilada. 

No se trata solo de la del “hombre mediocre” al que se refiriera José Ingenieros, sino también la de las mentes brillantes y los sujeto con chispa de cambio. La sociedad necesita al “hombre mediocre” en su plena capacidad productiva y de actuar, de ejercer y ser útil a la sociedad, no en las formas más antiguas y tradicionalistas, sino adaptado al nuevo contexto, más allá de constituir una ameba consumista en el espacio del mercado. Pero necesita también de las mentes vivas, de los espíritus creadores, de los sujetos de cambio, despiertos. 

Las redes y la censura de hoy, disfrazada de supuesta libertad, adormecen, como siempre, a quien desea pensar. Llaman “libertad” de expresión a la visibilización, normalización y aplicación de derechos de los históricos círculos desfavorecidos, con especial atención a las “nuevas narrativas”. Pero el debate (cuando no forma parte de la más teatral polémica política sobre la tribuna, generada para goce de todos en el arrebato propio de la excitación y el disgusto) queda cancelado. 

En general, se presenta una burbuja placebo que favorece y simula la calma del sujeto depresivo, del sujeto ansioso, perdido, del que activamente intenta actuar y que ha sido anulado en su labor y capacidad social y de desarrollo crítico/artístico ante la presión del medio, a la par que se presumen libertades, alegrías y narrativas de desarrollo que no se corresponden con el caos de las guerras, las censuras y la represión social disfrazada de respeto al otro, camuflada bajo sonrisas obligatorias y normas de conducta intrínsecas en el uso cotidiano.

Si bien hemos sido siempre corderos del sistema, regulados y nunca dueños del todo de nosotros mismos, esta nueva era nos obliga actuar con la sonrisa colgada, con la presión constante de “no saber qué” y la mente saturada de tantísima información interminable que, en la mayoría de los casos, funciona solo como atrofiante o adormecedor de ideas.