La izquierda irredenta

La simpatía —o más bien fascinación— de los movimientos y partidos de izquierda hacia los despotismos de “los suburbios de la Historia” es sorprendente y al mismo tiempo predecible.

Sorprende porque, como en el caso de Irán, se trata de un régimen reaccionario —conforme a cualquier criterio— que ha perseguido hasta el exterminio a comunistas, socialistas y gente de ideas parecidas, y que ha victimizado a mujeres, homosexuales y miembros de otras etnias, de los que estos grupos de izquierda se erigen en campeones.

Lo que parece obvio es que la animadversión hacia los valores de Occidente y, en particular, hacia Estados Unidos y su proyectada hegemonía mundial, suscita mayor encono en estos izquierdistas que la existencia de tiranías bárbaras cuya posible destrucción los escandaliza. 

Abominan de un mundo mayoritariamente democrático y afiliado al orden occidental, al que encuentran mucho peor que esos regímenes “revolucionarios” —independientemente de su ideología y de los desmanes que cometan contra sus propios pueblos— que se atreven a enfrentarse al “imperialismo”.

Apuestan por cualquier régimen, no importa cuán atroz pueda ser, que le sirva de contrapeso a Occidente, el culmen de la civilización en la que medran y son reconocidos, pero en la cual sus manuales y consignas, que vienen manoseando y regurgitando durante más de un siglo, se van quedando sin futuro.

Por eso les aterra que Irán pueda sucumbir —como yo espero que suceda— frente a la ofensiva de Israel y Estados Unidos. Reconocen que se trata de un sistema atroz en el cual, desde luego, no podrían ni querrían vivir, pero preferible, por mucho que padezcan los iraníes, a un mundo donde la hegemonía occidental no tenga cortapisas y en el cual sus gastadas cantinelas antiimperialistas encuentren menos eco.

A pesar del anticomunismo feroz de la teocracia iraní, los comunistas de todo pelaje obvian esta actitud por sentirse más afines al enfrentamiento con Occidente. En esto radica la contradicción y la paradoja de estos grupos de izquierda. Son revolucionarios antes que demócratas. Se dan cuenta de que la única supervivencia que les queda es su proyección internacional que aspiran repercuta en sus menguadas filas de electores y las reviva. 

El caso de España es paradigmático: Pedro Sánchez, el presidente del gobierno español, quiere darles una motivación internacionalista a sus votantes para sacarlos de la apatía con vistas a la próxima cita electoral, sea cuando fuere. No es seguro que esta estrategia le funcione, pero de momento la está poniendo en práctica: que una suerte de liderazgo internacional contrarreste su desprestigio interno.

Entre tanto, su “no a la guerra”, que la izquierda ha empezado a repetir como un mantra, respalda la supervivencia del régimen iraní, como también el de Venezuela, el de Cuba y hasta el de Corea del Norte, sin importarle el sufrimiento de esos pueblos. 

Los que defienden esta postura arguyen que las contradicciones deben resolverse por medios diplomáticos, como si no fuera evidente que tales medios se han estado probando sin resultados a lo largo de muchos años.

A Dios gracias que Estados Unidos —pese tener un gobierno en gran medida aislacionista, cuyo presidente llegó al poder con la promesa de mantenerse al margen de conflictos armados— ha reasumido su papel de líder planetario, al optar por la destrucción o neutralización de regímenes tiránicos en pro de la paz ulterior.

La izquierda occidental —que odia la sociedad donde tiene cabida— seguirá apostando por la supervivencia del régimen iraní y sus semejantes. Piden paz y diplomacia para que no perezcan esos estados —no importa cuán criminales puedan ser— que contrarrestan la supremacía estadounidense y el orden capitalista mundial que este conlleva. 

Yo espero que Estados Unidos no atienda esas voces que claman contención y prosiga con esta campaña militar, para beneficio ante todo del pueblo iraní y saludable lección para el mundo.