Transición sin gobernanza: el dilema venezolano

Aun cuando las declaraciones del presidente Donald Trump resultaron duras —casi violentas para el oído de los venezolanos, habituados a tragar grueso—, el diagnóstico que contienen no es falso: hoy la oposición venezolana carece de una estructura de gobernanza efectiva que le permita conducir, por sí sola, una transición política inmediata.

Conviene ser precisos. El dilema no es si debe haber o no una invasión. Estados Unidos no tiene planteada una invasión y esto debe quedar claro, dicho sin ambigüedades. 

El problema real es otro: ¿cómo puede una figura de la oposición —que es lo deseable y lo correcto— conducir una transición sin contar con estructuras de gobernanza reales, es decir, sin el concurso de sectores de la Fuerza Armada y de instituciones que hoy, en los hechos, no existen o están completamente cooptadas?

El plan que parece perfilarse desde Washington apunta a algo mucho más inquietante: desmontar la dictadura con la ayuda de la propia dictadura. Ahí surge la desconfianza de fondo. 

Aunque la presión económica y geopolítica haya empujado, al menos provisionalmente, a Delcy Rodríguez y a ciertos núcleos del poder a aceptar condiciones de tutelaje estadounidense, esos actores no están entre la espada y la pared, sino —como se ha dicho con acierto— entre la espada y la espada.

Ni los hermanos Rodríguez ni Vladimir Padrino López son suicidas. Están buscando una salida. La incógnita es si esa salida apunta a una retirada negociada o a perpetuarse en el poder, volviéndose progresivamente indispensables para el gobierno de Trump. 

Si Washington no establece exigencias explícitas, verificables y no negociables en materia de libertades públicas, estos sectores pueden capitalizar la situación: liberar a algunos presos políticos, mantener a otros; relajar controles en ciertos frentes mientras conservan la censura y la represión; y, paralelamente, construir una tercera agenda cuyo objetivo no sea la transición democrática, sino su propia supervivencia.

A esto se suma un factor que suele subestimarse: el chavismo no es un bloque homogéneo. Las tensiones internas que se están generando son profundas y potencialmente irreconciliables. Y aquí hay un punto crucial que Washington puede estar pasando por alto —o quizá tenga muy presente—: los pactos entre delincuentes son estructuralmente frágiles. 

En organizaciones de naturaleza criminal, como la que sostiene al régimen, los acuerdos no se resuelven con institucionalidad, sino con jugadas sucias, que históricamente han incluido traiciones, purgas e incluso asesinatos.

Aunque desde Estados Unidos se crea que existe viabilidad para sostener un entendimiento con Delcy más allá del plazo constitucional de treinta días para llamar a elecciones por ausencia absoluta del presidente, es difícil imaginar que esa presión se mantenga sin que exploten factores internos del propio chavismo, con consecuencias imprevisibles.

Volvemos así al punto central: ¿cómo puede la oposición —que es la instancia legítima e idónea— liderar una transición sin estructuras de gobernanza que hoy están en manos del régimen? 

La única vía posible sería un quiebre verificable dentro de la Fuerza Armada, acompañado de compromisos concretos: desmontaje de los “colectivos”, liberación plena de los presos políticos, restitución de libertades públicas y garantías reales para la ciudadanía.

Porque el pueblo venezolano no espera solo alivio económico. Espera ganancias políticas reales: libertad de expresión, retorno seguro de los perseguidos, fin del aparato represivo y garantías de vida y derechos. Solo así podrían crearse condiciones auténticas para nuevas elecciones y para una relegitimación institucional. 

En ese escenario, Edmundo González ya es legítimo, pero una elección verdaderamente libre serviría para consolidar esa legitimidad. Dividirse ahora sería un error estratégico grave, especialmente cuando el chavismo exhibe fisuras internas.

Nada de esto apunta a un proceso limpio, lineal o predecible. La transición —si ocurre— estará marcada por turbulencias, rupturas y sorpresas, tanto negativas como positivas. Nadie puede anticipar con certeza el desenlace, ni siquiera quienes creen controlar los hilos.

Solo cabe esperar que el resultado final represente una ganancia real para el pueblo venezolano, y no simplemente la extracción de Nicolás Maduro —asesino, ladrón, corrupto y narcotraficante— mientras se perpetúa, bajo otros nombres y rostros, un régimen opresivo. Porque si es difícil que alguien se reforme en prisión, es ilusorio creer que lo hará en libertad y con poder.

Ese es el núcleo del problema. Y conviene decirlo sin eufemismos.